Publicado: Sab Mar 26, 2011 10:22 pm
Creo que puede resultar interesante dar voz a uno de los protagonistas de este suceso, nada más y nada menos que el primer ministro británico. Todos los subrayados son míos.
Y ya en relación a los acontecimientos que desembocaron en la Operación Catapulta, Mr. Churchill cuenta lo siguiente:
En los últimos días del gobierno de Burdeos, el almirante Darlan llegó a adquirir gran importancia. Mis contactos con él habían sido pocos y protocolarios. Reconocía el valor de la tarea cumplida por él en su reorganización de la marina francesa de guerra, la cual, tras diez años de dirección profesional de Darlan, era más fuerte que lo fuera nunca desde los tiempos de la revolución francesa. Cuando, en diciembre de 1939, visitó Darlan a Inglaterra, le ofrecimos un banquete oficial en el Almirantazgo. Al responder al brindis, empezó recordándonos que su bisabuelo había muerto en la batalla de Trafalgar. Yo, pues, le juzgaba como uno de esos buenos franceses que odian sistemáticamente a Inglaterra. En las discusiones anglo-francesas de enero se demostró cuán celoso estaba el almirante de su posición profesional con respecto al ministro de Marina, al que consideraba un mero representante político. Esos celos llegaron a ser en él una positiva obsesión, que creo que influyó muy definidamente en sus actos.
Por lo demás, Darlan había concurrido a la mayoría de las conferencias que he descrito (las correspondientes a la crisis de mayo y junio de 1940). Cuando se aproximaba el final de la resistencia francesa, me aseguré repetidamente que, ocurriese lo que ocurriera, nunca permitiría que la escuadra francesa pasase a manos alemanas. Y he aquí que ahora, en Burdeos, llegaba el momento crucial y fatídico en la carrera de aquel ambicioso, personalista y talentoso almirante. Su autoridad en la flota era, en todos los sentidos prácticos, absoluta. Para ser obedecido le bastaba ordenar a los buques que partiesen hacía los puertos ingleses, americanos o franceses de las colonias, como algunos ya lo habían hecho. En la mañana del 17 de junio, después de la caída del gobierno Reynaud, Darlan declaró al general Georges que estaba decidido a dar la orden a que me refiero. Al día siguiente por la tarde, Georges volvió a hablar con él y le pregunto qué había hecho. El almirante replico que había cambiado de opinión. Cuando Georges le pregunté los motivos, Darlan se limitó a contestar: “Ahora soy ministro de Marina”. Con ello no significaba que hubiese modificado su criterio al ser nombrado ministro de Marina, sino que, como tal, debía enfocar las cosas desde un punto de vista diferente.
¡Cuan vanos son los cálculos humanos cuando se fundan en el egoísmo! Rara vez se ha hallado en la vida un ejemplo más convincente y que mejor confirme esta verdad. Si el almirante Darlan hubiera querido controlar todos los intereses franceses situados fuera del alcance alemán, no tenía que hacer mas que una cosa: zarpar en uno de sus propios buques y poner proa a cualquier puerto ajeno a Francia. No habría estado en el caso del general De Gaulle, que partió sin más recursos que un corazón indomeñable y unos cuantos hombres animosos. [u]El almirante Darlan, al obrar así, hubiera sustraído a los alemanes la cuarta escuadra de guerra del mundo, escuadra tripulada por unos oficiales y unos marineros muy adictos personalmente a su almirante en jefe. Darlan hubiese pasado a ser el director de la resistencia francesa y habría dispuesto de un arma poderosísima. Los astilleros y arsenales ingleses y norteamericanos hubieran estado a su servicio, permitiéndole mantener y abastecer su flota. Una vez reconocida como legítima autoridad francesa, todo el oro que Francia tenía depositado, como reserva, en los Estados Unidos habría sido manejado por él, lo que le hubiese proporcionado amplios recursos. EI imperio francés en masa se habría puesto a su lado. Y nada le hubiera impedido llegar a convertirse en el salvador de su patria. Tenía, pues, a su alcance la fama y el poder que tan ardientemente deseaba[u]. En lugar de eso, todo lo que consiguió fue mantenerse ignominiosamente en un cargo indigno y acabar encontrando una muerte violenta, una tumba sin honra y un nombre que durante largo tiempo seré execrado por aquella armada francesa y aquella nación a las que hasta entonces había servido tan bien.
