Publicado: Sab Oct 03, 2009 4:54 pm
IX.
Verse en el campo abierto aumentó la moral de los partisanos. A ello contribuyó el hecho de poder sacar sus PPD de debajo del abrigo. Pero aún quedaba distancia por ganar para sentirse a salvo y apretaron el paso. Iliá trató de pensar en cuanto había sucedido y, sobre todo, en la actitud del alemán. Pero la fatiga y el frío le impedían concentrarse. Realmente, aún no había tomado una decisión definitiva sobre qué hacer con el Capitán. Pero tenía muy presente que, de matarle, la vida de Nadia correría serio peligro. En cualquier caso, la chica odiaría para siempre a su hermano. ¿Y acaso no había vuelto a sentir, en la isba de Petrenko, la necesidad de hacer las cosas mejor? ¿No estaba él en contra de sembrar el odio entre los soviéticos? A Iliá le gustaba pensar que pertenecía a una nueva clase de bolcheviques. La que sería capaz de perdonar y convencer.
- ¿Pasaremos por la granja de mi padre?
- No, Babkin. Mejor no le comprometamos. Además, si vamos entre Zherebilovichi y Polonka atajaremos algo del camino.
La helada correteaba sin tropiezo en los campos nevados. Nadia se esforzaba en seguir el paso y soportar el frío. De cuando en cuando, el alemán la ayudaba y se cruzaban entre ellos palabras de afecto. Iliá daba entender por señas a Babkin que vigilase a su amigo por si se dejaba llevar por la ira. Pero lo cierto es que Kuchma permanecía callado, caminando mirando al suelo e ignorando por completo a su hermana y a su novio alemán. ¿En qué pensaría ahora Kuchma? Iliá trató de ponerse en su lugar, pero no pudo. También trataba de perfilar cómo ayudarle en la charla que necesariamente habría de tener con él. Sin lugar a dudas, sería la prueba más difícil para el politruk. Galvanizar a los hombres haciéndoles odiar al enemigo fue relativamente fácil. Hacerles ver que los soviéticos colaboracionistas eran unos traidores, también. Pero aquello era muy diferente. No se sentía con fuerzas para tratar siquiera de convencer al chico de que su hermana era una traidora. Él mismo había admirado su fortaleza cuando le obligó a respetar la vida del alemán, y también se había sorprendido por la entereza de este y su preocupación por la chica. La tienes, había contestado a su petición de honor, y su voz había emergido de alguna sima profunda y olvidada en Gutka.
Y Gutka se veía por fin delante de ellos como una barrera oscura capaz de imponerse a las estrellas. Iliá no pudo evitar mirarlas por última vez antes de penetrar en el bosque. Las precisaba llegado el momento de tomar su última decisión, de demostrar qué debía prevalecer en su ánimo de combatiente tras las líneas enemigas. De hombre culto obligado a llevar una lucha desigual en un bosque que lo enterraba en vida junto a hombres de una rudeza que había mimado y amplificado, basando en ello su propio sistema de supervivencia personal y nacional. Miles de ojos te observan, se agobiaba. Queda mucho por hacer.
