Publicado: Mié Nov 04, 2009 1:58 pm
Tanto Hitler como Stalin deseaban la desaparición de Polonia. Ambos consideraban este país como una merma de su poder en Europa fruto de Versalles. Stalin, además, tenía una cuenta pendiente con los polacos desde 1920, cuando la pifió en la guerra ruso-polaca. Así que tanto el uno como el otro estaban muy decididos a acabar con el nacionalismo polaco. Hitler lanzó el Plan Aktion A-B mediante el cual se arrestaron a unos 30.000 polacos que pertenecian bien a la intelligentsia, bien a la clase alta o al Ejército. De estos 30.000, unos 7.000 fueron asesinados en los bosques y el resto enviados a los campos de concentración donde les esperaba un fin no menos amargo.
La cúpula soviética pensaba más a lo grande. Para ellos la deportación en masa, la esclavización, la purga o el asesinato eran ejercicios conocidos. 400.000 personas que habitaban la zona de ocupación soviética, entre polacos, ucranianos y bielorrusos, fueron deportados para trabajar como esclavos en condiciones tales que, sólo el primer año, perecieron entre 65.000 y 70.000. Sin embargo, gracias a la publicidad nazi de la época, resulta mucho más conocida la masacre de Katyn.
Voroshilov, Comisario de Defensa, entregó a los prisioneros polacos al NKVD. Lo cierto es que le RKKA no podía hacerse cargo de los prisioneros y pensaban liberar a los bielorrusos y a los ucranianos. Sin embargo, Mejlis, el Comisario Político para el RKKA, se opuso y Beria, jefe del NKVD, creó ocho campos de concentración para albergar a los prisioneros. La mortandad a causa del hambre y del frío fue tal que Mejlis decidió liberar a los considerados inocuos desde un punto de vista político o étnico. Se entregaron unos 43.000 a los alemanes, por proceder de la Polonia ocupada por ellos, y 25.000 oficiales y soldados fueron llevados a trabajar como esclavos a los Cárpatos para la construcción de carreteras. Otros 11.000 fueron a parar a las minas ucranianas.
Los oficiales de mayor rango fueron tratados mejor. De Teniente Coronel para arriba tendrían derecho a una litera con ropa de cama y una buena alimentación, así como un trato correcto. Pese a ello, los prisioneros reclamaban sus derechos según la legislación internacional. Si la URSS no estaba en guerra con Polonia, debían ser liberados. Y si lo estaba, debían ser tratados como prisioneros de guerra. Para postre, sus familiares tampoco cesaban de interesarse por la suerte de los prisioneros. En definitiva, el NKVD se topó con un hueso duro de roer, no estando acostumbrada la organización a este tipo de protestas, más bien al contrario, a hacer lo que le viniera en gana. Se practicaron detenciones en los campos para apartar a los elementos más díscolos, y se difundió propaganda. Además, se construyeron hospitales que funcionaron hasta reducir la mortandad en los campos a cero.
Pero ello no bastó, por supuesto, para doblegar a los polacos. Exigieron la protección de alguna embajada extranjera o de la Cruz Roja. Exigían acusaciones legales por su detención, el correo para mantener contacto con sus familiares, y que no se les obligara a tragar con la propaganda soviética. Todo ello, aunado al temor de recibir aún más presos procedentes de la guerra con Finlandia, hizo que el NKVD contemplara medidas drásticas para reducir el volúmen de prisioneros. Se pensó, por ejemplo, en llevarlos a Siberia, un remedio ya practicado con anterioridad contra los kulaks. Soprunenko, el encargado de Beria para los campos, propuso liberar a los viejos y a los comunistas y asesinar al resto. Beria pasó la propuesta a Merkúlov, Comisario para la Defensa del Estado, quien ordenó el traslado de 22.000 de los 140.000 prisioneros polacos a las prisiones civiles. Este contingente estaba formado por terratenientes y funcionarios.
No solucionado el problema pese a esta descarga de los campos, Beria arguyó que los prisioneros polacos eran enemigos recalcitrantes del poder soviético, los cuales esperaban la libertad sólo para empuñar las armas y luchar con uñas y dientes contra el poder soviético. Así que Beria recomendó que 14.700 prisioneros de guerra de los campos y 11.000 civiles polacos de las prisiones fuesen despachados de acuerdo con medidas especiales y aplicándoseles el castigo más severo, el fusilamiento. El mismo día el Politburó aprobó la medida, firmada por Stalin, Voroshilov, Molotov y Mikoyan, por este orden, y dando su visto bueno por teléfono Kaganovich y Kalinin.
