Publicado: Mar Feb 18, 2014 5:52 pm
Bueno, con este relato acaba el "paseo" de nuestro Oberleutnant por Polonia. Ahora toca decidir qué ocurrirá con él en "el presente". Salir del kessel es una tarea prácticamente imposible, así que veremos qué ocurre con nuestro hombre...
Espero que os guste.
Pasé los siguientes tres días encerrado en un cuartucho pequeño y húmedo en el primer piso del lazareto, que por no tener, no tenía ni cama. Estoy seguro de que ese rincón donde me recluyeron era el lugar donde los maestros soviéticos encerraban a los niños cuando se portaban mal o no hacían los deberes.
La única visita que recibí día sí y día también, y además varias veces al día, era la de la enfermera Elisa. Normalmente era cuando pasaba a cambiar mi orinal o a traerme un trozo de pan duro y mi cantimplora con agua recién descongelada, aunque a veces, pero sólo si tenía tiempo para charlar, me traía noticias del exterior. Ninguna buena, la verdad, pero verla durante unos minutos era suficiente para alegrarme el resto del día. Me supongo que tener cualquier tipo de trato conmigo más allá de sus servicios como enfermera, le hizo ganarse alguna que otra reprimenda por parte de la enfermera jefe, porque el último día apenas me dirigió la mirada.
Ni siquiera se me entregaron cuchillas de afeitar por miedo a que me quitara la vida, pero hoy, además de permitírseme un afeitado aunque fuera bajo estrecha vigilancia, Elisa me ha conseguido algo con lo que escribir. Gracias a su regalo de despedida puedo seguir plasmando mis recuerdos en papel.
Un par de corpulentos gendarmes con la medialuna metálica colgada al cuello custodiaron mi puerta día y noche, y a primera hora del día de hoy me entregaron mis pertenencias; asombrosamente, todas ellas.
Siendo sincero, me he quedado muy sorprendido de que hasta las cartas que tanto han dado que hablar se me hayan devuelto intactas. Supongo que, aunque parezca extraño, alguien de arriba habrá movido algunos hilos para tomarlas como "correo personal". Sea como fuere, el caso es que me han sido devueltas.
Una vez uniformado y pertrechado fui escoltado al exterior del hospital con ligeros empujones, nótese el sarcasmo, y allí esperaban dos Henschel 33G y tres SdKfz 6 atestados de soldados de rostro alicaído; por lo menos había media compañía. Además, detrás de cada semioruga había enganchada una pieza de artillería.
Me despedí de Elisa con la mirada, y ella levanto tímidamente la mano en respuesta. Tras eso, la muchacha volvió al interior del lazareto y yo me quedé a la espera de ver qué ocurría conmigo.
En ese momento se apeó del primer camión un Oberleutnant de mediana edad con cara de pocos amigos, en cuyo uniforme se podía ver perfectamente la bocamanga de la feldgendarmerie. Se me acercó y, sin decir nada, me arrancó ambas hombreras y las tiró al suelo, para después pisarlas con desprecio.
- ¡Bienvenido, escoria! -Me espetó-. Aquí mando yo, y sólo yo. Quizá fueras un teniente condecorado, pero ya no eres nada. Y no creas que porque hayas caído bien a algunos mandos te voy a tratar mejor que a cualquiera de estos cerdos. Eres igual, o incluso peor que el peor de ellos.
Aguanté el tipo, y él continúo con su monólogo:
- No quiero que me hables, salvo si te pido expresamente que lo hagas. ¿Me has entendido? -Callé, después de todo no me había pedido que hablase.-. Bien, bien, bien... Parece que por fin ha llegado un tipo listo al corral, y como me has caído bien, te contaré un secreto; serás el que lidere el ataque que tenemos programado para esta noche. Ahora súbete a uno de esos camiones, mierdecilla, los detalles se te darán por el camino.
De momento me ahorraré los pormenores de la misión, dado que aún no la hemos puesto en marcha, pero puedo asegurar que es una completa locura. Lo que sí que puedo decir es que mientras me comentaban a grandes rasgos lo que esta heterogénea unidad de prisioneros ha de hacer, la palabra fusilamiento apareció cada dos por tres.
Al parecer, el General Walter Heitz está de camino de convertir en legal el disparar a todo el que se rinda (1), y este Oberleutnant del que ahora soy subordinado parece ser su seguidor número uno, vamos, otro maldito Sönner, y encima con amigos fanáticos...
Mientras espero mi hora, y nunca mejor dicho, haré memoria para terminar de contar mi paso por Polonia.
