Publicado: Lun Sep 24, 2007 12:07 am
(...)
TRAS LA CAPITULACIÓN
Tras la capitulación el único consuelo que tenía era saber que mi familia estaba cerca, en Salzburgo. Dentro de la desgracia que nos rodeaba, este pensamiento era el único agradable. A pesar de todo había un hogar y la seguridad de una familia para mi. Mi única obsesión ahora era hacerles llegar una noticia mía, hacerles saber que estaba bien. Por fin pude enviarles un mensaje mediante un correo, pero ya nadie me contestaría. Sólo quedaban siete tumbas de mis personas más queridas.
Poco antes de la llegada de los americanos había corrido el rumor, según el cual, se iba a devolver a sus ciudades de origen a todos los evacuados del Este. Mi padre, como médico que era, había visto con sus propios ojos lo que esto significaría para las mujeres y los niños. Como médico había tenido que acudir a atender a las niñas y mujeres que habían sufrido las consecuencias del avance de los rusos en algunos pueblos que habían sido recuperados por algún tiempo. Sólo sentía la necesidad de cumplir con su deber, con la responsabilidad de liberar a los suyos del horror que les esperaba. Por ello hizo lo más difícil y lo mas duro. Mi hermano había desaparecido, y por aquél entonces no sabíamos si vivía; en cuanto a mí y las circunstancias de mi último vuelo a Berlín, hicieron perder a mi padre toda esperanza de volver a verme con vida.
Ritter von Greim también abandonó la vida, voluntariamente pocos días después de haber recibido la noticia de la muerte de mi familia. Hecho prisionero en el hospital, y aún convaleciente de sus heridas, los norteamericanos lo habían llevado a Salzburgo, dispensándole un trato de lo más indigno para un militar íntegro y un caballero. Desde aquí tenían la intención de llevarlo como prisionero de guerra a algún lugar en Francia. En esta hora , en que el honor de un oficial no tenía el más mínimo valor, terminaba su camino, un camino que él anduvo toda su vida conforme a la tradición y honor que exigía su posición. Este era el último acto que se sentía obligado a hacer en cumplimiento de su deber.
Yo por el contrario intentaba vivir, y vivía. No obstante ahora era prisionera de los norteamericanos. Y así iba a continuar durante los siguientes 15 meses. Mi condición era la de "high criminal person".
Y yo me preguntaba ¿Cuál era mi culpa?. Yo era alemana, una piloto conocida, de la que se sabía que hasta el último instante había cumplido con su deber, y que amaba a su patria. Eran muchas las leyendas que se habían fraguado en torno a mi último vuelo. Muchos creían que podría haber llevado a Hitler a algún escondite, fuera de Berlín.
Primero me "alojaron", en la Villa Gmund, donde me llevaron desde Kitzbuehl. Allí me trataron con cierta cortesía pensando que quizá en cualquier momento pudiera revelar el secreto. Pero como tal secreto no existía y yo no revelaba nada al respecto, pronto cambió la situación y el trato recibido. De las más o menos educadas palabras de mis carceleros pasé a recibir empujones con las culatas de sus fusiles para hacerme entrar en mi celda de la prisión. Prisión donde iba a conocer en toda su amplitud el sentido de la humillación. Días enteros entre cuatro paredes de una estrecha habitación, mientras mis ojos buscaban con ansiedad ver un trozo de cielo azul a través de la pequeña ventana protegida con rejas.
Salí de aquélla prisión y me llevaron en un Jeep, entre cajas y equipajes, por unas carreteras destrozadas, llenas de baches y conducido por el mismo diablo. Así pasé nueve horas para llegar y entregarme a mi nueva prisión. Otra vez se cerraba tras de mí la puerta de una celda.
El "alojamiento" tenía el tamaño del compartimento de un tren. A parte de la paja que había en el suelo no tenía nada, absolutamente nada mas, ni una cama, ni un cubo. La ventana tenía sólidas rejas pero no tenía cristal y por ella penetraba el húmedo frío de octubre.
Mientras trataba de vivir en esas condiciones me preguntaba ¿era esto América?, ¿la América que yo había visto en 1.938? ¿la América en que yo había vivido, y aprendido a amar?. Trataba de leer en las caras del vencedor que me rodeaba algo de aquélla América que aún guardaba en mi memoria. Pero no encontraba nada, y eso era aún peor que la alambrada que me separaba de la libertad. La cara de América estaba hoy llena de odio.
