Publicado: Mié Mar 23, 2016 5:09 pm
El poblado Potemkin ya había sido reparado de los daños causados por la tormenta. Los presos políticos que habían participado en la construcción fueron recluidos en un campo cercano, del que ya solo saldrían para reparar las casas de madera y lonas. Porque se trataba de enemigos del pueblo considerados irrecuperables, que así hacían un último servicio a la Patria antes de ser recompensados con un tiro en la nuca.
Con los presos a buen recaudo, un coronel arengó a ochenta hombres con uniformes verdes.
—¡Camaradas! El destino del mundo depende de nosotros. Nuestra Sección Especial ya hirió a la bestia fascista en Jerusalén, y ahora nosotros vamos a tener la oportunidad de rematarla.
Los soldados permanecieron firmes y en silencio, aunque en el interior se regocijaron, pues coronel oficial les había confirmado lo que hasta ahora solo era un rumor: había sido un equipo como el suyo el que había acabado con Goering y Mussolini en Jerusalén.
—¡Compañeros! Sois hombres inteligentes y sabréis que la misión que la Patria va a encomendarnos no será nada fácil. La bestia fascista ha conocido el poder de nuestras garras, y ahora vamos a atacarla en su guarida, donde se refugia y se defiende con todo su poder. Va a ser una misión difícil que lograremos, pues daremos nuestro mejor esfuerzo para el triunfo de la Revolución Mundial. No nos será fácil escapar, pero todos entregaremos nuestra vida con gusto si la Patria nos la pide.
Los agentes habían sido seleccionados cuidadosamente por sus antecedentes proletarios sin tacha y por su entusiasmo político, pero también por su inteligencia. Siguieron en silencio, pues eran tropas de élite que no se entregaban a entusiasmos inútiles. Siguieron escuchando al coronel mientras pensaban en la manera de cumplir mejor su misión.
El coronel presentó a los oficiales que dirigirían los grupos de asalto, y luego los hizo pasar a un cobertizo donde se proyectó una corta película. No era ni un filme de propaganda ni siquiera un noticiario, sino que se veía el plano de una pequeña ciudad y varias fotografías de sus calles. Reproducciones de ese plano y de las fotografías estaban en las paredes del edificio y permanecerían allí hasta que se ejecutase la operación. Los soldados tenían que conocerlos al dedillo pero, para que se fuesen ambientando, el jefe, actuando como un vulgar cicerone —daba idea de la importancia de la misión que un coronel se rebajase a hacer de guía— acompañó a sus hombres por el “poblado”. Era muy burdo: en su mayoría, simples bastidores con lienzos pintados, que simulaban fachadas como las de las fotos que habían visto. Pero en el centro había varios edificios que habían sido reproducidos con mayor exactitud. Aunque las paredes seguían siendo de maderas y telas, se podía entrar en ellos, subir a los pisos y mirar por las ventanas.
Olexiy Aksakov era uno de los soldados. Hijo de un obrero ferroviario de Leningrado que había muerto luchando contra los blancos, había destacado en la escuela, en el Komsomol y el ejército, antes de ser llamado por la NKVD para sus grupos de acciones especiales. Con ellos había participado en la Guerra de Invierno contra los traidores fineses —que habían abandonado a la Madre Patria en el momento de la Revolución— y había efectuado varias incursiones en las líneas enemigas. Incursiones muy difíciles de las que pocos volvieron, pero que endurecieron a los supervivientes. Como Olexiy, sus nuevos compañeros Viktor, Arkhip, Savely, Emelyan, mandados por el teniente Sviatoslav, pertenecían a la flor y nata del proletariado y tenían experiencia de combate adquirida en Mongolia, Polonia y Finlandia.
El teniente renunció a aleccionar a sus hombres. Los sabía más entusiastas que él mismo, y cualquier arenga sonaría falsa. Dejaría los discursos para el zampolit que iba a darles la lata todas las noches, y preparó a su equipo para la operación.
En primer lugar distribuyó las armas que iban a utilizar. Sorprendentemente, no eran armas rusas, sino alemanas y francesas: subfusiles M38 y fusiles Máuser —con alza telescópica—, fusiles ametralladores MAC 24/29, bombas de mano F1, y cantidades ingentes de munición. Durante los días siguientes la escuadra hizo miles de disparos, pues tenían que conocer a fondo las tres armas. También se entrenaron en la lucha cuerpo a cuerpo y con arma blanca, y en demoliciones, haciendo caer cientos de árboles del bosque mediante pequeñas cargas.