Había pasado ya semana y media desde que se inició la Campaña de Septiembre y, pese a las pérdidas sufridas, algunas de ellas irreparables, aguantábamos todo lo que nos echasen encima. Siempre que podíamos estábamos en primera línea, y todos y cada uno de nosotros hacíamos todo cuanto estuviera en nuestra mano para lograr nuestros objetivos.
Así acabamos en los alrededores de Płock, habiendo empujado a los soldados polacos hacia la ribera opuesta del río Vístula. Todo había salido bien, y con pocas pérdidas humanas y materiales. La división tomó la ciudad y se asentó en ella.
Tuvimos tres días de descanso, durante los cuales sólo tuvimos que fortificar nuestras posiciones. Dormimos a pierna suelta, jugamos a las cartas durante horas, nos bebimos dos, tres o incluso cuatro botellas de slivovitz y, si nos hubieran dejado, hubiésemos conquistado Varsovia a base de agotar sus reservas de alcohol, ciudad que, por cierto, estaba ya bastante cerca.
Recuerdo que Döbel no paraba de repetir que podía oler el bigos que se estaba cocinando en la capital polaca, y hasta nos decía qué clase de condimentos le estaban echando. Le encantaba ese extraño revuelto. A mí, en cambio, me parecía asqueroso. Prefiero mil veces el eintopf con guisantes que nos daban para comer.
A las 6:00 horas del cuarto día en Płock hicimos de cabeza de lanza de todo el 29º Regimiento. Cruzamos el ancho puente metálico en formación táctica y alcanzamos sin problemas la ribera opuesta del Vístula.
Durante la primera hora todo fue bien, andábamos despreocupados bajo una lluvia típica de verano, como si la guerra en realidad no fuera con nosotros. Recuerdo que la conversación seguía siendo sobre platos de comida.
No sé cómo ni por qué, pero uno se acostumbra demasiado rápido a estar en el frente y se olvida de lo que realmente está haciendo.
Entonces, mientras andábamos por un camino rodeado de árboles en dirección a Gostynin, sonó un disparo entre los árboles. Instintivamente nos echamos cuerpo a tierra, y buscamos activamente al tirador. Recuerdo que miré a mi alrededor para comprobar que todos mis hombres se encontraban bien, hasta que escuché los gritos de dolor de alguien en nuestra retaguardia. Al mirar hacia el foco de los gritos descubrí que era el Oberleutnant Ohms; había sido herido.
Sin dudarlo un instante corrí hasta él, tras haber dicho al resto que aguantasen en su posición sin levantarse. En su posición se encontraba ya un joven sanitario.
El médico se empleó a fondo para salvar a nuestro oficial, pero acabó muriendo por el disparo recibido; la bala le atravesó el pecho. Sus últimas palabras fueron que le enviase a su mujer la carta que tenía guardada en la guerrera, y así lo hice en cuanto tuve ocasión.
A partir de ese momento el pelotón cayó en mis manos. Organicé a las escuadras para que batiesen el bosque que nos rodeaba. No quería más sorpresas desagradables.
Encontramos al asesino del Oberleutnant subido en un árbol, y fue abatido. También se localizó a otros tres pacos más que estaban escondidos en el bosque que rodea Gostynin. Hasta que conseguimos localizar e incapacitar a todos ellos fueron abatidos seis soldados más del pelotón, dos de los cuales fueron evacuados por graves heridas.
Al anochecer alcanzamos Gostynin, y si el plan de los tiradores polacos era retrasarnos, estaba claro que lo habían conseguido.
A primera hora del día siguiente el Hauptmann Sönner me hizo llamar. Ya había "pedido" un reemplazo para el Oberleutnant Ohms, pero hasta su llegada me tocaba seguir ejerciendo de líder del pelotón; no le quedaba más remedio.
Me dijo que el 8º Ejército estaba sufriendo graves pérdidas debido a un inesperado contraataque polaco, y que pronto llegarían a la ciudad; era momento de prepararse.
Y así fue. Al atardecer de ese mismo día los polacos llegaron hasta las puertas de Gostynin, pero nosotros les estábamos esperando desde hacía horas en nuestras posiciones defensivas alrededor del pueblo.
Fue un combate caótico, demasiado caótico diría yo. Todo comenzó con una descarga de proyectiles explosivos que duró algo más de dos minutos, sin saber realmente de dónde venían o si eran nuestros o del enemigo, y para cuando finalmente pudimos reaccionar, teníamos a la infantería prácticamente encima y a los tanques intentando romper nuestras líneas en los flancos. Las pérdidas debido al ataque de artillería habían sido numerosas, pero no podíamos flaquear o perderíamos la iniciativa.
Durante la batalla, que duró más de tres horas, luchamos como animales. A oleadas, el enemigo se nos echaba encima, ya fuera a pie o a caballo, y no nos quedaba otra que repelerlos haciendo uso de todo cuanto teníamos al alcance: pistolas, rifles, bayonetas o incluso palos, ladrillos o piedras. Después se replegaban, para repetir la operación y cargar pocos minutos después.
Siempre que podía me dedicaba a estimular al pelotón para que no se dejasen desmoralizar por la superioridad polaca, superioridad que desapareció tras la primera hora de combate. Gritaba para que no se levantasen de sus posiciones o para que disparasen a discreción contra cualquier figura que se acercase lo suficiente. Recorría rápidamente nuestras defensas para comprobar que la línea del frente continuaba estando donde debía estar, y reforzaba aquellas posiciones que estaban algo más flojas.
Para ser la primera vez que dirigía tantos hombres, creo que no lo hice tan mal.
Finalmente, la batalla acabó. No sabría expresar con exactitud cuántos soldados murieron aquel día, pero sí que la división quedó bastante tocada. Los polacos acabaron huyendo con todos sus tanques destruidos o inutilizados, y nosotros avanzamos en pos de no dejarles reorganizarse y contraatacar de nuevo. Hicimos cientos de prisioneros. Como dato, nuestro pelotón contaba con sólo dos suboficiales, Döbel y yo, ningún oficial, y poco menos de quince hombres.
Lo que llevamos a cabo aquel día fue algo digno de mención, y al Hauptmann Sönner le concedieron poco después la Cruz de Caballero por la defensa tan bien organizada de la Compañía 2 durante la batalla en Gostynin. Siendo sincero, yo no le vi organizando nada, aunque siempre puedo equivocarme dado que bastante tenía yo ya.
Pocos días después de aquella batalla fuimos relevados del frente. Nos llevaron de vuelta a Alemania para reorganizar la división...
1: En lo que pongo en el relato hago referencia a lo siguiente:
viewtopic.php?p=76976#p76976
P.D.: Agradezco a Paradise el que me eche un cable de vez en cuando con información para el relato.
Espero que os guste.
24 de Diciembre de 1942, región de Stalingrado
Pasé los siguientes tres días encerrado en un cuartucho pequeño y húmedo en el primer piso del lazareto, que por no tener, no tenía ni cama. Estoy seguro de que ese rincón donde me recluyeron era el lugar donde los maestros soviéticos encerraban a los niños cuando se portaban mal o no hacían los deberes.
La única visita que recibí día sí y día también, y además varias veces al día, era la de la enfermera Elisa. Normalmente era cuando pasaba a cambiar mi orinal o a traerme un trozo de pan duro y mi cantimplora con agua recién descongelada, aunque a veces, pero sólo si tenía tiempo para charlar, me traía noticias del exterior. Ninguna buena, la verdad, pero verla durante unos minutos era suficiente para alegrarme el resto del día. Me supongo que tener cualquier tipo de trato conmigo más allá de sus servicios como enfermera, le hizo ganarse alguna que otra reprimenda por parte de la enfermera jefe, porque el último día apenas me dirigió la mirada.
Ni siquiera se me entregaron cuchillas de afeitar por miedo a que me quitara la vida, pero hoy, además de permitírseme un afeitado aunque fuera bajo estrecha vigilancia, Elisa me ha conseguido algo con lo que escribir. Gracias a su regalo de despedida puedo seguir plasmando mis recuerdos en papel.
Un par de corpulentos gendarmes con la medialuna metálica colgada al cuello custodiaron mi puerta día y noche, y a primera hora del día de hoy me entregaron mis pertenencias; asombrosamente, todas ellas.
Siendo sincero, me he quedado muy sorprendido de que hasta las cartas que tanto han dado que hablar se me hayan devuelto intactas. Supongo que, aunque parezca extraño, alguien de arriba habrá movido algunos hilos para tomarlas como "correo personal". Sea como fuere, el caso es que me han sido devueltas.
Una vez uniformado y pertrechado fui escoltado al exterior del hospital con ligeros empujones, nótese el sarcasmo, y allí esperaban dos Henschel 33G y tres SdKfz 6 atestados de soldados de rostro alicaído; por lo menos había media compañía. Además, detrás de cada semioruga había enganchada una pieza de artillería.
Me despedí de Elisa con la mirada, y ella levanto tímidamente la mano en respuesta. Tras eso, la muchacha volvió al interior del lazareto y yo me quedé a la espera de ver qué ocurría conmigo.
En ese momento se apeó del primer camión un Oberleutnant de mediana edad con cara de pocos amigos, en cuyo uniforme se podía ver perfectamente la bocamanga de la feldgendarmerie. Se me acercó y, sin decir nada, me arrancó ambas hombreras y las tiró al suelo, para después pisarlas con desprecio.
- ¡Bienvenido, escoria! -Me espetó-. Aquí mando yo, y sólo yo. Quizá fueras un teniente condecorado, pero ya no eres nada. Y no creas que porque hayas caído bien a algunos mandos te voy a tratar mejor que a cualquiera de estos cerdos. Eres igual, o incluso peor que el peor de ellos.
Aguanté el tipo, y él continúo con su monólogo:
- No quiero que me hables, salvo si te pido expresamente que lo hagas. ¿Me has entendido? -Callé, después de todo no me había pedido que hablase.-. Bien, bien, bien... Parece que por fin ha llegado un tipo listo al corral, y como me has caído bien, te contaré un secreto; serás el que lidere el ataque que tenemos programado para esta noche. Ahora súbete a uno de esos camiones, mierdecilla, los detalles se te darán por el camino.
De momento me ahorraré los pormenores de la misión, dado que aún no la hemos puesto en marcha, pero puedo asegurar que es una completa locura. Lo que sí que puedo decir es que mientras me comentaban a grandes rasgos lo que esta heterogénea unidad de prisioneros ha de hacer, la palabra fusilamiento apareció cada dos por tres.
Al parecer, el General Walter Heitz está de camino de convertir en legal el disparar a todo el que se rinda (1), y este Oberleutnant del que ahora soy subordinado parece ser su seguidor número uno, vamos, otro maldito Sönner, y encima con amigos fanáticos...
Mientras espero mi hora, y nunca mejor dicho, haré memoria para terminar de contar mi paso por Polonia.
Había pasado ya semana y media desde que se inició la Campaña de Septiembre y, pese a las pérdidas sufridas, algunas de ellas irreparables, aguantábamos todo lo que nos echasen encima. Siempre que podíamos estábamos en primera línea, y todos y cada uno de nosotros hacíamos todo cuanto estuviera en nuestra mano para lograr nuestros objetivos.
Así acabamos en los alrededores de Płock, habiendo empujado a los soldados polacos hacia la ribera opuesta del río Vístula. Todo había salido bien, y con pocas pérdidas humanas y materiales. La división tomó la ciudad y se asentó en ella.
Tuvimos tres días de descanso, durante los cuales sólo tuvimos que fortificar nuestras posiciones. Dormimos a pierna suelta, jugamos a las cartas durante horas, nos bebimos dos, tres o incluso cuatro botellas de slivovitz y, si nos hubieran dejado, hubiésemos conquistado Varsovia a base de agotar sus reservas de alcohol, ciudad que, por cierto, estaba ya bastante cerca.
Recuerdo que Döbel no paraba de repetir que podía oler el bigos que se estaba cocinando en la capital polaca, y hasta nos decía qué clase de condimentos le estaban echando. Le encantaba ese extraño revuelto. A mí, en cambio, me parecía asqueroso. Prefiero mil veces el eintopf con guisantes que nos daban para comer.
A las 6:00 horas del cuarto día en Płock hicimos de cabeza de lanza de todo el 29º Regimiento. Cruzamos el ancho puente metálico en formación táctica y alcanzamos sin problemas la ribera opuesta del Vístula.
Durante la primera hora todo fue bien, andábamos despreocupados bajo una lluvia típica de verano, como si la guerra en realidad no fuera con nosotros. Recuerdo que la conversación seguía siendo sobre platos de comida.
No sé cómo ni por qué, pero uno se acostumbra demasiado rápido a estar en el frente y se olvida de lo que realmente está haciendo.
Entonces, mientras andábamos por un camino rodeado de árboles en dirección a Gostynin, sonó un disparo entre los árboles. Instintivamente nos echamos cuerpo a tierra, y buscamos activamente al tirador. Recuerdo que miré a mi alrededor para comprobar que todos mis hombres se encontraban bien, hasta que escuché los gritos de dolor de alguien en nuestra retaguardia. Al mirar hacia el foco de los gritos descubrí que era el Oberleutnant Ohms; había sido herido.
Sin dudarlo un instante corrí hasta él, tras haber dicho al resto que aguantasen en su posición sin levantarse. En su posición se encontraba ya un joven sanitario.
