Publicado: Vie Oct 31, 2014 12:19 pm
Ramat Rachel
7 de la tarde
Entre los aplausos de los asistentes Mussolini y Goering hacen su entrada en el salón. Los invitados acuden a cumplimentarles. Primeramente pasan los reyezuelos balcánicos, y los dos dictadores dan un paso adelante para estrecharles la mano, como si fuese de igual a igual, aunque todos saben que esas testas coronadas no durarían ni un mes sin la ayuda germanoitaliana. El resto de los invitados, según su origen, saludan brazo en alto o hacen reverencias. Un momento de tensión se produce cuando Pierre Laval, el presidente del consejo de ministros francés, no se acerca a presentar sus respetos, pero Goering rompe el hielo yendo a su encuentro, estrechándole la mano y agradeciendo públicamente la ayuda francesa.
La orquesta comienza a tocar la obertura de Caballería Ligera y los camareros entran en la sala. En una mesa lateral se ha dispuesto un buffet frío, mientras que en otra estaban preparadas las bebidas. Varios camareros sirven vinos y zumos a los asistentes. Mientras, desde otra sala del hotel se emite una llamada por radio: RAMAT RAMAT RAMAT.
En un rincón, junto a la mesa de bebidas, espera un hombre fornido, en buena forma física. El traje negro le sienta mal, como si no hubiese sido confeccionado para él. Luce una incipiente calvicie, pero los que lo miran no pueden apartar sus ojos de la cicatriz que le cruza la cara. Su rostro muestra a la vez signos de preocupación y de determinación.
El general Von Wiktorin se acerca y al reconocerlo pone cara de sorpresa. Pero el camarero inclina la cabeza y el general entiende. Acepta un vino blanco y se retira.
Poco después llegan los anfitriones. Goering, exultante, pretende dar una lección sobre vinos a sus invitados.
—Camarero ¿Qué tiene que sea aceptable para mí?
—Statthalter, tengo una cosecha especialmente seleccionada para usted.
—¿Para mí? Enséñemela.
El camarero se vuelve y rebusca en una caja. No está completa ya que los gendarmes habían insistido en comprobar la calidad del caldo, abriendo alguna botella de cada caja. Pero la botella que busca está en una esquina.
—¿De dónde es el vino?
—De un lugar cercano, Statthalter. Se llama Ramat Rachel.
—Acérqueme la botella —exige Goering.
El camarero la toma y se la aproxima, pero sin soltarla. Goering la toca y nota que estaba caliente.
—Camarero ¡no puede servir vino caliente!
—¡El vino de Ramat Rachel se saborea mejor cuando QUEMA!
Goering suelta la botella y mira al camarero. No lo conoce, pero las cicatrices de la cara… ¡son las cicatrices de duelo de los aristócratas alemanes! Intenta apartarse pero el camarero empuña la botella y le golpea con ella en la cabeza.
Un botellazo en la cabeza puede matar. Pero solo si se golpea con la fuerza suficiente y en el lugar adecuado. Además es frecuente que la botella se rompa, y eso disipa buena parte de la energía.
Pero el golpe no llegó a romper la botella. La Nitroglicerina es un producto químico enormemente inestable, especialmente cuando se ha congelado, luego se ha calentado, y hay burbujas en su interior. La energía debida a la agitación y al golpe superó los 0,3 Julios que bastan para descomponer el explosivo. Las moléculas reordenaron sus átomos, y el exceso de oxígeno se desprendió, uniéndose al carbono y al hidrógeno. Donde antes había cuatro moléculas de Nitroglicerina ahora había veintinueve de Nitrógeno, Dióxido de Carbono y Agua, y muchísima energía. La temperatura ascendió a 5.000ºC y la presión se hizo 700 veces mayor. Eso produjo una onda de choque que recorrió el interior de la botella a velocidad hipersónica.
