Publicado: Dom Jun 27, 2010 2:42 am
por Bitxo
VII.

- ¡Vienen por allí! ¡Vienen por allí!

Iliá y Mijaíl, como todos en aquel momento, prestaron atención para averiguar qué lado significaba por allí. Hubo carreras apresuradas y un Vasili frenético dando órdenes que ya conocían todos. Y por fin, tras un titubeo eterno, los dos amigos comprobaron aterrados que sus compañeros se agolpaban hacia ellos, trasladando armas y municiones.

- ¿Podemos tener más mala suerte? -rugió Mijaíl.
- Míralo por el lado bueno. Sufriremos lo más duro del fuego, pero estaremos mejor parapetados al estar ubicados justo en las defensas.
- Anoche estuviste pensando mucho, ¿verdad?
- No podía dormir.
- Yo tampoco. Y te daré un consejo. Cuando oigas a los morteros que sepas que vienen a por tí. Así que agáchate y no levantes la cabeza hasta que exploten.
- ¿Habéis oído a Mijaíl?

Iliá se había vuelto hacia los mujiks, observando cómo se apretujaban contra los troncos que habían dispuesto el día anterior, tensos como cuerdas de balalaika y no menos frágiles que estas.

- Sí, camarada politruk.
- Kuchma, si quieres ayudar a tu hermana ahora es la ocasión de hacerlo.

Iliá había acercado su rostro al del muchacho y le había penetrado con su mirada. El chico se galvanizó y asintió con la cabeza, empuñando con fuerza su Mosin. Iliá observó un momento la barrera de árboles de donde no tardarían en emerger los alemanes y se apostó junto a Mijaíl.

- Eres un buen politruk, todo hay que decirlo.
- Reserva tu moral para cuando nos pateen el culo.
- No lo harán. Estoy seguro de que hoy no lo harán.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro? -preguntó un Iliá sorprendido por la entereza de su amigo.
- Esto es un bosque muy denso. No son los trigales. Y ellos deben tomar la posición y salir de entre los árboles, mientras que nosotros debemos mantenerla tras los parapetos y en las trincheras. No habrán podido introducir armas pesadas y les resultará difícil hacer un agujero en nuestra línea.
- Todo ello es muy cierto, pero yo aún confío más en otra cosa.
- ¿En cuál?
- En que prefieran reservar sus fuerzas para el Ejército Rojo en el frente, en lugar de malgastarlas aquí con nosotros.

Iliá se volvió hacia Babkin y Kuchma.

- Escuchadme bien. No hay por qué quedarse aquí quietos. Si centran su fuego contra nuestra posición nos moveremos a otra. Pero nada de correr a lo loco. Hay que ir agachados sin asomar la cabeza por el parapeto. Y si tenemos que retirarnos a la trinchera central, pues se hace de manera ordenada y se vuelve a combatir allí. No hay lugar a donde ir. ¿Estamos?

La respuesta fue un estampido sordo muy seguido de otros. Iliá se quedó un segundo atolondrado ante la premura del ataque y reaccionó al oir gritar a Mijaíl.

- ¡Agachaos! ¡Son los morteros!

Las explosiones se sucedieron aquí y allá, pero ninguna pareció andar acertada. Luego hubo un momento de silencio.

- No os asoméis que ya tendrán tiradores apostados y los artilleros estarán corrigiendo el tiro.

Efectivamente sonaron algunos disparos y muchos partisanos devolvieron el fuego con frenesí mientras los oficiales se afanaban por acallarles para que no desperdiciaran la munición. Luego otra vez los estampidos de los morteros, solo que esta vez sí se acercaban peligrosamente a los parapetos. Iliá sintió cómo el aire y la tierra arrancada golpeaba los troncos y un olor acre hacía que le picase la nariz. Entonces llegó una catarata de fuego que le hizo recordar los trágicos momentos de la batalla del cerco. Los alemanes habían comenzado a hacer funcionar sus ametralladoras mientras castigaban las defensas del campamento con sus morteros.

