Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:40 pm
IX.
Una amalgama de retazos marrones y negros se retorcía ante él mientras sus oídos captaban un chirrido que se repetía aquí y allá. Sentía que su cuerpo seguía dormido con la sangre paralizada y se esforzó por recuperar el contacto con sus extremidades. Poco a poco las manchas marrones recuperaban la variedad tonal perdida y ya podía percibir retazos más claros y hasta dos círculos blancos sobre una mancha negra. Los círculos blancos parecían moverse en torno a la mancha y entonces se concentró en fijarlos. Ahora ya podía mover los dedos y percatarse que los brazos estaban inmovilizados por el peso de más extrañas mezclas de tonalidades marrones. Comenzó a parpadear para retirar el velo y buscó de nuevo los círculos blancos sobre la mancha negra. Ahora los cículos poseían otros más pequeños también negros, y la mancha ya tomaba forma de óvalo y aparecían allí otras manchas blancas. Aquello no tenía sentido, pensó, y trató de moverse. Un brazo parecía desencajarse mientras movía con suavidad lo que ahora parecía una montaña de marrones bajo un cielo azul. Consiguió recuperar el brazo y, ganándolo como punto de apoyo, se dedicó a desenterrar el otro. Por fin con ambos brazos bajo su pecho volvió a enfocar el laberinto de negros y blancos de enfrente. Dos ojos le miraban desde lo alto de una boca desencajada. Se incorporó un poco como para poder mirar por encima de los marrones. Entonces tuvo una revelación. Graznidos. Los chirridos eran graznidos de cuervos.
Iliá contempló unos segundos el mar de marrones que se extendía a su alrededor sobre los trigales e inició un particular combate por liberar las piernas. Una vez logró colocarse de rodillas en el hueco de donde había emergido vio a lo lejos a un soldado que se ponía de pie mirando a su alrededor como si no acabara de creer. Iliá iba a ponerse de pie y hacerle señales, pero un estruendo cruzó el mar de cadáveres y el soldado se dobló para caer hacia atrás. Como si se hubieran liberado resortes desconocidos, el politruk se agachó e introdujo piernas y brazos en sus lugares de partida, obligando a los cuerpos a mecerse otra vez mientras deseaba con todas sus fuerzas que no le hubiesen visto.

Una amalgama de retazos marrones y negros se retorcía ante él mientras sus oídos captaban un chirrido que se repetía aquí y allá. Sentía que su cuerpo seguía dormido con la sangre paralizada y se esforzó por recuperar el contacto con sus extremidades. Poco a poco las manchas marrones recuperaban la variedad tonal perdida y ya podía percibir retazos más claros y hasta dos círculos blancos sobre una mancha negra. Los círculos blancos parecían moverse en torno a la mancha y entonces se concentró en fijarlos. Ahora ya podía mover los dedos y percatarse que los brazos estaban inmovilizados por el peso de más extrañas mezclas de tonalidades marrones. Comenzó a parpadear para retirar el velo y buscó de nuevo los círculos blancos sobre la mancha negra. Ahora los cículos poseían otros más pequeños también negros, y la mancha ya tomaba forma de óvalo y aparecían allí otras manchas blancas. Aquello no tenía sentido, pensó, y trató de moverse. Un brazo parecía desencajarse mientras movía con suavidad lo que ahora parecía una montaña de marrones bajo un cielo azul. Consiguió recuperar el brazo y, ganándolo como punto de apoyo, se dedicó a desenterrar el otro. Por fin con ambos brazos bajo su pecho volvió a enfocar el laberinto de negros y blancos de enfrente. Dos ojos le miraban desde lo alto de una boca desencajada. Se incorporó un poco como para poder mirar por encima de los marrones. Entonces tuvo una revelación. Graznidos. Los chirridos eran graznidos de cuervos.
Iliá contempló unos segundos el mar de marrones que se extendía a su alrededor sobre los trigales e inició un particular combate por liberar las piernas. Una vez logró colocarse de rodillas en el hueco de donde había emergido vio a lo lejos a un soldado que se ponía de pie mirando a su alrededor como si no acabara de creer. Iliá iba a ponerse de pie y hacerle señales, pero un estruendo cruzó el mar de cadáveres y el soldado se dobló para caer hacia atrás. Como si se hubieran liberado resortes desconocidos, el politruk se agachó e introdujo piernas y brazos en sus lugares de partida, obligando a los cuerpos a mecerse otra vez mientras deseaba con todas sus fuerzas que no le hubiesen visto.