Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:38 pm
por Bitxo
IV.

El sol se esforzaba por traspasar la maraña de ramas y hojas que guardaba el bosque. Tubos de luz se precipitaban al suelo y parecían troncos fantasmales que se apoyaba o se entrecruzaban entre los reales. Daba la sensación de que vetustos árboles ya inexistentes reclamaban su presencia, como si el viejo bosque desaparecido le recordase al nuevo que había nacido desde su podredumbre, desde sus restos asimilados por una tierra capaz de absorverlo todo, de oler a muerte y de dar la vida.

No hablaban. La única conversación era la mantenida por sus bufidos que denotaban el hastío de aquella espesura, y el agotamiento expresado en los tropiezos con las raíces. Iliá trataba de mantener el paso de un Mijaíl que iba a la cabeza y a momentos se perdía entre el matorral. Pasaba el tiempo e Iliá cedía en su pugna por alcanzar a Mijaíl. Caminaba con la cabeza baja, tratando de no tropezar otra vez, insuflando ánimos a sus pies doloridos, a sus rodillas que sólo se doblaban tras emitir una queja que le hacía torcer la boca. Pero no quería ser él quien solicitase el descanso. Él era el politruk, él debía dar ejemplo y asegurar el liderazgo que les llevaría de vuelta a casa. Anatoli fue quien le hizo el inmenso favor de exclamar que ya no podía más. Todos se reunieron, se dejaron caer con más bufidos, estiraban sus doloridas piernas, liberaban sus pies.

- ¿Y Mijaíl?

La voz de Boris habría cruzado el cerebro de Iliá como un relámpago.

- ¡Mijaíl! ¡Mijaíl!
- ¡Calla Anatoli! ¿Y si nos oyen los alemanes?
- No creo que haya alemanes aquí en el bosque. ¿Y si se ha perdido?
- No se ha perdido –dijo Iliá-. Le hemos perdido.

Iliá trataba de disipar su rabia concentrándose en el dolor de sus pies. Mijaíl les había abandonado, de eso no había duda. Tampoco de que había sido incapaz de convencerle. Intentó pensar en otra cosa mientras ignoraba los comentarios acerca de la huída de Mijaíl, en la práctica los mismos de antes. Si lo encontraban los alemanes, si lo encontraba el Ejército Rojo o si podría escapar. Eran los mismos argumentos, solo que ahora el protagonista no era el grupo de soldados perdidos, sino un soldado que estaba tratando de escapar de aquella situación miserable y aparentemente sin salida.

- ¡Basta! –se enfadó-. Debemos preocuparnos de nosotros mismos. Descansaremos un rato y continuaremos en la misma dirección hasta encontrar a los nuestros. Es lo único que podemos y debemos hacer.

Enmudecieron e Iliá intentó pensar en cualquier cosa que le transportara lejos de aquel desaliento que le había invadido. Todos debían estar dándole vueltas a la misma duda que golpeaba a su cabeza desde dentro. ¿Y si se habían equivocado? ¿Y si Mijaíl tenía razón al escapar y podía sobrevivir ajeno a la guerra? Pero aquello debía ser imposible. Lo capturarían los alemanes o los compatriotas soviéticos. Y unos u otros le fusilarían. Unos por ser el enemigo. Otros por ser enemigo de su pueblo y por tanto de sí mismo. ¿Y si habían más opciones? Pero no, no las habían. O hacían lo que era su deber, combatir al alemán para salvar su tierra y su pueblo, o perecían en sus manos. ¿Podían, acaso, abandonar a su suerte a sus familias? El frente estaba próximo a su ciudad, y él se esperanzaba en que el Gobierno hubiese evacuado a los suyos. Claro que Mijaíl no tenía familia. El mismo Gobierno en el que Iliá confiaba la seguridad de su familia había aniquilado a la suya. Los rusos había sufrido demasiado. Ese era el problema. La Gran Guerra, la Revolución y la Guerra Civil... No tendría que haber sido así. ¿Por qué la gente se había negado a las ventajas del comunismo? Eran unos malditos egoístas que no deseaban una sociedad justa. Como Mijaíl, maldita sea, otro ser que sólo pensaba en sí mismo. Eso era en lo que tenía que pensar, en su familia, en su ciudad y en la providencia del Partido.

- Mijaíl nos ha traicionado. Nos ha traicionado a nosotros y a la patria que debía defender. Mi ciudad, mi familia, pueden caer en manos de los alemanes dentro de poco. ¿Vosotros pensáis que vuestras familias están a salvo por estar más lejos? No, no lo están. Si no los detenemos, los alemanes llegarán hasta el último rincón de Rusia y nos aniquilarán o esclavizarán. Todos tenemos miedo. Y todos huímos de la pasada batalla. Pero no huímos para hacerlo siempre. Salvamos nuestra vida para poder ofrecerla otra vez. Es verdad que si llegamos a nuestras filas nos arriesgamos a que nos fusilen por desertores. Por desgracia, por culpa de personas como Mijaíl que realmente abandonan su deber, los mandos deben ser duros con los soldados. Pero yo os garantizo otra vez que informaré de que no huímos, que nos perdimos en el caos de la batalla. Y estoy seguro que nos perdonarán. No tenemos otra salida, ni tampoco otro deber.

Iliá habló despacio, más para sí mismo que para aquel grupo de soldados perdidos en el bosque. El silencio se mantuvo mientras el politruk evitaba mirarles a la cara quizás para evitar el peso de las suyas, sorprendidos por el discurso, sobre él. Esperando una respuesta observaba un pajarillo que revoloteaba entre las ramas de dos pinos. Cada vez que se posaba sobre una, martilleaba la misma estridencia. El pajarillo rebotaba de un árbol a otro y repetía su estribillo: la-si-tua-ción, la-si-tua-ción.

- Estamos contigo, politruk.

Iliá volvió la mirada hacia la voz. Anatoli, el bueno de Anatoli. Siempre Anatoli, agradeció.

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