Publicado: Sab Oct 03, 2009 4:50 pm
III.
El invierno tenía varias ventajas para los partisanos. Los alemanes se encerraban en las isbas para refugiarse y la noche era más larga. Estos dos factores habían facilitado una mayor presencia del grupo Vasili, incluso en sectores más alejados. Menos vigilancia y más tiempo para ir y regresar significaba una gran diferencia. Ahora los partisanos requisaban, ajusticiaban y saboteaban incluso en los villorrios más alejados como Lotvichi o Perevna al norte. Sin embargo lo más efectivo era asaltar a una patrulla en la carretera que unía Slonim con Berezkova y Baranavichy. Incluso resultaba más fácil alcanzar la vía férrea al sur de Berezkova, más allá de Lesnaya. La mayor presencia y radio de acción partisana había supuesto, además, lograr más amigos. A Baranov y Didenko, por ejemplo, les gustaba colocar minas bien en la carretera o bien en los raíles al sur de Lesnaya, para refugiarse a la vuelta en la granja de Sidorchuk, un campesino de Tartachek, a medio camino entre la carretera y el río Shchara. Y eso es precisamente lo que harían esa noche. Los alemanes mimaban mucho su ferrocarril, especialmente ahora que llevaba refuerzos vitales a su descompuesto frente. Desde Baranavichy hasta Lesnaya, pasando por Berezkova, había distancia más que suficiente como para que estuvieran entretenidos toda la noche.
El grupo de Iliá había recorrido una vez más los campos cubiertos de nieve entre Gutka y Zherebilovichi. Nada más abrir la puerta, al viejo Petrenko se le había iluminado tanto el rostro que todos pudieron percibirlo pese a la luz del interior que se escapaba tras su espalda.
- Veo que Vasily no se lo ha pensado dos veces –dijo con una risita.
- Esta noche no tenemos tiempo para habla contigo, Petrenko. Sólo quiero saber si tienes alguna noticia de última hora.
- No, no se nada más. Ya sabes, ahora con el frío es raro tener visitas y hasta la semana que viene no volveré al mercado de Baranavichy.
Los partisanos continuaron su camino y, ciertamente, no vieron a ningún alma hasta que vieron las luces de las ventanas de las casas de Baranavichy.
- ¿Qué hora es, Babkin?
- Faltan diez minutos para las doce.
- Bien, Baranov no tardará en actuar. Subamos a esa colina para observar si se mueven los alemanes.
Arriba, en la colina, el grupo se escondió entre los abedules y se turnaron para vigilar. Bebieron vodka y dieron saltitos para no acabar congelados. Iliá miraba las estrellas. Le fascinaba aquel espectáculo inmenso, vacío y lleno a la vez, oscuro e iluminado. Él era de ciudad, y la guerra lo había hecho del bosque. Sólo cuando salía a una misión podía contemplar aquella extraña fantasía. Miles de ojos te observan, Iliá, pensaba. Piensas que estás solo, pero miles de ojos te observan y esperan de ti lo mejor. Iliá recordó aquella consigna de Vasily: ¡Las estrellas nos pertenecen!. Pero él sentía que era al revés. Que él pertenecía a las estrellas. Supuso que aquel matiz era lo que le diferenciaba del General y que por ello era politruk. A diferencia de Vasily, que enaltecía al soldado haciéndole creer que era el dueño de su destino, Iliá le galvanizaba ligando su destino al de la nación. No era fácil, desde luego, ser comunista en época de supervivencia y necesario egoísmo.
- ¡Allí! Se mueven.
Todos acudieron donde estaba Mijaíl. Abajo, Baranavichy se presentaba como un conjunto de isbas abandonadas bajo la nieve. El silencio y la quietud se quebraban en el frenesí de un soldado que corría de puerta en puerta, dando la voz de alarma. Al poco se concentraban los soldados y formaban a las órdenes de un oficial. Esperaron un poco más y apareció un camión desde el otro lado del pueblo. Los soldados formaron somnolientos hasta que el oficial les ordenó subir al camión que debía llevarles a Lesnaya.
Esperaron un rato más para que los sobresaltados alemanes que quedaban volvieran a dormirse. Los partisanos estaban ansiosos por actuar, aunque fuese sólo por su estado cercano al congelamiento. En esos momentos nadie podía evitar realimentar su rabia contra el alemán que ocupaba sus casas al calor de una estufa mientras ellos debían luchar contra el intenso frío dando saltitos y bebiendo vodka. Iliá se cansó de esperar y dio la señal para avanzar. Descendieron por un lado que daba a un huerto con manzanos y allí se dividieron para cubrir ambos lados de la primera calle. No vieron ningún alma y se dirigieron a la segunda calle, manteniéndose divididos para poder vigilar. Iliá vio que Mijaíl, con Kuchma, le hacía señales para que fuese a donde estaban ellos.
- ¿Habéis visto a alguien? –les preguntó.
- No, pero Kuchma dice que aquella es la isba de Rogov, la que tiene ese manzano tan grande en el huerto.
