Publicado: Jue Mar 24, 2016 7:05 pm
Era una ciudad demasiado pequeña para semejante acontecimiento. Como tantas otras capitales provincianas, solo contaba con unos pocos hoteles más apropiados para viajantes de comercio que para diplomáticos. Había algunas mansiones señoriales pero no eran ni por asomo los palacetes a los que estaban acostumbrados las personalidades que se iban a dar cita en la pequeña urbe.
Pero el honor que se hacía a la localidad era demasiado grande y no podía ser rechazado. Durante unos días iba a ser el centro de Europa y, si sabía cumplir con lo que se le pedía, a la ciudad se le ofrecía un futuro esplendoroso. Con la promesa de la prosperidad futura poco costó al alcalde convencer a sus ciudadanos para que cediesen las mejores casas como residencia para las delegaciones, que darían a conocer la ciudad a todo el mundo por un motivo mejor que la muerte. No solo el alcalde buscaba alojamientos: las delegaciones más pudientes buscaban no ya comprar sin adquirir propiedades que en un futuro pudieran ser embajadas, ofreciendo cantidades tan importantes que el valor de las viviendas se multiplicó.
No solo eran precisos alojamientos sino también un local que pudiera admitir a la asamblea. Pero no fue necesario buscarlo: sería el gran palacio episcopal, que ya no mostraba las cicatrices de los grandes obuses que poco más de veinte años antes habían martirizado la ciudad.
Entre los delegados que pululaban por la pequeña urbe varios llevaban cámaras con las que fotografiaban los edificios que creyeron interesantes. Tenían que mostrárselas a sus jefes, que aprobarían o no las adquisiciones. Sin embargo, más de una foto encontró un destino insospechado.
Pero el honor que se hacía a la localidad era demasiado grande y no podía ser rechazado. Durante unos días iba a ser el centro de Europa y, si sabía cumplir con lo que se le pedía, a la ciudad se le ofrecía un futuro esplendoroso. Con la promesa de la prosperidad futura poco costó al alcalde convencer a sus ciudadanos para que cediesen las mejores casas como residencia para las delegaciones, que darían a conocer la ciudad a todo el mundo por un motivo mejor que la muerte. No solo el alcalde buscaba alojamientos: las delegaciones más pudientes buscaban no ya comprar sin adquirir propiedades que en un futuro pudieran ser embajadas, ofreciendo cantidades tan importantes que el valor de las viviendas se multiplicó.
No solo eran precisos alojamientos sino también un local que pudiera admitir a la asamblea. Pero no fue necesario buscarlo: sería el gran palacio episcopal, que ya no mostraba las cicatrices de los grandes obuses que poco más de veinte años antes habían martirizado la ciudad.
Entre los delegados que pululaban por la pequeña urbe varios llevaban cámaras con las que fotografiaban los edificios que creyeron interesantes. Tenían que mostrárselas a sus jefes, que aprobarían o no las adquisiciones. Sin embargo, más de una foto encontró un destino insospechado.