Esta orden, más allá de su inhumanidad, fue una estupidez impresionante. Todo el mundo conocía la existencia de los prisioneros de guerra polacos. Incluso la Cruz Roja disponía de listas. Es decir, de cumplirse la orden, sin duda el crímen resultaría imposible de esconder. No era lo mismo aniquilar a los ciudadanos soviéticos que a los extranjeros. Pero el odio a los polacos, aumentado por la frustación ante los finlandeses, estuvo muy presente en la toma de la decisión. Stalin, de hecho, estaba deprimido por la marcha de la Guerra de Invierno. Los polacos iban a pagar con su vida la frustación del dictador.
Una curiosidad de la Masacre de Katyn es que Stalin ordenara borrar el nombre de Beria de quienes iban a firmar las sentencias a muerte. De esta manera, Kobulov, subalterno de Beria, lo sustituyó apareciendo junto a Merkulov y Bashtakov. Es posible que Stalin intuyese lo catastrófico de la decisión y quisiera salvar de esta manera a Beria. En cualquier caso, se deportó a los familiares de los sentenciados a Kazajstan para diez años; se averiguó qué polacos procedían de la Polonia ocupada por los alemanes para entregárselos; y se aplazó la ejecución de unos 600 prisioneros considerados por Sudoplatov, Comisario del Departamento para el Extanjero del NKVD, como útiles por sus conocimientos militares o por ser considerados aptos para dirigir una futura Polonia comunista. Los familiares de estos 600 “afortunados” no serían deportados. Hubo otros con suerte, como los solicitados por los alemanes o italianos. Es decir, el NKVD, que temía la actitud antisoviética de los polacos, liberaría a los más recalcitrantes y convenientes para sus futuros enemigos.
Además de los asesinados, gran parte de sus familiares deportados sucumbirían al hambre y al frío en su exilio tras la deportación. 135.000 presos polacos fueron enviados a construir un ferrocarril en el Ártico para las minas de carbón. Los 600 elegidos para sobrevivir, a partir de octubre del 40, comenzaron a recibir buen trato. En la URSS se comenzaba a vislumbrar la guerra contra Alemania y se reconocía que el asesinato de la jerarquía militar polaca había sido una estupidez. El Teniente Coronel Berling, uno de los 600 elegidos, fue llevado a Moscú ante Beria y Merkúlov. Estos le propusieron formar un Ejército Polaco dentro de la URSS. Berling se mostró encantando con la idea y señaló que en los campos de concentración había muchísima gente muy útil por su experiencia militar. Merkulov se limitó a decir que con ellos no podría contar, pues con ellos hemos cometido un gran error.
Beria trató muy bien a los oficiales polacos supervivientes, llegando a formar dos brigadas, pese a los reparos de Stalin en provocar a Hitler, pues los polacos exigían el beneplácito de Sikorski desde Londres. Una vez iniciada la guerra con Alemania, Beria recuperó a 2/3 de los deportados para las fuerzas militares soviéticas e inglesas (que acabaron luchando en el Norte de África). Pese a estas facilidades, Sikorski presionó a Stalin. Fue entonces cuando este contó aquello de la evasión a Manchuria. Vishinski aseguró que los habían liberado en territorio polaco y que habrían sido capturados por los alemanes (recordemos que las ejecuciones se realizaron con munición alemana). Unos 100.000 polacos pudieron abandonar la URSS por Persia en 1942.
Cuando los alemanes denunciaron las fosas de Katyn, británicos y estadounidenses apoyaron la versión soviética de la falsificación de pruebas. En el 44, una Comisión Especial para aclarar los sucesos de Katyn se dedicó a localizar “testigos” con la ayuda del escritor Tolstoi. Este, acerca de una película sobre el tema, recomendó que no se proyectara porque los testigos parecen repetir una lección que hayan aprendido de memoria. En los juicios de Nüremberg, Vishinski protestó de tal manera ante la mención de Katyn por parte de Göring que no volvió a hablarse del tema. Vishinski se molestó en mostrar la testificación de unos campesinos bielorrusos acusados de colaborar con los alemanes. Incluso en Minsk se ahorcó a unos oficiales alemanes “responsables” de la matanza.
Pero Katyn tuvo más consecuencias. En 1939, los periodistas Erlich y Alter, destacados socialistas judíos que formaban parte del Comité Judío Anti-Hitleriano, fueron arrestados por los soviéticos y denunciados por espionaje y por ser hostiles al Pacto Ribbentrop-Molotov. Iban a ser ejecutados, pero el retraso del juicio dio tiempo a la aparición de Barbarroja y la pena se conmutó por 10 años de cárcel. Al poco se les ofreció la libertad a cambio de que formaran un Comité Judío Antifascista que le vino muy bien a Stalin como propaganda de guerra. Pero cuando los periodistas buscaron a los prisioneros polacos para formar una unidad militar judía, se les arrestó otra vez bajo la acusación de ser espías nazis. Erlich se suicidó en la cárcel y Alter fue ejecutado. En los EUA y en el Reino Unido se hicieron oídos sordos a las protestas de los judíos cuando Litvinov anunció la ejecución de ambos periodistas.
