Publicado: Dom Sep 23, 2007 11:28 pm
(...)
[ Llegué a la ciudad (Breslau) a mediados de febrero. Aunque estaba siendo sometida a un duro ataque aéreo todavía quedaba una estrecha vía para poder aterrizar. En esta primera ocasión pasé un día y una noche en la ciudad para, después hacer llegar informes a Berlín. Volví de nuevo a finales de febrero, ahora en compañía del Secretario de Estado Naumann. Pero en esta ocasión, a diferencia de la vez anterior, la ciudad se encontraba ya sitiada. En estas circunstancias nos vimos obligados a hacer escala en Shweidnitz, que aún estaba controlada por los alemanes y así ponernos al día sobre cual era la situación en nuestro destino. Cuando estábamos dispuestos a continuar nuestro viaje, en el último minuto antes de despegar recibí una orden telefónica de Hitler prohibiéndome que bajo ningún concepto o circunstancia se me ocurriera entrar en Breslau.
Pese aquélla orden, yo me sentía obligada a seguir los dictados de mi corazón. Aún era una empleada civil del Instituto de Investigación de Darmstadt, de modo que no tenia por qué sentirme obligada por una orden directa de carácter militar, aunque se tratase del propio Führer. De modo que desobedecí una orden a la que no me sentía obligada y volé.
Udet. Un amigo de "siempre"
Ilustración. Col. Hannah Reitsch. publicada en "Fliegen Mein Leben"
El viaje a Breslau no fue realmente un vuelo, sino un continuo e ininterrumpido número de "saltos" a mínima altura, a muy pocos metros sobre los árboles, arbustos, setos y vallas para que el "Fieseler Storch" que pilotaba no fuera visible por los tanques rusos. De este modo pudimos llegar sanos y salvos a Breslau y tomamos por fin tierra en aquella ciudad sitiada. Aquí pude comprender cómo al igual que en Rusia, la guerra se vivía en su más terrorífica desnudez. Mientras mi acompañante cumplía con las órdenes que se le habían encomendado, yo podía ver hombres viejos, pálidas caras de mujeres marcadas por el miedo, y mudas por el terror que sobrecogía sus almas. Una vez cumplido con nuestro cometido volvimos sin ningún incidente.
La tercera vez que tuve que volar a Breslau fue en abril. Para ello me dirigí en primer lugar a mi ciudad natal, Hirschberg, cuya población civil había sido ya evacuada, si bien aún no había sido tomada por los rusos. Mi intención era continuar el vuelo desde allí a Breslau pero cuando aún me encontraba en Hirschberg me comunicaron que ya no era necesario continuar el viaje. Así que allí me quedé hasta que el día 19 de abril recibí un mensaje por radio según el cual debía presentarme en Munich. Triste me despedí de "Oberburgermeister" (alcalde) Blasius, viejo amigo de mis padres, sabiendo que ya no volvería a ver nunca más a este hombre, un verdadero alemán, y a mi querida ciudad.
Una vez en Munich recibí la orden de encontrar en los alrededores de Kitzbuehl cualquier lugar posible y útil al objeto de realizar aterrizajes de emergencia por los transportes de heridos. Conseguí tiempo y permiso para poder pasar un día con mi familia que se había trasladado a Salzburgo. Allí era donde habían sido evacuados, mis padres, mi hermana Heidi con sus tres hijos y nuestra fiel ayuda Anni. Aunque fuese sólo un día, pudimos regalarnos con la alegría de estar juntos, si bien bajo ese sentimiento crecía minuto a minuto la angustia que provocaba ver la tragedia que vivía Alemania.
Tras mi breve estancia en Salzburgo me dirigí de nuevo a Kitzbuehl donde el día 25 de abril recibí la noticia del Generaloberst. R. Ritter von Greim, quien me requirió a la mayor brevedad posible para cumplir con una orden especial, y acudir inmediatamente a Munich. Fue durante el vuelo cuando supe que le habían ordenado a Greim presentarse en la Cancillería para entrevistarse con Hitler. Yo era consciente de que Berlín se encontraba totalmente sitiada y que las tropas rusas ya estaban dentro de la ciudad, por lo que le modo más factible de llegar hasta la Cancillería era en helicóptero.
Von Greim conocía los vuelos de entrenamiento que había realizado sobre Berlín, en enero pasado, cuando estaba en el hospital y sabía que conocía la ciudad (pese a estar destruida) perfectamente. Esa fue la razón por la que recurrió a mi, pero las circunstancias actuales nos obligaban a ser conscientes de una realidad que no era otra que la imposibilidad de regresar de semejante viaje. Por ello, von Greim habló con mis padres para pedirles su consentimiento en que yo le acompañara. Ellos no dudaron en ningún momento, y sabedores de mi deseo de cumplir con mi deber, lo concedieron.
Era medianoche cuando llegué a Salzburgo, con la intención de despedirme de mi familia para siempre. Encontré a mis padres a la entrada del "Schloss Leopodskron" . Me abracé a ellos sin decir nada; después bajé al cuarto donde dormían los niños y me despedí de cada uno de ellos con un beso. Al salir, mis padres me esperaban de pie, callados junto al coche que me esperaba; allí fue donde vi por última vez sus ojos.
El Ju 188 que tenía que trasladarnos, con su propio piloto, a Ritter von Greim y a mí a Rechlin, despegaba a las 2.30 horas de la mañana del aeropuerto de Neu Bieberg, cerca de Munich. Yo estaba callada, en la estrecha barriga del avión y miraba las estrellas, en un cielo que, contra toda expectativa, aquella noche se encontraba libre de aviones enemigos, que dominaban desde hacía semanas todo el espacio aéreo alemán.
Para mí, la suerte ya estaba echada.]
