Publicado: Lun Ene 20, 2014 9:26 pm
por Wyrm
Gracias He-111 ;)
Vamos entonces con la tercera parte de la historia de nuestro oficial con memoria eidética. Espero que os guste... Gracias.



14 de Diciembre de 1942, región de Stalingrado

Estoy contento. Esta tarde tropecé de casualidad con una pequeña caja de madera enmohecida semienterrada en la trinchera. Estaba cerrada con un pequeño candado. Tomé mi PPsH y golpeé con la culata hasta que conseguí romperlo. En su interior descubrí un pequeño tesoro en forma de tabaco. También había un mechero al que alguien le había grabado hace tiempo una desgastada cruz de hierro y un nombre prácticamente ilegible, así como una petaca a la que aún le quedaban un par de amargos tragos. Creo que, si el gusto no me falla, es vodka. ¿Quién se desprendería de algo así?

Me senté y apoyé el arma a mi lado, ese compañero que nunca te abandona, y después encendí uno de los cigarros. Machorka...
Perdí la noción del tiempo y por un instante me evadí de todo cuanto me rodeaba. Sabía mal, muy mal, pero la sensación de tranquilidad que por un momento sentí no se me va a olvidar en la vida.
Sin embargo el rugido de un motor cercano me sacó de mi ensimismamiento. Saqué levemente la cabeza de la trinchera, y ahí estaba, en movimiento a poco menos de doscientos metros. ¡Era un maldito KV-1A! ¿Qué hacía en solitario por tierra de nadie? Y, más importante todavía, ¿De dónde narices había salido?
Apagué el cigarro y lo tapé con algo de tierra húmeda. Si me descubrían, estaba perdido. Contuve la respiración durante tanto tiempo como pude, y preparé el arma con sumo cuidado. Si debía morir, al menos no iba a ser sin defenderme.
De repente vi como sus cinco tripulantes se bajaron del carro y, dándome la espalda, se pusieron todos a mear. Eso es algo que no aconsejo ni al peor de mis enemigos. Qué horror. Mear a decenas de grados bajo cero es una de las peores torturas a la que te pueden someter.
A punto estuve de vaciar el cargador sobre ellos y librarles de ese doloroso momento, pero no lo hice. Esperé. Finalmente, entre risas y comentarios que no llegué a entender pero sí a oír, dado que el frío propaga mejor el sonido, se volvieron a montar en su blindado y continuaron su camino hacia al este.

Esa cómica escena me trajo el recuerdo de los acontecimientos siguientes al asalto a Rogoźno, que de cómicos tienen bastante poco.
Estaba yo orinando en unas malezas, junto a otros tres o cuatro soldados, cuando se me acercó por detrás el Oberleutnant Ohms.
- Volkmar -Me dijo-. Lamento lo de Clemens, sé que era un buen soldado.
- Si, lo era. Y un buen amigo también. -Respondí. Terminé en el arbusto y me giré. El teniente estaba nervioso, se le notaba. Se encendió un cigarro y me ofreció uno que acepté de buena gana. Después, pregunté-: ¿Deseaba algo más, Herr Ohms?
- Sí, así es. Necesito que me haga un informe de lo sucedido en Rogoźno lo antes posible. Pero no vine por eso; sé que eres diligente y lo hubieras hecho sin necesidad de recordártelo. Quiero que piense en un sustituto para el puesto de Clemens. Usted conoce mejor que nadie a esos chicos. Confiará en alguien.
- Sí, señor -Afirmé, aunque realmente no era así. Todos mis hombres sabían lo que hacían, pero no estaba seguro de si sabrían manejar escuadrillas o llevarían a más hombres a la muerte. Finalmente, contesté-. El soldado Sterl.
- Perfecto Volkmar. Ahora busque a Döbel y a Klubber, nos vamos. Han llegado unos camiones y Herr Sönner ha dado orden de montarnos.
- Entendido. -Contesté.
Quería haber preguntado "¿Ya?" o "¿Por qué?", pero esas no son preguntas que un soldado deba hacer, y menos delante de ojos indiscretos.
Con el cigarro aun sin encender saludé marcialmente al teniente y me fui, maldiciendo para mis adentros. Todos los muchachos teníamos la esperanza de que nos dejasen descansar una noche, sólo una, pero no fue así.
Estábamos haciendo uso de un nuevo método conocido como la guerra relámpago, y a la infantería nos tenían martirizados. En casi una semana apenas había dormido unas horas por día, estábamos agotados y casi no nos daban tiempo ni para comer.

Durante la noche atravesamos cuatro pueblos y pudimos más o menos descansar. A mí me tocó redactar lo ocurrido durante la tarde anterior, pero gracias al monótono ruido del Opel que nos transportaba también conseguí dormir un par de horas. Finalmente, sin que hubiera salido aún el sol, llegamos a un descampado cerca de Gniezno, donde estaba ya montado el campamento. Era una ciudad al sureste de Rogoźno.
Allí nos informaron de que la 1ª Compañía y los pelotones 2º y 3º de la 2ª, iban a asaltar la ciudad a primera hora de la mañana. Mientras tanto, el primer pelotón, nosotros, debíamos evitar a toda costa que los soldados que consiguieran escapar sobrepasasen nuestra línea al sur de Gniezno.
La razón era simple: Era un enclave para el paso de suministros, un lugar de vital importancia, y los soldados polacos allí refugiados podían atacar la retaguardia de las unidades situadas al sur del Vístula, entre Wloclawek y Konin, si nada les impedía retirarse y reorganizarse. Ahí, es donde entrábamos nosotros.