Iliá notó, de pronto, que el grupo se había detenido. Los árboles les rodeaban y con ellos revivía la opresión de Baranavichy. Nadie decía nada, esperando que fuese él quien lo hiciera. Les miró uno a uno. Babkin le miraba acongojado desde un rostro donde la sangre había huído por efecto de la helada, confiriéndole un aspecto todavía más aniñado. Babkin sentía temor por Kuchma. Este, en cambio, no levantaba la mirada del suelo. La vergüenza es el sentimiento que invade al ser humano cuando se percata de una situación que no ha sabido preveer. Mijaíl le escrutaba circunspecto. Su amigo Mijaíl entendería una decisión de un oficial, pero sólo aprobaría la de un ser humano. El alemán también le miraba tratando de adivinar en su rostro. Quería prepararse para lo peor y mantenerse digno. Iliá se había preguntado en el pasado hasta qué punto un alemán podía estar preparado para sentirse juzgado. Si aquél que tenía delante era la respuesta, debía admitir su entereza por más que le molestase. Y Nadia… La chica no le observaba. Al contrario, le fulminaba con su mirada. Podía sentir la proyección de sus ojos atravesarle cual metralla ardiente. Nadia le estaba juzgando y a él le tocaba sentir el peso del juicio. Si esa ira era el veredicto, si Iliá podía ver en esa sencilla campesina a un pueblo ruso abandonado a su suerte en manos del enemigo, a un pueblo que se había visto obligado a convivir y hasta depender de él para su supervivencia, entonces es que algo se había hecho mal, muy mal. Por fin Iliá había entendido perfectamente por qué se sentía tan atraído por las estrellas. Las estrellas nos pertenecen era la mentira de Gutka. Allí las estrellas no se veían. La protección del bosque lo impedía. Iliá tenía ahora ante sí a todas las estrellas de Rusia en los ojos incandescentes de aquella muchacha, y le hacían sentir hasta qué punto se equivocaba Vasily y todos los que eran como él. Sin duda no era fácil ser comunista en aquellos tiempos que parecían obligar un alejamiento del pueblo.
- Podéis iros.
Nadia liberó toda la tensión acumulada con un suspiro. Sus cejas se había relajado, sus pupilas dilatado y sus labios, en lugar de apretarse hasta tornarse blancos, esbozaron una sonrisa. Babkin también sonreía, contento de que el daño a su amigo se hubiera minimizado. Este demostraba su estado de ánimo pendulando de la intención de decir algo marcando un óvalo con su boca, a demostrar su alegría curvándolos. Mijaíl también sonreía. Le miraba demostrando la satisfacción de quien se informa que su amigo ha aprobado un examen. El alemán también ser relajó. Librarse de la muerte no era cosa que pudiera disimular.
- Nadia. Dile a mi pueblo que lo haré lo mejor que pueda.
La aludida miró al politruk sin entender, pero el alemán alzó las cejas.
- Estoy seguro de ello –dijo.
Iliá se dio la vuelta e inició su marcha de regreso al campamento, esquivando las raíces de Gutka. Kuchma le siguió de inmediato, evitándose tener que conversar con su hermana.

Verse en el campo abierto aumentó la moral de los partisanos. A ello contribuyó el hecho de poder sacar sus PPD de debajo del abrigo. Pero aún quedaba distancia por ganar para sentirse a salvo y apretaron el paso. Iliá trató de pensar en cuanto había sucedido y, sobre todo, en la actitud del alemán. Pero la fatiga y el frío le impedían concentrarse. Realmente, aún no había tomado una decisión definitiva sobre qué hacer con el Capitán. Pero tenía muy presente que, de matarle, la vida de Nadia correría serio peligro. En cualquier caso, la chica odiaría para siempre a su hermano. ¿Y acaso no había vuelto a sentir, en la isba de Petrenko, la necesidad de hacer las cosas mejor? ¿No estaba él en contra de sembrar el odio entre los soviéticos? A Iliá le gustaba pensar que pertenecía a una nueva clase de bolcheviques. La que sería capaz de perdonar y convencer.
- ¿Pasaremos por la granja de mi padre?
- No, Babkin. Mejor no le comprometamos. Además, si vamos entre Zherebilovichi y Polonka atajaremos algo del camino.
La helada correteaba sin tropiezo en los campos nevados. Nadia se esforzaba en seguir el paso y soportar el frío. De cuando en cuando, el alemán la ayudaba y se cruzaban entre ellos palabras de afecto. Iliá daba entender por señas a Babkin que vigilase a su amigo por si se dejaba llevar por la ira. Pero lo cierto es que Kuchma permanecía callado, caminando mirando al suelo e ignorando por completo a su hermana y a su novio alemán. ¿En qué pensaría ahora Kuchma? Iliá trató de ponerse en su lugar, pero no pudo. También trataba de perfilar cómo ayudarle en la charla que necesariamente habría de tener con él. Sin lugar a dudas, sería la prueba más difícil para el politruk. Galvanizar a los hombres haciéndoles odiar al enemigo fue relativamente fácil. Hacerles ver que los soviéticos colaboracionistas eran unos traidores, también. Pero aquello era muy diferente. No se sentía con fuerzas para tratar siquiera de convencer al chico de que su hermana era una traidora. Él mismo había admirado su fortaleza cuando le obligó a respetar la vida del alemán, y también se había sorprendido por la entereza de este y su preocupación por la chica. La tienes, había contestado a su petición de honor, y su voz había emergido de alguna sima profunda y olvidada en Gutka.
