Publicado: Dom Jun 27, 2010 2:32 am
II.
En el campamento la vida se aceleraba conforme se alargaba el día. El invierno había pasado y no se oyeron, como anhelaban, los cañones del Ejército Rojo. Peor, los alemanes habían recuperado su dominio en la zona y a los partisanos les resultaba otra vez muy difícil salir del bosque. Pronto el día se alargaría demasiado como para poder alcanzar la vía del ferrocarril con relativa facilidad, y la moral descendía en picado. Y ello sucedía aún más desde que Vasili había ordenado ampliar la fortificación del campamento. A nadie allí se le escapaba que el General temía un ataque de los alemanes, ahora que disponían de más tropas gracias a su cada vez más recuperada movilidad.
Iliá supervisaba el trabajo de su grupo. Mijaíl, Kuchma y Babkin habían talado varios árboles y, sudando sin cesar, los habían despojado de sus ramas. Ahora conformaban un parapeto en un sector donde la trinchera apenas tenía protección. Kuchma y Babkin habían estado discutiendo sobre la mejor disposición del parapeto, pero Mijaíl zanjó el tema dando buenos motivos para colocarlo donde él consideraba el mejor sitio.
- Estos parapetos deben servirnos para protejernos de las ametralladoras. Y, fijaos, aquí hay una buena línea de tiro desde allá, entre aquellos pinos. ¿Lo véis?
- Muy bien, Mijaíl.
Iliá sonreía a su amigo al comprobar que disfrutaba de su labor de profesor de aquellos jóvenes mujiks. Mijaíl, a su vez, le miraba con sorna como diciéndole Podrías limpiar de ramas aquél tronco. Y lo cierto es que Iliá estaba deseoso de colaborar más, pero él era un oficial y aVasili le gustaba que sus oficiales se hiciesen notar como tales. O bien, como pensaba Iliá, le disgustaba que fuesen mejores que él.
Entonces algo llamó su atención. Los partisanos se congregaban en la entrada oeste del campamento y no tardó en discernirse el contenido del murmullo que se había generado. ¡Baranov ha traído un niño!. Pronto pudo ver al mencionado salir de entre el gentío y dirigirse hacia la isba de Vasili. Tras este iba su fiel Didenko y otros tres miembros de su grupo cuyos nombres no recordaba. Y entre ellos una figura menuda y extremadamente delgada. Unos zapatos rotos, unos pantalones que le quedaban ya grandes, una chaqueta sucia y también holgada. Y, bajo la gorra, una cabeza muy redonda que resultaba desproporcionada a la fragilidad del cuerpo. Baranov le observó un instante e Iliá se extrañó de que lo hiciera. Se había acostumbrado a que el gran Baranov le ignorase, así como su hazaña de penetrar en Baranavichy y asesinar a Rogov.
- ¡Un niño!
- Sí, es un niño –contestó Iliá a su grupo-. ¿Se habrá perdido en el bosque?
- ¿Y qué haría un niño en el bosque? –preguntó Mijaíl.
- ¿Tú no ibas al bosque de pequeño?
- Sí, acompañaba a mi padre a cazar. Pero no iba nunca solo. Me daba miedo.
Iliá miró sorprendido a su amigo. Era la primera vez que le oía haber sentido miedo. Nunca había imaginado a un pequeño Mijaíl esforzándose por seguir el paso de su padre por el bosque, tratando de no tropezar con las raíces o no pisar las ramas caídas para guardar silencio. Lo imaginó ahora observando a su padre agazaparse, y descubriendo a un ciervo frente a ellos, parcialmente escondido entre los troncos. Intentó componer su rostro unos quince años más joven, un rostro alisado y descolorido, con ojos como chispas eléctricas que se anticipaban a la descarga del Mosin. ¿Había entendido el pequeño Mijaíl la necesidad de matar a aquél bello animal? ¿Había sentido temor ante el estampido del fusil?
- Parece que Vasili te reclama.
Iliá se volteó saliendo de su ensimismamiento y vio a Denin hacerle señas desde la isba del General.
