Publicado: Sab Ene 25, 2014 11:17 pm
por Wyrm
15 de Diciembre de 1942, región de Stalingrado

Otro día más... Tengo hambre y frío, mucho frío. Está nevando y tira bastante viento. Es una ventisca, una tempestad como las que sólo pueden darse en este inhóspito paraje perdido de la mano de Dios.
Me obligo a andar y a estirar los músculos, pero no aguantaré mucho más en este maldito lugar abandonado a su suerte. Mañana saldré en busca de otro sitio donde resguardarme, y quizás antes de que anochezca vaya a cazar algo. No soy capaz de resignarme a morir así. No he esquivado balas durante años para acabar de esta manera.
Con suerte, mucha suerte, quizás Döbel siga aún con vida. Igual hasta hay alguien más con él. Le vi correr hacia el norte cuando nos perseguían, debiera salir a buscarle... Sí, saldré a buscarle...
Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si realmente quedará alguien con vida o si sólo intento llenar mi cabeza con falsas esperanzas. Sea como fuere, continuaré con mi historia. Es la única forma que tengo ahora mismo de evadirme de la miseria que me rodea...

Después de nuestro último combate se nos trasladó al norte, atravesando la zona del bosque de Tuchola. Por ese lugar ya había arrasado el 8º Regimiento y no encontramos resistencia, cosa que agradecimos.
Aún así, la caminata que nos pegamos fue digna de merecer la Cruz de Caballero, y el odio que empezábamos a profesar hacia el ausente hauptmann de nuestra compañía se agravó cuando, agotados después de llevar todo el día de marcha, le vimos pasar a nuestro lado montado en un viejo carromato. Nos observaba con semblante altivo a través de sus pequeñas gafas redondas, mientras dos hermosos corceles tiraban de su vehículo. En aquel instante todos pensamos mil y un insultos, y mil y una maneras de acabar con él.

La Campaña de Polonia podría decirse que fue rápida, pero no indolora. Las heridas de los últimos enfrentamientos eran aún muy recientes, pero aguantábamos bien el tirón. Kroll viajó junto a nosotros con su brazo derecho en cabestrillo y un enorme vendaje cubriéndole el hombro y parte del torso, y yo, bueno, yo mostraba mi mejor cara pese a la pérdida de dos de mis dedos. Visto lo visto, era un mal menor.
Incluso nuestros camaradas caídos nos acompañaron, no literalmente, y brindamos por ellos con un par de botellas de slivovitz que tomamos "prestadas" de una bodega local. Era gente con la que habíamos compartido prácticamente todo un año, y su recuerdo aún estaba muy presente; demasiado para algunos, que no pudieron reprimir las lágrimas. Gracias al alcohol, esas lágrimas pronto se tornaron en risas.

Durante el trayecto cruzamos varios pueblos donde los nuestros ya estaban asentados. Ventanas y balconadas mostraban sábanas y camisas blancas en señal de rendición, mezcladas con distintas banderas rojas plagadas de esvásticas que algunos soldados habían colgado. Finalmente llegamos a nuestro destino, Świecie, una ciudad a orillas del Vístula.
Ocupamos un edificio de tres plantas desde donde se podía ver el río, y mandamos a los muchachos a dormir en cualquiera de los pisos superiores. Döbel y yo, sentados en el portal bajo la tenue luz de una lámpara, nos quitábamos las grandes ampollas de nuestros pies, pasándolas por el cuchillo, mientras discutíamos la idea de si recibiríamos pronto los reemplazos necesarios para nuestro diezmado pelotón. Habían pasado casi dos días, y no teníamos noticias al respecto.

Dicho y hecho. Acabábamos de acostarnos, o eso me pareció, cuando alguien encendió la luz de nuestra habitación. Era el capitán Sönner, acompañado por el teniente Ohms y un estirado suboficial.
Rápidamente nos levantamos, en calzones, y nos pusimos en posición de firmes. Herr Sönner nos miraba con gesto indiferente, algo a lo que ya estábamos acostumbrados, y al poco habló:
- Elija una cama, Theodor. Ellos serán sus compañeros de pelotón. El fedwebel...
- Volkmar, señor... -Interrumpió nuestro oberleutnant-. El feldwebel Volkmar y el unterfeldwebel Döbel.
- Gracias, Friedrich -Añadió el hauptmann. Después me señaló y dijo-: Vístase y acompáñeme, tengo una tarea para usted, feldwebel Volkmar.
- Sí, señor -Contesté. Después posé mi mirada en Ohms, que ocupaba un discreto segundo plano, y le vi encogerse de hombros con el morro torcido. Yo estaba agotado, pero qué otra cosa podía hacer más que obedecer las órdenes...