La velocidad de la onda de choque de la Nitroglicerina es varias magnitudes superior a la orgánica, por lo que Goering no llega a sentir dolor: los estímulos producidos por el botellazo no han recorrido ni dos centímetros por las terminaciones nerviosas cuando la botella y su contenido se han convertido en un una bola de gas, vidrio pulverizado y luz que atraviesa cabello, piel, hueso y cerebro. El alma condenada de Goering ya afronta su juicio final cuando el cerebro del capitán Von der Schulenburg aun no ha recibido los impulsos nerviosos que la luz de la explosión había generado en sus ojos.
Los gases producidos al descomponerse la Nitroglicerina se extendieron a miles de metros por segundo, proyectando contra los infortunados presentes esquirlas de huesos, dientes y astillas de madera tan letalmente como si hubiese sido acero. Las arterias y los pulmones estallan, las ropas son arrancadas, y luego el gas a temperatura capaz de vaporizar el acero abrasa todo lo que toca. A medida que aumenta la distancia la onda explosiva se atenuaba, pero aun así proyecta a los hombres como si fuesen muñecos de trapo, revienta las ventanas y arranca las puertas de sus goznes.
Cuando la guardia intenta entrar se encuentra con el general Von Wiktorin, que resulta casi irreconocible: está cubierto de sangre y su uniforme está hecho jirones. Tras ordenar a los guardias que auxiliasen a los heridos toma el arma de uno de ellos y vuelve a entrar en el salón.
Primero necesita abrirse paso entre los invitados que intentaban abandonar la sala. A medida que se acerca al foco de la explosión tiene que pasar sobre cuerpos, unos quietos y otros gimientes. Al llegar al lugar donde había estado el mostrador de las bebidas la escena parecía extraída de una pesadilla del Bosco: extremidades arrancadas, espinas dorsales descarnadas, vísceras abrasadas, cubiertas de escombros ardientes que habían caído del cielorraso. Las paredes estaban cubiertas de sangre y de restos humanos.
El general baja el arma, que ya no iba a ser necesaria, y sale del salón. Ordena que se bloqueen las comunicaciones y se dedica a organizar la asistencia a los heridos.
Minutos después un coronel hace que se envíe un mensaje por radio: RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL.
7 de la tarde
Entre los aplausos de los asistentes Mussolini y Goering hacen su entrada en el salón. Los invitados acuden a cumplimentarles. Primeramente pasan los reyezuelos balcánicos, y los dos dictadores dan un paso adelante para estrecharles la mano, como si fuese de igual a igual, aunque todos saben que esas testas coronadas no durarían ni un mes sin la ayuda germanoitaliana. El resto de los invitados, según su origen, saludan brazo en alto o hacen reverencias. Un momento de tensión se produce cuando Pierre Laval, el presidente del consejo de ministros francés, no se acerca a presentar sus respetos, pero Goering rompe el hielo yendo a su encuentro, estrechándole la mano y agradeciendo públicamente la ayuda francesa.
La orquesta comienza a tocar la obertura de Caballería Ligera y los camareros entran en la sala. En una mesa lateral se ha dispuesto un buffet frío, mientras que en otra estaban preparadas las bebidas. Varios camareros sirven vinos y zumos a los asistentes. Mientras, desde otra sala del hotel se emite una llamada por radio: RAMAT RAMAT RAMAT.
En un rincón, junto a la mesa de bebidas, espera un hombre fornido, en buena forma física. El traje negro le sienta mal, como si no hubiese sido confeccionado para él. Luce una incipiente calvicie, pero los que lo miran no pueden apartar sus ojos de la cicatriz que le cruza la cara. Su rostro muestra a la vez signos de preocupación y de determinación.
El general Von Wiktorin se acerca y al reconocerlo pone cara de sorpresa. Pero el camarero inclina la cabeza y el general entiende. Acepta un vino blanco y se retira.
Poco después llegan los anfitriones. Goering, exultante, pretende dar una lección sobre vinos a sus invitados.
—Camarero ¿Qué tiene que sea aceptable para mí?
—Statthalter, tengo una cosecha especialmente seleccionada para usted.
—¿Para mí? Enséñemela.
