Publicado: Sab Nov 01, 2014 5:01 pm
Epílogo
En Berlín todo estaba dispuesto. La fallida intentona inglesa de tres días antes no solo había dejado fuera de juego a los principales rivales, sino que había permitido afinar los planes. Ahora todo estaba a punto.
Al recibir el primer mensaje Walter Schellenberg llamó por teléfono al Mariscal Von Manstein, al ministro Von Papen y al coronel Nebe para alertarles. Cuando un ayudante le entregó el segundo mensaje el general ordenó que se pusiesen en marcha los planes para prevenir un golpe de estado.
El general Schellenberg y el mariscal Von Manstein se dirigieron al cuartel general del ejército en el Bendlerblock. Allí el mariscal le pidió a Schellenberg detalles sobre lo ocurrido, pero el general tuvo que decirle que la información que tenía era limitada: tan solo había recibido la confirmación radiofónica de la muerte de Goering. Esperaba que el gobernador de Palestina frenase la difusión de la noticia, por lo que tenían unas horas para hacerse con el control de la ciudad.
Desde el Bendlerblock el mariscal ordenó la movilización del ejército de reserva de Berlín para evitar frustrar un supuesto intento de liberación del detenido Kaltenbrunner por parte de sus seguidores. Se formaron columnas que se dirigieron a los ministerios y a los centros de comunicaciones. Durante la noche se les agregaron formaciones de la marina y de la Luftwaffe.
El coronel Arthur Nebe, que ejercía provisionalmente las funciones de director de la Oficina Central de Seguridad del Reich, envió a los hombres de la Kripo con listas de personas. Los coches negros recorren la ciudad deteniendo a nazis prominentes, especialmente los relacionados con el ala dura del partido, y los conducen a la prisión de Plötzensee, que está custodiada por una compañía del ejército. Un policía muestra una orden especial y exige que se le conduzca a la celda donde está cierto detenido: Kaltenbrunner no llegará a ver el nuevo amanecer.
La aurora reveló una ciudad ocupada. Patrullas militares ocupan los principales cruces de Berlín y custodian los edificios públicos. Nerviosos rumores empiezan a correr. Como las emisoras de radio solo retransmiten marchas militares, algunos berlineses se atreven a sintonizar la BBC, que difunde una noticia aterradora: los ingleses habían matado a Goering. A las diez de la mañana todas las emisoras de radio retransmiten el mismo mensaje:
“Alemanes. Tengo el triste deber de comunicaros la muerte del Statthalter Hermann Goering tras haber sufrido un atentado durante su visita a Jerusalén. Pero no temáis, la Patria seguirá siendo dirigida con mano firme y los traidores asesinos pagarán con sus vidas. A las doce de la mañana el ministro Franz von Papen se dirigirá a la nación. Dios salve a Alemania”
Mientras la noticia se había ido difundiendo. Los frustrados periodistas que iban a cubrir la conferencia en Jerusalén se encuentran con que las oficinas de telégrafo están cerradas y custodiadas. Aunque las salidas de la ciudad están bloqueadas por controles militares algunos de ellos, más emprendedores, alquilan caballos para desplazarse a las ciudades más próximas. Sin embargo no será hasta el día siguiente cuando la primera crónica de lo ocurrido llegue a Nueva York.
Los reyes, jefes de estado, ministros y diplomáticos presentes en la Ciudad Santa, muchos de ellos heridos por el atentado, exigen comunicarse con sus gobiernos. Los gabinetes de comunicaciones, siguiendo órdenes del gobernador militar, les dicen que las comunicaciones con el exterior están cortadas. Hasta media tarde no se les permite comunicarse con sus capitales, aunque previa censura de los mensajes y exigiendo absoluta discreción sobre lo ocurrido.
El almirante Brivonesi, que se había librado de la explosión por haber tenido que acudir al servicio, había podido entrar en el salón antes que el hotel fuese cerrado. Pudo reconocer un caído con uniforme del partido fascista: el conde Ciano, que estaba inconsciente pero todavía respiraba. Más allá vio un tórax descarnado parcialmente envuelto con los jirones de una guerrera negra. Inmediatamente salió del hotel, exigió su coche, y salió de la ciudad antes que se cerrasen las carreteras. Ocho horas después llegó a Haifa tras un difícil viaje nocturno y utilizó la radio de uno de los destructores del puerto para comunicar el infausto suceso.
