Publicado: Dom Jun 27, 2010 2:43 am
VIII.
Había logrado deshacerse del vómito pegado a la barbilla y se había incorporado mirando a su alrededor con actitud indefinida entre absorto y atolondrado. Todo parecía borroso, sin que fuese capaz de dilucidar si era que no veía o no quería ver. De pronto algo reaccionó en su cabeza y surgió la idea que había martilleado su cabeza cuando se debatía aturdida por los mareos y las náuseas. ¿Y Mijaíl? ¿Y Babkin? ¿Y Kuchma? Trató entonces de enfocar los ojos y discernir los rostros más allá de las formas. Pero lo primero que se identificó con claridad fueron los estampidos de los fusiles. Más allá del claro del campamento y de los tocones, la lucha proseguía entre los árboles. Aun de manera más aislada, dejando más espacio y tiempo para la cordura, proseguían los gritos, los disparos y las explosiones de las granadas.
- ¡Camarada politruk!
Había oído la voz de Babkin a su espalda justo cuando percibía con claridad a los partisanos brincar sobre los cadáveres hacia el interior del bosque.
- ¿Debemos continuar?
Ahora que se había volteado, eran los rostros de los dos mujiks a su cargo lo único que veía con nitidiez sobre un fondo de marrones y verdes difuminados. La rigidez en las facciones denotaba su estado nervioso y sus mejillas se contraían hacia dentro como si la cabeza esbozara el deseo de su pensamiento que no podía ser otro que el de desaparecer.
- ¿Y Mijaíl?
- ¡Estoy aquí!
Mijaíl estaba unos metros más allá, acurrucado en el suelo pero sin dejar de apuntar al horizonte inmediato de árboles con su Mosin. La imagen de aquel soldado compañero y amigo, que no había sucumbido al fragor del combate, forzó un resorte en su interior y se rehizo un poco.
-¿Cómo andamos de munición? Porque a mí no me queda.
- Me quedan un par de balas nada más.
- A mí cuatro, camarada politruk.
Iliá miró a Mijaíl y este se limitó a negar con la cabeza.
- Entonces regresaremos a por más y, si vemos que merece la pena, volveremos. Pero me parece que los alemanes no van a parar de correr hasta que salgan del bosque, por lo menos. Y fuera de este no podemos combatirles.
Los cuatro caminaron hacia el campamento fijando la vista en el parapeto del cual habían emergido. Ninguno, se percató Iliá, quiso mirar los restos de la orgían de violencia que se había desencadenado unos minutos antes y de la cual habían sido protagonistas. El interior del campamento tampoco había escapado de la refriega, pues aquí y allá moteaban los pequeños cráteres ocasionados por los morteros. Las isbas que hacían de enfermería, almacén y hasta la del General Vasili estaban también afectadas. En el suelo, los pocos sanitarios con los que contaban se afanaban por atender a una multitud de heridos. Iliá sabía que muchos de ellos morirían a falta de una atención adecuada, dados los escasos recursos con los que disponían, así que las bajas sufridas se elevarían en los siguientes días. La batalla, aunque ganada, había tenido un alto coste para ellos. Entonces le llamó la atención una menuda figura que parecía iluminar la escena con la claridad de sus ojos inmersos en la desproporcionada cabeza. Aquel niño, Vova, erguido de tórax y cuello pero laxo a la vez por la fragilidad de sus extremidades, contemplaba los heridos y los muertos, registraba sus alaridos y el olor de la sangre con su lógica infantil. Porque aquel era el desenlace, y no el que vitoreaban los partisanos que arribaban del bosque y comenzaban a congregarse para beber y presumir de valor. Allí, Vova, el niño mensajero, el niño que les había salvado al advertirles del peligro, se ofrecía como la imagen de la tristeza más absoluta desde su extraña pero acertada combinación de rigidez y debilidad, de luz imposible desde ojos tan apagados. Iliá volvió a sentirse juzgado.
- Kuchma y Babkin, no parece que esto vaya a continuar, pero id igualmente a por munición.
Los muchachos se encaminaron hacia la isba que hacía de almacén e Iliá se volvió hacia Mijaíl.
- Tenemos que sacar a ese niño de aquí.
- Ahora ya ha pasado lo peor, Iliá.
- Ese niño no puede estar aquí, Mijaíl.
- ¿Y tiene que ser ahora, con un montón de alemanes cabreados fuera del bosque?
- Ahora se estarán reorganizando para regresar a Baranavichy.
- Sí, pero igualmente serán un montón. ¡Es demasiado peligroso!
Iliá tuvo que asentir, por más que le disgustara.
- Está bien, pero a la noche nos lo llevamos. Bueno, si es que estás conimgo en esto.
- ¡Pues claro que sí, Iliá! Pero, ¿qué te pasa? Sospecho que algo tienes en la cabeza.
Iliá rehuyó la mirada inquisitiva de su amigo.
- ¿Cómo vas a lograr que Vasili te de permiso?
