Publicado: Jue Oct 30, 2014 8:55 pm
Recepción
Seis de la tarde
A partir de las seis y media empezarían a llegar al Hotel Rey David las delegaciones de países aliados y neutrales. Largas filas de coches oficiales esperaban en la Hospedería de Notre Dame, mientras la guardia de honor era revisada por última vez por los suboficiales, que buscaban como sabuesos cualquier imperfección. La banda de música afinaba sus instrumentos mientras en el puesto de control se retiraban las barreras.
En el interior también se daban los últimos toques. El salón donde el Statthalter recibiría a sus invitados era inspeccionado por última vez: la gran sala estaba engalanada de rojo y oro. Aunque en los rincones había tríos de banderas alemanas, italianas y francesas, las esvásticas y las águilas impedirían que nadie olvidase quien había sido el vencedor real en Palestina.
En la bodega el sumiller se afanaba preparando las bebidas. Le preocupaba la mala calidad de los vinos del hotel, que apenas podía paliarse con lo que había encontrado en las bodegas cercanas a la ciudad. Para el Statthalter y para Goering había seleccionado un Riesling del cercano Monasterio Salesiano de Cremisán. Ni se acercaba a la suavidad de los vinos del Rin, pero bien frío podría pasar.
Cuando subía el sumiller vio que se le acercaba el capitán Von der Schulenburg.
—Buenas tardes, capitán.
—Buenas sean, Maurer ¿Están preparados los vinos?
—Sí, capitán. Menos mal que usted me ayudó, o no hubiese sabido que servirle al Statthalter.
—Ahora que lo dice, he encontrado una cosecha realmente interesante ¿Puede venir un momento?
Maurer estaba muy ocupado, pero si podía encontrar algún tinto razonable valdría la pena, por lo que siguió al capitán hasta una salita. Cuando entraron Von der Schulenburg cerró la puerta y apuntó al sumiller con su pistola.
—Pero ¿qué ocurre? —dijo Maurer.
—Calle o le mato.
El capitán introdujo un pañuelo en la boca del sumiller y luego lo amordazó. Lo cegó con una venda en los ojos y finalmente lo ató a una tubería.
—Escuche, Maurer. Va a haber un hombre vigilándole. Si le oye aunque sea un suspiro le cortará el cuello. Pero si se porta bien le soltará dentro de dos horas.
El capitán se vistió con un traje de color negro.
Seis de la tarde
A partir de las seis y media empezarían a llegar al Hotel Rey David las delegaciones de países aliados y neutrales. Largas filas de coches oficiales esperaban en la Hospedería de Notre Dame, mientras la guardia de honor era revisada por última vez por los suboficiales, que buscaban como sabuesos cualquier imperfección. La banda de música afinaba sus instrumentos mientras en el puesto de control se retiraban las barreras.
En el interior también se daban los últimos toques. El salón donde el Statthalter recibiría a sus invitados era inspeccionado por última vez: la gran sala estaba engalanada de rojo y oro. Aunque en los rincones había tríos de banderas alemanas, italianas y francesas, las esvásticas y las águilas impedirían que nadie olvidase quien había sido el vencedor real en Palestina.
En la bodega el sumiller se afanaba preparando las bebidas. Le preocupaba la mala calidad de los vinos del hotel, que apenas podía paliarse con lo que había encontrado en las bodegas cercanas a la ciudad. Para el Statthalter y para Goering había seleccionado un Riesling del cercano Monasterio Salesiano de Cremisán. Ni se acercaba a la suavidad de los vinos del Rin, pero bien frío podría pasar.
Cuando subía el sumiller vio que se le acercaba el capitán Von der Schulenburg.
—Buenas tardes, capitán.
—Buenas sean, Maurer ¿Están preparados los vinos?
—Sí, capitán. Menos mal que usted me ayudó, o no hubiese sabido que servirle al Statthalter.
—Ahora que lo dice, he encontrado una cosecha realmente interesante ¿Puede venir un momento?
Maurer estaba muy ocupado, pero si podía encontrar algún tinto razonable valdría la pena, por lo que siguió al capitán hasta una salita. Cuando entraron Von der Schulenburg cerró la puerta y apuntó al sumiller con su pistola.
—Pero ¿qué ocurre? —dijo Maurer.
—Calle o le mato.
El capitán introdujo un pañuelo en la boca del sumiller y luego lo amordazó. Lo cegó con una venda en los ojos y finalmente lo ató a una tubería.
—Escuche, Maurer. Va a haber un hombre vigilándole. Si le oye aunque sea un suspiro le cortará el cuello. Pero si se porta bien le soltará dentro de dos horas.
El capitán se vistió con un traje de color negro.