(...continúa...)
[ Llegué a la ciudad (Breslau) a mediados de febrero. Aunque estaba siendo sometida a un duro ataque aéreo todavía quedaba una estrecha vía para poder aterrizar. En esta primera ocasión pasé un día y una noche en la ciudad para, después hacer llegar informes a Berlín. Volví de nuevo a finales de febrero, ahora en compañía del Secretario de Estado Naumann. Pero en esta ocasión, a diferencia de la vez anterior, la ciudad se encontraba ya sitiada. En estas circunstancias nos vimos obligados a hacer escala en Shweidnitz, que aún estaba controlada por los alemanes y así ponernos al día sobre cual era la situación en nuestro destino. Cuando estábamos dispuestos a continuar nuestro viaje, en el último minuto antes de despegar recibí una orden telefónica de Hitler prohibiéndome que bajo ningún concepto o circunstancia se me ocurriera entrar en Breslau.
Pese aquélla orden, yo me sentía obligada a seguir los dictados de mi corazón. Aún era una empleada civil del Instituto de Investigación de Darmstadt, de modo que no tenia por qué sentirme obligada por una orden directa de carácter militar, aunque se tratase del propio Führer. De modo que desobedecí una orden a la que no me sentía obligada y volé.
Udet. Un amigo de "siempre"
Ilustración. Col. Hannah Reitsch. publicada en "Fliegen Mein Leben"
El viaje a Breslau no fue realmente un vuelo, sino un continuo e ininterrumpido número de "saltos" a mínima altura, a muy pocos metros sobre los árboles, arbustos, setos y vallas para que el "Fieseler Storch" que pilotaba no fuera visible por los tanques rusos. De este modo pudimos llegar sanos y salvos a Breslau y tomamos por fin tierra en aquella ciudad sitiada. Aquí pude comprender cómo al igual que en Rusia, la guerra se vivía en su más terrorífica desnudez. Mientras mi acompañante cumplía con las órdenes que se le habían encomendado, yo podía ver hombres viejos, pálidas caras de mujeres marcadas por el miedo, y mudas por el terror que sobrecogía sus almas. Una vez cumplido con nuestro cometido volvimos sin ningún incidente.
La tercera vez que tuve que volar a Breslau fue en abril. Para ello me dirigí en primer lugar a mi ciudad natal, Hirschberg, cuya población civil había sido ya evacuada, si bien aún no había sido tomada por los rusos. Mi intención era continuar el vuelo desde allí a Breslau pero cuando aún me encontraba en Hirschberg me comunicaron que ya no era necesario continuar el viaje. Así que allí me quedé hasta que el día 19 de abril recibí un mensaje por radio según el cual debía presentarme en Munich. Triste me despedí de "Oberburgermeister" (alcalde) Blasius, viejo amigo de mis padres, sabiendo que ya no volvería a ver nunca más a este hombre, un verdadero alemán, y a mi querida ciudad.
Una vez en Munich recibí la orden de encontrar en los alrededores de Kitzbuehl cualquier lugar posible y útil al objeto de realizar aterrizajes de emergencia por los transportes de heridos. Conseguí tiempo y permiso para poder pasar un día con mi familia que se había trasladado a Salzburgo. Allí era donde habían sido evacuados, mis padres, mi hermana Heidi con sus tres hijos y nuestra fiel ayuda Anni. Aunque fuese sólo un día, pudimos regalarnos con la alegría de estar juntos, si bien bajo ese sentimiento crecía minuto a minuto la angustia que provocaba ver la tragedia que vivía Alemania.
Tras mi breve estancia en Salzburgo me dirigí de nuevo a Kitzbuehl donde el día 25 de abril recibí la noticia del Generaloberst. R. Ritter von Greim, quien me requirió a la mayor brevedad posible para cumplir con una orden especial, y acudir inmediatamente a Munich. Fue durante el vuelo cuando supe que le habían ordenado a Greim presentarse en la Cancillería para entrevistarse con Hitler. Yo era consciente de que Berlín se encontraba totalmente sitiada y que las tropas rusas ya estaban dentro de la ciudad, por lo que le modo más factible de llegar hasta la Cancillería era en helicóptero.
Von Greim conocía los vuelos de entrenamiento que había realizado sobre Berlín, en enero pasado, cuando estaba en el hospital y sabía que conocía la ciudad (pese a estar destruida) perfectamente. Esa fue la razón por la que recurrió a mi, pero las circunstancias actuales nos obligaban a ser conscientes de una realidad que no era otra que la imposibilidad de regresar de semejante viaje. Por ello, von Greim habló con mis padres para pedirles su consentimiento en que yo le acompañara. Ellos no dudaron en ningún momento, y sabedores de mi deseo de cumplir con mi deber, lo concedieron.
Era medianoche cuando llegué a Salzburgo, con la intención de despedirme de mi familia para siempre. Encontré a mis padres a la entrada del "Schloss Leopodskron" . Me abracé a ellos sin decir nada; después bajé al cuarto donde dormían los niños y me despedí de cada uno de ellos con un beso. Al salir, mis padres me esperaban de pie, callados junto al coche que me esperaba; allí fue donde vi por última vez sus ojos.
El Ju 188 que tenía que trasladarnos, con su propio piloto, a Ritter von Greim y a mí a Rechlin, despegaba a las 2.30 horas de la mañana del aeropuerto de Neu Bieberg, cerca de Munich. Yo estaba callada, en la estrecha barriga del avión y miraba las estrellas, en un cielo que, contra toda expectativa, aquella noche se encontraba libre de aviones enemigos, que dominaban desde hacía semanas todo el espacio aéreo alemán.
Para mí, la suerte ya estaba echada.]
(...continúa...)