Publicado: Sab Feb 27, 2016 7:55 pm
Ricardo de la Cierva. Franco, un siglo de España. Editora Nacional. Madrid, 1972.
La Tecnocracia
Tras los primeros compases de la Guerra de Supremacía resultó evidente para el Caudillo que el Reino Unido, tradicional enemigo de España, era un rival mucho más peligroso que la cruel pero ineficiente República Española. La nueva guerra no solo se estaba librando en los campos de batalla, sino también en las factorías. La industria española, tras medio siglo de desidia, no podía competir con la británica, que estaba apoyada por el otro gran enemigo del Nuevo Régimen, Estados Unidos, nación desleal que había pagado con traiciones la ayuda española en su guerra de independencia.
La situación de España era muy grave, devastada tras la guerra civil y sometida al bloqueo naval inglés. Aunque España había sido una importante potencia económica, se estaban pagando la desorganización y las destrucciones de la guerra. Unidas a la carencia de materias primas, no solo hicieron que la producción de armamentos y municiones disminuyese, sino que faltasen los necesarios recursos para el sustento de la población. Para aumentar la producción militar y al mismo tiempo proveer las necesidades civiles se creó la Vicepresidencia de Economía de Guerra, que englobaba los ministerios de Industria y Comercio, Obras Públicas y Hacienda. Para presidir una entidad de tal importancia el Caudillo nombró al ingeniero naval Juan Antonio Suanzes Fernández, persona de gran capacidad a la que le unía una estrecha amistad. Suanzes era partidario de la creación de una economía española autosuficiente aunque sin los errores que habían caracterizado la política autárquica de la Italia fascista.
Bajo la dirección de Suanzes se inició la reorganización de la economía española, que incluían planes tremendamente ambiciosos, excesivos para la pobre y acosada España. Pero la fuerte personalidad de Suanzes le llevó a enfrentarse con otros miembros del gabinete y con el nuevo ministro del Ejército, el general Carlos Asensio Cabanillas, así como con financieros e industriales. El ministro de Hacienda, José Larraz López, que discrepaba con la línea del vicepresidente, dimitió alegando motivos de salud. Además el bloqueo marítimo hizo que los planes fracasasen, quedando como casi único resultado de la gestión de Suanzes la creación del Instituto Nacional de Industria.
Tras la muerte del canciller alemán Von Brauschitsch su sucesor decidió dar un gran impulso a la Unión Paneuropea. La UP era una organización multinacional que pretendía conservar las tradiciones del occidente cristiano, amenazadas por el capitalismo rapaz anglosajón y por el bolchevismo. Entre sus objetivos estaba la integración económica de los estados miembros, para convertirla en un gigante industrial capaz de plantar cara a las plutocracias. Esta nueva política era incompatible con la autosuficiencia buscada por Suanzes. Alemania envió una comisión de coordinación, presidida por Rudolf Wolters, que como era de esperar se enzarzó en una dura disputa con el viceministro. Alemania presentó una protesta formal ante el Caudillo, sugiriendo que se nombrase a una personalidad más dialogante.
Más que las presiones alemanas fue el fracaso de las medidas económicas de Suanzes las que obligaron al Caudillo a cesar al vicepresidente. Suanzes continuó como colaborador cercano de Franco al pasar a dirigir la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares, integrada en el Instituto Nacional de Industria. Desde ese puesto tuvo un papel crucial en la reconstrucción de la Armada Española.
Como sustituto en la vicepresidencia de Economía de Guerra fue nombrado su antiguo rival, José Larraz López. Suanzes, que él, lo había apartado enviándolo como asesor comercial a la embajada de Berlín, de donde lo llamó en Caudillo. Larraz era un jurista, economista e intelectual católico que había sido colaborador de José Calvo Sotelo. Cuando se produjo el Alzamiento Nacional estaba en Madrid, y logró salvar su vida refugiándose en la embajada de Chile. Tras conseguir pasar a la zona nacional, fue nombrado primero director de Banca, Moneda y Cambio, consiguiendo mediante sus gestiones que Francia devolviese el oro español que quedaba en París, que los exiliados republicanos pretendían enviar a Rusia. Larraz fue ministro de Hacienda en el segundo gobierno de Franco, procediendo a la reorganización de la economía española y a normalizar los presupuestos. Sus discrepancias con Suanzes hicieron que presentase la dimisión, pero el recuerdo de su capacidad hizo que el Caudillo le llamase para sucederle en la vicepresidencia de Economía de Guerra.