En Chipre los equipos de radioescucha detectaron el repentino cambio de patrón de los mensajes de radio en Palestina. Jerusalén desapareció del éter. Horas después interceptaron un mensaje naval italiano desde Haifa, rápidamente respondido desde Haifa. Transmitieron la localización de los emisores a Inglaterra. En Bletchley Park también habían captado los mensajes de radio, cifrados con la versión italiana de Enigma, una de las pocas que aun podían leer: el Primer Ministro Churchill recibió la confirmación de lo ocurrido.
Casi al mismo tiempo la embajada norteamericana en Londres informó al gobierno que según la legación en Berlín se estaban produciendo movimientos de tropas en la capital alemana.
Sin embargo la confirmación llegó a Londres por una vía insospechada. Abdalah, el reyezuelo de Transjordania, deseaba conseguir el favor inglés, ahora que se había malquistado con los británicos. El rey siempre había ambicionado integrar Palestina en su reino, por lo que mantenía una red de informadores en Jerusalén. Uno de ellos formaba parte de una brigada de limpieza que fue expulsada del hotel, a la que se había unido por ser de los pocos árabes que tenían mínimos conocimientos de alemán. Cuando oyó repetir “Göring tot” supuso lo ocurrido. Desde una centralita telefónica que mantenía su primo pudo hablar con la Jericó. Luego un corredor llegó hasta el Jordán, casi seco durante el estiaje, lo vadeó, y entregó el mensaje a un oficial de inteligencia. Tres horas después Amman comunicaba lo ocurrido a Londres, y a las ocho de la mañana la BBC anunció al mundo que un comando inglés había ejecutado a Goering.
París supo por la BBC que se había producido un atentado, pero hasta el mediodía no llegó un radiomensaje enviado desde el Líbano que confirmaba la muerte de Goering y de Mussolini, pero que indicaba que los demás líderes europeos, incluyendo el ministro Pierre Laval, solo habían recibido heridas leves. De forma similar la noticia llegó a Madrid y otras capitales europeas.
Alemania quedó paralizada por la noticia incluso más que por la ocupación militar. Los alemanes temieron que el atentado alargase una guerra de la que ya se atisbaba el final victorioso.
En Roma el rey Victor Manuel III aprovechó la ocasión para retomar sus poderes constitucionales, y nombró al Mariscal Pietro Badoglio como Primer Ministro. El férreo control policial previno cualquier incidente, pero los italianos seguían preocupados por su futuro.
Hubo manifestaciones de alegría en París, pero fueron rápidamente disueltas por los gendarmes. El mariscal Pétain prefirió esperar los acontecimientos.
En el triste Madrid los españoles no lamentaron la muerte de Goering, ya que solo les preocupaba encontrar comida para aguantar otro día más.
La Casa Blanca declinó hacer comentarios, pero el presidente brindó con sus allegados, y les dijo que así morían los tiranos.
En Moscú Beria presentó el atentado como logro del equipo de operaciones especiales. Stalin respiró aliviado considerando que el atentado impediría cualquier ataque alemán en lo que quedaba del verano, y dio orden de acelerar los preparativos de la operación Rassvet.
El teniente Ludwig Bauer escuchó la noticia por la radio de su tanque, mientras empezaban a caer los proyectiles ingleses a su alrededor. Cerró la escotilla y se dispuso a seguir el combate.
Al conocer la noticia del atentado el capitán Jabs aferró con fuerza los mandos de su avión y buscó algún objetivo en el que descargar su rabia.
Desde el puente del acorazado Bismarck el Kapitan zur See Ernst Lindemann veía como evolucionaba su flamante gemelo Tirpitz en las calmadas aguas bálticas. En pocas semanas los dos acorazados estarían dispuestos a salir al mar y derrotar todo lo que los traidores ingleses pudiesen lanzar contra ellos.
El comisario Sepp Dietrich se recuperaba tras ser intervenido. El cirujano prohibió que se le dijese nada hasta que no superase la fase crítica.
A bordo del Canarias, amarrado en San Fernando, el capitán Rodríguez González ordenó que se reuniese la tripulación para celebrar un acto religioso en memoria de los fallecidos.
En el Atlántico Central, el Botwey se hundía poco a poco, mientras los tripulantes respiraban aliviados tras ser rescatados por el Copeland. Cientos de metros más allá la dotación del Atlantic City dudaba si volver a su buque, que aunque estaba muy escorado no se hundía.
A treinta metros de profundidad el U-141 trataba de eludir a los escoltas que querían vengar los ataques de la noche anterior.
El coronel Oskar Dinort respiró aliviado y ordenó que se preparase su grupo de bombarderos en picado: al día siguiente atacarían Ammán.