Mientras que los que iban a tomar la ciudad se preparaban para el asalto o descansaban un rato antes de entrar en acción, a nosotros nos condujeron hasta nuestra zona de despliegue. Se trataba de una ancha carretera de tierra apelmazada, rodeada por dos grandes campos de cereales de casi metro y medio de altura.
El Oberleutnant Ohms ordenó que mi escuadra se posicionara en la calzada, mientras que la 2ª y la 3ª estarían a izquierda y derecha respectivamente, camuflados por el trigal. Él estaría con la tercera.
Cavamos durante toda la noche y con ayuda de unos sacos creamos un parapeto lo suficientemente ancho y alto como para posicionar la Mg-34 y cubrir también a otro par de soldados más, entre ellos Sterl, el nuevo encargado de la semiescuadra de la ametralladora. El resto nos posicionaríamos detrás.

Recuerdo que miré el reloj. Eran las 8:00 de la mañana, hora alemana. Varias escuadrillas de Stuka sobrevolaron la ciudad soltando sus cargas explosivas y, entonces, empezó a azotarnos el nerviosismo previo a la batalla. En cualquier momento tendríamos que entrar en acción.
Me paré al lado de cada uno de mis nueve infantes -Aún no habíamos recibido remplazo para el hueco dejado por Clemens-, y les di ánimos. Creo que es lo que todo sargento debe hacer, preocuparse un poco por los hombres a su cargo. Después, esperamos.
Tras una hora de incertidumbre, los primeros uniformes marrones se vieron en el horizonte. Eran diez. Miré hacia la derecha buscando a Ohms y, con gestos, me ordenó que esperase. Nadie disparó. Cuando se acercaron un poco más, el teniente gritó algo en polaco, creo que quiso decir que tirasen las armas. Los infantes obedecieron e hicimos diez prisioneros sin disparar ni un solo tiro. Dos de los soldados de la segunda les pusieron cuerpo a tierra entre el trigal, y los mantuvieron encañonados para que no intentasen nada.
Sonreímos triunfales. Si todo iba a ser así, sería coser y cantar. Pronto, muy pronto, descubriríamos que estábamos completamente equivocados.

Media hora después el suelo comenzó a vibrar. Parecía una columna de blindados en movimiento, pero no, se trataba de una maldita unidad de caballería que avanzaba velozmente hacia nuestra posición. Eran treinta, cuarenta, o quizás más, y estaban armados con pistolas, puntiagudas lanzas y afilados sables.
Una vez más miré a Ohms y, de nuevo, nos mandó esperar. Gritó la palabra mágica ("¡Fuego!") cuando el enemigo se encontraba a doscientos metros, y entonces la ametralladora de Sterl comenzó a soltar mortales ráfagas.
Las escuadras de cada lado comenzaron a disparar, saliendo de su escondite, y nosotros hicimos lo propio. La sangre de las montura se mezclaba con la de los jinetes, pero su velocidad y determinación causó estragos entre la cansada voluntad de algunos soldados y éstos, asustados, se replegaron sin haber recibido tal orden. Mis hombres aguantaron estoicamente, hasta que el combate se convirtió en una violenta carga de caballería digna de la época medieval.
Desmonté a un soldado que pretendía pasarme por encima y le golpeé con la culata como si se tratase de un candado. Después disparé a otro, y maté a un tercero que acababa de atravesar de una lanzada el hombro de Kroll, uno de nuestros mejores tiradores. El soldado gritaba de dolor retorciéndose en el suelo con un palo de dos metros atravesando parte de su clavícula.
Me quedé un instante atontado mirando la dantesca escena, y a poco estuve de perder la cabeza por no prestar atención. Usando el subfusil a modo de escudo, bloqueé la estocada de un jinete justo en el momento en que rozaba mi cabellera, pero el muy canalla logró cortarme los dedos meñique y anular de cuajo. Caí al suelo sangrando abundantemente por la herida y, entre gritos de dolor, disparé como buenamente pude. Abatí tanto a la montura como al jinete, y la bestia equina a poco estuvo de aplastarme.

Miré hacia los lados, conmocionado. Nuestra posición, relativamente segura según nos habían informado, se acababa de convertir en una batalla campal a la antigua usanza. Los gritos de dolor y los relinchos de los animales se mezclaban con disparos y con golpes secos dados con las culatas de nuestros rifles.
Con la diestra aún temblando por el dolor, cambié el cargador y desde el suelo abatí a otros tres jinetes, antes de tener que enfrentarme a un cuarto armado únicamente con el cuchillo reglamentario. Finalmente la carga fue rechazada, pero las pérdidas fueron irreemplazables.

Los soldados que huyeron asustados, tres miembros de la 2ª y la 3ª escuadra, fueron masacrados cuando la carga atravesó nuestras líneas. Otros dos infantes de la 2ª causaron baja, así como un soldado más de la 3ª, el Unterfeldwebel Klubber. En la mía Kroll estaba herido grave y Dietmar había fallecido, desangrado a causa de la pérdida de un brazo.
El pelotón estaba diezmado, pero por suerte no tuvimos más combates. Mi escuadra contaba entonces con siete soldados, pero era la que mejor cara tenía tras lo sucedido aquel día. La pérdida de Klubber fue lo más duro, era un buen compañero. Y es verdad, aunque siempre diga lo mismo...