Publicado: Lun Ago 24, 2009 10:46 pm
VI.
Cuando salió de la isba del General Mijaíl estaba aguardándole. Le miraba expectante, con la duda acrecentada por el vacío en los ojos del politruk. Y es que Iliá había salido de allí agotado. Había soportado una tensión enorme, mezcla de su enfado y del miedo a ser ejecutado. Ahora cabía añadir su desmoronamiento al comprobar que, pese a su empeño por la causa y pese a su adhesión al Partido, había faltado muy poco para morir en manos de sus propios camaradas.
- ¿Y bien?
- Nos ha faltado poco, Mijaíl. Será mejor que no vuelvas a escaparte. He ligado mi destino al tuyo y créeme si te digo que Vasili es muy consciente de ello. Se ha asegurado la lealtad de dos partisanos dudosos.
- Te lo agradezco, Iliá. Tú sabes que esto no es lo que yo quería.
- ¿Y qué te crees que quiero yo? ¡Maldita sea!
Mijaíl agachó la cabeza. Iliá intuyó que se quedaba con las ganas de espetarle algo como tú estás con los tuyos, y sin duda hubiese explotado si lo hubiese dicho. No estaba como para soportar la letanía de aquel hombre rebelde que soñaba con estar al margen de todo.
- Es la situación, ¿recuerdas? –prosiguió Iliá-. Ahora debemos estar unidos y expulsar a los alemanes. Luego si quieres puedes seguir viviendo en tu mundo de fantasía, o si quieres nos matamos otra vez entre nosotros. Pero ahora no podemos huir de nuestro destino. Y nuestro destino es el que sellaron los alemanes. Ellos vinieron aquí y nosotros debemos expulsarlos. Es así de simple. Tú has estado fuera del bosque, Mijaíl, tú debes saber incluso más que yo lo que nos están haciendo. Así que vuelves a huir Vasili tendrá toda la razón de este mundo para fusilarte. Y a mí también por ser tan estúpido de defenderte.
Mijaíl le miró con una inusitada bondad en su rostro. La tensión había desaparecido y sus pupilas se habían dilatado un poco. Y lo más increíble, sonreía.
- Quiero que sepas dos cosas Iliá –le dijo sin dejar de sonreir-. A mí me importa un bledo Vasili y el mismísimo Stalin. No son mejores que los alemanes. Pero yo no volví a escapar. En la batalla por la ruptura del cerco, corrí hacia delante todo lo que pude, dejándoos atrás. Caí al suelo al tropezar con los que ya huían hacia el bosque. En esos momentos, cuando los alemanes nos barrían con sus ametralladoras y tenía que luchar para no morir aplastado por los que caían muertos sobre mí, yo también deseé lo mismo que tú. Pero, después, mientras esperaba a que anocheciese de nuevo en aquel campo sembrado de cadáveres, llegué de nuevo a la conclusión de que aquella no era la solución. Así que me fui en sentido contrario al bosque y llegué a la granja de Potapov. Pensé que estabas muerto y que, en cualquier caso, mi deuda contigo estaba salvada pues acudí a la muerte porque tú me lo pediste. ¿Acaso crees que no hay más de uno de tus partisanos que no se zafaron en el bosque mientras avanzábamos aquella noche? ¿Tú viste a Vasili a la cabeza de sus tropas? No, claro que no. Él se quedó en el bosque para ver el resultado de la batalla. Y el resultado no podía ser otro. Pero él tenía miedo de que le acusaran de cobardía y por eso nos mandó a aquel infierno.
Mijaíl hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras. Y el efecto era que Iliá se sumergía otra vez en la confusión. Trataba de luchar contra la realidad de los hechos. Vasili era un cerdo, no le cabía le menor duda. Pero era el cerdo que le brindaba la oportunidad de continuar su lucha contra el invasor. Potapov era otro cerdo. El cerdo que permitió a Mijaíl vivir al margen de todo aún como su esclavo. Si Iliá había optado por conformarse en ser un esclavo de Vasili, el cual podía hacerle fusilar en cualquier momento; Mijaíl había preferido refugiarse en la granja de Potapov, quien podía venderle en cualquier momento a los alemanes o a Rogov, trabajando para él a cambio de comida y un escondrijo en el granero.
- De todas formas no importa –añadió Mijaíl-. La verdad es que ya estaba harto de vivir en aquel agujero y de ser el esclavo de un granjero. Y tú no eres como los demás.
