Publicado: Lun Ago 17, 2009 9:44 pm
por Bitxo
XII.

El General Vasili sirvió dos vasos de vodka y ofreció tabaco. Iliá no tenía ni idea de por qué un General de División precisaba a un politruk de Compañía.

- Camarada General, ¿por qué ha dicho que soy idóneo?
- ¿Ha visto usted a algún otro politruk?
- No, no he visto a nadie.
- Exacto. Usted es el único. Los demás han muerto en combate, asesinados por sus soldados o han huído.

Iliá intentó sopesar el significado de aquello.

- ¿Cómo dijo que se llamaba usted?
- Iliá.
- Muy bien, Iliá. Usted debe tener algo especial. Usted llegó aquí con vida pese a estar acompañado de sus soldados. Es muy raro que no le matasen. Y también que usted intercediera por uno de ellos que, era evidente, había desertado.
- Camarada General…
- ¡Oh, vamos, camarada politruk! No se moleste en darme explicaciones. Ese soldado no era un bolchevique. Resultaba imposible que usted confiara en él. Pero aún así usted le salvó. Debe ser usted muy especial para llegar aquí con vida con un grupo de soldados que indudablemente le odian y, pese a ello, le salva la vida a quien le ha traicionado. Es la clase de hombre que necesito aquí en el bosque.
- No le entiendo, camarada General. Yo…
- Usted es un oficial del Partido que ha sido capaz de ganarse a sus soldados. Mírenos. Esos hombres están desesperados y ya no confían en nosotros. De momento no reaccionan, pero probablemente será por el efecto de la sorpresa y el agotamiento. Dentro de poco el hambre será una prioridad y, con tan pocos oficiales, y aquí abandonados a nuestra suerte, resultará muy difícil mantener la disciplina. Necesito de su magia para mantenerlos a nuestro lado. Piense usted cuántos soldados querrán regresar cuando les mandemos de patrulla a las granjas en busca de alimentos. ¿Querrán enfrentarse a los alemanes cuando han visto cómo han sido derrotados por ellos? Le necesito a usted, camarada politruk. Necesito esa habilidad que tiene y que le ha mantenido con vida.

Iliá no acababa de entender. ¿Qué había hecho él en especial? Nada. Su suerte, si así podía llamarse, había sido un producto de la situación.

- Ahora vaya usted a descansar. Mañana quiero que inicie un ciclo de charlas con los soldados. Hábleles de sus familias. La mayoría son campesinos analfabetos que no entienden las cifras del Partido. Hágales entender que manteniendo el tipo aquí defenderán a los suyos, aunque estén lejos de aquí.

Hablarles de sus familias no era lo suyo, pensaba Iliá, pero sí de vengarse. Si algo había aprendido como politruk aquel par de días, es que sus soldados no entendían que lo que sucedía allí afectaba a la seguridad de sus granjas lejanas. Anatoli, Alexandr, Boris y Mijaíl se habían unido a él sólo porque era una vía de salida, una manera de mantenerse vivos. Y sólo cuando había intercedido por Mijaíl habían dado muestras de un compañerismo limitado. Él mismo había rebajado su discurso del todo por la Patria al todo por su ciudad a punto de caer. Sus soldados, su pelotón de desgraciados, habían elevado su capacidad de comprensión del peligro real de la guerra en la misma manera que él la había hecho descender en picado. Quizás, pensaba ya fuera de la tienda, su magia consistía en haber dejado de ser un hombre del Partido para convertirse en un hombre preocupado por lo más inmediato. Su secreto era que había sabido ser como ellos: había huído de la batalla, había regresado por miedo, y había perdido igualmente toda esperanza. Y ahora Iliá lo único que encontraba con sentido era la venganza. Así que no les hablaría de sus familias, sino de los alemanes que les habían masacrado sin piedad, de los alemanes que les habían arrebatado toda ilusión de escapar de aquel horror, de los alemanes que habían creado la situación en la que unos desertores fusilaban a otros. La familia, la granja, y peor aún la Patria o el Partido, eran conceptos ya caducos en aquel bosque de odio. Nadie allí podía mantener los sueños de antaño. Allí lo único que podía aguardarles era la muerte. Así que Iliá les hablaría de la muerte, de la muerte de sus compañeros, de la muerte que les esperaba y les preguntaría qué pensaban hacer con el tiempo que les queda. Porque Iliá había aprendido mucho de Mijaíl. Había comprendido gracias a él que no había nada con más fuerza que la sinceridad. Y que no existía engranaje ni maquinaria más demoledora que la lógica individual. Estamos muertos pero aún podemos matar a quienes nos mataron, les diría, y aquellos seres acosados por una infrahumanidad impuesta por el pánico y la vergüenza se galvanizarían y lograrían rescatar el íntimo reducto de todo ser humano: la lógica instintiva, individual y común a la vez.

Allí, junto a una fogata, unos soldados sonreían mientras miraban hacia el suelo. Un gatito correteaba de uno a otro, saltaba sobre alguna presa imaginaria y se dejaba acariciar. Los soldados reían y parecían recobrar su ilusión con las piruetas del animalito. Le daban trocitos de comida pese a estar ellos hambrientos y depositaban sus esperanzas en sus logros, contentos de ver cómo el gatito engordaba y afilaba sus uñas en un árbol. Iliá les observaba cómo le alimentaban y se jactaban de su innata fiereza, apostando a que, en crecer, se convertiría en un auténtico asesino de ratones. No estaba allí Anatoli para extraer de su cabeza lo que pensaba, pero el politruk podía percatarse perfectamente de cuál era ahora la situación.

FIN