Le cedí mi cama al nuevo suboficial con intención de empezar nuestra relación con buen pie, y me presenté formalmente mientras me vestía. Döbel hizo lo mismo, aunque permaneció tendido en su catre, cubriéndose los ojos con el brazo.
Theodor Müller, unterfeldwebel; vino del 3er Regimiento de reemplazos junto con casi una docena de infantes para rellenar los huecos de nuestras escuadras. Otros muchos fueron a parar a otras unidades de la 3ª División.
Tenía veintipocos años y la clara pose de un joven alemán orgulloso. Era majo, aunque no en todo estuviéramos de acuerdo -sobre todo con el tema de los judíos-, y parecía saber lo que hacía. Veintipocos seguía teniendo cuando la ametralladora de un tanque polaco, un 7TP, le acribilló a balazos una semana después, el mismo día que Ohms murió.

Cuando terminé de vestirme salí al pasillo. Allí estaba el oberleutnant Ohms, fumando, y un metro más allá estaba Sönner, esperándome impaciente junto a la escalera. Me cuadré y pregunté que se requería de mí. Ohms me señaló con la mirada al capitán, y éste me hizo seguirle hasta la azotea del edificio.
Una vez allí me prestó sus binoculares para observar un ferry que estaba atracado en la otra orilla del río, junto a un pequeño embarcadero. Alrededor de él había un buen número de soldados polacos y una ametralladora que apuntaba hacia nuestra ribera.
- ¿Lo ve? -Me preguntó.
- Si -Respondí-. Pero no entiendo qué quiere decirme, señor.
- Le creía más perspicaz, feldwebel. Quiero que me consiga ese barco. Con él podremos atravesar el río sin necesidad de puentes o botes de remos. Rodearíamos Chełmno en cuestión de horas con prácticamente todos nuestros efectivos.
- Señor, ¿Me permite una pequeña observación?
- Adelante -Me respondió, afirmando con la cabeza.
- Yo no tengo la menor idea de manejar un cacharro de esos.
- Friedrich, encárguese usted de los detalles -Contestó el hauptmann sin hacer mención a lo que yo había dicho.
- Si, mi capitán -Respondió Ohms.
Ambos se saludaron marcialmente y la esmirriada figura del hauptmann desapareció por las escaleras. Al poco le vimos marchar calle abajo, directo al cuartel.
El teniente me ofreció un cigarro y él se encendió otro pese a que acababa de tirar uno hacía escasos minutos. Después comenzó a hablarme de la "operación".
- Según creemos, Volkmar, esperan que ataquemos Chełmno por el puente que hay al Sur, pero confían en que no podemos rodearles. Si pudiéramos tomarles por sorpresa, sería un duro golpe para las topas afincadas en la ciudad. No podrían retirarse.
- Lo comprendo, señor, y no tengo problemas en cumplir con la tarea encomendada. Mi duda reside en cómo traeremos el transbordador. Que yo sepa, ninguno de mis hombres sabe pilotar un barco de esas características.
- Busque al gefreiter Geist, de la tercera escuadra. Él sabrá, era pescador -Me respondió-. Para cruzar el río tiene dos barcas de remos escondidas en la orilla un kilómetro al norte. Además de Geist, necesitará ocho hombres más. Si no quiere tener la responsabilidad de elegirlos, pida voluntarios.
Calló unos segundos mientras yo miraba hacia el horizonte, después me dijo:
- Volkmar, ¿Realmente se encuentra en condiciones?
- Claro, mi teniente -Dije, aunque realmente estaba mintiendo. Odiaba y temía los barcos a partes iguales. Era un miedo que nunca he podido entender, ni tampoco he conseguido superar. Suspiré y finalmente añadí-: Les traeré el barco...
Ohms se fue tras darme ánimos, y me quedé un par de minutos en la azotea mirando al vacío. Una vez más me había guardado un cargador repleto de preguntas, que se quedaron sin respuesta. como por ejemplo "¿Por qué yo?", pero la más importante era una que sólo yo podía responder "¿Conseguiría aparcar ese miedo irracional aunque fuera por un instante?".

Por si no ha quedado claro... Odio los barcos...