Publicado: Dom Sep 23, 2007 11:33 pm
(...)
[ Los que allí estábamos constituíamos un círculo muy pequeño alrededor el Hitler. Aparte del Dr. Goebbels y su esposa, quienes habían renunciado libremente a abandonar Berlín con sus hijos, conocí a Eva Braun. También me encontré allí con Martin Bormann, el Secretario de Estado Naumann, el embajador Hevea, el Almirante Voss, el Oberst. Von Below, General Krebs, General Burgdorf, los pilotos de Hitler, Baur y Betz, las secretarias Sra. Christian, Sra. Junge y Srta. Krüger; el Dr. Lorenz, SS-Gruppenführer Rattenhuber ;y SS-Gruppenführer Fegelein, quien hacía poco se había casado con la hermana de Eva Braun. Todos los mencionados, a excepción de Goebbels estaban alojados en habitaciones del búnker, una planta más arriba. Era en la planta más baja, donde vivían Hitler, Eva Braun, el Dr. Goebbels y el Dr. Stumpfecker.
El los ratos en que no estaba ocupada en cuidar a von Greim, me dedicaba a los hijos de Goebbels. Poco después de haber saludado a Hitler, la Sra. Goebbels me acompaño a su habitación, una planta más arriba, donde pude asearme y quitarme de encima todo el polvo y suciedad del viaje. Cuando entré en esta habitación vi seis caritas de niños entre cuatro y doce años de edad, que me miraban con curiosidad. ¡Yo sabía volar! Aquello fue algo que abrió inmediatamente una puerta a la fantasía de los niños y mientras me aseaba, todavía conmocionada por lo vivido en las últimas horas, los niños no paraban de preguntarme y con ello me permitieron entrar en su colorido mundo de fantasía, alejándome un tanto de la cruda realidad que nos rodeaba. A partir de entonces tenia que acudir a su cuarto en cada comida para contarles historias de los países lejanos en que había estado y gentes que había conocido, contarles mis vuelos o cuentos que escuchaban con avidez. El amor de hermanos que reinaba entre los pequeños era conmovedor. Si uno de ellos estaba enfermo y por ello tenía que estar en la habitación contigua separado del resto, tenía que interrumpir de vez encunado mi narración, para que uno de ellos fuera corriendo a la otra habitación a contar a su hermanito lo que yo había relatado. Nos entreteníamos cantando a diferentes voces y les enseñé un auténtico "Tirloer Jodler" que aprendieron rápidamente.
El ruido de los bombardeos que venía del exterior no les preocupaba; porque pensaban, tal y como les había contado el "Tío Adolf" que con esto vencía al enemigo, y si en algún momento alguno de los más pequeños sentía miedo por el estrépito de las bombas rusas, los hermanos mayores le tranquilizaban y convencían con esta "versión".
A pesar de esta tranquila y pacífica imagen, la realidad no cambiaba, y la tensión crecía con cada hora, cada minuto, hasta llegar a ser insoportable. "Mañana si dios quiere, te despertarán otra vez" , cantaba a los niños por la noche antes de ir a dormir. ¿Alguien estaba seguro de que realmente fueran a despertar otra vez?.
Desde la primera noche que pasamos en el búnker (26/27 de abril) los rusos habían puesto bajo el alcance de su artillería la Cancillería. El fuego artillero no cesaba de caer sobre nosotros, y cada vez con más fuerza. Bajo el fuego y las explosiones, incluso en el último rincón del búnker, puedo decir que llovía cemento de las paredes. No se podía pensar en dormir. Todo el mundo estaba en estado permanente de alerta.
No tenía la más mínima duda, el final se acercaba. Todos lo sabíamos. Esta certeza pesaba sobre el pensamiento de todos los que allí nos encontrábamos encerrados y provocaba un sentimiento artificial de esperanza, que se contradecía con el más lógico sentido de la razón. El círculo más cercano a Hitler vivía totalmente aislado de la realidad de los hechos que sucedían en el exterior; la desesperada lucha por Berlín, y por el resto de Alemania. A pesar de ello, aún se hablaba de la esperanza de una salvación. Falsa esperanza que era alimentada por los rumores y noticias que llegaban al búnker de vez en cuando, y que no eran otra cosa que una cruel caricatura de la realidad.
Y esa atmósfera causaba una impresión muy honda en todos los que, como nosotros, habíamos llegado al búnker en las últimas horas, desde el exterior. A pesar de ello, todos los que compartíamos este mínimo espacio dentro de pocas horas íbamos a compartir idéntica suerte, pero Greim y yo, sentíamos como si estuviésemos separados por una pared invisible del resto de los "inquilinos" del búnker. Sentimiento de separación que se hacía mayor a medida que transcurrían las horas y la situación se agravaba ostensiblemente.
Durante los días siguientes (27/28 de abril) no sucedió nada que pudiera cambiar la situación. Las horas pasaban, y la monotonía se veía interrumpida de vez en cuando por alguna nueva esperanza nacida simplemente de la ilusión, o provocada por una noticia terrible que pasaba por todo el búnker como una lengua de fuego. Fegelein, el hombre de enlace entre Hitler y Himmler, cuñado de Eva Braun, había sido ejecutado, según se decía, por orden del propio Hitler acusado de deserción. En momentos así parecía como si el suelo se desvaneciera bajo mis pies.
La intensidad de los ataques de artillería sobre la Cancillería aumentaba de hora en hora. No cabía la más mínima duda, el ruso avanzaba continuamente, y nuestras esperanzas de volver a ver la luz del día se habían desvanecido por completo.]
