Publicado: Lun Ago 24, 2009 10:42 pm
La situación II: El hijo pródigo.
I.
Marrón y verde. A donde quiera que mirase en el bosque de Gutka había que esforzarse para ver otro color. El campamento surgía de una alfombra marrón moteada de verdes pisoteados y tocones invadidos por líquenes blancos o amarillos. La frontera era una línea de parapetos fabricados con gruesas ramas alineadas y de trincheras parcialmente techadas por más ramas cubiertas por una capa de tierra y pinocha. Se habían construído cuatro isbas con los troncos talados: la del General Vasili, la enfermería, la armería y un almacén para los alimentos. También habían algunas tiendas de campaña de lona color arena que hacían juego con las pocas rocas grisáceas que emergían del suelo. Más allá, el bosque se revelaba como una muralla mucho más imponente que los parapetos donde la llegada del otoño había supuesto la intromisión de los ocres.
- Camarada politruk, el General Vasili quiere verle.
- Ahora voy, Demin.
Iliá soltó un bufido mientras se dirigía a la isba de Vasili. Cuando Vasili llamaba a un oficial era para encargarle una misión. Si tenía suerte sería tan sólo una patrulla por el bosque, o un reconocimiento de los caminos y carreteras cercanos en tal de averiguar qué unidades alemanas se movían por la zona.
- Adelante Iliá. Pase y siéntese –dijo el General nada más abrió la puerta.
Se sentó en un taburete junto a la mesa donde había un mapa donde el General señalaba con piedrecitas dónde se hallaban los alemanes.
- ¿Quiere usted un vodka?
Aquella era mala señal. En el campamento había una leyenda negra que aseguraba que si Vasili te invitaba a beber es porque la muerte acechaba.
- Ha hecho usted un gran trabajo como politruk. Sus charlas han ayudado mucho a la hora de levantar la moral del soldado. Y también tengo entendido que ha mejorado mucho en su entrenamiento.
Iliá llevaba dos meses en aquel campamento de partisanos. Desde que regresara milagrosamente vivo de la matanza en el intento de ruptura del cerco, se había dedicado a cumplir obsesivamente con su labor de politruk inspirando el odio en los soldados hacia el invasor, logrando que deseasen continuar vivos en tal de matar a cuantos alemanes pudiesen. También se había entrenado como soldado. No sólo había mejorado su habilidad con las armas, sino que también había aprendido a colocar minas y explosivos. Y es que la principal misión del grupo partisano era la del sabotaje. El sabotaje y el robo. En sus charlas Iliá había encontrado dificultades a la hora de explicar a sus compañeros y a sí mismo cómo actuar con un granjero que se negase a entregar comida o, pero aún, les delatase. Matar alemanes era una cosa, pero tener que matar a un granjero soviético que trataba de sobrevivir a la locura de la guerra resultaba siempre muy desagradable.
- Pienso que ya es hora de que comande usted una salida del bosque.
Una salida del bosque… En el bosque uno se sentía enterrado en vida, asfixiado por su eternidad cromática y aromática. Marrón y verde, y siempre el vaho de la podredumbre del suelo. Pero salir del bosque era muy peligroso. Los alemanes controlaban las carreteras, caminos y granjas. Topar con una patrulla alemana suponía siempre una arriesgada apuesta.
- Ya es hora de que le hagamos una visita a Potapov. Él siempre ha colaborado con nosotros y no debería tener problemas en obtener comida. Pregúntele también si sabe algo de los alemanes. Y también sobre ese Rogov y su pandilla de vendidos a los alemanes. Me gustaría darles un escarmiento a esos traidores, pero antes quisiera reunir toda la información posible sobre ellos.
- ¿Alguna cosa más, camarada General?
- No. Llévese a Baranov y que él le ayude a escoger a los hombres. Salgan antes del anochecer para estar en la granja de Potapov cuando ya no haya luz. Y buena suerte.
