Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:40 pm
por Bitxo
VIII.

Se despertaron con las voces, los silbatos y ruidos de pisadas sobre la pinocha. Oficiales del Ejército y del NKVD despertaban a los hombres, los agrupaban y distribuían munición. Iliá preguntó a un Capitán si sabía dónde debía formar con su pelotón, pero este estaba tan nervioso y confuso como él.

- Quédense ahí y avance siguiendo al resto. Cuando veáis caer a alguno, recogéis su arma y la munición.

Iliá, Anatoli, Alexandr, Boris y Mijaíl se quedaron quietos de pie sin decirse nada, aguardando a que la unidad se moviera. Iliá debía sentir lo mismo que sus hombres. Su pelotón de desgraciados era como una isla que aguardase que una ola la empujase lanzándola hacia lo desconocido. La oscuridad del bosque aumentaba la sensación de abandono y de incertidumbre. Al cabo de un rato el jaleo disminuyó y los hombres apenas ya se movían. Un búho se hizo oir desde alguna rama con un par de palabras incomprensibles, como todo aquello que pudiera proceder de aquel momento. Entonces sonó un silbato largo, trémulo y a la vez cortante. Los hombres comenzaron a avanzar, apartando ramas, aplastando pinocha y hojarasca. No se oía más que crujidos y bufidos. Nadie miraba otra cosa que no fuesen los pies del que tenía delante.

Caminaron un buen rato por el bosque con el sudor mezclándose con el aire fresco de la noche. Llegados a un punto, Iliá notó que la marcha se aceleraba cada vez más al tiempo que se tornaba más discernible un alarido constante vomitado por miles de bocas que se relevaban unas a otras para que no cejase. Entonces pudo percibir los disparos, las ráfagas y de pronto se sintió aterrado al ver el cielo de estrellas y la inmensidad de los trigales. Los grupos que iban por delante ya corrían y él reaccionó de la misma manera para no quedarse atrás.

- ¡Vamos! ¡Tenemos que conseguirlo!

Había gritado sin atreverse siquiera a mirarles, pero podía sentirles allí, junto a él, con el mismo pánico a aquel espacio abierto. La pendiente de la frontera entre el bosque y los campos hizo que ganaran velocidad y la sensación de vértigo. Iliá luchaba ahora por controlar sus náuseas y que sus pies no le traicionasen tirándolo al suelo. Llegados al campo el terreno se nivelaba y la marea humana se frenaba y se agrupaba. Los gritos individuales y los disparos y explosiones se filtraban en el trigal por debajo del alarido interminable de la noche, como corrientes de agua que se abrían paso entre terrones de tierra y espigas aplastadas. Tan sólo un poco después Iliá tenía dificultades para avanzar a la carrera sin tropezar con el de delante y, casi de inmediato, los de atrás le empujaban estrujándole contra la siguiente fila. Era como si la ola hubiese chocado contra un dique y su energía se revolviese hacia él, trayéndole reflujos de aire cálido procedentes de explosiones cercanas que iluminaban la noche a cada momento. Los sonidos de disparos aislados y ráfagas que segaban los campos eran ya muy fuertes y el alarido de miles de bocas se perdía entre una cacofonía de gritos aislados. La ola terminó por frenarse entonces, e Iliá fue aplastado contra los de delante. Trató de mantener el equilibrio, pero cuando los tropiezos y caídas se multiplicaron en las filas se vio arrastrado. La ola se había reconvertido en un castillo de naipes que se derrumbaba al completo e Iliá, ya en el suelo sobre el soldado que iba delante, luchaba por quitarse de encima al que iba detrás. Agitaba sus brazos y piernas como si se hundiera irremisiblemente en el agua, tratando de sacar la cabeza el tiempo justo para tomar aire. Los pisotones, las patadas y el peso de los que caían sobre él amenazaban con romperle y sepultarle allí para siempre. La culata de un fusil llegó desde la noche y cayó sobre su sien. Mientras todo se volvía borroso, trató de mantener sus músculos en tensión para seguir luchando para no quedar allí enterrado. Cuando por fin cesaron las patadas, cuando ya no caían más cuerpos sobre él, Iliá cedió y quedó insconciente.

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