- ¿Qué querrá ahora?

En el campamento la vida se aceleraba conforme se alargaba el día. El invierno había pasado y no se oyeron, como anhelaban, los cañones del Ejército Rojo. Peor, los alemanes habían recuperado su dominio en la zona y a los partisanos les resultaba otra vez muy difícil salir del bosque. Pronto el día se alargaría demasiado como para poder alcanzar la vía del ferrocarril con relativa facilidad, y la moral descendía en picado. Y ello sucedía aún más desde que Vasili había ordenado ampliar la fortificación del campamento. A nadie allí se le escapaba que el General temía un ataque de los alemanes, ahora que disponían de más tropas gracias a su cada vez más recuperada movilidad.
Iliá supervisaba el trabajo de su grupo. Mijaíl, Kuchma y Babkin habían talado varios árboles y, sudando sin cesar, los habían despojado de sus ramas. Ahora conformaban un parapeto en un sector donde la trinchera apenas tenía protección. Kuchma y Babkin habían estado discutiendo sobre la mejor disposición del parapeto, pero Mijaíl zanjó el tema dando buenos motivos para colocarlo donde él consideraba el mejor sitio.
- Estos parapetos deben servirnos para protejernos de las ametralladoras. Y, fijaos, aquí hay una buena línea de tiro desde allá, entre aquellos pinos. ¿Lo véis?
- Muy bien, Mijaíl.
Iliá sonreía a su amigo al comprobar que disfrutaba de su labor de profesor de aquellos jóvenes mujiks. Mijaíl, a su vez, le miraba con sorna como diciéndole Podrías limpiar de ramas aquél tronco. Y lo cierto es que Iliá estaba deseoso de colaborar más, pero él era un oficial y aVasili le gustaba que sus oficiales se hiciesen notar como tales. O bien, como pensaba Iliá, le disgustaba que fuesen mejores que él.
Entonces algo llamó su atención. Los partisanos se congregaban en la entrada oeste del campamento y no tardó en discernirse el contenido del murmullo que se había generado. ¡Baranov ha traído un niño!. Pronto pudo ver al mencionado salir de entre el gentío y dirigirse hacia la isba de Vasili. Tras este iba su fiel Didenko y otros tres miembros de su grupo cuyos nombres no recordaba. Y entre ellos una figura menuda y extremadamente delgada. Unos zapatos rotos, unos pantalones que le quedaban ya grandes, una chaqueta sucia y también holgada. Y, bajo la gorra, una cabeza muy redonda que resultaba desproporcionada a la fragilidad del cuerpo. Baranov le observó un instante e Iliá se extrañó de que lo hiciera. Se había acostumbrado a que el gran Baranov le ignorase, así como su hazaña de penetrar en Baranavichy y asesinar a Rogov.
- ¡Un niño!
- Sí, es un niño –contestó Iliá a su grupo-. ¿Se habrá perdido en el bosque?
- ¿Y qué haría un niño en el bosque? –preguntó Mijaíl.
- ¿Tú no ibas al bosque de pequeño?
- Sí, acompañaba a mi padre a cazar. Pero no iba nunca solo. Me daba miedo.
Iliá miró sorprendido a su amigo. Era la primera vez que le oía haber sentido miedo. Nunca había imaginado a un pequeño Mijaíl esforzándose por seguir el paso de su padre por el bosque, tratando de no tropezar con las raíces o no pisar las ramas caídas para guardar silencio. Lo imaginó ahora observando a su padre agazaparse, y descubriendo a un ciervo frente a ellos, parcialmente escondido entre los troncos. Intentó componer su rostro unos quince años más joven, un rostro alisado y descolorido, con ojos como chispas eléctricas que se anticipaban a la descarga del Mosin. ¿Había entendido el pequeño Mijaíl la necesidad de matar a aquél bello animal? ¿Había sentido temor ante el estampido del fusil?
- Parece que Vasili te reclama.
Iliá se volteó saliendo de su ensimismamiento y vio a Denin hacerle señas desde la isba del General.
- ¿Qué querrá ahora?