Publicado: Lun Ago 24, 2009 10:43 pm
por Bitxo
III.

El sol se debilitaba y apenas podía ya sostenerse sobre los árboles de Gutka. Baranov se presentó ante Iliá junto a otros tres hombres. Iliá los observó y comenzó a relacionarlos con la misión que le esperaba. En primer lugar reconoció a Kuchma, el muchacho que había logrado escapar milagrosamente de la ira de Rogov. Luego a Didenko, un soldado del 48º no menos duro que Baganov. Y a Babkin, otro hijo de granjero huído de Zherebilovichi y de los desmanes de la milicia. Iliá pensó que allí se concentraba mucho odio, especialmente hacia Rogov, y consideró la posibilidad de que Vasili le hubiese pintado la misión mucho más fácil de lo que era. ¿Sólo eso?, había preguntado Baranov. Y Baranov era un hombre de Vasili, es decir, de su absoluta confianza. Aunque no era más que sargento en el Ejército, frecuentaba la isba del general y se hacía cargo de muchas acciones de sabotaje. El sabotaje era la salida más peligrosa porque suponía internarse en territorio alemán y atacar donde estos solían patrullar: la carretera, los caminos principales entre los villorrios o la línea férrea. A su vez, Didenko era un soldado de la confianza de Baranov que solía acompañarle en sus arriesgadas aventuras. Kuchma tenía motivos sobrados para odiar, y aunque apenas sabía nada de Babkin, éste tampoco debía tener la intención de quedarse con las ganas. Aquellos hombres parecían escogidos para una salida de ataque, en lugar de obtención de alimentos e información.

- Venga, si ya estáis preparados, nos vamos.

Se encaminaron hacia Lokhozva. Iliá había dejado a Baranov que les guiara, dada su experiencia, pero prefirió advertirle que era él quien estaba a cargo de la salida. El Sargento había aceptado sin reservas, lo cual hizo aumentar las sospechas del politruk. Demasiado fácil, pensaba. Mientras recorrían el monótono bosque trató de evadirse conversando con Babkin, intentando además conocerle mejor.

- Babkin, cuéntame tu historia. ¿Cómo acabaste de partisano?
- Los alemanes mataron a mi hermano. La milicia vino a requisarnos cuanto teníamos. Ya sabrás que Rogov es un rico comerciante de Baranavichy. Se dedica a robar cuanto puede y a venderlo. Los alemanes se lo permiten porque con su dinero costea una milicia que les ayuda a controlar toda esta zona entre Baranavichy y Slonim. Rogov apareció una noche. Fue en sus inicios de jefe miliciano. Entonces aún no tenía el poder que tiene ahora. Mi padre tuvo miedo y quiso dejarse robar, pero mi hermano mayor le plantó cara. Entonces Rogov le denunció al starosta de Baranavichy, Stepanchuk, quien hace negocios con él. El starosta denunció a mi hermano a los alemanes y estos le colgaron con uno de esos carteles de advertencia que ponen.

Más odio. Iliá era consciente de que él mismo había fomentado ese odio hacia los alemanes en el bosque. Pero ahora parecía volverse contra él. Con aquellos partisanos, una simple misión podía resultar explosiva a la menor complicación. Por un lado sabía que podía contar con ellos. Por otro se sentía intranquilo. Si Potapov siempre colaboraba, ¿por qué Vasili había enviado a sus hombres más fanáticos? ¿Por qué le había enviado a él con un Baranov curtido en salidas del bosque? Lo normal es que hubiese ido uno u otro. Arriesgar la vida de dos oficiales parecía una insensatez.

Arribaron a la frontera del bosque. Iliá no pudo evitar estremecerse. Dos meses atrás descendía a la carrera por aquel terraplén acompañado de Mijaíl, Anatoli, Boris y Alexandr para estrellarse contra la metralla alemana. La matanza del cerco había quedado soldada en su memoria. Era el recuerdo más doloroso de cuantos disponía. Iliá había aprendido que la guerra era una sucesión de recuerdos lacerantes que descarnaban a todo soldado y, como en toda colección, siempre había una pieza que destacaba. Aquel día millares de hombres perecieron cuando corrían desesperados hacia una batalla desigual, imposible de vencer. Pero ese día no sólo murieron absurdamente los amigos y los desconocidos. Ese día, en aquellos campos cubiertos de cadáveres, en aquel infierno de moscas que pululaban en el hedor de los cuerpos abandonados al sol, murió lo que quedaba del joven bolchevique que trabajaba con ilusión en pos de una sociedad mejor. A partir de entonces el invasor era el epicentro de su vida. Su rudo hogar en el bosque era el impuesto por los alemanes. Su comida era la que robaba a los alemanes. Sus tareas cotidianas estaban diseñadas por y para los alemanes. Mientras se agazapaban entre los árboles de la frontera, Iliá sentía a flor de piel el odio que sentía. Un odio que había institucionalizado tras dos meses de charlas, y que también había logrado hasta cierto punto mitigar en un proceso de normalización inconsciente. Tanto hablar de la perversidad de los alemanes, ciertamente, no sólo le había ayudado a desahogarse, sino que también había mitificado sus propios sentimientos, convirtiéndolos en una leyenda personal, en una historia que gusta de contar pero no de revivir. Ahora, escondido tras un matorral, escudriñando los campos que llevaban a Lokhozva, aquel renacimiento le turbaba y comenzaba a preguntarse si no había estado demasiado tiempo en el bosque. El trigo había sido cosechado y ya no estaban los cadáveres, pero no tenía más que cerrar los ojos para revivir la terrible escena.

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