- Creo que se cómo convencerle.
FIN
Había logrado deshacerse del vómito pegado a la barbilla y se había incorporado mirando a su alrededor con actitud indefinida entre absorto y atolondrado. Todo parecía borroso, sin que fuese capaz de dilucidar si era que no veía o no quería ver. De pronto algo reaccionó en su cabeza y surgió la idea que había martilleado su cabeza cuando se debatía aturdida por los mareos y las náuseas. ¿Y Mijaíl? ¿Y Babkin? ¿Y Kuchma? Trató entonces de enfocar los ojos y discernir los rostros más allá de las formas. Pero lo primero que se identificó con claridad fueron los estampidos de los fusiles. Más allá del claro del campamento y de los tocones, la lucha proseguía entre los árboles. Aun de manera más aislada, dejando más espacio y tiempo para la cordura, proseguían los gritos, los disparos y las explosiones de las granadas.
- ¡Camarada politruk!
Había oído la voz de Babkin a su espalda justo cuando percibía con claridad a los partisanos brincar sobre los cadáveres hacia el interior del bosque.
- ¿Debemos continuar?
Ahora que se había volteado, eran los rostros de los dos mujiks a su cargo lo único que veía con nitidiez sobre un fondo de marrones y verdes difuminados. La rigidez en las facciones denotaba su estado nervioso y sus mejillas se contraían hacia dentro como si la cabeza esbozara el deseo de su pensamiento que no podía ser otro que el de desaparecer.
- ¿Y Mijaíl?
- ¡Estoy aquí!
Mijaíl estaba unos metros más allá, acurrucado en el suelo pero sin dejar de apuntar al horizonte inmediato de árboles con su Mosin. La imagen de aquel soldado compañero y amigo, que no había sucumbido al fragor del combate, forzó un resorte en su interior y se rehizo un poco.
-¿Cómo andamos de munición? Porque a mí no me queda.
- Me quedan un par de balas nada más.
- A mí cuatro, camarada politruk.
Iliá miró a Mijaíl y este se limitó a negar con la cabeza.
- Entonces regresaremos a por más y, si vemos que merece la pena, volveremos. Pero me parece que los alemanes no van a parar de correr hasta que salgan del bosque, por lo menos. Y fuera de este no podemos combatirles.
Los cuatro caminaron hacia el campamento fijando la vista en el parapeto del cual habían emergido. Ninguno, se percató Iliá, quiso mirar los restos de la orgían de violencia que se había desencadenado unos minutos antes y de la cual habían sido protagonistas. El interior del campamento tampoco había escapado de la refriega, pues aquí y allá moteaban los pequeños cráteres ocasionados por los morteros. Las isbas que hacían de enfermería, almacén y hasta la del General Vasili estaban también afectadas. En el suelo, los pocos sanitarios con los que contaban se afanaban por atender a una multitud de heridos. Iliá sabía que muchos de ellos morirían a falta de una atención adecuada, dados los escasos recursos con los que disponían, así que las bajas sufridas se elevarían en los siguientes días. La batalla, aunque ganada, había tenido un alto coste para ellos. Entonces le llamó la atención una menuda figura que parecía iluminar la escena con la claridad de sus ojos inmersos en la desproporcionada cabeza. Aquel niño, Vova, erguido de tórax y cuello pero laxo a la vez por la fragilidad de sus extremidades, contemplaba los heridos y los muertos, registraba sus alaridos y el olor de la sangre con su lógica infantil. Porque aquel era el desenlace, y no el que vitoreaban los partisanos que arribaban del bosque y comenzaban a congregarse para beber y presumir de valor. Allí, Vova, el niño mensajero, el niño que les había salvado al advertirles del peligro, se ofrecía como la imagen de la tristeza más absoluta desde su extraña pero acertada combinación de rigidez y debilidad, de luz imposible desde ojos tan apagados. Iliá volvió a sentirse juzgado.
- Kuchma y Babkin, no parece que esto vaya a continuar, pero id igualmente a por munición.
Los muchachos se encaminaron hacia la isba que hacía de almacén e Iliá se volvió hacia Mijaíl.
- Tenemos que sacar a ese niño de aquí.
- Ahora ya ha pasado lo peor, Iliá.
- Ese niño no puede estar aquí, Mijaíl.
- ¿Y tiene que ser ahora, con un montón de alemanes cabreados fuera del bosque?
- Ahora se estarán reorganizando para regresar a Baranavichy.
- Sí, pero igualmente serán un montón. ¡Es demasiado peligroso!
Iliá tuvo que asentir, por más que le disgustara.
- Está bien, pero a la noche nos lo llevamos. Bueno, si es que estás conimgo en esto.
- ¡Pues claro que sí, Iliá! Pero, ¿qué te pasa? Sospecho que algo tienes en la cabeza.
Iliá rehuyó la mirada inquisitiva de su amigo.
- ¿Cómo vas a lograr que Vasili te de permiso?
- Creo que se cómo convencerle.
FIN