(…continúa…)
[ Los que allí estábamos constituíamos un círculo muy pequeño alrededor el Hitler. Aparte del Dr. Goebbels y su esposa, quienes habían renunciado libremente a abandonar Berlín con sus hijos, conocí a Eva Braun. También me encontré allí con Martin Bormann, el Secretario de Estado Naumann, el embajador Hevea, el Almirante Voss, el Oberst. Von Below, General Krebs, General Burgdorf, los pilotos de Hitler, Baur y Betz, las secretarias Sra. Christian, Sra. Junge y Srta. Krüger; el Dr. Lorenz, SS-Gruppenführer Rattenhuber ;y SS-Gruppenführer Fegelein, quien hacía poco se había casado con la hermana de Eva Braun. Todos los mencionados, a excepción de Goebbels estaban alojados en habitaciones del búnker, una planta más arriba. Era en la planta más baja, donde vivían Hitler, Eva Braun, el Dr. Goebbels y el Dr. Stumpfecker.
El los ratos en que no estaba ocupada en cuidar a von Greim, me dedicaba a los hijos de Goebbels. Poco después de haber saludado a Hitler, la Sra. Goebbels me acompaño a su habitación, una planta más arriba, donde pude asearme y quitarme de encima todo el polvo y suciedad del viaje. Cuando entré en esta habitación vi seis caritas de niños entre cuatro y doce años de edad, que me miraban con curiosidad. ¡Yo sabía volar! Aquello fue algo que abrió inmediatamente una puerta a la fantasía de los niños y mientras me aseaba, todavía conmocionada por lo vivido en las últimas horas, los niños no paraban de preguntarme y con ello me permitieron entrar en su colorido mundo de fantasía, alejándome un tanto de la cruda realidad que nos rodeaba. A partir de entonces tenia que acudir a su cuarto en cada comida para contarles historias de los países lejanos en que había estado y gentes que había conocido, contarles mis vuelos o cuentos que escuchaban con avidez. El amor de hermanos que reinaba entre los pequeños era conmovedor. Si uno de ellos estaba enfermo y por ello tenía que estar en la habitación contigua separado del resto, tenía que interrumpir de vez encunado mi narración, para que uno de ellos fuera corriendo a la otra habitación a contar a su hermanito lo que yo había relatado. Nos entreteníamos cantando a diferentes voces y les enseñé un auténtico "Tirloer Jodler" que aprendieron rápidamente.
El ruido de los bombardeos que venía del exterior no les preocupaba; porque pensaban, tal y como les había contado el "Tío Adolf" que con esto vencía al enemigo, y si en algún momento alguno de los más pequeños sentía miedo por el estrépito de las bombas rusas, los hermanos mayores le tranquilizaban y convencían con esta "versión".
A pesar de esta tranquila y pacífica imagen, la realidad no cambiaba, y la tensión crecía con cada hora, cada minuto, hasta llegar a ser insoportable. "Mañana si dios quiere, te despertarán otra vez" , cantaba a los niños por la noche antes de ir a dormir. ¿Alguien estaba seguro de que realmente fueran a despertar otra vez?.
Desde la primera noche que pasamos en el búnker (26/27 de abril) los rusos habían puesto bajo el alcance de su artillería la Cancillería. El fuego artillero no cesaba de caer sobre nosotros, y cada vez con más fuerza. Bajo el fuego y las explosiones, incluso en el último rincón del búnker, puedo decir que llovía cemento de las paredes. No se podía pensar en dormir. Todo el mundo estaba en estado permanente de alerta.
No tenía la más mínima duda, el final se acercaba. Todos lo sabíamos. Esta certeza pesaba sobre el pensamiento de todos los que allí nos encontrábamos encerrados y provocaba un sentimiento artificial de esperanza, que se contradecía con el más lógico sentido de la razón. El círculo más cercano a Hitler vivía totalmente aislado de la realidad de los hechos que sucedían en el exterior; la desesperada lucha por Berlín, y por el resto de Alemania. A pesar de ello, aún se hablaba de la esperanza de una salvación. Falsa esperanza que era alimentada por los rumores y noticias que llegaban al búnker de vez en cuando, y que no eran otra cosa que una cruel caricatura de la realidad.
Y esa atmósfera causaba una impresión muy honda en todos los que, como nosotros, habíamos llegado al búnker en las últimas horas, desde el exterior. A pesar de ello, todos los que compartíamos este mínimo espacio dentro de pocas horas íbamos a compartir idéntica suerte, pero Greim y yo, sentíamos como si estuviésemos separados por una pared invisible del resto de los "inquilinos" del búnker. Sentimiento de separación que se hacía mayor a medida que transcurrían las horas y la situación se agravaba ostensiblemente.
Durante los días siguientes (27/28 de abril) no sucedió nada que pudiera cambiar la situación. Las horas pasaban, y la monotonía se veía interrumpida de vez en cuando por alguna nueva esperanza nacida simplemente de la ilusión, o provocada por una noticia terrible que pasaba por todo el búnker como una lengua de fuego. Fegelein, el hombre de enlace entre Hitler y Himmler, cuñado de Eva Braun, había sido ejecutado, según se decía, por orden del propio Hitler acusado de deserción. En momentos así parecía como si el suelo se desvaneciera bajo mis pies.
La intensidad de los ataques de artillería sobre la Cancillería aumentaba de hora en hora. No cabía la más mínima duda, el ruso avanzaba continuamente, y nuestras esperanzas de volver a ver la luz del día se habían desvanecido por completo.]
(…continúa…)