Publicado: Vie Dic 01, 2006 10:44 am
Sin camaradas (II parte)
Los asesinatos en masa de prisioneros soviéticos.
Guren Howhannisjan no puede olvidar. Recuerda como los comisarios, los oficiales y los camaradas judíos fueron puestos "fuera de servicio" de un disparo. Y recuerda el duro trabajo en los campos, en los largos años de cautiverio.
"Raro", dice. "Esas imágenes vienen ahora más a menudo que antes. No me dejan en paz."

Exterminio mediante el hambre.
Artawasd Asnawurjan sacude la cabeza con resignación. Con 78 años, vive en un barrio pobre a las afueras de Eriwan. Al ser estudiante fue reclutado como voluntario. En 1944 cayó prisionero. Pero después de su liberación fue tildado por el gobierno soviético de cobarde y traidor, así que no se le permitió volver a estudiar y no consiguió ninguna vivienda. El desprecio en su propio familia le oprimió a lo largo de toda su vida. Ahora recibe una renta de 20 euros, con la que no se puede pagar ni el alquiler.
Un destino amargo.
Asnawurjan: "El cautiverio me hizo mucho daño. Siempre estaba ahí el reproche: 'Pero tú fuiste prisionero'. Ya no tuve nunca más un buen trabajo. Era como un estigma. Una vida en la vergüenza". Fue doblemente castigado: primero prisionero de los alemanes. Después despreciado por algunos campesinos. Stalin encerró a cientos miles soldados del Ejército ruso liberados en la cárcel o fueron sentenciados a trabajos forzados, acosados de cobardía y de colaborar con el enemigo.
Un amargo destino que aún hoy muchos ciudadanos armenios soportan. Una tierra pobre que sólo puede pagar pobres pensiones a sus veteranos y mutilados de guerra. Cerca de 600.000 armenios lucharon en la segunda guerra mundial en el Ejército Rojo. La lista de necesitados en la oficina de la asociación es muy larga. Están muy agradecidos por el dinero de las donaciones, que Eberhard Radczuweit les ha traído de Alemania.

Artawasd Asnawurjan.
La miseria de los veteranos le enfurece.
Ahora quiere reunir más dinero para promover la modificación de la ley a favor d elos veteranos. La miseria de los veteranos le enfurece: "Estamos indignados, porque esas personas al contrario que los civiles condenados a trabajos forzados, están excluidos de esas ayudas. Protestamos en primera línea contra el gobierno y unimos la propuesta a un cambio en las leyes, para que esos hombres sean reconocidos como víctimas del Nacionalsocialismo."
Viajamos desde Eriwan hacia al sur, aun pequeño pueblo llamado Oschakan. Aquí se encuentra la casa de Papik Sukiasjan. A los 22 años cayó prisionero. A pesar de sus 83 años, se acuerda muy bien de los horrores del exterminio, de los compañeros fusilados en las cunetas, de la mortandad en los campos y del constante miedo a la muerte. Una vez, cerca de 45 camaradas - comisarios, judío y oficiales- fueron obligados a tumbarse en una fosa. Sukiasjan lo relata: "Tuvimos que formar delante y ver como eran enterrados vivos. Debían tumbarse. Otros camaradas provistos de palas debían echarles la tierra encima. Les echaban la tierra encima hasta que morían.

Papik Sukiasjan.
Los horrores no han prescrito.
Sukiasjan fue destinado a la construcción de caminos. Era un trabajo duro, pero lo peor eran las humillaciones: "Cada mañana nos llevaban del campo al trabajo. En la puerta del campo había dos guardias que nos pegaban como a perros. Después íbamos al trabajo. Allí recibíamos más golpes, sobre todo los más débiles."
Sukiasjan sobrevivió a todo. Reciba una pequeña paga, con la que deben vivir su hija e hijo. Nuestra visita ha avivado sus recuerdos. Sienta porque el dolor no debe ser olvidado. Para él, aunque haya pasado mucho tiempo, los horrores no han prescrito: "Es imposible perdonar a los culpables. Es imperdonable. Como se puede perdonar a aquellos que eran responsables del hambre, la sed, las palizas en el trabajo, los malos tratos, las muertes... No hay nada que se pueda perdonar. Persevera el deseo, al final de una dura vida, de recibir una compensación por toda la crueldad soportada y la esperanza de hacer justicia en la propia tierra.

