Publicado: Sab Oct 03, 2009 4:52 pm
por Bitxo
VI.

A cada paso que daba, Iliá sentía reunirse con una muerte segura. Habían convenido que lo mejor era no esconderse, mezcándose entre la gente como si fueran otros mujiks. Para ello habían revisado su indumentaria, cuidando de que no estuviese manchada de la sangre de Rogov, y habían enterrado las PPD en la nieve al lado de una isba cercana. Las únicas armas que portaban eran las pistolas Tokarev y los cuchillos, y por debajo de la gruesa pelliza para que nadie lo notara. Iliá, además, se aseguró de que Babkin escondiera bien su reloj alemán.

- No me parece buena idea que entremos solos ahí. Pueden fijarse en nosotros. Es mejor esperar a que entre más gente.
- Eso está muy bien, camarada politruk, pero es tarde y no creo que venga nadie ya. Si acaso saldrán para irse a su casa –se impacientó Kuchma.
- Kuchma, u obedeces mis órdenes o le pido a Vasily que te mande fusilar. Ahora eres un soldado, no un mujik. ¿Está claro?

Kuchma volvió a agachar la cabeza.

- Sí, camarada politruk.
- Y otra cosa –añadió Iliá visiblemente enfadado con el muchacho-, ahí dentro ni se te ocurra llamarme “camarada politruk”.

En ese momento se oyó al otro lado de la calle unas voces.

- Con que no vendría nadie, ¿eh? –reprendió de nuevo Iliá a Kuchma.

Las voces se acercaron y, al mismo tiempo que sus uniformes, se denotaron como alemanas. Un grupo de seis soldados que, al igual que Rogov, cruzaban sus brazos para retener el calor contra su pecho, se acercaban al teatro. Maldita mi suerte, pensó Iliá, lógicamente los únicos que tenían que venir a esta hora al teatro son soldados que han terminado su guardia. Iba a reprimir cualquier comentario a tan molesto hecho cuando vio que Kuchma, impaciente como siempre, echaba a andar tras los soldados. Babkin, indeciso, miró a Iliá y, al verlo a este pasmado y temiendo por su amigo, siguió sus pasos.

- Es mejor espabilar ahora.

Mijaíl le había susurrado al oído al tiempo que le agarraba del brazo y lo arrastraba consigo tras los chicos. Iliá sentía que se le aflojaban las piernas al caminar tras los alemanes, al tiempo que sentía un profundo asco al oirles hablar o reir. Los soldados ni se percataron de que tras ellos andaban cuatro partisanos que acababan de asesinar al jefe de la milicia local. Abrieron la puerta del teatro y, antes de cerrarse, los cuatro se agolparon para entrar mezclándose cuanto antes entre la gente. Allí dentro, el calor y el humo resultaban sofocantes en comparación con la nítida helada de la noche. La música que se escuchaba en aquel momento era la canción de Razin, el héroe cosaco que se rebeló contra el zar y acabó descuartizado en la Plaza Roja. En el centro varios mujiks y soldados alemanes borrachos bailban con torpeza, mientras que en derredor se limitaban a balancearse al son dulce y estridente a la vez de las balalaikas, las cuales mezclaban con destreza toda la carga de nostalgia y apoteosis que sólo el folclore ruso puede regalar.

Desde la isla boscosa
En el ancho y raudo río
Orgullosamente navegaban
Las barcazas cosacas.


Iliá sentía precipitarse a otro mundo donde no era más que un extranjero fuera de lugar. Sin embargo, él era ruso y no tenía por qué sentirse así. Había reconocido de inmediato la canción y hasta podía percatarse de que, tanto los músicos como la chica que la cantaba, hacían lo que podían para reencarnar el espítiru del líder popular que trató de llevar libertad y prosperidad a su pueblo.

A la delantera está Stenka Razin
con su princesa a su lado,
para la boda arreglada,
y él alegre y borracho.


Si no era él el extranjero, si eran aquellos alemanes que habían irrumpido en su tierra, ¿por qué se sentía así? Iliá tuvo que hacer un esfuerzo por no derramar lágrimas al dejarse llevar por la melancolía de los acordes. ¿Demasiado tiempo en Gutka, donde sólo se oían a los pájaros trinar?

Desde atrás viene un murmullo:
“¡Nos cambió por una mujer!
Pasó una noche con ella
y a la mañana es mujer también."