Un día llegó al último de los campos para prisioneros en que me habían internado. Un general norteamericano. Venía a mi celda con cierta frecuencia y en esos momentos veía delante de mi un americano como aquéllos que había conocido años atrás, un hombre con un corazón y humanamente abierto. Más tarde conocí a su esposa, una mujer americana de pelo gris y una cara clara y bonita. Ella también vivía en el mundo de los vencedores. Tras la derrota que habíamos sufrido y los acontecimientos y noticias posteriores, pude ser consciente de que la propaganda no sólo puede engañar a un pueblo entero, sino que también puede cegarlo contra su propia culpabilidad. Mis conversaciones con este general y su esposa me confirmaban que en el mundo de los vencedores no había nada diferente en lo que a esto se refería. Estas dos personas al contrario que mis otros guardias que me habían vigilado e interrogado, no estaban llenas de odio y venganza. Pero en ellos también podía estudiar el resultado de una propaganda continua que durante años les había cegado en contra de Alemania, y los alemanes.
De modo que comprendí que todo lo que me había sucedido como prisionera, no era fruto de la crueldad humana, sino fruto de la ceguera de los pueblos en guerra.
Otra vez había llegado el verano. Sobre un fondo azul claro, en el cielo se dibujan formaciones de nubes semejantes a velos. Estoy delante de la ventana de mi habitación abierta hacia el jardín. De la habitación que ocupo desde mi salida de la prisión.]
**********
Ilustración. Reitsch, H. "Höhen und Tiefen" (1.978, Munich)
Hanna Reitsch con el General J. Doolittle a mediados de los 70'. Puede observarse como luce en su pecho su Cruz de Hierro.
Lo más interesante y peculiar de la vida de Hanna Reitsch no son desde luego, las peripecias porque hubo de pasar desde aquél momento en que subiera a bordo del FW 190 que la llevase junto a Robert Ritter von Greim a Berlín. Su legado vital está en otras páginas, las que hablan de una joven alegre y dispuesta a cumplir con su deber mientras disfruta con su trabajo, al igual que las que describen su vida posterior. Hasta el día de su muerte en Frankfurt vivió como siempre, dispuesta a pasear por las nubes en su planeador, como "una pasajera del viento", orgullosa de ser quien fue.
Gracias a todos.
(PD. Estimado Paradise; agradecerte con orgullo de padre, que parte de mi trabajo haya servido para el tuyo, y según he podido comprobar al leer tu artículo, para bien. Puedes disponer de cuanto escriba, si te puede ser útil, aunque sea para criticarme
)
TRAS LA CAPITULACIÓN
Tras la capitulación el único consuelo que tenía era saber que mi familia estaba cerca, en Salzburgo. Dentro de la desgracia que nos rodeaba, este pensamiento era el único agradable. A pesar de todo había un hogar y la seguridad de una familia para mi. Mi única obsesión ahora era hacerles llegar una noticia mía, hacerles saber que estaba bien. Por fin pude enviarles un mensaje mediante un correo, pero ya nadie me contestaría. Sólo quedaban siete tumbas de mis personas más queridas.
Poco antes de la llegada de los americanos había corrido el rumor, según el cual, se iba a devolver a sus ciudades de origen a todos los evacuados del Este. Mi padre, como médico que era, había visto con sus propios ojos lo que esto significaría para las mujeres y los niños. Como médico había tenido que acudir a atender a las niñas y mujeres que habían sufrido las consecuencias del avance de los rusos en algunos pueblos que habían sido recuperados por algún tiempo. Sólo sentía la necesidad de cumplir con su deber, con la responsabilidad de liberar a los suyos del horror que les esperaba. Por ello hizo lo más difícil y lo mas duro. Mi hermano había desaparecido, y por aquél entonces no sabíamos si vivía; en cuanto a mí y las circunstancias de mi último vuelo a Berlín, hicieron perder a mi padre toda esperanza de volver a verme con vida.
Ritter von Greim también abandonó la vida, voluntariamente pocos días después de haber recibido la noticia de la muerte de mi familia. Hecho prisionero en el hospital, y aún convaleciente de sus heridas, los norteamericanos lo habían llevado a Salzburgo, dispensándole un trato de lo más indigno para un militar íntegro y un caballero. Desde aquí tenían la intención de llevarlo como prisionero de guerra a algún lugar en Francia. En esta hora , en que el honor de un oficial no tenía el más mínimo valor, terminaba su camino, un camino que él anduvo toda su vida conforme a la tradición y honor que exigía su posición. Este era el último acto que se sentía obligado a hacer en cumplimiento de su deber.
Yo por el contrario intentaba vivir, y vivía. No obstante ahora era prisionera de los norteamericanos. Y así iba a continuar durante los siguientes 15 meses. Mi condición era la de "high criminal person".
Y yo me preguntaba ¿Cuál era mi culpa?. Yo era alemana, una piloto conocida, de la que se sabía que hasta el último instante había cumplido con su deber, y que amaba a su patria. Eran muchas las leyendas que se habían fraguado en torno a mi último vuelo. Muchos creían que podría haber llevado a Hitler a algún escondite, fuera de Berlín.
Primero me "alojaron", en la Villa Gmund, donde me llevaron desde Kitzbuehl. Allí me trataron con cierta cortesía pensando que quizá en cualquier momento pudiera revelar el secreto. Pero como tal secreto no existía y yo no revelaba nada al respecto, pronto cambió la situación y el trato recibido. De las más o menos educadas palabras de mis carceleros pasé a recibir empujones con las culatas de sus fusiles para hacerme entrar en mi celda de la prisión. Prisión donde iba a conocer en toda su amplitud el sentido de la humillación. Días enteros entre cuatro paredes de una estrecha habitación, mientras mis ojos buscaban con ansiedad ver un trozo de cielo azul a través de la pequeña ventana protegida con rejas.
Salí de aquélla prisión y me llevaron en un Jeep, entre cajas y equipajes, por unas carreteras destrozadas, llenas de baches y conducido por el mismo diablo. Así pasé nueve horas para llegar y entregarme a mi nueva prisión. Otra vez se cerraba tras de mí la puerta de una celda.
El "alojamiento" tenía el tamaño del compartimento de un tren. A parte de la paja que había en el suelo no tenía nada, absolutamente nada mas, ni una cama, ni un cubo. La ventana tenía sólidas rejas pero no tenía cristal y por ella penetraba el húmedo frío de octubre.
Mientras trataba de vivir en esas condiciones me preguntaba ¿era esto América?, ¿la América que yo había visto en 1.938? ¿la América en que yo había vivido, y aprendido a amar?. Trataba de leer en las caras del vencedor que me rodeaba algo de aquélla América que aún guardaba en mi memoria. Pero no encontraba nada, y eso era aún peor que la alambrada que me separaba de la libertad. La cara de América estaba hoy llena de odio.
Un día llegó al último de los campos para prisioneros en que me habían internado. Un general norteamericano. Venía a mi celda con cierta frecuencia y en esos momentos veía delante de mi un americano como aquéllos que había conocido años atrás, un hombre con un corazón y humanamente abierto. Más tarde conocí a su esposa, una mujer americana de pelo gris y una cara clara y bonita. Ella también vivía en el mundo de los vencedores. Tras la derrota que habíamos sufrido y los acontecimientos y noticias posteriores, pude ser consciente de que la propaganda no sólo puede engañar a un pueblo entero, sino que también puede cegarlo contra su propia culpabilidad. Mis conversaciones con este general y su esposa me confirmaban que en el mundo de los vencedores no había nada diferente en lo que a esto se refería. Estas dos personas al contrario que mis otros guardias que me habían vigilado e interrogado, no estaban llenas de odio y venganza. Pero en ellos también podía estudiar el resultado de una propaganda continua que durante años les había cegado en contra de Alemania, y los alemanes.
De modo que comprendí que todo lo que me había sucedido como prisionera, no era fruto de la crueldad humana, sino fruto de la ceguera de los pueblos en guerra.
Otra vez había llegado el verano. Sobre un fondo azul claro, en el cielo se dibujan formaciones de nubes semejantes a velos. Estoy delante de la ventana de mi habitación abierta hacia el jardín. De la habitación que ocupo desde mi salida de la prisión.]
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Ilustración. Reitsch, H. "Höhen und Tiefen" (1.978, Munich)
Hanna Reitsch con el General J. Doolittle a mediados de los 70'. Puede observarse como luce en su pecho su Cruz de Hierro.
Lo más interesante y peculiar de la vida de Hanna Reitsch no son desde luego, las peripecias porque hubo de pasar desde aquél momento en que subiera a bordo del FW 190 que la llevase junto a Robert Ritter von Greim a Berlín. Su legado vital está en otras páginas, las que hablan de una joven alegre y dispuesta a cumplir con su deber mientras disfruta con su trabajo, al igual que las que describen su vida posterior. Hasta el día de su muerte en Frankfurt vivió como siempre, dispuesta a pasear por las nubes en su planeador, como "una pasajera del viento", orgullosa de ser quien fue.
Gracias a todos.
(PD. Estimado Paradise; agradecerte con orgullo de padre, que parte de mi trabajo haya servido para el tuyo, y según he podido comprobar al leer tu artículo, para bien. Puedes disponer de cuanto escriba, si te puede ser útil, aunque sea para criticarme