Publicado: Mar Mar 04, 2014 1:50 pm
por Wyrm
25 de Diciembre de 1942, región de Stalingrado

Empezaría esta carta deseando feliz Navidad a todo aquel que la lea, pero estaría mintiendo. Esta Navidad de feliz tiene muy poco, y tampoco tengo ganas de desear felicidad a nadie. Poco más puedo decir, aunque al menos sigo vivo.
Sin embargo, la gran mayoría de los soldados de la unidad en la que injustamente estoy sirviendo ha caído durante la noche. Como estoy al abrigo de cuatro paredes, aunque desde mi posición no parecen nada firmes, he decidido que me voy a permitir el lujo de escribir lo sucedido en las primeras horas de la operación antes de continuar nuestro camino. Y, ya de paso, los soldados que han sobrevivido a nuestro encuentro con la artillería soviética, descansan un momento, que se lo merecen como el que más.

La heterogénea unidad a la que estoy adscrito había estado aguardando en un refugio subterráneo en la zona de Marinovka hasta que les ordenaron avanzar hacia el sureste. Su líder, un tal Claus Hlaine, oberleutnant de la 14ª Panzerdivision, cayó en una escaramuza contra una patrulla rusa, y sus hombres quedaron al mando del unterfeldwebel Krueger, un cansado suboficial de cuarenta años que sólo deseaba volver a casa para estar con su familia.
Bajo el mando de Krueger estaba el unteroffizier Heinz, un joven muchacho de 20 años, y Ulrich Böhme, unteroffizier también, veterano fallschirmjäger de veintitantos que había combatido en Holanda y Creta antes de ser enviado al glorioso Frente del Este. Al parecer, Böhme había hecho un "amigo" con rango de Obersturmführer, quién le recomendó para pasar un tiempo en una unidad disciplinaria.
Junto a él siempre está un enorme bruto que parece su guardaespaldas, Franz Bittrich, que había estado en áfrica y lo mandaron a Siberia porque ni allí le querían, y también un trabajador de los ferrocarriles del Reich que vendía lo que pillaba a cambio de comida o favores sexuales, con tan mala suerte de que le cazaron; su nombre, Dieter Bielki, aunque le gustan que le llamen "Opa", quien hablaba ruso casi a la perfección.

A estos tres soldados parece que ni el diablo les quiere, porque aún continúan dando guerra, y nunca mejor dicho. Krueger y Heinz no tuvieron tanta suerte; de cincuenta que empezamos la misión, conmigo al mando, quedamos la mitad. Y, si sigue como hasta ahora, caeremos unos cuantos más antes de que acabe el día.

Sobre el papel la tarea que se nos encomendó parecía coser y cantar. Consistía en alcanzar un bunker alemán abandonado situado al sur de Bereslavka, un pequeño poblado ruso al sur de Novyy Rogachik. En el bunker, con las prisas y la proximidad del ejército rojo, se olvidaron una decena de cajas con documentos de gran importancia. En palabras textuales del Oberleutnant Keurz, Comandante de la unidad de empleo especial, "el Alto Mando alemán estima de vital importancia la recuperación intacta de dicho material"; había que cogerlas y, sin abrirlas, llevarlas de vuelta hasta Bereslavka.
Además, las tres piezas de artillería que arrastraban los semiorugas nos darían fuego de cobertura durante el avance y la retirada, impidiendo un contragolpe ruso al cubrir con sus proyectiles explosivos la vanguardia de una posible unidad soviética tras el bunker. Parecía algo muy simple pero, como siempre, sólo lo parecía.

Me hice con los hombres de la unidad tan rápido como pude; comprobé sus armas, la munición, sus puntos fuertes y débiles, y los repartí en dos grupos de aproximadamente veintidós soldados, con dos suboficiales al cargo y conmigo a la cabeza. Böhme y Heinz se encargarían de liderar los dos grupos mientras Krueger se convertía en mi mano de derecha, más que nada, por si me ocurría algo y él debía tomar el mando de toda la unidad.

