Publicado: Mié Mar 09, 2016 11:42 pm
Mucho más al oeste, otros obreros se afanaban en las grandes granjas que se estaban construyendo en el Gobierno General. Aunque los trabajadores polacos eran empleados en la mejora de las carreteras y de los ferrocarriles, no se les permitía el acceso a las granjas. Desde lejos solo veían bajos cobertizos de grandes dimensiones.
Henryk Kuczynski había recibido órdenes del jefe de su célula: tenía que infiltrarse en uno de los complejos y comprobar lo que se hacía ahí. Durante varias noches había cavado una trinchera en la nieve que había cubierto con ramas y más nieve, formando un túnel superficial. Esperó hasta que se produjo un gran temporal, con la cellisca azotando los árboles y la alambrada: cuando volviese derrumbaría el pasadizo, y la nevada cubriría cualquier rastro de su paso. Henryk se arrastró por el túnel, y al llegar a la base de la alambrada cortó un agujero con los alicates que llevaba. Luego cavó al otro lado de la valla, hasta salir a la superficie. Se puso en pie, se colgó un palo del hombro, y anduvo con calma hasta el cobertizo más cercano: la ventisca le ocultaba, y cualquiera que pudiese atisbar algo creería ver un centinela.
Al llegar al cobertizo empezó a rodearlo hasta que encontró una puerta. Se apoyó con cuidado y se sorprendió al notar que estaba abierta. El gélido interior estaba oscuro como la boca de un lobo, pero Henryk no se atrevió a encender ni una cerilla. Usó el palo como bastón de ciego hasta tropezarse con una gran masa metálica. La rodeó con cuidado, mientras la palpaba intentando reconocerla. Por fin se decidió: había que arriesgarse: encendió un fósforo y vio que estaba de pie junto a un tanque. El cobertizo estaba repleto de tanques, hasta donde la temblorosa luz conseguía despejar las tinieblas.
Apagó la cerilla y volvió hacia la puerta. La franqueó con cuidado y empezó a buscar las huellas que había dejado antes. Al llegar a la alambrada se agachó para meterse en el túnel… y notó que algo se apoyaba en la cabeza.
—¿Ves cómo sí que había un curioso, Karl? Ven, chiquito —dijo mientras empujaba a Henryk con el fusil—. Mi jefe quiere hablar contigo.
Henryk Kuczynski había recibido órdenes del jefe de su célula: tenía que infiltrarse en uno de los complejos y comprobar lo que se hacía ahí. Durante varias noches había cavado una trinchera en la nieve que había cubierto con ramas y más nieve, formando un túnel superficial. Esperó hasta que se produjo un gran temporal, con la cellisca azotando los árboles y la alambrada: cuando volviese derrumbaría el pasadizo, y la nevada cubriría cualquier rastro de su paso. Henryk se arrastró por el túnel, y al llegar a la base de la alambrada cortó un agujero con los alicates que llevaba. Luego cavó al otro lado de la valla, hasta salir a la superficie. Se puso en pie, se colgó un palo del hombro, y anduvo con calma hasta el cobertizo más cercano: la ventisca le ocultaba, y cualquiera que pudiese atisbar algo creería ver un centinela.
Al llegar al cobertizo empezó a rodearlo hasta que encontró una puerta. Se apoyó con cuidado y se sorprendió al notar que estaba abierta. El gélido interior estaba oscuro como la boca de un lobo, pero Henryk no se atrevió a encender ni una cerilla. Usó el palo como bastón de ciego hasta tropezarse con una gran masa metálica. La rodeó con cuidado, mientras la palpaba intentando reconocerla. Por fin se decidió: había que arriesgarse: encendió un fósforo y vio que estaba de pie junto a un tanque. El cobertizo estaba repleto de tanques, hasta donde la temblorosa luz conseguía despejar las tinieblas.
Apagó la cerilla y volvió hacia la puerta. La franqueó con cuidado y empezó a buscar las huellas que había dejado antes. Al llegar a la alambrada se agachó para meterse en el túnel… y notó que algo se apoyaba en la cabeza.
—¿Ves cómo sí que había un curioso, Karl? Ven, chiquito —dijo mientras empujaba a Henryk con el fusil—. Mi jefe quiere hablar contigo.