Al llegar a este punto debo referirme a otro detalle. En una carta que el almirante Darlan me envió el 4 de diciembre de 1942, tres semanas antes de ser asesinado, insistía con la mayor vehemencia en que había cumplido su palabra. Como esa carta pudiera servirle de abono, procede presentarla al público. La imprimo aquí. Desde luego, no cabe poner en duda que ningún barco de guerra francés fue tripulado por dotaciones alemanas ni usado contra nosotros durante la guerra. Ello no se debió enteramente a las medidas tomadas por el ministro Darlan, pero no se puede negar que éste imbuyó en los ánimos de los oficiales y marineros de la armada francesa la idea de destruir a toda costa sus buques antes de que cayeran en manos de los alemanes, a quienes el almirante miraba tan mal como a los ingleses.
- Un día antes de la caída del gobierno Reynaud, el gobierno inglés envió este mensaje al gobierno francés:
El ministro de Asuntos Extranjeros a sir Richard Campbell.
Sírvase entregar al señor Reynaud el mensaje siguiente, que ha sido aprobado por el Gabinete:
Churchill al señor Reynaud. 16 junio 1940, 12.35 de la mañana
Nuestro acuerdo que prohíbe negociaciones separadas, tanto para el armisticio como para la paz, fue hecho con la República Francesa y no con un particular gobierno o estadista francés. Por lo tanto, en él va implicado el honor de Francia. Sin embargo, a condición -pero únicamente con esa condición- de que la flota francesa zarpe rumbo a los puertos británicos durante las negociaciones, el Gobierno de Su Majestad da su pleno asenso a que el gobierno francés averigüe en qué circunstancias se darían a Francia términos de capitulación. El Gobierno de Su Majestad está resuelto a continuar la guerra y, por tanto, se excluye en absoluto de la susodicha averiguación referente a un armisticio.
Y ya en relación a los acontecimientos que desembocaron en la Operación Catapulta, Mr. Churchill cuenta lo siguiente:
En los últimos días del gobierno de Burdeos, el almirante Darlan llegó a adquirir gran importancia. Mis contactos con él habían sido pocos y protocolarios. Reconocía el valor de la tarea cumplida por él en su reorganización de la marina francesa de guerra, la cual, tras diez años de dirección profesional de Darlan, era más fuerte que lo fuera nunca desde los tiempos de la revolución francesa. Cuando, en diciembre de 1939, visitó Darlan a Inglaterra, le ofrecimos un banquete oficial en el Almirantazgo. Al responder al brindis, empezó recordándonos que su bisabuelo había muerto en la batalla de Trafalgar. Yo, pues, le juzgaba como uno de esos buenos franceses que odian sistemáticamente a Inglaterra. En las discusiones anglo-francesas de enero se demostró cuán celoso estaba el almirante de su posición profesional con respecto al ministro de Marina, al que consideraba un mero representante político. Esos celos llegaron a ser en él una positiva obsesión, que creo que influyó muy definidamente en sus actos.
Por lo demás, Darlan había concurrido a la mayoría de las conferencias que he descrito (las correspondientes a la crisis de mayo y junio de 1940). Cuando se aproximaba el final de la resistencia francesa, me aseguré repetidamente que, ocurriese lo que ocurriera, nunca permitiría que la escuadra francesa pasase a manos alemanas. Y he aquí que ahora, en Burdeos, llegaba el momento crucial y fatídico en la carrera de aquel ambicioso, personalista y talentoso almirante. Su autoridad en la flota era, en todos los sentidos prácticos, absoluta. Para ser obedecido le bastaba ordenar a los buques que partiesen hacía los puertos ingleses, americanos o franceses de las colonias, como algunos ya lo habían hecho. En la mañana del 17 de junio, después de la caída del gobierno Reynaud, Darlan declaró al general Georges que estaba decidido a dar la orden a que me refiero. Al día siguiente por la tarde, Georges volvió a hablar con él y le pregunto qué había hecho. El almirante replico que había cambiado de opinión. Cuando Georges le pregunté los motivos, Darlan se limitó a contestar: “Ahora soy ministro de Marina”. Con ello no significaba que hubiese modificado su criterio al ser nombrado ministro de Marina, sino que, como tal, debía enfocar las cosas desde un punto de vista diferente.
