Publicado: Mar Mar 08, 2016 12:43 am
A 160 kilómetros del Círculo Polar Ártico las temperaturas eran gélidas, pero los prisioneros tuvieron que esperar a pie firme. Algunos cayeron para no levantarse, pero otros oyeron unas palabras que podían cambiar su vida.
—¡Criminales! —gritó un teniente de la NKVD—. Aunque solo sois unos malhechores, víboras desagradecidas que muerden la mano que os alimenta, el Estado va a ofrecer una oportunidad a los que quieran aunarse a la lucha del proletariado mundial. Esta tarde encontraréis unas listas en el despacho del administrador. Aquellos que constéis en ellas podréis ofreceros voluntarios para una misión en la que redimiréis vuestras culpas.
El teniente se retiró, y los helados presos se agolparon junto al edificio de la administración. Un preso leía la lista. Unos hombres, al escuchar su nombre se alegraban, aun a sabiendas que podría ser una sentencia de muerte. Otros, al no escucharlo, comprendieron que habían sido condenados.
Al día siguiente los prisioneros voluntarios fueron trasladados a la estación y subidos a vagones para ganado. El resto tuvo que esperar de nuevo a pie firme, mientras unos guardias los vigilaban y otros los seleccionaban. Aquellos que eran llamados entraban en una cabaña de troncos. No salían.
—¡Criminales! —gritó un teniente de la NKVD—. Aunque solo sois unos malhechores, víboras desagradecidas que muerden la mano que os alimenta, el Estado va a ofrecer una oportunidad a los que quieran aunarse a la lucha del proletariado mundial. Esta tarde encontraréis unas listas en el despacho del administrador. Aquellos que constéis en ellas podréis ofreceros voluntarios para una misión en la que redimiréis vuestras culpas.
El teniente se retiró, y los helados presos se agolparon junto al edificio de la administración. Un preso leía la lista. Unos hombres, al escuchar su nombre se alegraban, aun a sabiendas que podría ser una sentencia de muerte. Otros, al no escucharlo, comprendieron que habían sido condenados.
Al día siguiente los prisioneros voluntarios fueron trasladados a la estación y subidos a vagones para ganado. El resto tuvo que esperar de nuevo a pie firme, mientras unos guardias los vigilaban y otros los seleccionaban. Aquellos que eran llamados entraban en una cabaña de troncos. No salían.