El camarero se vuelve y rebusca en una caja. No está completa ya que los gendarmes habían insistido en comprobar la calidad del caldo, abriendo alguna botella de cada caja. Pero la botella que busca está en una esquina.
—¿De dónde es el vino?
—De un lugar cercano, Statthalter. Se llama Ramat Rachel.
—Acérqueme la botella —exige Goering.
El camarero la toma y se la aproxima, pero sin soltarla. Goering la toca y nota que estaba caliente.
—Camarero ¡no puede servir vino caliente!
—¡El vino de Ramat Rachel se saborea mejor cuando QUEMA!
Goering suelta la botella y mira al camarero. No lo conoce, pero las cicatrices de la cara… ¡son las cicatrices de duelo de los aristócratas alemanes! Intenta apartarse pero el camarero empuña la botella y le golpea con ella en la cabeza.
Un botellazo en la cabeza puede matar. Pero solo si se golpea con la fuerza suficiente y en el lugar adecuado. Además es frecuente que la botella se rompa, y eso disipa buena parte de la energía.
Pero el golpe no llegó a romper la botella. La Nitroglicerina es un producto químico enormemente inestable, especialmente cuando se ha congelado, luego se ha calentado, y hay burbujas en su interior. La energía debida a la agitación y al golpe superó los 0,3 Julios que bastan para descomponer el explosivo. Las moléculas reordenaron sus átomos, y el exceso de oxígeno se desprendió, uniéndose al carbono y al hidrógeno. Donde antes había cuatro moléculas de Nitroglicerina ahora había veintinueve de Nitrógeno, Dióxido de Carbono y Agua, y muchísima energía. La temperatura ascendió a 5.000ºC y la presión se hizo 700 veces mayor. Eso produjo una onda de choque que recorrió el interior de la botella a velocidad hipersónica.
La velocidad de la onda de choque de la Nitroglicerina es varias magnitudes superior a la orgánica, por lo que Goering no llega a sentir dolor: los estímulos producidos por el botellazo no han recorrido ni dos centímetros por las terminaciones nerviosas cuando la botella y su contenido se han convertido en un una bola de gas, vidrio pulverizado y luz que atraviesa cabello, piel, hueso y cerebro. El alma condenada de Goering ya afronta su juicio final cuando el cerebro del capitán Von der Schulenburg aun no ha recibido los impulsos nerviosos que la luz de la explosión había generado en sus ojos.
Los gases producidos al descomponerse la Nitroglicerina se extendieron a miles de metros por segundo, proyectando contra los infortunados presentes esquirlas de huesos, dientes y astillas de madera tan letalmente como si hubiese sido acero. Las arterias y los pulmones estallan, las ropas son arrancadas, y luego el gas a temperatura capaz de vaporizar el acero abrasa todo lo que toca. A medida que aumenta la distancia la onda explosiva se atenuaba, pero aun así proyecta a los hombres como si fuesen muñecos de trapo, revienta las ventanas y arranca las puertas de sus goznes.
Cuando la guardia intenta entrar se encuentra con el general Von Wiktorin, que resulta casi irreconocible: está cubierto de sangre y su uniforme está hecho jirones. Tras ordenar a los guardias que auxiliasen a los heridos toma el arma de uno de ellos y vuelve a entrar en el salón.
Primero necesita abrirse paso entre los invitados que intentaban abandonar la sala. A medida que se acerca al foco de la explosión tiene que pasar sobre cuerpos, unos quietos y otros gimientes. Al llegar al lugar donde había estado el mostrador de las bebidas la escena parecía extraída de una pesadilla del Bosco: extremidades arrancadas, espinas dorsales descarnadas, vísceras abrasadas, cubiertas de escombros ardientes que habían caído del cielorraso. Las paredes estaban cubiertas de sangre y de restos humanos.
El general baja el arma, que ya no iba a ser necesaria, y sale del salón. Ordena que se bloqueen las comunicaciones y se dedica a organizar la asistencia a los heridos.
Minutos después un coronel hace que se envíe un mensaje por radio: RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL.