Publicado: Mié Jul 16, 2008 9:39 pm
por Mikhailovna
Que no simon, shiquillo, que no; que el cerebro no es un panel de mando con interruptores donde ahora conecto estos y desconecto aquellos según decida él mismo porque se cotiza caro el barril de glucosa y hay que economizar en según que secciones y para que fines...

Es mucho más sencillo (aparentemente)…o eso, o tendría que escribir aquí todo un tratado de psiconeurología y no es el caso.

El entorno marca nuestras prioridades. Si tienes todas las necesidades básicas cubiertas (libertad incluida) te puedes dedicar a pensar en cosas "superfluas" como tú dices, pero si la situación actual demanda de ti que analices y evalúes otras prioridades tus recursos cognitivos se pondrán a ello…y ahí es donde tu cerebro "activará" unas áreas y "desactivará" otras; eres tú, intencionadamente y por necesidad, quien controlará tu procesamiento y no al revés. Así debería suceder en una situación donde no hay patologías mentales latentes …y no te estás muriendo de hambre, en cuyo caso la desnutrición severa podría alterar dicho control. También es cierto que cada persona tiene su propia escala de prioridades: lo que para mí puede ser vital para otro puede ser superfluo.

Si nos centramos en el contexto de un campo de concentración, podemos imaginar (y echándole mucha imaginación, porque espero que ninguno de los aquí presentes nos veamos jamás en una situación así) por las fases que debieron pasar la inmensa mayoría de judíos, y el resto no judío, y como los distintos escenarios van priorizando unos recursos cognitivos por otros. A grosso modo:

Una primera valoración, tal vez en el mismo momento de subir al tren, donde imagino que les dominaría la incertidumbre más apabullante y cierto grado de miedo (se supone que no sabían su destino verdadero). Una segunda fase, una vez llegados al campo, donde a la incertidumbre debía sumarse un sufrimiento atroz al separarlos de sus familiares; puedo imaginar a los oficiales de la SS explicando que los hombres iban a un barracón y las mujeres y niños a otro, pero antes había que desinfectarlos…no creo que el momento de pánico fuera menos intenso por la explicación, pero la situación era más controlable para los oficiales. Los que iban directos a la cámara de gas pues…se acababan sus elucubraciones y los que realmente se llevaban a barracones entraban en otra fase: la búsqueda de cualquier información sobre el paradero de sus seres queridos y la búsqueda de respuestas; en este proceso que podía durar ¿días? la ansiedad debía alcanzar cotas nada despreciables…pero todavía lejos de lo que les esperaba.

La ansiedad suele acompañarse principalmente de anorexia, insomnio, hipervigilancia y obviamente estrés…Aquellos cuerpos ya comenzaban a recibir un "maltrato físico" generado por la valoración negativa del entorno: el sistema nervioso poco puede hacer excepto responder químicamente a las exigencias físicas y psíquicas del individuo. La citada hipervigilancia, más la necesidad de saber aplicada a este escenario, conllevaría una alta receptividad de toda aquella posible información que sirviera para encontrar respuestas. No hay nada más angustioso para un ser humano que no saber y no me estoy refiriendo a la sabiduría intelectual sino a la vital. Ahora basta imaginar las respuestas que encontraban (existencia de cámaras de gas y su función) y las que debían deducir viendo el trato inhumano, incomprensible, aleatorio y cruelmente caprichoso que les profesaban los nazis.
Pasarían entonces a otra fase en la que se empezaría a "normalizar" la ansiedad generada por el paradero de los suyos…siempre sin perder la esperanza de que a lo mejor no los hubieran gaseado; en este punto la necesidad de comer debía empezar a ganar terreno por encima del resto de emociones: el instinto de supervivencia se pone en marcha.
Por otro lado conocer lo que podría ser su destino (acabar muerto) debía generar otro proceso de miedo intenso, en un tiempo limitado, que junto a la ausencia de noticias iría dando paso con el transcurrir de los días o meses a la fatídica desesperanza… y la más terrible aún percepción de incontrolabilidad de la situación: no sé nada, no sé que ocurrirá conmigo, ni cuando, no sé donde está mi familia ni siquiera sé si siguen vivos, no sé si estaré vivo mañana o hasta dentro de una hora…Esto es la Indefensión Aprehendida, que si tengo un rato entre post y post me gustaría colgar, porque explica, supuestamente, la -pasividad- de los judíos que tanto extraña.

Para entonces el hambre ha ido ganando terreno y con ella la desnutrición. El organismo ha sido castigado con unos niveles de estrés brutales; el estrés, junto al resto de los otros estados psicológicos y emociones: ansiedad, miedo, incertidumbre, insomnio, tristeza, etc. tienen sus correlatos químicos (neurotransmisores y hormonas) que acabarían por hundir a la persona en un estado depresivo, posiblemente agudo, donde terminarían aceptando su destino, cualquiera que fuese, sin oponer resistencia. Es lo que tiene la depresión exógena y con ella su inseparable amiga la desesperanza.

En una situación tan extrema, ese cerebro reptiliano al que haces referencia y así es como se define, puede que sí tome el control y por pura supervivencia impulse al individuo a buscar comida; pero aún así sigue existiendo un control voluntario: habría quienes se dejarían llevar por ese impulso con la vaga esperanza de seguir vivos para salir de allí y buscar a los suyos. Luego está la otra opción: los que ignorarían cualquier tipo de estímulo interno y se dejaron morir…
Y entre medias nadie "desconecta" la socialización, sencillamente queda relegada a un segundo plano (o incluso puede que quinto) porque no resulta adaptativa en ese entorno y en ese momento donde todo aquel que te quite comida es el enemigo. Como ejemplo de que la socialización sigue latente y vigente cuenta Laurence Rees en su libro "Los nazis y la solución final" el testimonio de una mujer judía cuando los rusos liberaron Auschwitz: los abrazos y los besos que les prodigaron los rusos fueron más apreciados y agradecidos que la comida que les dieron. Lo dice Laurence Rees, ¿eh?, pero de todos modos ya sabía de esta necesidad afectiva tan desesperada que muestran muchísimas personas cuando han atravesado un periodo de cautividad relativamente largo. Somos animales sociales, ea.

Como puedes ver en todo momento hemos sido nosotros, con nuestra continua y cambiante valoración y evaluación del entorno los que hemos ido modulando la química de nuestro cerebro y no al revés.
Con respecto a tu último párrafo estoy de acuerdo contigo excepto en llevar las cosas a posturas tan extremas y generales como el estrés total o la supervivencia absoluta.

Por supuesto ya se sabe que no todas las personas reaccionan igual ante una misma situación; como también se sabe que hubo prisioneros que no se rindieron y no dejaron de luchar hasta el último momento, pero parece ser que la inmensa mayoría terminó por asumir su destino sin ofrecer resistencia.

Todo lo expuesto es un análisis subjetivo, muy muy resumido, y no necesariamente debió suceder así, aunque por lo que he leído la secuencia de estados psicológicos no debía ser muy diferente.

Un kiss pelonero.