La formación económica de Larraz era limitada salvo en aspectos relacionados con la banca, pero supo rodearse de un equipo de colaboradores en el que destacaban los jóvenes financieros Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio, que a su vez buscaron la colaboración de técnicos prometedores. Ullastres y Navarro Rubio fueron los autores del Plan de Estabilización, que con notable éxito consiguió desarrollar la economía española. A los miembros más falangistas del Ejército, como el general Varela, les disgustaba la nueva línea económica, tan alejada de los ideales del Movimiento, y para denigrarles acuñaron el término “Tecnocracia”. La palabra hizo fortuna y pasó a definir el nuevo estilo de gobierno, en el que se daba mayor importancia a la formación técnica e intelectual que a la trayectoria política o a la adhesión al Movimiento Nacional.
Larraz era partidario no solo de la liberalización económica sino también de la política, lo que lo enfrentó al bando de los “azules”, los más próximos a la Falange. Aunque Falange había sido integrada en el Movimiento Nacional, seguía habiendo una facción más próxima a las tesis de José Antonio. Disconforme con la política liberalizadora de Larraz, buscó el apoyo de militares como los generales Varela y Yagüe, e intentaron repetidamente que el Caudillo reprobase a Larraz. Según los rumores que corrieron por Madrid, llegaron a conseguir que Franco aceptase el cese del vicepresidente, pero Larraz se apoyó en los sectores monárquico y tradicionalista (los antiguos carlistas), a los que disgustaba el extremismo de los falangistas. Probablemente el apoyo de los monárquicos no hubiese bastado para mantener a Larraz en su puesto, pero recibió una ayuda inesperada procedente de Berlín. El nuevo ministro de Economía y Armamentos, Rudolf Wolters, había conocido a Larraz durante su estancia en Berlín y no solo lo consideraba muy capaz, sino como un aliado de la nueva política alemana. Wolters consiguió que el Canciller enviase un mensaje personal al Generalísimo instándolo a mantener a Larraz en su puesto…
La Tecnocracia
Tras los primeros compases de la Guerra de Supremacía resultó evidente para el Caudillo que el Reino Unido, tradicional enemigo de España, era un rival mucho más peligroso que la cruel pero ineficiente República Española. La nueva guerra no solo se estaba librando en los campos de batalla, sino también en las factorías. La industria española, tras medio siglo de desidia, no podía competir con la británica, que estaba apoyada por el otro gran enemigo del Nuevo Régimen, Estados Unidos, nación desleal que había pagado con traiciones la ayuda española en su guerra de independencia.
La situación de España era muy grave, devastada tras la guerra civil y sometida al bloqueo naval inglés. Aunque España había sido una importante potencia económica, se estaban pagando la desorganización y las destrucciones de la guerra. Unidas a la carencia de materias primas, no solo hicieron que la producción de armamentos y municiones disminuyese, sino que faltasen los necesarios recursos para el sustento de la población. Para aumentar la producción militar y al mismo tiempo proveer las necesidades civiles se creó la Vicepresidencia de Economía de Guerra, que englobaba los ministerios de Industria y Comercio, Obras Públicas y Hacienda. Para presidir una entidad de tal importancia el Caudillo nombró al ingeniero naval Juan Antonio Suanzes Fernández, persona de gran capacidad a la que le unía una estrecha amistad. Suanzes era partidario de la creación de una economía española autosuficiente aunque sin los errores que habían caracterizado la política autárquica de la Italia fascista.
Bajo la dirección de Suanzes se inició la reorganización de la economía española, que incluían planes tremendamente ambiciosos, excesivos para la pobre y acosada España. Pero la fuerte personalidad de Suanzes le llevó a enfrentarse con otros miembros del gabinete y con el nuevo ministro del Ejército, el general Carlos Asensio Cabanillas, así como con financieros e industriales. El ministro de Hacienda, José Larraz López, que discrepaba con la línea del vicepresidente, dimitió alegando motivos de salud. Además el bloqueo marítimo hizo que los planes fracasasen, quedando como casi único resultado de la gestión de Suanzes la creación del Instituto Nacional de Industria.
