Publicado: Lun Oct 27, 2014 3:10 pm
Viejo conocido
Tres de la tarde
El comisario Dietrich corrió hacia su coche: ahora sabía por qué Von der Schulenburg y Von Oppen habían estado fabricando explosivos. Por suerte todavía tenía tiempo para frustrar sus planes. Subió al vehículo y ordenó al conductor que se dirigiese hacia Fort Kesselring.
Estaba circulando por las calles de la ciudad nueva cuando repentinamente el coche frenó.
—¿Qué ocurre? No se detenga, hombre —dijo al conductor.
—Es ese maldito carro —dijo el chófer mientras hacía sonar la bocina: un carromato tirado por dos burros se había cruzado en su camino.
—Retroceda y busque otro camino.
El conductor estaba cambiando de marcha cuando desde fuera abrieron las puertas del vehículo. Un hombre vestido con uniforme alemán apuntó con su fusil al conductor y le hizo pasar al otro asiento, ocupando su puesto. Mientras otros dos hombres se introdujeron en el asiento de atrás a ambos lados de Dietrich. Uno le encañonó mientras otro le registraba y le quitaba la pistola. Entonces el carro se apartó y el coche reemprendió la marcha: apenas habían pasado treinta segundos.
—¿Quiénes sois? ¿Sabéis lo que estáis haciendo?
—Claro que lo sabemos, Dietrich —dijo uno de los intrusos en alemán con fuerte acento polaco.
—¡Soltadme, imbéciles! ¡Olvidaré lo que estáis haciendo si me dejáis enseguida!
—No, comisario. Necesitamos su ayuda.
Dietrich miró detenidamente al que hablaba y lo reconoció: era Abraham Stern, el líder del Leji, el grupo terrorista que había intentado hacer estallar el Hotel Rey David. El comisario comprendió que no iba a poder negociar con ellos y calló, buscando su oportunidad mientras el coche recorría las calles.
—Comisario Dietrich —dijo Stern—, le vi el otro día en el Rey David. Supongo como consiguió saber lo que estábamos preparando: hasta en el pueblo elegido hay traidores, pero ya pagarán. Ahora usted me va a permitir acabar lo que interrumpió. Hemos visto como entra y sale con total libertad en las zonas cerradas. Necesitaré su pase.
—Tómalo si quieres —Dietrich estaba dispuesto a cedérselo: en los controles lo conocían y el pase solo serviría para delatarles.
Stern miró a su presa: estaba cediendo con demasiada facilidad. Pero los judíos no eran tan tontos como creía ese alemán.
—Gracias, comisario. Usted me lo da, yo lo enseño en el control, y como los centinelas no lo ven me detienen y me matan. No, alemán de mierda, no nos vas a engañar. Vendrás con nosotros.
El coche entró en un taller. Hicieron bajar al conductor, mientras otros judíos abrían el maletero y colocaban un bulto con una larga mecha. Uno de los compañeros de Dietrich bajó también, quedando atrás solo Stern y el policía. Luego el coche reemprendió la marcha, dirigiéndose hacia Fort Kesselring.
En la entrada del recinto se habían redoblado las precauciones tras el camión bomba del Muftí. Dos barreras de bloques de piedra impedían que un camión se lanzase a toda máquina. Cuando se detenían un policía revisaba la documentación mientras otro le protegía. Al mismo tiempo otro equipo revisaba la carga.
El coche se detuvo ante la barrera y el conductor enseñó el pase de Dietrich.
—El pase no es para usted sino para el comisario Dietrich ¿Dónde está?
—En el asiento trasero.
El centinela vio a dos hombres, uno de los cuales parecía Dietrich. Iba a franquearle el paso cuando notó que el comisario le guiñaba los ojos una y otra vez.
—Comisario, descienda del coche, por favor.
Entonces el coche se puso en marcha y se lanzó contra la barrera. Dietrich aprovechó la ocasión para lanzarse sobre Stern, aferrando la mano con la que empuñaba el arma. La pistola se disparó dos veces antes que Dietrich consiguiese abrir la puerta y saltar. Stern disparó contra él una, dos veces. Luego uno de los policías barrió el coche con su subfusil.