Y Gutka se veía por fin delante de ellos como una barrera oscura capaz de imponerse a las estrellas. Iliá no pudo evitar mirarlas por última vez antes de penetrar en el bosque. Las precisaba llegado el momento de tomar su última decisión, de demostrar qué debía prevalecer en su ánimo de combatiente tras las líneas enemigas. De hombre culto obligado a llevar una lucha desigual en un bosque que lo enterraba en vida junto a hombres de una rudeza que había mimado y amplificado, basando en ello su propio sistema de supervivencia personal y nacional. Miles de ojos te observan, se agobiaba. Queda mucho por hacer.
Iliá notó, de pronto, que el grupo se había detenido. Los árboles les rodeaban y con ellos revivía la opresión de Baranavichy. Nadie decía nada, esperando que fuese él quien lo hiciera. Les miró uno a uno. Babkin le miraba acongojado desde un rostro donde la sangre había huído por efecto de la helada, confiriéndole un aspecto todavía más aniñado. Babkin sentía temor por Kuchma. Este, en cambio, no levantaba la mirada del suelo. La vergüenza es el sentimiento que invade al ser humano cuando se percata de una situación que no ha sabido preveer. Mijaíl le escrutaba circunspecto. Su amigo Mijaíl entendería una decisión de un oficial, pero sólo aprobaría la de un ser humano. El alemán también le miraba tratando de adivinar en su rostro. Quería prepararse para lo peor y mantenerse digno. Iliá se había preguntado en el pasado hasta qué punto un alemán podía estar preparado para sentirse juzgado. Si aquél que tenía delante era la respuesta, debía admitir su entereza por más que le molestase. Y Nadia… La chica no le observaba. Al contrario, le fulminaba con su mirada. Podía sentir la proyección de sus ojos atravesarle cual metralla ardiente. Nadia le estaba juzgando y a él le tocaba sentir el peso del juicio. Si esa ira era el veredicto, si Iliá podía ver en esa sencilla campesina a un pueblo ruso abandonado a su suerte en manos del enemigo, a un pueblo que se había visto obligado a convivir y hasta depender de él para su supervivencia, entonces es que algo se había hecho mal, muy mal. Por fin Iliá había entendido perfectamente por qué se sentía tan atraído por las estrellas. Las estrellas nos pertenecen era la mentira de Gutka. Allí las estrellas no se veían. La protección del bosque lo impedía. Iliá tenía ahora ante sí a todas las estrellas de Rusia en los ojos incandescentes de aquella muchacha, y le hacían sentir hasta qué punto se equivocaba Vasily y todos los que eran como él. Sin duda no era fácil ser comunista en aquellos tiempos que parecían obligar un alejamiento del pueblo.
- Podéis iros.
Nadia liberó toda la tensión acumulada con un suspiro. Sus cejas se había relajado, sus pupilas dilatado y sus labios, en lugar de apretarse hasta tornarse blancos, esbozaron una sonrisa. Babkin también sonreía, contento de que el daño a su amigo se hubiera minimizado. Este demostraba su estado de ánimo pendulando de la intención de decir algo marcando un óvalo con su boca, a demostrar su alegría curvándolos. Mijaíl también sonreía. Le miraba demostrando la satisfacción de quien se informa que su amigo ha aprobado un examen. El alemán también ser relajó. Librarse de la muerte no era cosa que pudiera disimular.
- Nadia. Dile a mi pueblo que lo haré lo mejor que pueda.
La aludida miró al politruk sin entender, pero el alemán alzó las cejas.
- Estoy seguro de ello –dijo.
Iliá se dio la vuelta e inició su marcha de regreso al campamento, esquivando las raíces de Gutka. Kuchma le siguió de inmediato, evitándose tener que conversar con su hermana.