- Perfecto. El estar tan cerca de la ruta de escape nos simplifica las cosas.
- Sí. Podemos esperarle en esos dos huertos vecinos. Así vigilaremos también el otro lado desde donde vendrá Rogov.
- Me parece bien, Mijaíl. Babkin y yo iremos a ese que está donde vendrá él.
- Camarada politruk, déjeme matar a mí a Rogov
Iliá miró a Kuchma y adivinó en la oscuridad un rostro cargado de ira.
- Camarada politruk, yo también tengo motivos para matar a Rogov.
Iliá no se molestó ya en mirar a Babkin. Ahora miraba a Mijaíl para mostrarle su cara de fastidio.
- Ciertamente tenéis más motivos que nosotros para matarle –accedió al fin-. Colocaos allí para aguardarle, pero no le ataquéis hasta que esté muy cerca. Debéis taparle la boca para que no le oiga nadie. Le matais y regresais con nosotros, ¿de acuerdo?
- A la orden, camarada politruk.
Los dos muchachos se dirigieron a gatas hacia el huerto de la derecha. Iliá y Mijaíl hacia el inmediato de la izquierda.
- No me gusta dejar solos a los chicos. Son capaces de pelearse para matarlo y pueden armar mucho ruido.
- No les quites ojo, Mijaíl. No podía negarme.
- Labores de politruk, supongo.
- Tú lo has dicho. ¿Que querías hacerlo tú?
- Tendrás que reconocer que soy el más efectivo de los cuatro.
- ¡Oh! Lo reconozco, lo reconozco –contestó con sorna Iliá al presumido de su amigo-. Pero tú tendrás que reconocer que no eres precisamente el más motivado de los cuatro.
- En tal de salir vivo de aquí, incluso en tal de regresar al calor del fuego, soy capaz de cualquier cosa, amigo politruk.
- ¡Ja! Esa es una motivación que se me había pasado…
- Quizás por eso Vasily comenzó a sacarte de Gutka, porque no eres tan buen politruk como presumes –se burló Mijaíl.
- ¡Bah! No estaba bien que un oficial y miembro del Partido no diese ejemplo… Además, al engrosar las filas con los mujiks descontentos con los alemanes, hacían falta más jefes de misión.
- Ejemplo es precisamente lo que le falta a Vasily…
- ¡Cuidado, soldado! No olvide que está hablando con un politruk –rio Iliá-. Si tuviera que calificar su moral me vería obligado a ponerle un cero.
- ¿Las ordenanzas me obligan a reirte las burlas?
- ¡Eh, no nos despistemos! ¡Ahí llega Rogov!

El invierno tenía varias ventajas para los partisanos. Los alemanes se encerraban en las isbas para refugiarse y la noche era más larga. Estos dos factores habían facilitado una mayor presencia del grupo Vasili, incluso en sectores más alejados. Menos vigilancia y más tiempo para ir y regresar significaba una gran diferencia. Ahora los partisanos requisaban, ajusticiaban y saboteaban incluso en los villorrios más alejados como Lotvichi o Perevna al norte. Sin embargo lo más efectivo era asaltar a una patrulla en la carretera que unía Slonim con Berezkova y Baranavichy. Incluso resultaba más fácil alcanzar la vía férrea al sur de Berezkova, más allá de Lesnaya. La mayor presencia y radio de acción partisana había supuesto, además, lograr más amigos. A Baranov y Didenko, por ejemplo, les gustaba colocar minas bien en la carretera o bien en los raíles al sur de Lesnaya, para refugiarse a la vuelta en la granja de Sidorchuk, un campesino de Tartachek, a medio camino entre la carretera y el río Shchara. Y eso es precisamente lo que harían esa noche. Los alemanes mimaban mucho su ferrocarril, especialmente ahora que llevaba refuerzos vitales a su descompuesto frente. Desde Baranavichy hasta Lesnaya, pasando por Berezkova, había distancia más que suficiente como para que estuvieran entretenidos toda la noche.
El grupo de Iliá había recorrido una vez más los campos cubiertos de nieve entre Gutka y Zherebilovichi. Nada más abrir la puerta, al viejo Petrenko se le había iluminado tanto el rostro que todos pudieron percibirlo pese a la luz del interior que se escapaba tras su espalda.
- Veo que Vasily no se lo ha pensado dos veces –dijo con una risita.
- Esta noche no tenemos tiempo para habla contigo, Petrenko. Sólo quiero saber si tienes alguna noticia de última hora.
- No, no se nada más. Ya sabes, ahora con el frío es raro tener visitas y hasta la semana que viene no volveré al mercado de Baranavichy.
Los partisanos continuaron su camino y, ciertamente, no vieron a ningún alma hasta que vieron las luces de las ventanas de las casas de Baranavichy.
- ¿Qué hora es, Babkin?
- Faltan diez minutos para las doce.
- Bien, Baranov no tardará en actuar. Subamos a esa colina para observar si se mueven los alemanes.