- A sus órdenes, camarada General.

I.
Marrón y verde. A donde quiera que mirase en el bosque de Gutka había que esforzarse para ver otro color. El campamento surgía de una alfombra marrón moteada de verdes pisoteados y tocones invadidos por líquenes blancos o amarillos. La frontera era una línea de parapetos fabricados con gruesas ramas alineadas y de trincheras parcialmente techadas por más ramas cubiertas por una capa de tierra y pinocha. Se habían construído cuatro isbas con los troncos talados: la del General Vasili, la enfermería, la armería y un almacén para los alimentos. También habían algunas tiendas de campaña de lona color arena que hacían juego con las pocas rocas grisáceas que emergían del suelo. Más allá, el bosque se revelaba como una muralla mucho más imponente que los parapetos donde la llegada del otoño había supuesto la intromisión de los ocres.
- Camarada politruk, el General Vasili quiere verle.
- Ahora voy, Demin.
Iliá soltó un bufido mientras se dirigía a la isba de Vasili. Cuando Vasili llamaba a un oficial era para encargarle una misión. Si tenía suerte sería tan sólo una patrulla por el bosque, o un reconocimiento de los caminos y carreteras cercanos en tal de averiguar qué unidades alemanas se movían por la zona.
- Adelante Iliá. Pase y siéntese –dijo el General nada más abrió la puerta.
Se sentó en un taburete junto a la mesa donde había un mapa donde el General señalaba con piedrecitas dónde se hallaban los alemanes.
- ¿Quiere usted un vodka?
Aquella era mala señal. En el campamento había una leyenda negra que aseguraba que si Vasili te invitaba a beber es porque la muerte acechaba.
- Ha hecho usted un gran trabajo como politruk. Sus charlas han ayudado mucho a la hora de levantar la moral del soldado. Y también tengo entendido que ha mejorado mucho en su entrenamiento.
Iliá llevaba dos meses en aquel campamento de partisanos. Desde que regresara milagrosamente vivo de la matanza en el intento de ruptura del cerco, se había dedicado a cumplir obsesivamente con su labor de politruk inspirando el odio en los soldados hacia el invasor, logrando que deseasen continuar vivos en tal de matar a cuantos alemanes pudiesen. También se había entrenado como soldado. No sólo había mejorado su habilidad con las armas, sino que también había aprendido a colocar minas y explosivos. Y es que la principal misión del grupo partisano era la del sabotaje. El sabotaje y el robo. En sus charlas Iliá había encontrado dificultades a la hora de explicar a sus compañeros y a sí mismo cómo actuar con un granjero que se negase a entregar comida o, pero aún, les delatase. Matar alemanes era una cosa, pero tener que matar a un granjero soviético que trataba de sobrevivir a la locura de la guerra resultaba siempre muy desagradable.
- Pienso que ya es hora de que comande usted una salida del bosque.
Una salida del bosque… En el bosque uno se sentía enterrado en vida, asfixiado por su eternidad cromática y aromática. Marrón y verde, y siempre el vaho de la podredumbre del suelo. Pero salir del bosque era muy peligroso. Los alemanes controlaban las carreteras, caminos y granjas. Topar con una patrulla alemana suponía siempre una arriesgada apuesta.
- Ya es hora de que le hagamos una visita a Potapov. Él siempre ha colaborado con nosotros y no debería tener problemas en obtener comida. Pregúntele también si sabe algo de los alemanes. Y también sobre ese Rogov y su pandilla de vendidos a los alemanes. Me gustaría darles un escarmiento a esos traidores, pero antes quisiera reunir toda la información posible sobre ellos.
- ¿Alguna cosa más, camarada General?
- No. Llévese a Baranov y que él le ayude a escoger a los hombres. Salgan antes del anochecer para estar en la granja de Potapov cuando ya no haya luz. Y buena suerte.
- A sus órdenes, camarada General.