Tras la muerte del canciller alemán Von Brauschitsch su sucesor decidió dar un gran impulso a la Unión Paneuropea. La UP era una organización multinacional que pretendía conservar las tradiciones del occidente cristiano, amenazadas por el capitalismo rapaz anglosajón y por el bolchevismo. Entre sus objetivos estaba la integración económica de los estados miembros, para convertirla en un gigante industrial capaz de plantar cara a las plutocracias. Esta nueva política era incompatible con la autosuficiencia buscada por Suanzes. Alemania envió una comisión de coordinación, presidida por Rudolf Wolters, que como era de esperar se enzarzó en una dura disputa con el viceministro. Alemania presentó una protesta formal ante el Caudillo, sugiriendo que se nombrase a una personalidad más dialogante.
Más que las presiones alemanas fue el fracaso de las medidas económicas de Suanzes las que obligaron al Caudillo a cesar al vicepresidente. Suanzes continuó como colaborador cercano de Franco al pasar a dirigir la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares, integrada en el Instituto Nacional de Industria. Desde ese puesto tuvo un papel crucial en la reconstrucción de la Armada Española.
Como sustituto en la vicepresidencia de Economía de Guerra fue nombrado su antiguo rival, José Larraz López. Suanzes, que él, lo había apartado enviándolo como asesor comercial a la embajada de Berlín, de donde lo llamó en Caudillo. Larraz era un jurista, economista e intelectual católico que había sido colaborador de José Calvo Sotelo. Cuando se produjo el Alzamiento Nacional estaba en Madrid, y logró salvar su vida refugiándose en la embajada de Chile. Tras conseguir pasar a la zona nacional, fue nombrado primero director de Banca, Moneda y Cambio, consiguiendo mediante sus gestiones que Francia devolviese el oro español que quedaba en París, que los exiliados republicanos pretendían enviar a Rusia. Larraz fue ministro de Hacienda en el segundo gobierno de Franco, procediendo a la reorganización de la economía española y a normalizar los presupuestos. Sus discrepancias con Suanzes hicieron que presentase la dimisión, pero el recuerdo de su capacidad hizo que el Caudillo le llamase para sucederle en la vicepresidencia de Economía de Guerra.
La formación económica de Larraz era limitada salvo en aspectos relacionados con la banca, pero supo rodearse de un equipo de colaboradores en el que destacaban los jóvenes financieros Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio, que a su vez buscaron la colaboración de técnicos prometedores. Ullastres y Navarro Rubio fueron los autores del Plan de Estabilización, que con notable éxito consiguió desarrollar la economía española. A los miembros más falangistas del Ejército, como el general Varela, les disgustaba la nueva línea económica, tan alejada de los ideales del Movimiento, y para denigrarles acuñaron el término “Tecnocracia”. La palabra hizo fortuna y pasó a definir el nuevo estilo de gobierno, en el que se daba mayor importancia a la formación técnica e intelectual que a la trayectoria política o a la adhesión al Movimiento Nacional.
Larraz era partidario no solo de la liberalización económica sino también de la política, lo que lo enfrentó al bando de los “azules”, los más próximos a la Falange. Aunque Falange había sido integrada en el Movimiento Nacional, seguía habiendo una facción más próxima a las tesis de José Antonio. Disconforme con la política liberalizadora de Larraz, buscó el apoyo de militares como los generales Varela y Yagüe, e intentaron repetidamente que el Caudillo reprobase a Larraz. Según los rumores que corrieron por Madrid, llegaron a conseguir que Franco aceptase el cese del vicepresidente, pero Larraz se apoyó en los sectores monárquico y tradicionalista (los antiguos carlistas), a los que disgustaba el extremismo de los falangistas. Probablemente el apoyo de los monárquicos no hubiese bastado para mantener a Larraz en su puesto, pero recibió una ayuda inesperada procedente de Berlín. El nuevo ministro de Economía y Armamentos, Rudolf Wolters, había conocido a Larraz durante su estancia en Berlín y no solo lo consideraba muy capaz, sino como un aliado de la nueva política alemana. Wolters consiguió que el Canciller enviase un mensaje personal al Generalísimo instándolo a mantener a Larraz en su puesto…