Publicado: Jue Oct 22, 2009 2:16 am
Por mi profesión he "vivido" algunas guerras en estos últimos 20 años: la invasión de Kuwait y la Operación Tormenta, el conflicto de los Balcanes, Ruanda, el conflicto palestino-israelí, Afganistan, Chechenia, Irak... pero siempre de lejos y a través de las imágenes de las agencias informativas vía satélite. Por mis ojos han pasado muchas imágenes que luego no salen en los informativos, y puedo asegurar que se trata de una dura experiencia. Supongo que la pregunta de Albert tiene como objetivo que podamos expresar aquí qué se siente en realidad al encontrarte en medio de una batalla o envuelto en una escaramuza, por aquello de que conocemos de los conflictos por informaciones de segunda y/o tercera mano. A ese respecto sí puedo decir que he estado en el escenario de dos guerras, aunque por suerte, no en pleno desarrollo de las mismas. Poco puedo contar de mi experiencia, tan sólo algunas sensaciones que aún permanecen en mi memoria con el paso del tiempo.
La primera vez fue en 1990. Viajé a Tindouf, en la Hamada argelina, un desierto habitado por piedras, camellos y escorpiones, situada en la última esquina del mapa, en la confluencia de fronteras entre Marruecos, Argelia y Mauritania. Viajaba con un equipo que realizaba un reportaje sobre el Frente Polisario. Y tuve la oportunidad de desplazarme a la antigua zona donde se desarrollaron los combates, en los "Muros" que levantaron los marroquíes para combatir la guerrilla saharaui. En el trayecto, incluso nos dejaron disparar con un AK 47. Al llegar allí, nos dejaron ropa de camuflaje y subimos a una colina para ver de lejos una línea de fortificaciones, búnkeres y posiciones artilleras. Hacía tiempo que el conflicto se encontraba adormecido, y no existía riesgo real, pero puedo asegurar que la adrenalina se revolvía en mi interior, pensando "Y si...". No pasó nada. Tan sólo una sensación mezcla de miedo y excitación. Lo que me quedó grabado fue lo que pensaban los soldados del Frente Polisario acerca del enemigo. Lo contaban mientras compartíamos un té moruno ("amargo como la vida, suave como el amor, dulce como la muerte"). Lo compadecían. No detecté odio hacia los marroquíes que guarnecían el dichoso "Muro". Echaban la culpa a su gobierno (entonces Hassan II era el rey alauita), pero se sentían "hermanados en la desgracia" con los soldados. Por lo que pude averiguar, el trato a los prisioneros era más que correcto. Y deseaban profundamente que el conflicto (que dura desde 1975) acabara de una vez por todas para volver a convivir en paz con sus antiguos enemigos.
La segunda vez fue en 1995, esta vez a Mostar, en Bosnia. Invitados por el Ministerio de Defensa, cubríamos la celebración de la fiesta del 12 de Octubre por parte de las tropas españolas encuadradas en la IFOR. Viajamos en un Casa 101 desde Getafe a Mostar, un avión sin baño ni asientos (tan sólo una estructura de aluminio con unas tiras de lona para rellenar los huecos). Al acercarnos a tierra, desde las ventanillas se podían ver las posiciones antiáreas en las colinas que rodeaban el Neretva, las líneas de trincheras, algún cañón quemado... Y luego, cuando nos desplazamos a la ciudad y embocamos la avenida de entrada desde el aeropuerto, el silencio cayó sobre el autobús al ver a unos metros la acera derecha (la zona bosnia), plagada de edificios literalmente acribillados a balazos, esa imagen recurrente de todos los noticiarios durante la época que duró el conflicto. Y, curiosamente, la acera izquierda, la zona croata, apenas tocada por algún que otro impacto. No dio tiempo a ver mucho más, pues nos llevaron a Medjugorje, a apenas 15 kilómetros de Mostar y sede de las tropas españolas. Todo un impacto por el contraste. Se trata de una ciudad mariana, con un célebre santuario, y la población hervía de peregrinos y turistas. No era de extrañar, en aquella época el conflicto balcánico se había desplazado ya de la zona y sólo quedaban las hogueras de Serbia, Montenegro y Kosovo. Croatas y bosnios convivían con una cierta normalidad. Todo un shock, ya que en mi mente las imágenes de la zona eran las que todos habíamos ido viendo: francotiradores, tanques de factura rusa, milicianos de uniforme caqui y letras cirílicas en sus escudos, tropas multinacionales en sus blindados blancos... Y allí tenía una pequeña y agradable ciudad en la que la única muestra de lo que había ocurrido apenas unos años antes era la presencia de una pareja de soldados españoles que montó guardia durante toda la noche en el hotel en el que nos alojábamos. Al día siguiente, durante los actos del Día de la Hispanidad, pude ver la ciudad de Mostar con más atención, y la verdad es que producía cierta desazón ver a plena luz del día unos edificios que no se diferenciaban mucho de los de Stalingrado en 1943. Poco más puedo contar de aquello. No tuve oportunidad de ver el famoso puente destruido y luego reconstruído, pues tuve que desplazarme a una población cercana para enviar la crónica para el informativo. En esta ocasión no sentí lo mismo que en el Sahara. Sin embargo, algunos "fotos" mentales no se borran de mi cabeza: las ruinas, un cementerio musulmán ocupando una gran ladera al otro lado del Neretva, los BMR rodeados de niños curiosos... Sólo pude desear no tener que vivir nunca una situación como la que aquella gente apenas acababa de pasar.
