Publicado: Dom Jun 27, 2010 2:36 am
por Bitxo
IV.

Las tareas de fortificación se aceleraron sobremanera. Los partisanos estaban preocupados por la inminencia del ataque, y el miedo les impulsaba más que cualquier cosa que pudiera decirles Iliá. En una reunión mantenida entre los oficiales y el General, se había convenido talar los árboles necesarios fuera del campamento, en tal de que este fuese lo menos visible posible desde el aire. Se revisó el único cañón antitanque que se había recuperado tras el desastre que sufrió la división cuando la invasión, así como un cañón de infantería y algunos morteros. También se potenciaron las patrullas por el bosque, en tal de adivinar algún preparativo alemán. Vasili reunía una y otra vez a sus oficiales mostrándose cada vez más nervioso. En cada reunión se repetía el mismo ritual tres o cuatro veces al día. Vasili encabezaba la mesa cubierta por un mapa de la extinta división que no servía para nada dada su escala operativa, pero que le otorgaba un aire de solemnidad que el General debía sentir indispensable para hacer frente a su inseguridad. Sobre el mapa del Ejército cuyas líneas se hallaban a 300 kms de allí, otro mapa más pequeño y hecho a mano representaba a Gutka y los alrededores. Este era el mapa que les servía.

- Camaradas, pienso que está claro que los alemanes no pueden introducir carros en el bosque…

El ritual se iniciaba de esta manera. Vasili temía a muchas cosas, pero a nada como a los carros. Y sin duda este temor era justificado. Los carros habían pulverizado a la división en junio pasado y sólo la barrera impenetrable de Gutka había salvado la vida a aquella agrupación de hombres. Gutka y las prisas alemanas por avanzar. Desde entonces llevaban una vida miserable de privaciones y arriesgadas aventuras en una tierra que antaño era propia y ahora sentían extraña y llena de peligros. Una tierra donde ya no eran soldados, sino bandidos que atemorizaban a sus compatriotas.

- No mi camarada General. El bosque es demasiado denso como para que puedan introducir un solo carro.

Baranov o Dedkin solían contestar de esta manera al General. Lo hacían sin mirarle. Ninguno de los presentes le miraba porque no deseaban incomodarle en su estado cercano a la histeria. Y lo cierto es que Vasili tampoco les miraba a ellos, quizás por temor a ver reflejado su miedo en aquellos rostros que se esforzaban por interpretar una impasibilidad radicada en el cada vez más lejano recuerdo de una vida marcial en los cuarteles. Todos miraban el mapa, pero el grande, el del Ejército, no el pequeño trazado con lápices robados en alguna parte. Todos miraban 300 kilómetros más allá, en dirección Moscú, donde el Ejército Rojo había sido detenido en su contraofensiva de invierno. Trescientos kilómetros… Parecía poco cuando uno depositaba sus esperanzas en aquel mapa de una división extinta. Pero era mucho cuando uno se arriesgaba la vida para poder recorrer una decena.

- ¿Creeis que nos atacarán con aviones?

Este era el segundo gran temor de Vasili. Si los carros habían perforado la línea para reaparecer en la retaguardia, las aviones habían sembrado el caos en todo el sector operacional de la división, desbaratando las comunicaciones y cualquier intento de reorganización. A Iliá no le gustaba Vasili. Aun a sabiendas de que no era una mente brillante, no le consideraba un incompetente como otros supervivientes, quienes descargaban sobre él toda su frustación por la derrota de junio. A Iliá no le gustaba Vasili porque le consideraba un cobarde peligroso capaz de hacer fusilar a cualquier soldado para ganarse un respeto que no le era posible alcanzar por otros medios. Entendía, por tanto, el pavor que necesariamente debía sentir el General tras haber visto horrorizado cómo se evaporaba su divisón ante el ímpetu alemán. Ahora, con muchos menos medios, resultaba comprensible que se mostrase nervioso.

- El campamento es visible desde el aire, pero no creemos que puedan disponer de muchos aparatos, si es que disponen de alguno. Es de suponer que sus fuerzas aéreas están en el frente.

La tercera cuestión la preguntaba Vasili a sabiendas de que nadie podía responderle. ¿Cuántos alemanes les atacarían? ¿Habían decidido limpiar las bolsas de resistentes en la retaguardia antes de continuar la marcha hacia el este? De ser así podían esperar numerosos efectivos. Aquella era una zona de tránsito, tanto por carretera como por ferrocarril, así que resultaba muy posible que los alemanes, antes de iniciar una nueva ofensiva, quisieran asegurar la recepción de suministros y refuerzos. Pero Iliá tenía sus ideas al respecto y, ante el silencio de Dedkin y Baranov, se decidió a exponerlas.

- Mi camarada General, yo no creo que sean demasiados.

Todos le miraron sorprendidos.

- ¿Y cómo puedes estar tan seguro?

Baranov llevaba un tiempo demostrando que no le gustaba Iliá. En realidad nunca le gustó, pero mientras estuviera radicado en sus charlas políticas, no le molestaba. Sin embargo, Iliá se había convertido en un buen partisano, logrando un grupo fiel y bien coordinado. Desde que Iliá lograra entrar en Baranavichy, asesinar a Rogov y salir de allí sin perder a ningún hombre, Baranov se mostraba visiblemente celoso. Y menos mal que no sabe nada del resto, se mofaba Mijaíl.

- Adelante, Iliá, desarrolle su idea.
- Camarada General, yo pienso que los alemanes querrán avanzar cuanto antes. Han visto que nuestro Ejército se ha reorganizado y les ha dado una buena paliza ante Moscú. Ahora saben que deben acabar con nosotros cuanto antes si no quieren perder la guerra. Así que no se entretendrán aniquilando las bolsas de resistencia. Iniciarán una ofensiva lo antes posible y con todos los pertrechos que puedan reunir, sean hombres o máquinas. Y tampoco creo que tengan de todo esto hasta el punto de hacer ambas cosas a la vez.
- Pero entonces... ¿para qué atacarnos? –dudaba Vasili
- Porque quieren asegurar esta ruta de suministros, sin duda, pero también porque no saben cuántos somos. Estoy seguro de que nos consideran aún como al principio, antes de que se nos unieran los mujiks, y antes de que nos organizáramos. Creen que con un golpe de mano será suficiente como para desbandarnos y aniquilarnos.
- Ojalá esté en lo cierto, camarada politruk. Pero, aún así, todos esos mujiks que se nos han unido no nos hacen más fuertes ahora. Nos vienen bien para nuestra labor partisana, pero no están preparados para una batalla normal. Saben robar, sabotear y asesinar, pero no combatir. Y tampoco disponemos de muchas armas ni municiones.
- Camarada General, si me permite continuar exponiendo mis ideas...
- Prosiga Iliá.
- Es cierto que no tenemos suficientes armas y municiones, pero el terreno es bueno para defenderse y, si estoy en lo cierto, los alemanes se retirarán ante una resistencia seria por no disponer de suficientes efectivos. Entonces se limitarán a continuar vigilando la carretera y el ferrocarril.
- Sí pero no podemos ofrecer una resistencia seria con pocas armas, municiones y soldados de verdad.
- Sí que podemos, camarada General. Podemos si sabemos de antemano por dónde nos atacarán. Para ello bastará con poner vigías en el lindero del bosque. Una vez nos comuniquen por qué lado vienen, nos volcaremos allí con todo lo que tengamos.
- No es mala idea, politruk. Depende de que usted no se equivoque con la estrategia alemana, pero tampoco veo que podamos hacer algo mejor.

:arrow: