Publicado: Lun Ago 24, 2009 10:46 pm
por Bitxo
V.

- Ya falta poco para llegar al campamento.

Baranov dijo aquello con evidente satisfacción. Habían logrado rescatar a un soldado que estaba siendo esclavizado por un nuevo kulak y habían salido ilesos del combate contra la mlicia de Rogov. Pero Iliá estaba sumido en la confusión. Mijaíl estaba allí, caminando pesadamente a su lado, evitando mirar siquiera a quienes le habían salvado. Evitando mirarle a él, quien había llorado su muerte. Por otro lado, no acababa de entender a Potapov. Tenía entendido que siempre le había proporcionado todo los posible a los partisanos. Y al mismo tiempo era un ávaro capaz de mantener escondido a un hombre a cambio de esclavizarlo. Probablemente había perdido a sus hijos a manos de los alemanes, y era capaz de tratar con ellos o con Rogov en tal de recuperar un status perdido, unas cuantas piezas de porcelana por otro lado procedentes de la fábrica estatal bolchevique, y por una troika sin caballos.

- Quiero que sepas que no huí. No te traicioné, Iliá. Te doy mi palabra.

El sorpresivo susurro de Mijaíl le había pillado desprevenido. No quería que le oyesen los demás, sin duda, pero tampoco dejaba de plasmar una envoltura de orgullo para la súplica.

- No te preocupes, Mijaíl.
- Me preocupa que pienses que te traicioné. No lo hice. Eso es todo.

La corta conversación con Mijaíl le apartó de Potapov para centrarlo de nuevo en él. ¿Había sido casualidad que Vasili le encomendara aquella salida? ¿Por qué dos oficiales para una salida a una granja donde siempre habían colaborado? ¿Sólo eso?, había preguntado Baranov. No, claro que no. No podía ser sólo eso. Sin embargo a Mijaíl no le ejecutaron allí mismo, como hubiese sido lo normal. ¿Para qué cargar con él como prisionero por todo el bosque? ¿Sabía Vasili que el hombre que nadie conoce era Mijaíl? ¿Cómo? Y de ser así, ¿por qué le traía de vuelta al bosque? Baranov no debía saber nada. Eso era seguro porque Baranov le hubiese ejecutado en la misma granja de Potapov de haber sabido que era un desertor.

- ¡Las estrellas nos pertenecen!

Iliá salió de su ensimismamiento con el grito de Didenko. Aquella era una de las contraseñas destinadas a levantar la moral que se le ocurrían a Vasili. Puede que las estrellas les perteneciesen, pero allí en Gutka, enterrados bajo sus ramas, acoplados a sus raíces, los hombres no podían verlas nunca.

Llegaron a la isba que hacía de almacén y pidieron algo de comer. Allí se sentaron en el suelo y comenzaron a narrar la salida al resto de partisanos. Mijaíl se presentaba a los demás y agradecía el salvamento con evidente incomodidez. Iliá observaba fascinado de que nadie demostrara saber nada. Aquellos hombres no hubieran vacilado en asesinarle de saber que era un desertor, un traidor. Le ofrecían vodka y papirosi, y se felicitaban de tener al soldado desaparecido otra vez entre ellos. Sin duda Mijaíl debía recordar cuando lo capturaron en el bosque dos meses antes y sólo la aparición de Iliá evitó su fusilamiento pese a que todos habían tenido su mismo comportamiento en la batalla.

- Camarada politruk, el General Vasili desea hablar con usted.

Iliá miró fijamente a Demin.

- ¿Es ese el soldado que estaba esclavizado por Potapov?

Él lo sabía. Iliá podía leerlo en su mirada, en su sonrisa mal disimulada. Demin, quien hacía de ordenanza, era otro de los hombres de Vasili.

- Ahora mismo voy, Demin.

Caminó furioso hacia la isba de Vasili sin comprender exactamente por qué estaba así. Si Vasili lo sabía y no había ordenado la ejecución de Mijaíl… Si lo sabía y no se lo había dicho, enviándolo con Baranov… Claro que sí. Sí que sabía por qué estaba furioso. Pero al abrir la puerta su enfado se disipó ante el temor de provocar un cambio de actitud.

- A sus órdenes camarada General.
- ¡Camarada politruk! –Vasili abrió los brazos como si fuese a envolverlo-. Siéntese y tómese un vodka conmigo. Me alegra saber que ha vuelto usted ileso de su primera salida.

Vasili buscó dos vasitos donde depositar el aguardiente sin abandonar su sonrisa ni dejar de mirarle de reojo. Había perdido peso durante el transcurso de aquellos dos meses en Gutka, pero no había dejado de ser un maldito cabrón de alta graduación. Iliá soltó un bufido tratando de expulsar su rabia, y de pensamientos que debían corresponder a Mijaíl.