Un cordial saludo
La primera vez fue en 1990. Viajé a Tindouf, en la Hamada argelina, un desierto habitado por piedras, camellos y escorpiones, situada en la última esquina del mapa, en la confluencia de fronteras entre Marruecos, Argelia y Mauritania. Viajaba con un equipo que realizaba un reportaje sobre el Frente Polisario. Y tuve la oportunidad de desplazarme a la antigua zona donde se desarrollaron los combates, en los "Muros" que levantaron los marroquíes para combatir la guerrilla saharaui. En el trayecto, incluso nos dejaron disparar con un AK 47. Al llegar allí, nos dejaron ropa de camuflaje y subimos a una colina para ver de lejos una línea de fortificaciones, búnkeres y posiciones artilleras. Hacía tiempo que el conflicto se encontraba adormecido, y no existía riesgo real, pero puedo asegurar que la adrenalina se revolvía en mi interior, pensando "Y si...". No pasó nada. Tan sólo una sensación mezcla de miedo y excitación. Lo que me quedó grabado fue lo que pensaban los soldados del Frente Polisario acerca del enemigo. Lo contaban mientras compartíamos un té moruno ("amargo como la vida, suave como el amor, dulce como la muerte"). Lo compadecían. No detecté odio hacia los marroquíes que guarnecían el dichoso "Muro". Echaban la culpa a su gobierno (entonces Hassan II era el rey alauita), pero se sentían "hermanados en la desgracia" con los soldados. Por lo que pude averiguar, el trato a los prisioneros era más que correcto. Y deseaban profundamente que el conflicto (que dura desde 1975) acabara de una vez por todas para volver a convivir en paz con sus antiguos enemigos.
La segunda vez fue en 1995, esta vez a Mostar, en Bosnia. Invitados por el Ministerio de Defensa, cubríamos la celebración de la fiesta del 12 de Octubre por parte de las tropas españolas encuadradas en la IFOR. Viajamos en un Casa 101 desde Getafe a Mostar, un avión sin baño ni asientos (tan sólo una estructura de aluminio con unas tiras de lona para rellenar los huecos). Al acercarnos a tierra, desde las ventanillas se podían ver las posiciones antiáreas en las colinas que rodeaban el Neretva, las líneas de trincheras, algún cañón quemado... Y luego, cuando nos desplazamos a la ciudad y embocamos la avenida de entrada desde el aeropuerto, el silencio cayó sobre el autobús al ver a unos metros la acera derecha (la zona bosnia), plagada de edificios literalmente acribillados a balazos, esa imagen recurrente de todos los noticiarios durante la época que duró el conflicto. Y, curiosamente, la acera izquierda, la zona croata, apenas tocada por algún que otro impacto. No dio tiempo a ver mucho más, pues nos llevaron a Medjugorje, a apenas 15 kilómetros de Mostar y sede de las tropas españolas. Todo un impacto por el contraste. Se trata de una ciudad mariana, con un célebre santuario, y la población hervía de peregrinos y turistas. No era de extrañar, en aquella época el conflicto balcánico se había desplazado ya de la zona y sólo quedaban las hogueras de Serbia, Montenegro y Kosovo. Croatas y bosnios convivían con una cierta normalidad. Todo un shock, ya que en mi mente las imágenes de la zona eran las que todos habíamos ido viendo: francotiradores, tanques de factura rusa, milicianos de uniforme caqui y letras cirílicas en sus escudos, tropas multinacionales en sus blindados blancos... Y allí tenía una pequeña y agradable ciudad en la que la única muestra de lo que había ocurrido apenas unos años antes era la presencia de una pareja de soldados españoles que montó guardia durante toda la noche en el hotel en el que nos alojábamos. Al día siguiente, durante los actos del Día de la Hispanidad, pude ver la ciudad de Mostar con más atención, y la verdad es que producía cierta desazón ver a plena luz del día unos edificios que no se diferenciaban mucho de los de Stalingrado en 1943. Poco más puedo contar de aquello. No tuve oportunidad de ver el famoso puente destruido y luego reconstruído, pues tuve que desplazarme a una población cercana para enviar la crónica para el informativo. En esta ocasión no sentí lo mismo que en el Sahara. Sin embargo, algunos "fotos" mentales no se borran de mi cabeza: las ruinas, un cementerio musulmán ocupando una gran ladera al otro lado del Neretva, los BMR rodeados de niños curiosos... Sólo pude desear no tener que vivir nunca una situación como la que aquella gente apenas acababa de pasar.
Un cordial saludo