¡Cuan vanos son los cálculos humanos cuando se fundan en el egoísmo! Rara vez se ha hallado en la vida un ejemplo más convincente y que mejor confirme esta verdad. Si el almirante Darlan hubiera querido controlar todos los intereses franceses situados fuera del alcance alemán, no tenía que hacer mas que una cosa: zarpar en uno de sus propios buques y poner proa a cualquier puerto ajeno a Francia. No habría estado en el caso del general De Gaulle, que partió sin más recursos que un corazón indomeñable y unos cuantos hombres animosos. [u]El almirante Darlan, al obrar así, hubiera sustraído a los alemanes la cuarta escuadra de guerra del mundo, escuadra tripulada por unos oficiales y unos marineros muy adictos personalmente a su almirante en jefe. Darlan hubiese pasado a ser el director de la resistencia francesa y habría dispuesto de un arma poderosísima. Los astilleros y arsenales ingleses y norteamericanos hubieran estado a su servicio, permitiéndole mantener y abastecer su flota. Una vez reconocida como legítima autoridad francesa, todo el oro que Francia tenía depositado, como reserva, en los Estados Unidos habría sido manejado por él, lo que le hubiese proporcionado amplios recursos. EI imperio francés en masa se habría puesto a su lado. Y nada le hubiera impedido llegar a convertirse en el salvador de su patria. Tenía, pues, a su alcance la fama y el poder que tan ardientemente deseaba[u]. En lugar de eso, todo lo que consiguió fue mantenerse ignominiosamente en un cargo indigno y acabar encontrando una muerte violenta, una tumba sin honra y un nombre que durante largo tiempo seré execrado por aquella armada francesa y aquella nación a las que hasta entonces había servido tan bien.
Al llegar a este punto debo referirme a otro detalle. En una carta que el almirante Darlan me envió el 4 de diciembre de 1942, tres semanas antes de ser asesinado, insistía con la mayor vehemencia en que había cumplido su palabra. Como esa carta pudiera servirle de abono, procede presentarla al público. La imprimo aquí. Desde luego, no cabe poner en duda que ningún barco de guerra francés fue tripulado por dotaciones alemanas ni usado contra nosotros durante la guerra. Ello no se debió enteramente a las medidas tomadas por el ministro Darlan, pero no se puede negar que éste imbuyó en los ánimos de los oficiales y marineros de la armada francesa la idea de destruir a toda costa sus buques antes de que cayeran en manos de los alemanes, a quienes el almirante miraba tan mal como a los ingleses.
- Carta del Almirante Darlan al señor Churchill.
Argel, 4 de diciembre de 1942.
Querido Primer Ministro
El 12 de junio de 1940, en Briare, estando en el puesto de mando el general Weygand, me llamó usted aparte y me dijo: "Espero, Darlan, que nunca entregaré usted la flota.” Respondí: ·”Ni siquiera hay que hablar de ello, porque sería cosa contraría a nuestras tradiciones y nuestro honor de marinos.” El Primer Lord del Almirantazgo Alexander, y el Primer Lord de Mar, Pound, recibieron la misma réplica el 17 de junio de 1940, en Burdeos, e igual sucedió con lord Lloyd. Si no accedía a dar autorización para que la flota inglesa se dirigiese a puertos británicos, lo hice porque sabía que tal decisión implicaría la ocupación total de la Francia metropolitana, así como del África septentrional,
Reconozco que experimenté una gran amargura y un gran resentimiento contra Inglaterra como resultado de ciertos penosos acontecimientos que me afectaron hondamente como marino. Parecíame, además, que no creía usted en mi palabra. Un día, empero, lord Halifax, a través del señor Dupuy, me informo de que en la Gran Bretaña no se dudaba de mi palabra, sino que se creía que no me sería hacedero mantenerla. La destrucción voluntaria de nuestra escuadra, en Tolon, ha probado bien que yo estaba en lo justo, porque, aunque ya no ejercía mando allí, la armada ejecutó las órdenes que yo había dado y mantenido, contrariando con ellas las instrucciones del gobierno Laval.
