Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:36 pm
por Bitxo
I.

Una sombra recorría la muralla de pinos que limitaba el campo donde habían parado a descansar. La graja había levantado el vuelo desde el trigal y parecía buscar un lugar más allá de este, pero la apretada barrera de árboles la hacía retornar una y otra vez. Anatoli seguía examinando la situación del grupo sin percatarse de que se repetía. O bien lo hacía disimulando una insistencia destinada a convencerle.

- La situación es esta –decía ahora a guisa de resumen-: si regresamos es probable que nos tomen por desertores y nos fusilen. Pero si no lo hacemos tendremos que buscarnos la vida huyendo de todos, de los nuestros y de los alemanes, y al final unos u otros acabarán atrapándonos y fusilándonos de todos modos.

Anatoli era al primero que había encontrado en el bosque, cuando la luz del día disminuía y los sonidos se amortiguaban con la misma prisa que el sol abandonaba los huecos entre los árboles. Un bulto que se escurría entre los troncos y una voz asustada que preguntaba si él también era soviético. Desde entonces habían recorrido juntos el bosque sin saber hacia dónde dirigirse y alegrándose en cada ocasión en que descubrían a alguien más de que también fuera soviético. Así, entre las hayas, entre los fresnos o pinos, habían encontrado a los otros tres: Alexandr, Borís y Mijaíl.

- Pero el politruk Iliá puede ayudarnos. Él puede informar de que no huímos. Puede decir que, al igual que él, nos desorientamos durante la batalla y nos perdimos en el bosque.

Anatoli se había alegrado de que Borís hubiese planteado cuanto él no se había atrevido a decir. La pelota estaba ahora en el tejado de Iliá que sonreía con amargura. La situación es esta, repetía su mente hasta enloquecerle. Al igual que él. Hasta ayer era un bolchevique universitario bien afianzado al nuevo orden establecido. Ni tan siquiera el entrenamiento ni la vida de cuartel en el Ejército habían sido capaces de borrar esa sensación de que todo cuanto hacía correspondía a cuanto su familia y el Partido esperaban de él. Hasta ayer había sido un orgulloso komsorg ascendido a politruk que daba charlas y leía artículos del Estrella Roja a soldados analfabetos para imbuírles de las bondades y logros del marxismo en la sociedad soviética, mostrándoles tablas de porcentajes que reflejaban la aptitud del régimen para traer la prosperidad a la atrasada Unión Soviética. Pero, ahora, la situación es esta, esa clase de verdad que todos conocen y esconden, que está en la boca de cada uno sin que se emita sonido alguno. Y es que todos, al igual que él, habían huído de la batalla cuando los alemanes les vomitaron tal cantidad de fuego y metralla que las hayas, los fresnos y los pinos estallaban y desaparecían a su paso; apareciendo por todas partes, a la izquierda, a la derecha e incluso por la espalda, y nadie excepto ellos parecía saber a quién había que disparar o siquiera hacia dónde.

- Quizás el politruk quiera hablar de otra cosa, como de tractores para las granjas colectivas.

Esa era la voz de Mijaíl. Mijaíl y Borís eran compañeros en el mismo pelotón y por lo tanto amigos. Probablemente habían decidido huir antes de que comenzara la batalla, pero tras deambular horas por el bosque y encontrarse con Anatoli y él habían optado por formar parte del grupo y regresar a las filas acosados como estaban por el miedo y el hambre. Mijaíl le había mostrado su hostilidad desde el principio y, preguntando a un Borís ansioso por corregir el error de la deserción y de convencer por completo a su compañero, se había enterado de que su padre había sido detenido por la OGPU y nunca más se había sabido de él. Mijaíl pertenecía a una familia campesina contraria a la colectivización y, sin duda, era un enemigo de la Revolución. Iliá podía recordar los consejos del Partido para convencer a este tipo de hombres, pero difícilmente podían ser aplicados a la situación. Todos, Anatoli, Borís y Alexandr se había puesto bajo su mando sólo porque representaba su salvación ante un interrogatorio del NKVD. Todos excepto Mijaíl, quien ejercía un liderazgo real al ser el más veterano y quien, una vez tomada la decisión del regreso, había sabido orientarles en la espesura del bosque. Todos deseaban que Mijaíl se convenciese de que era lo mejor y no les abandonara. Iliá esperaba que Mijaíl le matase en cuanto tuviera ocasión.

- Vamos, Mijaíl, él puede ayudarnos. ¿Qué vamos a hacer aquí? ¿A dónde ir?

Alexandr, a diferencia de Borís, no conocía a Mijaíl antes de la noche anterior y por ello se permitía el lujo de acometerle más directamente que su temeroso amigo. Pero, al igual que Borís, pendulaba entre el apoyo a Iliá o la llave del regreso, y Mijaíl o la llave de una libertad desconocida. Tan sólo Anatoli estaba firmemente convencido de que había que buscar a una unidad del Ejército Rojo y proseguir la lucha contra el alemán. Borís y Alexandr también lo creían así, pero sólo porque la aventura que le había propuesto Mijaíl le resultaba ahora mucho más incierta que la cocina de campaña. Y Borís además sentía una devoción hacia su compañero de pelotón que no mostraría jamás por un miembro del Partido.

- Nuestro deber es regresar para continuar combatiendo. Por supuesto informaré de que nadie huyó de la batalla de ayer. No os preocupéis más por eso.

Iliá les observaba con atención mientras pronunciaba las palabras. Sabía que un politruk nunca era bien visto por los soldados y que no en pocas ocasiones estos habían asesinado a uno en la confusión del combate. La situación en que se encontraban ofrecía la ventaja de que los soldados esperaban de él la salvación de una ejecución. Pero por otra parte estaba la influencia de Mijaíl que no tenía nada claro si debía regresar o continuar huyendo. Iliá sabía que debía confirmar su liderazgo más allá de su dudosa ventaja de politruk, pero no sabía aún cómo hacerlo. Allí, en aquel trigal, sus charlas políticas no servían para nada. En tierra de nadie, donde resultaba fácil topar con los alemanes, la experiencia de Mijaíl y su instinto para orientarse resultaban extraordinariamente útiles como para que no pusieran en duda la utilidad de un miembro del Partido.

- Deberíamos dormir un rato. Hemos caminado toda la noche para salir de ese maldito bosque, pero ahora estamos demasiado cansados para continuar y aquí somos muy visibles. Metámonos de nuevo en el bosque para escondernos y dormir. Haremos turnos de guardias.

A Mijaíl la propuesta de Iliá le había pillado por sorpresa. Había estado toda la noche dando él las órdenes y ahora el politruk se le había adelantado aprovechando la expectativa sobre su decisión de no informar de que habían desertado. Los cinco se levantaron y se internaron de nuevo en la penumbra para esconderse.

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