El médico se empleó a fondo para salvar a nuestro oficial, pero acabó muriendo por el disparo recibido; la bala le atravesó el pecho. Sus últimas palabras fueron que le enviase a su mujer la carta que tenía guardada en la guerrera, y así lo hice en cuanto tuve ocasión.
A partir de ese momento el pelotón cayó en mis manos. Organicé a las escuadras para que batiesen el bosque que nos rodeaba. No quería más sorpresas desagradables.
Encontramos al asesino del Oberleutnant subido en un árbol, y fue abatido. También se localizó a otros tres pacos más que estaban escondidos en el bosque que rodea Gostynin. Hasta que conseguimos localizar e incapacitar a todos ellos fueron abatidos seis soldados más del pelotón, dos de los cuales fueron evacuados por graves heridas.
Al anochecer alcanzamos Gostynin, y si el plan de los tiradores polacos era retrasarnos, estaba claro que lo habían conseguido.
A primera hora del día siguiente el Hauptmann Sönner me hizo llamar. Ya había "pedido" un reemplazo para el Oberleutnant Ohms, pero hasta su llegada me tocaba seguir ejerciendo de líder del pelotón; no le quedaba más remedio.
Me dijo que el 8º Ejército estaba sufriendo graves pérdidas debido a un inesperado contraataque polaco, y que pronto llegarían a la ciudad; era momento de prepararse.
Y así fue. Al atardecer de ese mismo día los polacos llegaron hasta las puertas de Gostynin, pero nosotros les estábamos esperando desde hacía horas en nuestras posiciones defensivas alrededor del pueblo.
Fue un combate caótico, demasiado caótico diría yo. Todo comenzó con una descarga de proyectiles explosivos que duró algo más de dos minutos, sin saber realmente de dónde venían o si eran nuestros o del enemigo, y para cuando finalmente pudimos reaccionar, teníamos a la infantería prácticamente encima y a los tanques intentando romper nuestras líneas en los flancos. Las pérdidas debido al ataque de artillería habían sido numerosas, pero no podíamos flaquear o perderíamos la iniciativa.
Durante la batalla, que duró más de tres horas, luchamos como animales. A oleadas, el enemigo se nos echaba encima, ya fuera a pie o a caballo, y no nos quedaba otra que repelerlos haciendo uso de todo cuanto teníamos al alcance: pistolas, rifles, bayonetas o incluso palos, ladrillos o piedras. Después se replegaban, para repetir la operación y cargar pocos minutos después.
Siempre que podía me dedicaba a estimular al pelotón para que no se dejasen desmoralizar por la superioridad polaca, superioridad que desapareció tras la primera hora de combate. Gritaba para que no se levantasen de sus posiciones o para que disparasen a discreción contra cualquier figura que se acercase lo suficiente. Recorría rápidamente nuestras defensas para comprobar que la línea del frente continuaba estando donde debía estar, y reforzaba aquellas posiciones que estaban algo más flojas.
Para ser la primera vez que dirigía tantos hombres, creo que no lo hice tan mal.
Finalmente, la batalla acabó. No sabría expresar con exactitud cuántos soldados murieron aquel día, pero sí que la división quedó bastante tocada. Los polacos acabaron huyendo con todos sus tanques destruidos o inutilizados, y nosotros avanzamos en pos de no dejarles reorganizarse y contraatacar de nuevo. Hicimos cientos de prisioneros. Como dato, nuestro pelotón contaba con sólo dos suboficiales, Döbel y yo, ningún oficial, y poco menos de quince hombres.
Lo que llevamos a cabo aquel día fue algo digno de mención, y al Hauptmann Sönner le concedieron poco después la Cruz de Caballero por la defensa tan bien organizada de la Compañía 2 durante la batalla en Gostynin. Siendo sincero, yo no le vi organizando nada, aunque siempre puedo equivocarme dado que bastante tenía yo ya.
Pocos días después de aquella batalla fuimos relevados del frente. Nos llevaron de vuelta a Alemania para reorganizar la división...
1: En lo que pongo en el relato hago referencia a lo siguiente:
ParadiseLost escribió:Un caso parecido es el del general Heitz, general en jefe del VIII Cuerpo de Ejército, que después de asumir el mando las tropas del general von Seydlitz, emitió una orden el 29 enero en la que se prohibía cualquier capitulación o izado de bandera blanca bajo pena de ser fusilado. Por culpa de esa orden, cuando el Estado Mayor del LI Cuerpo se entregaba a los rusos, los alemanes abrieron fuego por la espalda contra sus propios oficiales, muriendo dos de ellos.
viewtopic.php?p=76976#p76976
P.D.: Agradezco a Paradise el que me eche un cable de vez en cuando con información para el relato.