Cumpliendo órdenes del mariscal, mi jefe, desde enero de 1941 hasta abril de 1942, me vi obligado a adoptar una política tendente a impedir que Francia y su imperio fueran ocupados y aplastados por las potencias del Eje. Por fuerza de los acontecimientos, tal política había de ser opuesta a la de ustedes. ¿Qué otra cosa podía yo hacer? En aquella época ustedes no estaban en condiciones de ayudarnos y cualquier inclinación hacía ustedes habría irrogado a mi país las mas desastrosas consecuencias. De no haber asumido la obligación de defender nuestro imperio con nuestras propias fuerzas (siempre rechacé la ayuda alemana, incluso en Siria) el Eje habría pasado a África y el ejército francés hubiera quedado eliminado. Y sin duda el primer ejército británico no estaría ahora ante Túnez con tropas francesas a su lado, combatiendo a italianos y alemanes.
Cuando las fuerzas aliadas desembarcaron en África el 8 de noviembre, yo al principio ejecuté las órdenes que había recibido. Y tan pronto como ello se tornó imposible, ordené suspender las hostilidades, para evitar una innecesaria efusión de sangre y una lucha contraria a los sentimientos de los que la mantenían. Desautorizado por Vichy, y no deseando reanudar la pelea, me puse a disposición de las autoridades militares norteamericanas, si bien en forma que me permitiera seguir fiel a mis juramentos. El once de noviembre supe que los alemanes habían violado los convenios estipulados en el armisticio y me informé de la ocupación de Francia y de la solemne protesta del mariscal. Entonces consideré que podía recobrar mi libertad de acción y que, sin perjuicio de permanecer leal a la persona del mariscal, podía seguir otro camino más favorable al bienestar del Imperio Francés. Me refiero a la decisión de pelear contra el Eje. Apoyado por las altas autoridades del África Francesa, así como por la opinión pública, y actuando como eventual sustituto del jefe del Estado, creé el Alto Comisariado de África y ordené que las fuerzas francesas combatiesen al lado de las aliadas. Desde ese momento el África Occidental Francesa ha reconocido mi autoridad. Nunca hubiese podido conseguir semejante resultado en caso de no obrar bajo la égida del mariscal, ya que se me hubiera considerado como un mero disidente. Tengo la convicción de que todos los franceses que ahora luchan contra Alemania, cada uno a su manera, terminarán llegando a una reconciliación general, pero creo que momentáneamente deben seguir actuando por separado. Existe, sobre todo en el África Occidental Francesa, cierto resentimiento que, por ser demasiado activo, me impide, como usted sabe, conseguir mas de lo obtenido. Ya que ejerzo mi papel sin atacar a nadie, exijo reciprocidad. Por ahora lo único que interesa es la derrota del Eje. Cuando el pueblo francés sea liberado, ya elegiré su régimen político y sus dirigentes.
Le agradezco, señor Primer Ministro, que se haya asociado con el Presidente Roosevelt en la declaración de que, como los Estados Unidos, la Gran Bretaña desea el restablecimiento integral de la soberanía francesa, tal como existía en 1939. Cuando mi país recobre su integridad y libertad, mi única ambición consistiré en poder retirarme albergando el sentimiento de haber servido bien a mi patria.
Acepte, señor Primer Ministro, la seguridad de mi mayor consideración.
FRANÇOIS DARLAN, almirante de la flota.
(Continúa...)