FIN
Cuando salió de la isba del General Mijaíl estaba aguardándole. Le miraba expectante, con la duda acrecentada por el vacío en los ojos del politruk. Y es que Iliá había salido de allí agotado. Había soportado una tensión enorme, mezcla de su enfado y del miedo a ser ejecutado. Ahora cabía añadir su desmoronamiento al comprobar que, pese a su empeño por la causa y pese a su adhesión al Partido, había faltado muy poco para morir en manos de sus propios camaradas.
- ¿Y bien?
- Nos ha faltado poco, Mijaíl. Será mejor que no vuelvas a escaparte. He ligado mi destino al tuyo y créeme si te digo que Vasili es muy consciente de ello. Se ha asegurado la lealtad de dos partisanos dudosos.
- Te lo agradezco, Iliá. Tú sabes que esto no es lo que yo quería.
- ¿Y qué te crees que quiero yo? ¡Maldita sea!
Mijaíl agachó la cabeza. Iliá intuyó que se quedaba con las ganas de espetarle algo como tú estás con los tuyos, y sin duda hubiese explotado si lo hubiese dicho. No estaba como para soportar la letanía de aquel hombre rebelde que soñaba con estar al margen de todo.
- Es la situación, ¿recuerdas? –prosiguió Iliá-. Ahora debemos estar unidos y expulsar a los alemanes. Luego si quieres puedes seguir viviendo en tu mundo de fantasía, o si quieres nos matamos otra vez entre nosotros. Pero ahora no podemos huir de nuestro destino. Y nuestro destino es el que sellaron los alemanes. Ellos vinieron aquí y nosotros debemos expulsarlos. Es así de simple. Tú has estado fuera del bosque, Mijaíl, tú debes saber incluso más que yo lo que nos están haciendo. Así que vuelves a huir Vasili tendrá toda la razón de este mundo para fusilarte. Y a mí también por ser tan estúpido de defenderte.
Mijaíl le miró con una inusitada bondad en su rostro. La tensión había desaparecido y sus pupilas se habían dilatado un poco. Y lo más increíble, sonreía.
- Quiero que sepas dos cosas Iliá –le dijo sin dejar de sonreir-. A mí me importa un bledo Vasili y el mismísimo Stalin. No son mejores que los alemanes. Pero yo no volví a escapar. En la batalla por la ruptura del cerco, corrí hacia delante todo lo que pude, dejándoos atrás. Caí al suelo al tropezar con los que ya huían hacia el bosque. En esos momentos, cuando los alemanes nos barrían con sus ametralladoras y tenía que luchar para no morir aplastado por los que caían muertos sobre mí, yo también deseé lo mismo que tú. Pero, después, mientras esperaba a que anocheciese de nuevo en aquel campo sembrado de cadáveres, llegué de nuevo a la conclusión de que aquella no era la solución. Así que me fui en sentido contrario al bosque y llegué a la granja de Potapov. Pensé que estabas muerto y que, en cualquier caso, mi deuda contigo estaba salvada pues acudí a la muerte porque tú me lo pediste. ¿Acaso crees que no hay más de uno de tus partisanos que no se zafaron en el bosque mientras avanzábamos aquella noche? ¿Tú viste a Vasili a la cabeza de sus tropas? No, claro que no. Él se quedó en el bosque para ver el resultado de la batalla. Y el resultado no podía ser otro. Pero él tenía miedo de que le acusaran de cobardía y por eso nos mandó a aquel infierno.
Mijaíl hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras. Y el efecto era que Iliá se sumergía otra vez en la confusión. Trataba de luchar contra la realidad de los hechos. Vasili era un cerdo, no le cabía le menor duda. Pero era el cerdo que le brindaba la oportunidad de continuar su lucha contra el invasor. Potapov era otro cerdo. El cerdo que permitió a Mijaíl vivir al margen de todo aún como su esclavo. Si Iliá había optado por conformarse en ser un esclavo de Vasili, el cual podía hacerle fusilar en cualquier momento; Mijaíl había preferido refugiarse en la granja de Potapov, quien podía venderle en cualquier momento a los alemanes o a Rogov, trabajando para él a cambio de comida y un escondrijo en el granero.
- De todas formas no importa –añadió Mijaíl-. La verdad es que ya estaba harto de vivir en aquel agujero y de ser el esclavo de un granjero. Y tú no eres como los demás.
FIN