Arriba, en la colina, el grupo se escondió entre los abedules y se turnaron para vigilar. Bebieron vodka y dieron saltitos para no acabar congelados. Iliá miraba las estrellas. Le fascinaba aquel espectáculo inmenso, vacío y lleno a la vez, oscuro e iluminado. Él era de ciudad, y la guerra lo había hecho del bosque. Sólo cuando salía a una misión podía contemplar aquella extraña fantasía. Miles de ojos te observan, Iliá, pensaba. Piensas que estás solo, pero miles de ojos te observan y esperan de ti lo mejor. Iliá recordó aquella consigna de Vasily: ¡Las estrellas nos pertenecen!. Pero él sentía que era al revés. Que él pertenecía a las estrellas. Supuso que aquel matiz era lo que le diferenciaba del General y que por ello era politruk. A diferencia de Vasily, que enaltecía al soldado haciéndole creer que era el dueño de su destino, Iliá le galvanizaba ligando su destino al de la nación. No era fácil, desde luego, ser comunista en época de supervivencia y necesario egoísmo.
- ¡Allí! Se mueven.
Todos acudieron donde estaba Mijaíl. Abajo, Baranavichy se presentaba como un conjunto de isbas abandonadas bajo la nieve. El silencio y la quietud se quebraban en el frenesí de un soldado que corría de puerta en puerta, dando la voz de alarma. Al poco se concentraban los soldados y formaban a las órdenes de un oficial. Esperaron un poco más y apareció un camión desde el otro lado del pueblo. Los soldados formaron somnolientos hasta que el oficial les ordenó subir al camión que debía llevarles a Lesnaya.
Esperaron un rato más para que los sobresaltados alemanes que quedaban volvieran a dormirse. Los partisanos estaban ansiosos por actuar, aunque fuese sólo por su estado cercano al congelamiento. En esos momentos nadie podía evitar realimentar su rabia contra el alemán que ocupaba sus casas al calor de una estufa mientras ellos debían luchar contra el intenso frío dando saltitos y bebiendo vodka. Iliá se cansó de esperar y dio la señal para avanzar. Descendieron por un lado que daba a un huerto con manzanos y allí se dividieron para cubrir ambos lados de la primera calle. No vieron ningún alma y se dirigieron a la segunda calle, manteniéndose divididos para poder vigilar. Iliá vio que Mijaíl, con Kuchma, le hacía señales para que fuese a donde estaban ellos.
- ¿Habéis visto a alguien? –les preguntó.
- No, pero Kuchma dice que aquella es la isba de Rogov, la que tiene ese manzano tan grande en el huerto.
- Perfecto. El estar tan cerca de la ruta de escape nos simplifica las cosas.
- Sí. Podemos esperarle en esos dos huertos vecinos. Así vigilaremos también el otro lado desde donde vendrá Rogov.
- Me parece bien, Mijaíl. Babkin y yo iremos a ese que está donde vendrá él.
- Camarada politruk, déjeme matar a mí a Rogov
Iliá miró a Kuchma y adivinó en la oscuridad un rostro cargado de ira.
- Camarada politruk, yo también tengo motivos para matar a Rogov.
Iliá no se molestó ya en mirar a Babkin. Ahora miraba a Mijaíl para mostrarle su cara de fastidio.
- Ciertamente tenéis más motivos que nosotros para matarle –accedió al fin-. Colocaos allí para aguardarle, pero no le ataquéis hasta que esté muy cerca. Debéis taparle la boca para que no le oiga nadie. Le matais y regresais con nosotros, ¿de acuerdo?
- A la orden, camarada politruk.
Los dos muchachos se dirigieron a gatas hacia el huerto de la derecha. Iliá y Mijaíl hacia el inmediato de la izquierda.
- No me gusta dejar solos a los chicos. Son capaces de pelearse para matarlo y pueden armar mucho ruido.
- No les quites ojo, Mijaíl. No podía negarme.
- Labores de politruk, supongo.
- Tú lo has dicho. ¿Que querías hacerlo tú?
- Tendrás que reconocer que soy el más efectivo de los cuatro.
- ¡Oh! Lo reconozco, lo reconozco –contestó con sorna Iliá al presumido de su amigo-. Pero tú tendrás que reconocer que no eres precisamente el más motivado de los cuatro.
- En tal de salir vivo de aquí, incluso en tal de regresar al calor del fuego, soy capaz de cualquier cosa, amigo politruk.
- ¡Ja! Esa es una motivación que se me había pasado…
- Quizás por eso Vasily comenzó a sacarte de Gutka, porque no eres tan buen politruk como presumes –se burló Mijaíl.
- ¡Bah! No estaba bien que un oficial y miembro del Partido no diese ejemplo… Además, al engrosar las filas con los mujiks descontentos con los alemanes, hacían falta más jefes de misión.
- Ejemplo es precisamente lo que le falta a Vasily…
- ¡Cuidado, soldado! No olvide que está hablando con un politruk –rio Iliá-. Si tuviera que calificar su moral me vería obligado a ponerle un cero.
- ¿Las ordenanzas me obligan a reirte las burlas?
- ¡Eh, no nos despistemos! ¡Ahí llega Rogov!