- Hemos tenido suerte, camarada General. Rogov estuvo cerca de apresarnos.
- Ese maldito Rogov… Algún día acabaremos con él, te lo aseguro.

Inmediatamente se dirigió a la ventana y observó al grupo que se había congregado en torno a Mijaíl.

- Ese hombre que habéis rescatado… ¿No es aquél soldado al que estuve a punto de fusilar?

Maldito cabrón, pensaba Iliá.

- Sí, camarada General. Es el mismo. Me ha alegrado mucho saber que estaba vivo.
- Y a mí también. Creo recordar que me informó que era un buen soldado –Vasili no dejaba de mirale de hito en hito.
- Es un buen soldado, camarada General.
- Sin embargo no huyó de la granja de Potapov para unirse a nosotros…
- Puede que no conociese nuestra existencia, camarada General.
- Es raro, porque íbamos allí cada semana…
- Puede que escuchara algo y que Potapov le engañara con otra cosa.
- Sí, bueno, nosotros no éramos los únicos que acudíamos a Potapov.

Vasili lo sabía todo, no le cabía duda. Pero ahora le dejaba una puerta abierta a la redención.

- ¿Se refiere a Rogov?
- Potapov trataba de llevarse bien con todos. Es su instinto de supervivencia. A nosotros nos daba comida e información de Rogov. Y a Rogov le daba aguardiente e información de nosotros. Nos resultaba conveniente a ambos.
- Camarada General… -Iliá se sentía al borde del abismo, pero debía resolver sus dudas o no podría dormir en mucho tiempo- ¿Usted sabía que Mijaíl estaba allí?
- Sí, lo confieso –contestó con una sonrisa-. Un amigo de un muchacho de Safonov se lo dijo a Kuchma hace ya tiempo. Ya nos parecía raro que Potapov pudiese trabajar la tierra él solo. También le dijo que era un soldado que había sobrevivido al intento de ruptura del cerco. Un soldado que se llamaba Mijaíl y que pertenecía al 56º -y mirándole fijamente con una sonrisa, añadió:-. No podía ser otro más que nuestro Mijaíl, ¿verdad?
- ¿Por eso me mandó allí?
- Bueno, no tenía claro cuál sería la actitud de su amigo y pensé que lo mejor era que usted estuviese presente para dialogar con él.
- ¿Y por eso me mandó con Baranov y Kuchma?

Ahora era Iliá el que miraba fijamente, lanzando un desafío que no podía ganar. Bastaba una palabra de Vasili para que él y Mijaíl acabasen frente a un pelotón de fusilamiento. Pero estaba ya demasiado furioso como para contenerse. Ahora no le cabía la menor duda. Vasili lo sabía todo y había sospechado de él. Iliá se había esforzado durante aquellos dos meses en su labor de politruk y en su adiestramiento como partisano, afrontando el reto que les unía a todos: destruir a los alemanes. Y ahora se daba cuenta de que no había dejado de ser el centro de las sospechas del General.

- Camarada politruk –contestó con firmeza Vasili, acentuando cada sílaba-, serénese usted. Quizás se haya percatado de que Baranov no sabía nada. Kuchma sí, por supuesto. Y si usted no se hubiera comportado como un oficial digno de su patria, no hubiese dudado en advertir a Baranov. Y este, téngalo por seguro, le hubiese ejecutado allí mismo en el acto. De hecho no le dije nada a Baranov para asegurarme de que usted no desapareciese misteriosamente en el bosque.

Iliá quedó desconcertado. Era cierto lo que le decía Vasili. Él mismo se había dado cuenta de que Baranov no sabía nada.

- Mire, vivimos tiempos muy difíciles –prosiguió Vasili suavizando la voz-. La traición es una vergüenza que ha roto la filas. Como jefe de este grupo de partisanos es mi deber asegurarme la lealtad de mis hombres. Estoy seguro de que usted me creerá si le digo que otro en mi lugar le hubiese fusilado a usted y a su amigo.

De eso no le cabía la menor duda a Iliá.

- Yo he preferido asegurarme de su lealtad. Les perdoné la deserción la primera vez y no me arrepentí. Ambos lucharon por romper el cerco, y usted ha sido un buen politruk todo este tiempo. Tanto es así que por fin me decidí a reunirles otra vez. Creo en su lealtad a la causa y el hecho de haber ido a rescatar a su amigo es una buena prueba de ello.

Iliá comenzaba a relajarse. Todo su enfado se transmutaba en la flaccidez de sus músculos, como si todo su cuerpo se alegrase de haber salido airoso de conato de ira.

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