Publicado: Dom Abr 03, 2016 9:40 pm
Diario de Von Hoesslin
Normalmente no hubiese molestado al mariscal. Von Manstein creía que el descanso era indispensable, y que un jefe agotado acababa cometiendo errores que costaban vidas. El mariscal intentaba finalizar las tareas al atardecer para gozar de un rato de asueto durante la cena, durante la que conversaba afablemente con sus invitados, entre los que me solía incluir. En esas charlas se hablaba de lo divino y de lo humano, y con ellas el mariscal conseguía mantener una relación cada vez más estrecha con sus colaboradores. Luego Von Manstein se acostaba, esperando que no se le avisase por nada menos serio que un desembarco en Berlín.
Pero el asunto era grave y me pareció que requería acción inmediata. Fui a despertar al genera Hoth para indicarle que el mariscal casi con total seguridad saldría hacia Berlín al amanecer. También alerté a la Luftwaffe para que tuviese dispuesto un Condor en Beja y un avión ligero en Benavente. Asimismo ordené que se dispusiese un coche con escolta, y que se preparase el equipaje de Von Manstein. Me arrogué una autoridad que no tenía, pero pensé que si me equivocaba me arriesgaba era a una reprimenda, pero si acertaba ganaría para el mariscal unas horas vitales.
Dejé descansar al mariscal un par de horas más mientras hacía los preparativos, y luego llamé a su puerta. No me costó mucho despertarle; mis órdenes habían causado un ajetreo capaz de despertar a un muerto.
—¿Qué demonios está ocurriendo, capitán? —Que no me llamase por mi nombre era indicio de cuanto le disgustaba que le molestasen con tonterías.
—Discúlpeme, mariscal, pero ha llegado este mensaje desde Berlín y juzgué que era importante. —Le entregué el mensaje descifrado. Von Manstein, todavía en pijama, leyó el papel, se sentó en la cama y me miró a los ojos.
—Otra vez ¿Es que esto no acabará nunca? Roland, tenemos que volver a Berlín inmediatamente. Disponlo todo.
—Me he permitido la libertad de hacerlo. El coche ya está esperando en la puerta, y le llevará al aeropuerto, donde ya estará dispuesto un avión. He hecho que le preparen un desayuno.
—Gracias, Roland. No sé qué haría sin ti ¿Has hecho tus maletas? Porque te vienes conmigo.
—A sus órdenes, mariscal.
—Bien, corre a recoger tus cosas. En veinte minutos saldremos.
Ya había preparado mi petate, y utilicé ese tiempo para confirmar que todo estaba listo. Ordené que se silenciase la partida del mariscal: aunque con la campaña tan avanzada ya no era precisa su presencia, imaginé que no querría que corriesen rumores.
Veinte minutos después, ni uno más ni uno menos, el mariscal montaba en el Mercedes que esperaba en la puerta. Era un coche de campaña normal, y la escolta no era de motoristas, sino de dos coches blindados: parecía un vehículo de mando más. Salimos inmediatamente y recorrimos las calles lisboetas, que a pesar del oscurecimiento aun seguían llenas de juerguistas. Con tanto jaleo no llamó la atención nuestra comitiva, y sin especiales incidentes llegamos al aeródromo, donde esperaba una avioneta Messerschmitt. Volamos un poco apretados, pero una hora después aterrizamos, con las primeras luces, en Beja. Durante el vuelo el mariscal permaneció en silencio, pero lo conocía lo bastante como para saber que estaba meditando sobre el papel que le había entregado.
El mensaje estaba cifrado con una clave de uso único que el general Schellenberg me había entregado antes de salir de Berlín, y era imposible de interceptar. Apenas contenía una línea:
Normalmente no hubiese molestado al mariscal. Von Manstein creía que el descanso era indispensable, y que un jefe agotado acababa cometiendo errores que costaban vidas. El mariscal intentaba finalizar las tareas al atardecer para gozar de un rato de asueto durante la cena, durante la que conversaba afablemente con sus invitados, entre los que me solía incluir. En esas charlas se hablaba de lo divino y de lo humano, y con ellas el mariscal conseguía mantener una relación cada vez más estrecha con sus colaboradores. Luego Von Manstein se acostaba, esperando que no se le avisase por nada menos serio que un desembarco en Berlín.
Pero el asunto era grave y me pareció que requería acción inmediata. Fui a despertar al genera Hoth para indicarle que el mariscal casi con total seguridad saldría hacia Berlín al amanecer. También alerté a la Luftwaffe para que tuviese dispuesto un Condor en Beja y un avión ligero en Benavente. Asimismo ordené que se dispusiese un coche con escolta, y que se preparase el equipaje de Von Manstein. Me arrogué una autoridad que no tenía, pero pensé que si me equivocaba me arriesgaba era a una reprimenda, pero si acertaba ganaría para el mariscal unas horas vitales.
Dejé descansar al mariscal un par de horas más mientras hacía los preparativos, y luego llamé a su puerta. No me costó mucho despertarle; mis órdenes habían causado un ajetreo capaz de despertar a un muerto.
—¿Qué demonios está ocurriendo, capitán? —Que no me llamase por mi nombre era indicio de cuanto le disgustaba que le molestasen con tonterías.
—Discúlpeme, mariscal, pero ha llegado este mensaje desde Berlín y juzgué que era importante. —Le entregué el mensaje descifrado. Von Manstein, todavía en pijama, leyó el papel, se sentó en la cama y me miró a los ojos.
—Otra vez ¿Es que esto no acabará nunca? Roland, tenemos que volver a Berlín inmediatamente. Disponlo todo.
—Me he permitido la libertad de hacerlo. El coche ya está esperando en la puerta, y le llevará al aeropuerto, donde ya estará dispuesto un avión. He hecho que le preparen un desayuno.
—Gracias, Roland. No sé qué haría sin ti ¿Has hecho tus maletas? Porque te vienes conmigo.
—A sus órdenes, mariscal.
—Bien, corre a recoger tus cosas. En veinte minutos saldremos.
Ya había preparado mi petate, y utilicé ese tiempo para confirmar que todo estaba listo. Ordené que se silenciase la partida del mariscal: aunque con la campaña tan avanzada ya no era precisa su presencia, imaginé que no querría que corriesen rumores.
Veinte minutos después, ni uno más ni uno menos, el mariscal montaba en el Mercedes que esperaba en la puerta. Era un coche de campaña normal, y la escolta no era de motoristas, sino de dos coches blindados: parecía un vehículo de mando más. Salimos inmediatamente y recorrimos las calles lisboetas, que a pesar del oscurecimiento aun seguían llenas de juerguistas. Con tanto jaleo no llamó la atención nuestra comitiva, y sin especiales incidentes llegamos al aeródromo, donde esperaba una avioneta Messerschmitt. Volamos un poco apretados, pero una hora después aterrizamos, con las primeras luces, en Beja. Durante el vuelo el mariscal permaneció en silencio, pero lo conocía lo bastante como para saber que estaba meditando sobre el papel que le había entregado.
El mensaje estaba cifrado con una clave de uso único que el general Schellenberg me había entregado antes de salir de Berlín, y era imposible de interceptar. Apenas contenía una línea:
ERIC VUELVE BERLIN INMEDIATAMENTE EL CANCILLER SE MUERE