La cúpula soviética pensaba más a lo grande. Para ellos la deportación en masa, la esclavización, la purga o el asesinato eran ejercicios conocidos. 400.000 personas que habitaban la zona de ocupación soviética, entre polacos, ucranianos y bielorrusos, fueron deportados para trabajar como esclavos en condiciones tales que, sólo el primer año, perecieron entre 65.000 y 70.000. Sin embargo, gracias a la publicidad nazi de la época, resulta mucho más conocida la masacre de Katyn.
Voroshilov, Comisario de Defensa, entregó a los prisioneros polacos al NKVD. Lo cierto es que le RKKA no podía hacerse cargo de los prisioneros y pensaban liberar a los bielorrusos y a los ucranianos. Sin embargo, Mejlis, el Comisario Político para el RKKA, se opuso y Beria, jefe del NKVD, creó ocho campos de concentración para albergar a los prisioneros. La mortandad a causa del hambre y del frío fue tal que Mejlis decidió liberar a los considerados inocuos desde un punto de vista político o étnico. Se entregaron unos 43.000 a los alemanes, por proceder de la Polonia ocupada por ellos, y 25.000 oficiales y soldados fueron llevados a trabajar como esclavos a los Cárpatos para la construcción de carreteras. Otros 11.000 fueron a parar a las minas ucranianas.
Los oficiales de mayor rango fueron tratados mejor. De Teniente Coronel para arriba tendrían derecho a una litera con ropa de cama y una buena alimentación, así como un trato correcto. Pese a ello, los prisioneros reclamaban sus derechos según la legislación internacional. Si la URSS no estaba en guerra con Polonia, debían ser liberados. Y si lo estaba, debían ser tratados como prisioneros de guerra. Para postre, sus familiares tampoco cesaban de interesarse por la suerte de los prisioneros. En definitiva, el NKVD se topó con un hueso duro de roer, no estando acostumbrada la organización a este tipo de protestas, más bien al contrario, a hacer lo que le viniera en gana. Se practicaron detenciones en los campos para apartar a los elementos más díscolos, y se difundió propaganda. Además, se construyeron hospitales que funcionaron hasta reducir la mortandad en los campos a cero.
Pero ello no bastó, por supuesto, para doblegar a los polacos. Exigieron la protección de alguna embajada extranjera o de la Cruz Roja. Exigían acusaciones legales por su detención, el correo para mantener contacto con sus familiares, y que no se les obligara a tragar con la propaganda soviética. Todo ello, aunado al temor de recibir aún más presos procedentes de la guerra con Finlandia, hizo que el NKVD contemplara medidas drásticas para reducir el volúmen de prisioneros. Se pensó, por ejemplo, en llevarlos a Siberia, un remedio ya practicado con anterioridad contra los kulaks. Soprunenko, el encargado de Beria para los campos, propuso liberar a los viejos y a los comunistas y asesinar al resto. Beria pasó la propuesta a Merkúlov, Comisario para la Defensa del Estado, quien ordenó el traslado de 22.000 de los 140.000 prisioneros polacos a las prisiones civiles. Este contingente estaba formado por terratenientes y funcionarios.
No solucionado el problema pese a esta descarga de los campos, Beria arguyó que los prisioneros polacos eran enemigos recalcitrantes del poder soviético, los cuales esperaban la libertad sólo para empuñar las armas y luchar con uñas y dientes contra el poder soviético. Así que Beria recomendó que 14.700 prisioneros de guerra de los campos y 11.000 civiles polacos de las prisiones fuesen despachados de acuerdo con medidas especiales y aplicándoseles el castigo más severo, el fusilamiento. El mismo día el Politburó aprobó la medida, firmada por Stalin, Voroshilov, Molotov y Mikoyan, por este orden, y dando su visto bueno por teléfono Kaganovich y Kalinin.
Esta orden, más allá de su inhumanidad, fue una estupidez impresionante. Todo el mundo conocía la existencia de los prisioneros de guerra polacos. Incluso la Cruz Roja disponía de listas. Es decir, de cumplirse la orden, sin duda el crímen resultaría imposible de esconder. No era lo mismo aniquilar a los ciudadanos soviéticos que a los extranjeros. Pero el odio a los polacos, aumentado por la frustación ante los finlandeses, estuvo muy presente en la toma de la decisión. Stalin, de hecho, estaba deprimido por la marcha de la Guerra de Invierno. Los polacos iban a pagar con su vida la frustación del dictador.