Exterminio mediante el trabajo.
Fuente: ZDF Politik & Zeitgeschehen
Texto original de: Wolfgang Kramer
Saludos
Los asesinatos en masa de prisioneros soviéticos.
Guren Howhannisjan no puede olvidar. Recuerda como los comisarios, los oficiales y los camaradas judíos fueron puestos "fuera de servicio" de un disparo. Y recuerda el duro trabajo en los campos, en los largos años de cautiverio.
"Raro", dice. "Esas imágenes vienen ahora más a menudo que antes. No me dejan en paz."

Exterminio mediante el hambre.
Artawasd Asnawurjan sacude la cabeza con resignación. Con 78 años, vive en un barrio pobre a las afueras de Eriwan. Al ser estudiante fue reclutado como voluntario. En 1944 cayó prisionero. Pero después de su liberación fue tildado por el gobierno soviético de cobarde y traidor, así que no se le permitió volver a estudiar y no consiguió ninguna vivienda. El desprecio en su propio familia le oprimió a lo largo de toda su vida. Ahora recibe una renta de 20 euros, con la que no se puede pagar ni el alquiler.
Un destino amargo.
Asnawurjan: "El cautiverio me hizo mucho daño. Siempre estaba ahí el reproche: 'Pero tú fuiste prisionero'. Ya no tuve nunca más un buen trabajo. Era como un estigma. Una vida en la vergüenza". Fue doblemente castigado: primero prisionero de los alemanes. Después despreciado por algunos campesinos. Stalin encerró a cientos miles soldados del Ejército ruso liberados en la cárcel o fueron sentenciados a trabajos forzados, acosados de cobardía y de colaborar con el enemigo.
Un amargo destino que aún hoy muchos ciudadanos armenios soportan. Una tierra pobre que sólo puede pagar pobres pensiones a sus veteranos y mutilados de guerra. Cerca de 600.000 armenios lucharon en la segunda guerra mundial en el Ejército Rojo. La lista de necesitados en la oficina de la asociación es muy larga. Están muy agradecidos por el dinero de las donaciones, que Eberhard Radczuweit les ha traído de Alemania.

Artawasd Asnawurjan.
La miseria de los veteranos le enfurece.
Ahora quiere reunir más dinero para promover la modificación de la ley a favor d elos veteranos. La miseria de los veteranos le enfurece: "Estamos indignados, porque esas personas al contrario que los civiles condenados a trabajos forzados, están excluidos de esas ayudas. Protestamos en primera línea contra el gobierno y unimos la propuesta a un cambio en las leyes, para que esos hombres sean reconocidos como víctimas del Nacionalsocialismo."
Viajamos desde Eriwan hacia al sur, aun pequeño pueblo llamado Oschakan. Aquí se encuentra la casa de Papik Sukiasjan. A los 22 años cayó prisionero. A pesar de sus 83 años, se acuerda muy bien de los horrores del exterminio, de los compañeros fusilados en las cunetas, de la mortandad en los campos y del constante miedo a la muerte. Una vez, cerca de 45 camaradas - comisarios, judío y oficiales- fueron obligados a tumbarse en una fosa. Sukiasjan lo relata: "Tuvimos que formar delante y ver como eran enterrados vivos. Debían tumbarse. Otros camaradas provistos de palas debían echarles la tierra encima. Les echaban la tierra encima hasta que morían.

Papik Sukiasjan.
Los horrores no han prescrito.
Sukiasjan fue destinado a la construcción de caminos. Era un trabajo duro, pero lo peor eran las humillaciones: "Cada mañana nos llevaban del campo al trabajo. En la puerta del campo había dos guardias que nos pegaban como a perros. Después íbamos al trabajo. Allí recibíamos más golpes, sobre todo los más débiles."
Sukiasjan sobrevivió a todo. Reciba una pequeña paga, con la que deben vivir su hija e hijo. Nuestra visita ha avivado sus recuerdos. Sienta porque el dolor no debe ser olvidado. Para él, aunque haya pasado mucho tiempo, los horrores no han prescrito: "Es imposible perdonar a los culpables. Es imperdonable. Como se puede perdonar a aquellos que eran responsables del hambre, la sed, las palizas en el trabajo, los malos tratos, las muertes... No hay nada que se pueda perdonar. Persevera el deseo, al final de una dura vida, de recibir una compensación por toda la crueldad soportada y la esperanza de hacer justicia en la propia tierra.

Exterminio mediante el trabajo.
Fuente: ZDF Politik & Zeitgeschehen
Texto original de: Wolfgang Kramer
Saludos