¿Era porque él era un partisano rodeado de enemigos? Sin embargo allí se sentía extrañamente seguro. Nadie parecía darse cuenta de qué era y le ignoraban mientras cantaban y se mecían, apoyando su ebriedad en el de al lado.

Este murmullo y risas
escucha el terrible atamán,
Y con mano poderosa
arrebató a la princesa persa.


¿O era porque no podía participar de aquella alegría? Iliá bajó insconcientemente la cabeza. Sí, exactamente. Pero no sólo no podía participar de aquella alegría, sino que no podía hacerlo al lado de los alemanes. Iliá se pasmaba al ver a aquellos mujiks cantar, bailar, beber y reir codo con codo con el enemigo, con quienes habían llenado la tierra de sus ancestros con miles de cadáveres.

Sus espesas cejas se unieron,
se prepara una tormenta;
la sangre furiosa se agolpó
en los ojos del atamán.


¿Cómo podía ser aquello? Iliá lo veía y no lo creía. Aquellas gentes no podían ser todos como Rogov. No podían ser unos sátrapas que se aprovechasen de la situación impuesta por los alemanes, aquellos a quienes debían odiar por haberles invadido e impuestos sufrimientos sin fin.

"¡De nada tendré pena,
Daré rienda a la furia!"
Se escucha su voz poderosa
Por la costa del lugar.


La sangre se le subía a la cabeza y la notaba palpitar en la sien. Aquello no podía ser cierto. Con todo su ser se negaba a creer que sus compatriotas confraternizaban con el enemigo. Apretaba los puños y los dientes, y miraba furioso a su alrededor.

Volga, Volga, madre natural
Volga, río ruso,
Nunca viste regalo tal
De un cosaco del Don.


La música se enardecía e Iliá desfallecía por no estallar, por no sacar su Tokarev de la pelliza y dar allí mismo una lección de patriotismo a todos aquellos campesinos estúpidos y borrachos.

- Vamos, Iliá…

Pero el politruk no podía desasirse de su ira, y la voz de Mijaíl se perdía tras la del coro de voces guturales que destrozaban la letra de la canción.

Para que no haya discordia
entre gente libre
Volga, Volga, madre natural
He aquí, ¡toma a la princesa!


Él no estaba en Gutka para eso. No había visto morir a tanta gente valerosa, contemplando cómo su vida se apagaba sin que él pudiera evitarlo. Vidas cercenadas por la avaricia del alemán que ahora se divertía con sus recuerdos. Unos recuerdos perdidos en un bosque sombrío y recuperados ahora de manera obscena y brutal.

- Estás llamando la atención, Iliá…

Agarra con mano poderosa
él a la bella princesa
y por la borda la lanza
a las raudas olas.


Podía ya notar el frío de la corredera de la Tokarev. No sabía cómo había llegado la mano allí, bajo la pelliza, pero sí que el duro acero parecía de pronto suave al tacto.

- Maldita sea, Iliá… ¡Reacciona!

"¿Qué les pasa, hermanos, tristes?
Hey, tú, Filka, vamos, ¡danza!
¡Hagamos una canción atrevida
en memoria del alma de ella!.."


La mano se había acoplado, asiendo la culata, insertando el dedo en el guardamonte. Pero un brusco tirón hizo que la soltara mientras luchaba por mantener el equilibrio y recobrar la conciencia. Mijaíl lo llevaba casi arrastrándolo mientras simulaba estar borracho. Más adelante pudo distinguier a Babkin y a Kuchma que les miraban con preocupación.

- Perdonadme –expresó Iliá atorado-. No se qué me ha pasado.
- Kuchma ha preguntado por su hermana a una de las chicas y dice que está en el camerino –dijo Mijaíl, como si nada hubiera estado a punto de suceder.
- ¿Podemos entrar en ese camerino?
- Sí, porque Kuchma ha dicho que es un primo de ella que le trae noticias de su familia en Slonim. El problema es que el camerino es para todas las chicas, así que va a estar difícil hablar con ella en privado.
- No lo creo, si ella colabora.
- ¿Qué quieres decir? –se exaltó Kuchma.

Iliá miró a Kuchma otra vez enfadado y no quiso darle explicaciones. Cada vez le fastidiaba más estar en aquel antro de cobardes y traidores.

- Vamos a ver a tu hermana –se limitó a decir.

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