En todo el mundo la guerra seguía con furia.
En Berlín todo estaba dispuesto. La fallida intentona inglesa de tres días antes no solo había dejado fuera de juego a los principales rivales, sino que había permitido afinar los planes. Ahora todo estaba a punto.
Al recibir el primer mensaje Walter Schellenberg llamó por teléfono al Mariscal Von Manstein, al ministro Von Papen y al coronel Nebe para alertarles. Cuando un ayudante le entregó el segundo mensaje el general ordenó que se pusiesen en marcha los planes para prevenir un golpe de estado.
El general Schellenberg y el mariscal Von Manstein se dirigieron al cuartel general del ejército en el Bendlerblock. Allí el mariscal le pidió a Schellenberg detalles sobre lo ocurrido, pero el general tuvo que decirle que la información que tenía era limitada: tan solo había recibido la confirmación radiofónica de la muerte de Goering. Esperaba que el gobernador de Palestina frenase la difusión de la noticia, por lo que tenían unas horas para hacerse con el control de la ciudad.
Desde el Bendlerblock el mariscal ordenó la movilización del ejército de reserva de Berlín para evitar frustrar un supuesto intento de liberación del detenido Kaltenbrunner por parte de sus seguidores. Se formaron columnas que se dirigieron a los ministerios y a los centros de comunicaciones. Durante la noche se les agregaron formaciones de la marina y de la Luftwaffe.
El coronel Arthur Nebe, que ejercía provisionalmente las funciones de director de la Oficina Central de Seguridad del Reich, envió a los hombres de la Kripo con listas de personas. Los coches negros recorren la ciudad deteniendo a nazis prominentes, especialmente los relacionados con el ala dura del partido, y los conducen a la prisión de Plötzensee, que está custodiada por una compañía del ejército. Un policía muestra una orden especial y exige que se le conduzca a la celda donde está cierto detenido: Kaltenbrunner no llegará a ver el nuevo amanecer.
La aurora reveló una ciudad ocupada. Patrullas militares ocupan los principales cruces de Berlín y custodian los edificios públicos. Nerviosos rumores empiezan a correr. Como las emisoras de radio solo retransmiten marchas militares, algunos berlineses se atreven a sintonizar la BBC, que difunde una noticia aterradora: los ingleses habían matado a Goering. A las diez de la mañana todas las emisoras de radio retransmiten el mismo mensaje:
“Alemanes. Tengo el triste deber de comunicaros la muerte del Statthalter Hermann Goering tras haber sufrido un atentado durante su visita a Jerusalén. Pero no temáis, la Patria seguirá siendo dirigida con mano firme y los traidores asesinos pagarán con sus vidas. A las doce de la mañana el ministro Franz von Papen se dirigirá a la nación. Dios salve a Alemania”
Mientras la noticia se había ido difundiendo. Los frustrados periodistas que iban a cubrir la conferencia en Jerusalén se encuentran con que las oficinas de telégrafo están cerradas y custodiadas. Aunque las salidas de la ciudad están bloqueadas por controles militares algunos de ellos, más emprendedores, alquilan caballos para desplazarse a las ciudades más próximas. Sin embargo no será hasta el día siguiente cuando la primera crónica de lo ocurrido llegue a Nueva York.
Los reyes, jefes de estado, ministros y diplomáticos presentes en la Ciudad Santa, muchos de ellos heridos por el atentado, exigen comunicarse con sus gobiernos. Los gabinetes de comunicaciones, siguiendo órdenes del gobernador militar, les dicen que las comunicaciones con el exterior están cortadas. Hasta media tarde no se les permite comunicarse con sus capitales, aunque previa censura de los mensajes y exigiendo absoluta discreción sobre lo ocurrido.
El almirante Brivonesi, que se había librado de la explosión por haber tenido que acudir al servicio, había podido entrar en el salón antes que el hotel fuese cerrado. Pudo reconocer un caído con uniforme del partido fascista: el conde Ciano, que estaba inconsciente pero todavía respiraba. Más allá vio un tórax descarnado parcialmente envuelto con los jirones de una guerrera negra. Inmediatamente salió del hotel, exigió su coche, y salió de la ciudad antes que se cerrasen las carreteras. Ocho horas después llegó a Haifa tras un difícil viaje nocturno y utilizó la radio de uno de los destructores del puerto para comunicar el infausto suceso.
