Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:41 pm
X.
Un zumbido zigzagueaba alrededor. El sol caía desde el cielo con sentido de justicia divina que aplastaba aquel submundo de cuerpos inanimados en el cual los insectos pululaban con frenesí de patas, antenas y alas transparentes que batían alocadamente. Iliá, entumecido por las horas de quietud absoluta, escondió su cabeza bajo el abdomen de un soldado desconocido en tal de aliviar la presión del calor. Su cabeza se acomodó al lado de la del soldado que llevaba horas mirándole con la boca abierta como un pez sacado del agua. Allí, bajo el pecho de aquel desgraciado, aparecía una mano que debía pertenecer a otro cuerpo. La mano extendía sus dedos en un gesto de súplica desesperante, mostrando uñas sucias de tierra.
Había oído más disparos. Cada vez que un incauto recobraba la conciencia, regresaba de la muerte para encontrarla definitivamente cual broma pesada. ¿Hasta cuándo los alemanes vigilarían aquellos campos de muerte? No lo sabía, pero Iliá no tenía intención de moverse hasta la noche. Se esforzaba por no enloquecer acosado por el calor, las moscas y la visión de aquella feria de muerte. De cuando en cuando lograba mover la lengua pastosa para vomitar un poco de aquellas atmósfera recalentada donde el olor a tiera se mezclaba con el del sudor y la sangre.
Hacía bastante que había cesado en su intento de no sucumbir tratando de pensar en algo que lo distrajera. No había logrado reconocer en el amasijo inmediato a ninguno de sus compañeros, pero suponía que estaban allí, no demasiado lejos. No podrían haber huído porque la masa de soldados se frenó de pronto y todos se vieron empujados y empujaron, en un caos estúpido digno de alguna comedia representada en la plaza de un pueblo. Anatoli, Alexandr, Boris y Mijaíl eran los nombres de aquellos desconocidos que había encontrado en el bosque y a los que la situación había unido con lazos que no acababa de comprender. ¿Les había entregado él a la muerte? ¿Él que les había recordado su deber, la necesidad de combatir al enemigo, les había arrastrado a morir absurdamente contra la muralla de metralla alemana o, aún peor, aplastados por sus propios compatriotas en una orgía de terror? No, no, se decía. Mijaíl había demostrado que estaba equivocado, que no se podía escapar. Sin embargo, tenía que admitir, él también se había equivocado pues, efectivamente, no se podía escapar. Pero, también, al mismo tiempo, Mijaíl había acertado en algo. No hubo tanques del Frente. Iliá se preguntaba si alguna vez los hubo, si alguna vez hubo un Frente, un engranaje preciso en su sistema de supervivencia. Quizás los tanques sólo existieron en aquellas charlas que daba a la Compañía, al igual que los tractores para las granjas colectivas. No hubo tractores entonces, no hubo tanques ahora. Del engranaje sólo existía la lubricación sentimental de los nuevos bolcheviques como él que trataban de convencer de las ventajas de una maquinaria estatal inexistente. Su ciudad natal caería en breve en manos de los alemanes. Iliá ya no podía albergar tampoco esperanzas de que su familia hubiese sido trasladada. Nada funcionaba, quedaba claro, y por tanto no se podía escapar.

Un zumbido zigzagueaba alrededor. El sol caía desde el cielo con sentido de justicia divina que aplastaba aquel submundo de cuerpos inanimados en el cual los insectos pululaban con frenesí de patas, antenas y alas transparentes que batían alocadamente. Iliá, entumecido por las horas de quietud absoluta, escondió su cabeza bajo el abdomen de un soldado desconocido en tal de aliviar la presión del calor. Su cabeza se acomodó al lado de la del soldado que llevaba horas mirándole con la boca abierta como un pez sacado del agua. Allí, bajo el pecho de aquel desgraciado, aparecía una mano que debía pertenecer a otro cuerpo. La mano extendía sus dedos en un gesto de súplica desesperante, mostrando uñas sucias de tierra.
Había oído más disparos. Cada vez que un incauto recobraba la conciencia, regresaba de la muerte para encontrarla definitivamente cual broma pesada. ¿Hasta cuándo los alemanes vigilarían aquellos campos de muerte? No lo sabía, pero Iliá no tenía intención de moverse hasta la noche. Se esforzaba por no enloquecer acosado por el calor, las moscas y la visión de aquella feria de muerte. De cuando en cuando lograba mover la lengua pastosa para vomitar un poco de aquellas atmósfera recalentada donde el olor a tiera se mezclaba con el del sudor y la sangre.
Hacía bastante que había cesado en su intento de no sucumbir tratando de pensar en algo que lo distrajera. No había logrado reconocer en el amasijo inmediato a ninguno de sus compañeros, pero suponía que estaban allí, no demasiado lejos. No podrían haber huído porque la masa de soldados se frenó de pronto y todos se vieron empujados y empujaron, en un caos estúpido digno de alguna comedia representada en la plaza de un pueblo. Anatoli, Alexandr, Boris y Mijaíl eran los nombres de aquellos desconocidos que había encontrado en el bosque y a los que la situación había unido con lazos que no acababa de comprender. ¿Les había entregado él a la muerte? ¿Él que les había recordado su deber, la necesidad de combatir al enemigo, les había arrastrado a morir absurdamente contra la muralla de metralla alemana o, aún peor, aplastados por sus propios compatriotas en una orgía de terror? No, no, se decía. Mijaíl había demostrado que estaba equivocado, que no se podía escapar. Sin embargo, tenía que admitir, él también se había equivocado pues, efectivamente, no se podía escapar. Pero, también, al mismo tiempo, Mijaíl había acertado en algo. No hubo tanques del Frente. Iliá se preguntaba si alguna vez los hubo, si alguna vez hubo un Frente, un engranaje preciso en su sistema de supervivencia. Quizás los tanques sólo existieron en aquellas charlas que daba a la Compañía, al igual que los tractores para las granjas colectivas. No hubo tractores entonces, no hubo tanques ahora. Del engranaje sólo existía la lubricación sentimental de los nuevos bolcheviques como él que trataban de convencer de las ventajas de una maquinaria estatal inexistente. Su ciudad natal caería en breve en manos de los alemanes. Iliá ya no podía albergar tampoco esperanzas de que su familia hubiese sido trasladada. Nada funcionaba, quedaba claro, y por tanto no se podía escapar.