A la hora de comer llegamos a Bereslavka, un fantasmal poblado ruso cubierto por una espesa capa de nieve. Varios edificios estaban derrumbados, pero la mayoría continuaban en pie.
Vigilados constantemente por uno o dos gendarmes armados hasta los dientes, algunos de los soldados comían, jugaban o descansaban mientras otros pensábamos en lo que se nos venía encima. Yo, por ejemplo, tomé mis binoculares y fui con Krueger y Böhme al edificio más alto para ver si podíamos localizar el objetivo. Se trataba de una vivienda de dos plantas con una amplia azotea, desde donde, agachados por si había tiradores por la zona, pudimos observar el bunker en la distancia, justo antes de un pequeño pero denso bosque.

El bunker, de origen ruso, estaba compuesto, y de momento continúa estándolo, por la edificación principal y un entramado de trincheras que lo rodean por tres de sus cuatro costados, dejando sin protección su parte trasera, la que da hacia Bereslavka. Al parecer, se intentó crear una trinchera que cubriera la única zona sin protección, pero se dejó a medio construir.
El fortín principal, de forma hexagonal, tiene unos cinco metros de diámetro y dos de alto. Es de hormigón y aún puede verse la estrella soviética sobre la puerta, aunque fue rayada y pintada con la Balkenkreuz encima.
Se nota que fue abandonado con prisas por sus últimos ocupantes, porque en el exterior se quedaron varias cajas con munición, un par de bidones de gasolina a medio vaciar, utensilios de construcción como picos y palas, e incluso dos bicicletas. En aquel momento me extrañaba que el lugar no hubiera sido tomado por Iván, y pronto caí en la cuenta de que algo olía muy mal. No tardé en descubrir el por qué.

A la Hora H, medianoche, la afanosos artilleros comenzaron a disparar sus tres piezas por encima del bunker. La maléfica risa del Oberleutnant Keurz se mezclaba con el ruido de las explosiones en el bosque, y, entre carcajada y carcajada, nos gritaba que avanzásemos sin mirar atrás o nos dispararía ahí mismo. Si de algo estaba seguro, es que no quería que mi tumba fuera Bereslavka.
Como nota personal, y hablando en serio, si a Keurz le hubieran puesto una de esas gorras con una brillante estrella roja, hubiera imitado a la perfección a un fanático Comisario Político del Ejército Rojo en vez de a un oficial del Heer.

El cielo se iluminaba de un tono anaranjado con cada explosión mientras nosotros, sin poder hacer otra cosa salvo darnos la vuelta y convertirnos realmente en traidores a la patria, avanzábamos sobre el objetivo.
Íbamos con el cuello encogido y la cabeza entre los hombros, mientras que otros, como Bittrich, corrían tanto como podían sin miedo a un disparo. También había quienes directamente preferían reptar, pese a las insistencias de Heinz, Böhme, Krueger y un servidor, de que se levantasen y avanzasen.

De pronto sonó una explosión muy cerca de mí. Caí al suelo bajo un surtidor de tierra húmeda y algo me cayó sobre el pecho. Pensaba que era una piedra hasta que al quitármela de encima comprobé que se trataba de parte de un pie con la bota claveteada aún humeante. He visto muchas cosas, pero aquello me superó y no pude reprimir el vómito.
Algo aturdido grité "¡Minas!", y rápidamente se escucharon réplicas entre los soldados, mientras los suboficiales daban el alto. Sin embargo, pese a la advertencia, aquello parece que no fue escuchado por todos, o no todos se quedaron quietos, y sonaron dos explosiones más. Los gritos de ayuda y los estertores se mezclaban con las explosiones que nos iluminaban a varios cientos de metros. Quizás fueran imaginaciones mías, pero podía escuchar a la perfección la risa del gendarme. Entonces comprendí por qué fuimos nosotros los elegidos para esta tarea...