En Chipre los equipos de radioescucha detectaron el repentino cambio de patrón de los mensajes de radio en Palestina. Jerusalén desapareció del éter. Horas después interceptaron un mensaje naval italiano desde Haifa, rápidamente respondido desde Haifa. Transmitieron la localización de los emisores a Inglaterra. En Bletchley Park también habían captado los mensajes de radio, cifrados con la versión italiana de Enigma, una de las pocas que aun podían leer: el Primer Ministro Churchill recibió la confirmación de lo ocurrido.
Casi al mismo tiempo la embajada norteamericana en Londres informó al gobierno que según la legación en Berlín se estaban produciendo movimientos de tropas en la capital alemana.
Sin embargo la confirmación llegó a Londres por una vía insospechada. Abdalah, el reyezuelo de Transjordania, deseaba conseguir el favor inglés, ahora que se había malquistado con los británicos. El rey siempre había ambicionado integrar Palestina en su reino, por lo que mantenía una red de informadores en Jerusalén. Uno de ellos formaba parte de una brigada de limpieza que fue expulsada del hotel, a la que se había unido por ser de los pocos árabes que tenían mínimos conocimientos de alemán. Cuando oyó repetir “Göring tot” supuso lo ocurrido. Desde una centralita telefónica que mantenía su primo pudo hablar con la Jericó. Luego un corredor llegó hasta el Jordán, casi seco durante el estiaje, lo vadeó, y entregó el mensaje a un oficial de inteligencia. Tres horas después Amman comunicaba lo ocurrido a Londres, y a las ocho de la mañana la BBC anunció al mundo que un comando inglés había ejecutado a Goering.
París supo por la BBC que se había producido un atentado, pero hasta el mediodía no llegó un radiomensaje enviado desde el Líbano que confirmaba la muerte de Goering y de Mussolini, pero que indicaba que los demás líderes europeos, incluyendo el ministro Pierre Laval, solo habían recibido heridas leves. De forma similar la noticia llegó a Madrid y otras capitales europeas.
Alemania quedó paralizada por la noticia incluso más que por la ocupación militar. Los alemanes temieron que el atentado alargase una guerra de la que ya se atisbaba el final victorioso.
En Roma el rey Victor Manuel III aprovechó la ocasión para retomar sus poderes constitucionales, y nombró al Mariscal Pietro Badoglio como Primer Ministro. El férreo control policial previno cualquier incidente, pero los italianos seguían preocupados por su futuro.
Hubo manifestaciones de alegría en París, pero fueron rápidamente disueltas por los gendarmes. El mariscal Pétain prefirió esperar los acontecimientos.
En el triste Madrid los españoles no lamentaron la muerte de Goering, ya que solo les preocupaba encontrar comida para aguantar otro día más.
La Casa Blanca declinó hacer comentarios, pero el presidente brindó con sus allegados, y les dijo que así morían los tiranos.
En Moscú Beria presentó el atentado como logro del equipo de operaciones especiales. Stalin respiró aliviado considerando que el atentado impediría cualquier ataque alemán en lo que quedaba del verano, y dio orden de acelerar los preparativos de la operación Rassvet.
El teniente Ludwig Bauer escuchó la noticia por la radio de su tanque, mientras empezaban a caer los proyectiles ingleses a su alrededor. Cerró la escotilla y se dispuso a seguir el combate.
Al conocer la noticia del atentado el capitán Jabs aferró con fuerza los mandos de su avión y buscó algún objetivo en el que descargar su rabia.
Desde el puente del acorazado Bismarck el Kapitan zur See Ernst Lindemann veía como evolucionaba su flamante gemelo Tirpitz en las calmadas aguas bálticas. En pocas semanas los dos acorazados estarían dispuestos a salir al mar y derrotar todo lo que los traidores ingleses pudiesen lanzar contra ellos.
El comisario Sepp Dietrich se recuperaba tras ser intervenido. El cirujano prohibió que se le dijese nada hasta que no superase la fase crítica.
A bordo del Canarias, amarrado en San Fernando, el capitán Rodríguez González ordenó que se reuniese la tripulación para celebrar un acto religioso en memoria de los fallecidos.
En el Atlántico Central, el Botwey se hundía poco a poco, mientras los tripulantes respiraban aliviados tras ser rescatados por el Copeland. Cientos de metros más allá la dotación del Atlantic City dudaba si volver a su buque, que aunque estaba muy escorado no se hundía.
A treinta metros de profundidad el U-141 trataba de eludir a los escoltas que querían vengar los ataques de la noche anterior.
El coronel Oskar Dinort respiró aliviado y ordenó que se preparase su grupo de bombarderos en picado: al día siguiente atacarían Ammán.
En todo el mundo la guerra seguía con furia.
FIN