- ¡Maldita sea! -exclamó Iliá dispuesto a asomarse para disparar- ¡Van a avanzar ya!

Mijaíl le agarró del cuello de la camisa y lo derrumbó hacia atrás.

- ¡Aún no! ¡Aún no! Se están posicionando todavía y cubriendo su despliegue.

Iliá se acurrucó en la trinchera maldiciéndolo todo. Se preocupó un momento de echar una ojeada a Babkin y a Kuchma y vio que los mujiks parecían desencajados por el miedo. Tenía la seguridad de que si no comenzaba pronto a pegar tiros, aquellos muchachos acabarían iniciando la temida estampida. Tratando de dominar su propio estado de nervios, iba a decirle a Mijaíl que le daba igual si venían ya o no los alemanes, que él iba a ponerse a disparar, pero los morteros desviaron su fuego hacia la retaguardia y Mijaíl, también con los ojos desorbitados, comenzó a vociferar enloquecido ¡Ahora! ¡Ahora vienen!. Acto seguido se erguía y enfocaba su Mosin hacia alguna parte y se ponía a disparar. Iliá se levantó al tiempo que gritaba a los mujiks, ¡Vamos, maldita sea! y trataba de emular a su amigo escudriñando entre el humo y la polvareda para lograr hacer algo más que desperdiciar balas. Y así estuvo un tiempo tan indeterminado como casi imposible de imaginar que tuviera cabida en una vida humana, hasta que se hartó de oir a las balas alemanas impactar en los parapetos, de oir alaridos y de imaginar lo que estaban soportando los de más atrás que, sin una protección adecuada, sufrían el envite de los morteros. Podía oir crepitar a la Degtyaryova situada a unos veinte metros a su derecha, y a la Maxim a su izquierda, y se animó a disparar contra la neblina donde creía adivinar algún remolino que pudiera ser provocado por el movimiento enemigo.

Pronto el humo comenzó a disiparse y el cuadro se tornó más aterrador, pudiéndose ver a los alemanes afanarse por tomar cobertura sin cesar de ganar posiciones aventajadas y siempre cubiertos por un generoso chorro de balas procedentes de sus ametralladoras. Iliá apretó aún más las mandíbulas y se puso a gritar a sus compañeros.

- ¡Allí, allí! ¡Malditos sean! ¡Disparad a aquellos de allí!

Y pudo sorprenderse de que Mijaíl y los mujiks le habían escuchado y dirigían toda su tensión hacia unos alemanes que trataban de colocar su ametralladora ligera tras uno de los tocones de los árboles que habían cortado. Pero igualmente los alemanes se había percatado y comenzaban a concentrar su fuego de fusilería sobre ellos, obligándoles a permanecer más tiempo agachados que disparando.

- ¡Iliá, que los chicos nos cubran y tiramos granadas!
- ¡No creo que unas limonkas vayan a ayudarnos! ¡Están lejos!
- Por eso quiero que nos cubran, porque vamos a acercarnos.

Iliá le miró enloquecido y, lo que era peor, en aquel momento la idea no le resultó más descabellada que todo aquel caos que le rodeaba. De alguna manera logró reunir algo de sentido común y comprender que si los alemanes lograban montar aquella ametralladora, el asalto arreciaría y podría provocar el pánico de los mujiks.

- ¡Babkin, Kuchma! ¡Disparad a esos cabrones cuanto podáis y sin agachar la cabeza!

Iliá supuso que había mostrado a Mijaíl el mismo rostro que veía en los muchachos.

- ¡Vamos, vamos!