Comprobando el terreno con la bayoneta, avanzábamos sobre seguro. No sé cuanto tardamos en recorrer el trayecto hasta el bunker, pero se me hizo eterno. Dos soldados más pisaron sendos explosivos, y un tercero recibió metralla en su pierna derecha, quedando tan rodeado de minas que nos fue imposible llegar hasta él. Se arrastró un par de metros hacia el soldado más próximo, pero explotó en mil pedazos. Fue rápido, a la par que horrible.

En el momento en que alcanzamos una de las trincheras, la artillería paró de disparar. Hubiera preferido que nos hubieran ayudado un poco más, por si las moscas, pero no puedo quejarme; al menos tuvimos cobertura de artillería durante el avance.
No hubo ningún disparo desde el bosque, desplegamos a los hombres en la trinchera y, mientras Heinz los organizaba, Krueger, Böhme y yo entramos al búnker.
Ahí estaban las cajas, cuyas dimensiones eran las justas para que un hombre pudiera cogerlas y cargarlas de vuelta. Eran de madera, y todas estaban selladas con clavos. El águila pintada en todos sus costados y un mensaje en la tapa: "Berlín: Cancillería Führer".

Agarré una pensando que serían documentos, como nos dijeron, y me deslomé. Pesaban más que un muerto, y eso que un cadáver pesa lo suyo. Era posible transportarlas, sí, y lo sigue siendo, pero sería un trabajo agotador, además de tener que atravesar de nuevo la zona plagada de minas, cosa que ahora me apetece tanto como en ese momento; vamos, nada.
¿Qué rayos tendrían en su interior? La curiosidad llamó a mi puerta, pero tengo orden explicita de no investigar. Si hubiera sido otro oficial posiblemente hubiera caído en la tentación, pero yo no. De momento, la profesionalidad ante todo.
Böhme estaba tan extrañado como yo, mientras que a Krueger parecía que le daba igual. Él estaba contento con poder inspeccionar y comprobar el funcionamiento de las tres Mg34 posicionadas en el fortín.

Entonces, una bengala de color verdoso iluminó la noche. Los tres nos volvimos y miramos por una de las rendijas del bunker. Rápidamente tomamos nuestras armas y comenzamos a ponernos nerviosos.
- ¡Los rusos se nos echan encima! -Gritamos.
Krueger agarró la Mg que apuntaba directamente sobre el bosque y esperó. Böhme y yo salimos al exterior, para ver desde una mejor posición lo que ocurría. Le mandé con sus hombres, aunque no hubiera hecho falta porque ya sabía lo que tenía que hacer, y yo corrí por la trinchera hasta colocarme en medio de la que discurría paralela al bosque, a escasos cien metros de la arboleda.

Sin embargo, lo que en ese momento nos cayó encima no fue precisamente la infantería, sino un ataque de artillería de los dichosos Órganos de Stalin. Su sonido, muy característico, nos permitió echarnos a tierra antes de que todo se convirtiera en un mar de fuego. Permanecí encogido y con la cabeza entre los brazos hasta que todo pasó. Ni idea de cuánto tiempo fue.
Parte de la trinchera de la izquierda había sido completamente destrozada, impacto directo, y las partes amputadas y no volatilizadas de los soldados que allí se encontraban en ese momento, que perfectamente podíamos haber sido cualquiera, se mezclaban con la humeante tierra removida.
Todo a nuestro alrededor había dejado de ser una estepa uniforme para convertirse en un complejo de cráteres de diversos tamaños. Varios soldados gritaban de dolor, mientras que otros ya no podían hacerlo.
Después miré hacia el bunker. También había sido alcanzado y estaba prácticamente derrumbado. Me acerqué a toda prisa gritándole a Krueger, pero el unterfeldwebel no respondió.

Entré al fortín a rastras, dado que la puerta había sido bloqueada con parte del hormigón del techo, y lo encontré agonizando, con ambas piernas aplastadas bajo una enorme roca y un alambre atravesándole el estómago. Me senté a su lado y, con sus últimas fuerzas, tomó mi pistola y se disparó.

Y aquí est... ¡Mierda, nos atacan!




PD: Algunos de los nombres de esta última carta de Volkmar es posible que suenen por el foro... :twisted: jejeje