Una curiosidad de la Masacre de Katyn es que Stalin ordenara borrar el nombre de Beria de quienes iban a firmar las sentencias a muerte. De esta manera, Kobulov, subalterno de Beria, lo sustituyó apareciendo junto a Merkulov y Bashtakov. Es posible que Stalin intuyese lo catastrófico de la decisión y quisiera salvar de esta manera a Beria. En cualquier caso, se deportó a los familiares de los sentenciados a Kazajstan para diez años; se averiguó qué polacos procedían de la Polonia ocupada por los alemanes para entregárselos; y se aplazó la ejecución de unos 600 prisioneros considerados por Sudoplatov, Comisario del Departamento para el Extanjero del NKVD, como útiles por sus conocimientos militares o por ser considerados aptos para dirigir una futura Polonia comunista. Los familiares de estos 600 “afortunados” no serían deportados. Hubo otros con suerte, como los solicitados por los alemanes o italianos. Es decir, el NKVD, que temía la actitud antisoviética de los polacos, liberaría a los más recalcitrantes y convenientes para sus futuros enemigos.
Además de los asesinados, gran parte de sus familiares deportados sucumbirían al hambre y al frío en su exilio tras la deportación. 135.000 presos polacos fueron enviados a construir un ferrocarril en el Ártico para las minas de carbón. Los 600 elegidos para sobrevivir, a partir de octubre del 40, comenzaron a recibir buen trato. En la URSS se comenzaba a vislumbrar la guerra contra Alemania y se reconocía que el asesinato de la jerarquía militar polaca había sido una estupidez. El Teniente Coronel Berling, uno de los 600 elegidos, fue llevado a Moscú ante Beria y Merkúlov. Estos le propusieron formar un Ejército Polaco dentro de la URSS. Berling se mostró encantando con la idea y señaló que en los campos de concentración había muchísima gente muy útil por su experiencia militar. Merkulov se limitó a decir que con ellos no podría contar, pues con ellos hemos cometido un gran error.
Beria trató muy bien a los oficiales polacos supervivientes, llegando a formar dos brigadas, pese a los reparos de Stalin en provocar a Hitler, pues los polacos exigían el beneplácito de Sikorski desde Londres. Una vez iniciada la guerra con Alemania, Beria recuperó a 2/3 de los deportados para las fuerzas militares soviéticas e inglesas (que acabaron luchando en el Norte de África). Pese a estas facilidades, Sikorski presionó a Stalin. Fue entonces cuando este contó aquello de la evasión a Manchuria. Vishinski aseguró que los habían liberado en territorio polaco y que habrían sido capturados por los alemanes (recordemos que las ejecuciones se realizaron con munición alemana). Unos 100.000 polacos pudieron abandonar la URSS por Persia en 1942.
Cuando los alemanes denunciaron las fosas de Katyn, británicos y estadounidenses apoyaron la versión soviética de la falsificación de pruebas. En el 44, una Comisión Especial para aclarar los sucesos de Katyn se dedicó a localizar “testigos” con la ayuda del escritor Tolstoi. Este, acerca de una película sobre el tema, recomendó que no se proyectara porque los testigos parecen repetir una lección que hayan aprendido de memoria. En los juicios de Nüremberg, Vishinski protestó de tal manera ante la mención de Katyn por parte de Göring que no volvió a hablarse del tema. Vishinski se molestó en mostrar la testificación de unos campesinos bielorrusos acusados de colaborar con los alemanes. Incluso en Minsk se ahorcó a unos oficiales alemanes “responsables” de la matanza.
Pero Katyn tuvo más consecuencias. En 1939, los periodistas Erlich y Alter, destacados socialistas judíos que formaban parte del Comité Judío Anti-Hitleriano, fueron arrestados por los soviéticos y denunciados por espionaje y por ser hostiles al Pacto Ribbentrop-Molotov. Iban a ser ejecutados, pero el retraso del juicio dio tiempo a la aparición de Barbarroja y la pena se conmutó por 10 años de cárcel. Al poco se les ofreció la libertad a cambio de que formaran un Comité Judío Antifascista que le vino muy bien a Stalin como propaganda de guerra. Pero cuando los periodistas buscaron a los prisioneros polacos para formar una unidad militar judía, se les arrestó otra vez bajo la acusación de ser espías nazis. Erlich se suicidó en la cárcel y Alter fue ejecutado. En los EUA y en el Reino Unido se hicieron oídos sordos a las protestas de los judíos cuando Litvinov anunció la ejecución de ambos periodistas.