Y los dos campesinos se pusieron a disparar como locos mientras Iliá, creyendo ser el primero, se aprestaba a arrastrar su vientre por el borde del parapeto solo para encontrar los talones de un Mijaíl que ya repteaba en línea recta hacia la ametralladora alemana. Avanzando unos metros se percató de que la idea no debía ser tan mala, pues los alemanes ni se percataban de ellos, disparando siempre hacia el parapeto. Lograron avanzar lo justo para lanzar las granadas y, allí tumbados a la par, se miraron y tragaron saliva embarrada. Iliá se incorporó ayudándose con la izquierda hasta ponerse de rodillas y arqueó el brazo implorando a lo desconocido para que no le matasen en aquel instante. Lanzaron sus granadas hacia la ganada posición alemana y se volvieron a tumbar en el suelo sin preocuparse por su efecto, iniciando una carrera de lagartijas hacia la mayor seguridad de la trinchera. Cuando, junto a Mijaíl, Iliá se dejó caer de cabeza en ella desde el parapeto no podía creer que estuviera vivo. Menos que los mujiks no sólo siguieran vivos también, sino que les felicitasen por su éxito. Sintió ganas de gritar, pero las paredes de su garganta se pegaban a causa de una mucosidad pastosa.

Pero no había tiempo que perder. Ahora que el peligro más cercano había sido conjurado, había que ocuparse de los fusileros que se habían quedado huérfanos de su ametralladora. Allí, en medio de la nada, entre la espesura de los árboles y los parapetos, aquellos soldados alemanes fueron cayendo uno tras otro sin poder rechazar el fuego que les llegaba desde los parapetos. A la postre, los escasos morteros de los que disponían los partisanos comenzaron a acosar todo aquel terreno. Vasili, pensó Iliá, había sido lo suficientemente inteligente para reservarlos para el momento crítico. Y lo más increíble, aquellos hombres acechados en sus madrigueras, probablemente hartos de tanto acoso, enloquecidos por los silbidos de los proyectiles y sin otro fuelle que no fuese la rabia y la desesperanza, salieron de sus escondrijos empujados por los de atrás que buscaban cobertura ante el fuego de los morteros enemigos. Iliá contempló alucinado a aquellos brutos saltar de sus parapetos aserrados por las ráfagas alemanas y correr hacia un enemigo apurado y sorprendido, empuñando sus Mosin, sus PPD y sus Tokarev, lanzando limonkas a diestro y siniestro, gritando sin cesar desde unas mandíbulas que parecían pertenecer a un animal en lugar de a un ser humano. No pudo evitar sentir pánico al percibir con todos sus sentidos una reedición de la batalla del cerco, y tuvo un reflejo de esconderse. Pero Mijaíl tiró de él mientras gritaba a los mujiks.

- ¡Vamos! ¡Ahora o nunca!

E Iliá se rehizo y gritó a su vez ¡Adelante!, saltando del parapeto y recorriendo de nuevo el camino que antes había hecho arrastrándose, solo que ahora sentía que sus pies le levitaban y que sus manos pugnaban por coordinarse de manera que no le cayese el fusil al suelo ni errase los disparos. Y allí, donde las balas se cruzaban a escasos metros, donde la vida y la muerte se encontraban furtivamente creando momentos insólitos en una orgía de violencia desenfrenada, Iliá mataba y lograba captar cuales fotogramas cada óvalo que se fruncía tras el estallido de su Mosin, cada par de círculos blancos que le dedicaban una última mirada de odio, de cólera, de sorpresa y de temor, pero también de una súplica instantánea, porque los muertos eran ahora ellos y porque él se sentía renacer cada vez que les disparaba, cada vez que les remataba en el suelo. Y al final no quedaba más que aquello, dispararles en el suelo o hundirles la bayoneta si ya no restaban las balas, hasta permitir que las piernas se venciesen e hiciesen chocar las rodillas en el suelo, apoyarse con los puños cerrados y no poder evitar la onda sísmica que batía su cuerpo, ni que su estómago se rebelase tratando de expulsar el moco untado de saliva que se frenaba nada más contactar con el aire.

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