Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:36 pm
por Bitxo
II.

La luz arribaba al suelo a través de la agujereada carpa de ramas y hojas, estrellándose en una decoloreada alfombra de restos vegetales. Allí abajo el rocío comenzaba a calentarse con reflejos ocres y a exhalar la descomposición de un mundo donde un río de hormigas se afanaba en recoger cuanto les sirviera de alimento. Iliá observaba fascinado ese trajín en la aparente quietud del bosque hasta que un crujir de ramas le indicara que había alguien a su espalda. Se volteó y descubrió a un niño que escondía algo en su puño cerrado. ¿Qué llevas ahí?, le preguntó, y el niño le miraba circunspecto sin decir palabra. Enseñámelo, insistió, y el niño extendió el brazo y abrió el puño. Sobre la palma de su mano había una crisálida en cuyo interior algo pugnaba por salir, desgarrando la fibra y empujando hacia fuera la viscosidad interior. Una antena peluda y medio rostro horrible se mostró mientras la cabeza proseguía ensanchando el agujero. Luego la criatura logró escapar por completo y desplegó sus alas para secarlas. Iliá contempló maravillado el hermoso despliegue de tonalidades rojizas y anaranjadas, los brillos de las escamas iridiscentes, la fragilidad de aquellos gradientes que componían el sueño del vuelo, de la libertad a la que no podía acceder el frenesí que habitaba la maceración del suelo. Tanta belleza escondía y hacía olvidar la fealdad del rostro, la mecánica de las patas y la morbidez del abdómen hambriento.

Entonces una explosión sacudió el bosque e Iliá recordó de pronto que era un soldado en espera de un ataque de los alemanes. Otros soldados aparecieron por doquier corriendo hacia ellos aterrorizados y rebasándoles ignorándolos por completo. Iliá trató de detenerles para convencerles de que debían poner a salvo al niño y a la mariposa, pero una nueva explosión convirtió a uno de ellos en una plétora volante de la que resultaba imposible discernir qué era un terrón de tierra o un trozo humano. Se volvió nuevamente hacia el niño para cogerlo y ponerle a salvo, pero el niño ahora gritaba y se miraba la mano donde la mariposa le chupaba la sangre, engrosando su abdomen. Iliá comenzó a gritar también horrorizado y comenzó a correr por el bosque, instigado por multitud de gritos y detonaciones. Corrió tanto que alcanzó el fin del bosque y se sentó exhausto en un trigal para recuperar el aliento. Cuando su propio jadeo le permitió oir otra cosa, percibió unos bufidos extraños y un hedor insoportable. Allí estaba la mariposa del niño del bosque, solo que ahora era enorme, más grande que una persona. Su abdomen se había hinchado tanto de la sangre de los cadáveres que yacían por doquier en el campo que ya no podía volar. Aquel monstruo que antes le había parecido hermoso se percató de su presencia y comenzó a avanzar, casi arrastrándose hacia él. Iliá estaba demasiado asustado como para reaccionar. Quería levantarse y volver a correr, quería gritar, pero su cuerpo no respondía.

- ¡Camarada politruk! ¡Camarada politruk! ¡Iliá, maldita sea, despierte!

Un rayo de luz le alcanzaba desde un agujero de la carpa de armas y hojas, y podía percibir la putrefacción del suelo. Iliá dio un brinco para incorporarse empujando a Anatoli. De inmediato se miró las manos, los brazos, las piernas y el vientre, tratando de descubrir, no sabía muy bien, si estaba entero o si tenía alguna viscosidad de la crisálida.

- ¿Y los otros? – preguntó.
- Durmiendo. Estabas teniendo una pesadilla.
- ¿Mijaíl está con nosotros?
- Sí, está durmiendo como los otros.
- Mijaíl quiere matarme. Lo hará en cuanto tenga la ocasión. Y luego se irá.
- No creo que Mijaíl sea un asesino, camarada politruk.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Estuve hablando con Borís al cambiar la guardia.
- ¿Sí? ¿Y qué te dijo?
- Lo mismo que a ti. Que su padre fue depurado por la OGPU. Pero es un buen soldado. Es cierto que no aprecia al Partido, pero es un buen soldado. Si hubiese querido matarle podría haberlo hecho durante su guardia, mientras todos dormíamos.

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