Más sorprendentemente, los soldados tuvieron que dedicar horas al estudio de idiomas. No se pretendía que en tan poco tiempo llegasen a dominar el alemán y el francés; pero tenían que ser capaces de responder a saludos sencillos, y poder interrumpir a cualquier preguntón incómodo. Si no bastaba, sería el turno de los cuchillos.
Con los presos a buen recaudo, un coronel arengó a ochenta hombres con uniformes verdes.
—¡Camaradas! El destino del mundo depende de nosotros. Nuestra Sección Especial ya hirió a la bestia fascista en Jerusalén, y ahora nosotros vamos a tener la oportunidad de rematarla.
Los soldados permanecieron firmes y en silencio, aunque en el interior se regocijaron, pues coronel oficial les había confirmado lo que hasta ahora solo era un rumor: había sido un equipo como el suyo el que había acabado con Goering y Mussolini en Jerusalén.
—¡Compañeros! Sois hombres inteligentes y sabréis que la misión que la Patria va a encomendarnos no será nada fácil. La bestia fascista ha conocido el poder de nuestras garras, y ahora vamos a atacarla en su guarida, donde se refugia y se defiende con todo su poder. Va a ser una misión difícil que lograremos, pues daremos nuestro mejor esfuerzo para el triunfo de la Revolución Mundial. No nos será fácil escapar, pero todos entregaremos nuestra vida con gusto si la Patria nos la pide.
Los agentes habían sido seleccionados cuidadosamente por sus antecedentes proletarios sin tacha y por su entusiasmo político, pero también por su inteligencia. Siguieron en silencio, pues eran tropas de élite que no se entregaban a entusiasmos inútiles. Siguieron escuchando al coronel mientras pensaban en la manera de cumplir mejor su misión.
El coronel presentó a los oficiales que dirigirían los grupos de asalto, y luego los hizo pasar a un cobertizo donde se proyectó una corta película. No era ni un filme de propaganda ni siquiera un noticiario, sino que se veía el plano de una pequeña ciudad y varias fotografías de sus calles. Reproducciones de ese plano y de las fotografías estaban en las paredes del edificio y permanecerían allí hasta que se ejecutase la operación. Los soldados tenían que conocerlos al dedillo pero, para que se fuesen ambientando, el jefe, actuando como un vulgar cicerone —daba idea de la importancia de la misión que un coronel se rebajase a hacer de guía— acompañó a sus hombres por el “poblado”. Era muy burdo: en su mayoría, simples bastidores con lienzos pintados, que simulaban fachadas como las de las fotos que habían visto. Pero en el centro había varios edificios que habían sido reproducidos con mayor exactitud. Aunque las paredes seguían siendo de maderas y telas, se podía entrar en ellos, subir a los pisos y mirar por las ventanas.
Olexiy Aksakov era uno de los soldados. Hijo de un obrero ferroviario de Leningrado que había muerto luchando contra los blancos, había destacado en la escuela, en el Komsomol y el ejército, antes de ser llamado por la NKVD para sus grupos de acciones especiales. Con ellos había participado en la Guerra de Invierno contra los traidores fineses —que habían abandonado a la Madre Patria en el momento de la Revolución— y había efectuado varias incursiones en las líneas enemigas. Incursiones muy difíciles de las que pocos volvieron, pero que endurecieron a los supervivientes. Como Olexiy, sus nuevos compañeros Viktor, Arkhip, Savely, Emelyan, mandados por el teniente Sviatoslav, pertenecían a la flor y nata del proletariado y tenían experiencia de combate adquirida en Mongolia, Polonia y Finlandia.
El teniente renunció a aleccionar a sus hombres. Los sabía más entusiastas que él mismo, y cualquier arenga sonaría falsa. Dejaría los discursos para el zampolit que iba a darles la lata todas las noches, y preparó a su equipo para la operación.
En primer lugar distribuyó las armas que iban a utilizar. Sorprendentemente, no eran armas rusas, sino alemanas y francesas: subfusiles M38 y fusiles Máuser —con alza telescópica—, fusiles ametralladores MAC 24/29, bombas de mano F1, y cantidades ingentes de munición. Durante los días siguientes la escuadra hizo miles de disparos, pues tenían que conocer a fondo las tres armas. También se entrenaron en la lucha cuerpo a cuerpo y con arma blanca, y en demoliciones, haciendo caer cientos de árboles del bosque mediante pequeñas cargas.
Más sorprendentemente, los soldados tuvieron que dedicar horas al estudio de idiomas. No se pretendía que en tan poco tiempo llegasen a dominar el alemán y el francés; pero tenían que ser capaces de responder a saludos sencillos, y poder interrumpir a cualquier preguntón incómodo. Si no bastaba, sería el turno de los cuchillos.