Tres de la tarde
El comisario Dietrich corrió hacia su coche: ahora sabía por qué Von der Schulenburg y Von Oppen habían estado fabricando explosivos. Por suerte todavía tenía tiempo para frustrar sus planes. Subió al vehículo y ordenó al conductor que se dirigiese hacia Fort Kesselring.
Estaba circulando por las calles de la ciudad nueva cuando repentinamente el coche frenó.
—¿Qué ocurre? No se detenga, hombre —dijo al conductor.
—Es ese maldito carro —dijo el chófer mientras hacía sonar la bocina: un carromato tirado por dos burros se había cruzado en su camino.
—Retroceda y busque otro camino.
El conductor estaba cambiando de marcha cuando desde fuera abrieron las puertas del vehículo. Un hombre vestido con uniforme alemán apuntó con su fusil al conductor y le hizo pasar al otro asiento, ocupando su puesto. Mientras otros dos hombres se introdujeron en el asiento de atrás a ambos lados de Dietrich. Uno le encañonó mientras otro le registraba y le quitaba la pistola. Entonces el carro se apartó y el coche reemprendió la marcha: apenas habían pasado treinta segundos.
—¿Quiénes sois? ¿Sabéis lo que estáis haciendo?
—Claro que lo sabemos, Dietrich —dijo uno de los intrusos en alemán con fuerte acento polaco.
—¡Soltadme, imbéciles! ¡Olvidaré lo que estáis haciendo si me dejáis enseguida!
—No, comisario. Necesitamos su ayuda.
Dietrich miró detenidamente al que hablaba y lo reconoció: era Abraham Stern, el líder del Leji, el grupo terrorista que había intentado hacer estallar el Hotel Rey David. El comisario comprendió que no iba a poder negociar con ellos y calló, buscando su oportunidad mientras el coche recorría las calles.
—Comisario Dietrich —dijo Stern—, le vi el otro día en el Rey David. Supongo como consiguió saber lo que estábamos preparando: hasta en el pueblo elegido hay traidores, pero ya pagarán. Ahora usted me va a permitir acabar lo que interrumpió. Hemos visto como entra y sale con total libertad en las zonas cerradas. Necesitaré su pase.
—Tómalo si quieres —Dietrich estaba dispuesto a cedérselo: en los controles lo conocían y el pase solo serviría para delatarles.
Stern miró a su presa: estaba cediendo con demasiada facilidad. Pero los judíos no eran tan tontos como creía ese alemán.
—Gracias, comisario. Usted me lo da, yo lo enseño en el control, y como los centinelas no lo ven me detienen y me matan. No, alemán de mierda, no nos vas a engañar. Vendrás con nosotros.
El coche entró en un taller. Hicieron bajar al conductor, mientras otros judíos abrían el maletero y colocaban un bulto con una larga mecha. Uno de los compañeros de Dietrich bajó también, quedando atrás solo Stern y el policía. Luego el coche reemprendió la marcha, dirigiéndose hacia Fort Kesselring.
En la entrada del recinto se habían redoblado las precauciones tras el camión bomba del Muftí. Dos barreras de bloques de piedra impedían que un camión se lanzase a toda máquina. Cuando se detenían un policía revisaba la documentación mientras otro le protegía. Al mismo tiempo otro equipo revisaba la carga.
El coche se detuvo ante la barrera y el conductor enseñó el pase de Dietrich.
—El pase no es para usted sino para el comisario Dietrich ¿Dónde está?
—En el asiento trasero.
El centinela vio a dos hombres, uno de los cuales parecía Dietrich. Iba a franquearle el paso cuando notó que el comisario le guiñaba los ojos una y otra vez.
—Comisario, descienda del coche, por favor.
Entonces el coche se puso en marcha y se lanzó contra la barrera. Dietrich aprovechó la ocasión para lanzarse sobre Stern, aferrando la mano con la que empuñaba el arma. La pistola se disparó dos veces antes que Dietrich consiguiese abrir la puerta y saltar. Stern disparó contra él una, dos veces. Luego uno de los policías barrió el coche con su subfusil.