Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:38 pm
V.
- ¿Tú estás seguro de que vamos en buena direccion?
- ¿Y cómo quieres que lo sepa? ¿Tú conoces este bosque? ¿Sabes dónde están los nuestros? ¿Sabes dónde están los alemanes?
- Pero tu ciudad está muy cerca de aquí. Tú eres de por aquí.
- ¡Pero era universitario! ¿Qué pintaba yo en el bosque?
Siempre Anatoli, sí, pero le fastidiaba que su mejor apoyo en el grupo resultase tan cobarde. Se daba cuenta de que Anatoli estaba de su parte porque tenía demasiado miedo a escapar como Mijaíl. Anatoli y Alexandr eran casi la misma persona, solo que Alexandr era más callado. De hecho Iliá se había percatado que los dos habían hecho buenas migas, ya que Alexandr apenas abría la boca más que para hablar con Anatoli. Hablaban del campo, de su vida rural, de cómo se casaron o cómo trabajaban la tierra. Eran ajenos a la política y para ellos daba lo mismo un zar blanco que uno rojo. Ambos eran algo que debían soportar, una abstracción que se presentaba en sus hogares requiriendo grano una o dos veces al año. Boris, en cambio, era como Mijaíl, pero sin el valor de hacer lo que había hecho Mijaíl. Se había criado como aquél en una pequeña ciudad. La gran diferencia entre Boris y Mijaíl quizás explicase el por qué de su grado de valor. La familia de Boris no se había visto afectada por los desmanes del Gobierno en su campaña de detenciones de elementos contrarrevolucionarios. Como los otros dos, la política no le importaba. Sin embargo, al vivir en una ciudad, tenía un conocimiento mayor de los sucesos y no los aprobaba. Las cosas se habían hecho mal, admitía para sí Iliá. Los viejos bolcheviques, justificaba, se habían tenido que enfrentar a grandes problemas creados por el Zar. No les había quedado otro remedio que actuar con mano dura o, en el peor de los casos, el miedo a perder el sueño de la revolución les había impulsado a resultar excesivamente severos. Pero las nuevas generaciones de bolcheviques, como él, lo arreglarían todo. Si la vieja generación había desbrozado el terreno, ellos lo cultivarían y mostrarían los frutos de su esfuerzo a todo aquél que aún desconfiara. Esa era la idea que le llenaba la cabeza y le daba la fuerza para continuar avanzando hacia ninguna parte en aquel maldito bosque. Personas como él, cultivadas en la universidad, con nobles ideales y buenas ideas para el futuro, ganarían la guerra y reconstruirían el país. Lograrían lo que otros no pudieron al traer la paz, la justicia y la prosperidad. Por ello había que seguir caminando, tropezando con las raíces, respirando la exhalación de la alfombra vegetal, tratando de no enloquecer en aquel laberinto de árboles, ramas, troncos caídos, arbustos y tubos de luz mortecina.
Entonces algo inesperado irrumpió en aquel paisaje cercano de obstáculos marrones moteados en verde. Allí, delante de él, surgida de no sabía dónde, había una figura humana. Una figura humana que le apuntaba con un fusil.

- ¿Tú estás seguro de que vamos en buena direccion?
- ¿Y cómo quieres que lo sepa? ¿Tú conoces este bosque? ¿Sabes dónde están los nuestros? ¿Sabes dónde están los alemanes?
- Pero tu ciudad está muy cerca de aquí. Tú eres de por aquí.
- ¡Pero era universitario! ¿Qué pintaba yo en el bosque?
Siempre Anatoli, sí, pero le fastidiaba que su mejor apoyo en el grupo resultase tan cobarde. Se daba cuenta de que Anatoli estaba de su parte porque tenía demasiado miedo a escapar como Mijaíl. Anatoli y Alexandr eran casi la misma persona, solo que Alexandr era más callado. De hecho Iliá se había percatado que los dos habían hecho buenas migas, ya que Alexandr apenas abría la boca más que para hablar con Anatoli. Hablaban del campo, de su vida rural, de cómo se casaron o cómo trabajaban la tierra. Eran ajenos a la política y para ellos daba lo mismo un zar blanco que uno rojo. Ambos eran algo que debían soportar, una abstracción que se presentaba en sus hogares requiriendo grano una o dos veces al año. Boris, en cambio, era como Mijaíl, pero sin el valor de hacer lo que había hecho Mijaíl. Se había criado como aquél en una pequeña ciudad. La gran diferencia entre Boris y Mijaíl quizás explicase el por qué de su grado de valor. La familia de Boris no se había visto afectada por los desmanes del Gobierno en su campaña de detenciones de elementos contrarrevolucionarios. Como los otros dos, la política no le importaba. Sin embargo, al vivir en una ciudad, tenía un conocimiento mayor de los sucesos y no los aprobaba. Las cosas se habían hecho mal, admitía para sí Iliá. Los viejos bolcheviques, justificaba, se habían tenido que enfrentar a grandes problemas creados por el Zar. No les había quedado otro remedio que actuar con mano dura o, en el peor de los casos, el miedo a perder el sueño de la revolución les había impulsado a resultar excesivamente severos. Pero las nuevas generaciones de bolcheviques, como él, lo arreglarían todo. Si la vieja generación había desbrozado el terreno, ellos lo cultivarían y mostrarían los frutos de su esfuerzo a todo aquél que aún desconfiara. Esa era la idea que le llenaba la cabeza y le daba la fuerza para continuar avanzando hacia ninguna parte en aquel maldito bosque. Personas como él, cultivadas en la universidad, con nobles ideales y buenas ideas para el futuro, ganarían la guerra y reconstruirían el país. Lograrían lo que otros no pudieron al traer la paz, la justicia y la prosperidad. Por ello había que seguir caminando, tropezando con las raíces, respirando la exhalación de la alfombra vegetal, tratando de no enloquecer en aquel laberinto de árboles, ramas, troncos caídos, arbustos y tubos de luz mortecina.
Entonces algo inesperado irrumpió en aquel paisaje cercano de obstáculos marrones moteados en verde. Allí, delante de él, surgida de no sabía dónde, había una figura humana. Una figura humana que le apuntaba con un fusil.