Publicado: Lun Mar 28, 2016 2:02 pm
Federico Artigas Lorenzo
¿Y ahora qué? Eso le diría al coronelín de mis amores si me lo echaba a la cara. Le soltaría “ya me has mandado a darme puñadas a montón a Badajoz, Guarda, Ciudad Rodrigo, Montemor, Lisboa y Cascáis. Pero ya no quedan herejes en Portugal, y los de Canarias tienen suficiente entrenamiento ¿A qué ya no encuentras ningún purito que dedicarme?”.
Aun estaba en la sexta panzer, que estaba haciendo las maletas para volverse hacia el norte. La red de ferrocarriles portugueses había quedado bastante perjudicada —esos chiquillos de los Messer— pero no era problema para nosotros que estábamos motorizados. En lugar de volvernos hacia Badajoz, tomamos la carretera del norte, que por Abrantes y Castelo Branco nos llevó a Guarda y Ciudad Rodrigo. No hará falta que le cuente la tristeza que sufrí al ver las ruinas de la gloriosa ciudad, pensando en los compañeros que había dejado atrás; pero al menos volvía con las palmas de la victoria.
La línea ferroviaria había sido reparada y nos esperaba un tren con destino a Francia. Yo no sabía qué hacer, pues tras el fin de la campaña suponía que me llamarían para buscarme algún trabajillo bajo la rojigualda; pero al oficial de enlace le habían dicho que por ahora teníamos que seguir con los alemanes. Ya me salía hasta el Guten morgen y había empezado a tomarle el tranquillo a las wurst, e incluso tragaba las kartoffen; pero la verdad era que me apetecía meterme un buen cocido entre pecho y espalda. Pero nada: vuelta patrás, como si tuviésemos prisa. No sé qué órdenes habían llegado a los alemanes, pero los oficiales azuzaban a los soldados como si Tamerlán estuviese a punto de caer sobre Viena.
Claro está que si tienes prisa no uses los trenes españoles. El viajecito fue de esos en los que te sale barba —revuelta de tanto traqueteo—, y tardamos un par de días en llegar a la frontera, donde había un atasco de narices. Otro par de días de espera hasta que pudimos cruzar y volver a embarcar. Ya en Francia fue todo coser y cantar, y al día siguiente estábamos —otra vez— en Versalles.
¿Y ahora qué? Eso le diría al coronelín de mis amores si me lo echaba a la cara. Le soltaría “ya me has mandado a darme puñadas a montón a Badajoz, Guarda, Ciudad Rodrigo, Montemor, Lisboa y Cascáis. Pero ya no quedan herejes en Portugal, y los de Canarias tienen suficiente entrenamiento ¿A qué ya no encuentras ningún purito que dedicarme?”.
Aun estaba en la sexta panzer, que estaba haciendo las maletas para volverse hacia el norte. La red de ferrocarriles portugueses había quedado bastante perjudicada —esos chiquillos de los Messer— pero no era problema para nosotros que estábamos motorizados. En lugar de volvernos hacia Badajoz, tomamos la carretera del norte, que por Abrantes y Castelo Branco nos llevó a Guarda y Ciudad Rodrigo. No hará falta que le cuente la tristeza que sufrí al ver las ruinas de la gloriosa ciudad, pensando en los compañeros que había dejado atrás; pero al menos volvía con las palmas de la victoria.
La línea ferroviaria había sido reparada y nos esperaba un tren con destino a Francia. Yo no sabía qué hacer, pues tras el fin de la campaña suponía que me llamarían para buscarme algún trabajillo bajo la rojigualda; pero al oficial de enlace le habían dicho que por ahora teníamos que seguir con los alemanes. Ya me salía hasta el Guten morgen y había empezado a tomarle el tranquillo a las wurst, e incluso tragaba las kartoffen; pero la verdad era que me apetecía meterme un buen cocido entre pecho y espalda. Pero nada: vuelta patrás, como si tuviésemos prisa. No sé qué órdenes habían llegado a los alemanes, pero los oficiales azuzaban a los soldados como si Tamerlán estuviese a punto de caer sobre Viena.
Claro está que si tienes prisa no uses los trenes españoles. El viajecito fue de esos en los que te sale barba —revuelta de tanto traqueteo—, y tardamos un par de días en llegar a la frontera, donde había un atasco de narices. Otro par de días de espera hasta que pudimos cruzar y volver a embarcar. Ya en Francia fue todo coser y cantar, y al día siguiente estábamos —otra vez— en Versalles.