Publicado: Lun Jun 28, 2010 7:01 pm
La situación (V)
Vova y los hombres del bosque (2): Por cuanto hacemos.
I.
- ¿Aún te quedan blinis?
Vova agachó la cabeza sin decir nada.
- No te preocupes. No quiero quitártelos. Lo que quiero es que te los comas. Se que has pasado un mal rato y debes reponerte.
Llevó la mano al bolsillo y sacó un blini a medio devorar. Iliá vio cómo la gelatina y la pasta de patata lograban reconfortar al niño pese a que masticaba con dificultad, probablemente al borde del colapso.
- Muy bien -le dijo a tiempo que lo cubría con una manta-. Ahora quiero que te recuestes aquí y trates de dormir. No te puedo prometer nada, pero quizás esta noche pueda llevarte de nuevo a casa. ¿Te gustaría estar otra vez con la muchacha que te dio esos blinis?
Iliá tuvo que reprimir un sollozo al contemplar la tenue sonrisa de Vova. Sus pupilas se habían dilatado y conferían ahora ternura a un cuerpo raquítico, abochornado por la ropa demasiado grande y coronado por una cabeza no menos desproporcionada.
- Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Debes comer y descansar. Debes recuperar fuerzas para la caminata de esta noche. Y si esta noche no te puedo llevar, no te preocupes que podré otro día. Cuanto más descanses, más fuerte estarás. No querrás que esa muchacha tan bonita te vea así de débil, ¿verdad?
Negó con la cabeza mientras mantenía la sonrisa. Iliá no sabía qué había drogado de aquella manera al niño, si la ingestión del enrollado o la mención de Nadia. Se dispuso a dejarlo allí para dirigirse a la isba de Vasili cuando su vocecilla, casi un susurro, le dejó helado.
- ¿Tú también tuviste miedo?
Ahora fue Iliá quien agachó la cabeza, como si quisiera mirar en su interior. Recuperó unos instantes las vivencias de la batalla y no pudo encontrar otra cosa que no fuera miedo.
- Sí. Yo también tuve miedo. Mucho miedo.
Iliá iba a reponerse, pero la siguiente andanada le machacó por completo.
- ¿Por qué os matais?
Allí estaba Vova o, mejor dicho, sus dos discos radiantes que le envolvían sin la suerte de cegarle, sin concederle la excusa para cerrar sus ojos y dejar así de enfrentarse a los suyos. Iliá huyó, no obstante, de la acometida de luz y peregrinó por los montículos plagados de pecas que debieran haber sido más redondos, deslizándose por unos surcos tempranos hasta unos labios rosados, extrañamente limpios de la tierra que ensuciaba la cara y que dejaban asomar dos dientes blancos y desarrollados. Más abajo, una barbilla pequeña ayudaba a que aquella cabeza resultase más circular y acorde a su edad.
- Porque tenemos miedo.
Iliá persistía en la búsqueda de detalles en aquel rostro, sin poder evitar del todo recordarse clavando la bayoneta a los alemanes heridos en el suelo. Había combatido, sí, pero también había asesinado sin piedad. ¿Era así la guerra? Hasta ahora, como partisano, había matado otras veces. Incluso se había sentido dispuesto a hacerlo en un cuerpo a cuerpo. Pero aquello era diferente. No era lo mismo hundir una hoja de acero en un hombre armado que hundirla en un hombre herido en el suelo que balbuceaba una piedad evaporada por el terror.
- Ahora ya ha pasado todo. Anda, duérmete.

Vova y los hombres del bosque (2): Por cuanto hacemos.
I.
- ¿Aún te quedan blinis?
Vova agachó la cabeza sin decir nada.
- No te preocupes. No quiero quitártelos. Lo que quiero es que te los comas. Se que has pasado un mal rato y debes reponerte.
Llevó la mano al bolsillo y sacó un blini a medio devorar. Iliá vio cómo la gelatina y la pasta de patata lograban reconfortar al niño pese a que masticaba con dificultad, probablemente al borde del colapso.
- Muy bien -le dijo a tiempo que lo cubría con una manta-. Ahora quiero que te recuestes aquí y trates de dormir. No te puedo prometer nada, pero quizás esta noche pueda llevarte de nuevo a casa. ¿Te gustaría estar otra vez con la muchacha que te dio esos blinis?
Iliá tuvo que reprimir un sollozo al contemplar la tenue sonrisa de Vova. Sus pupilas se habían dilatado y conferían ahora ternura a un cuerpo raquítico, abochornado por la ropa demasiado grande y coronado por una cabeza no menos desproporcionada.
- Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Debes comer y descansar. Debes recuperar fuerzas para la caminata de esta noche. Y si esta noche no te puedo llevar, no te preocupes que podré otro día. Cuanto más descanses, más fuerte estarás. No querrás que esa muchacha tan bonita te vea así de débil, ¿verdad?
Negó con la cabeza mientras mantenía la sonrisa. Iliá no sabía qué había drogado de aquella manera al niño, si la ingestión del enrollado o la mención de Nadia. Se dispuso a dejarlo allí para dirigirse a la isba de Vasili cuando su vocecilla, casi un susurro, le dejó helado.
- ¿Tú también tuviste miedo?
Ahora fue Iliá quien agachó la cabeza, como si quisiera mirar en su interior. Recuperó unos instantes las vivencias de la batalla y no pudo encontrar otra cosa que no fuera miedo.
- Sí. Yo también tuve miedo. Mucho miedo.
Iliá iba a reponerse, pero la siguiente andanada le machacó por completo.
- ¿Por qué os matais?
Allí estaba Vova o, mejor dicho, sus dos discos radiantes que le envolvían sin la suerte de cegarle, sin concederle la excusa para cerrar sus ojos y dejar así de enfrentarse a los suyos. Iliá huyó, no obstante, de la acometida de luz y peregrinó por los montículos plagados de pecas que debieran haber sido más redondos, deslizándose por unos surcos tempranos hasta unos labios rosados, extrañamente limpios de la tierra que ensuciaba la cara y que dejaban asomar dos dientes blancos y desarrollados. Más abajo, una barbilla pequeña ayudaba a que aquella cabeza resultase más circular y acorde a su edad.
- Porque tenemos miedo.
Iliá persistía en la búsqueda de detalles en aquel rostro, sin poder evitar del todo recordarse clavando la bayoneta a los alemanes heridos en el suelo. Había combatido, sí, pero también había asesinado sin piedad. ¿Era así la guerra? Hasta ahora, como partisano, había matado otras veces. Incluso se había sentido dispuesto a hacerlo en un cuerpo a cuerpo. Pero aquello era diferente. No era lo mismo hundir una hoja de acero en un hombre armado que hundirla en un hombre herido en el suelo que balbuceaba una piedad evaporada por el terror.
- Ahora ya ha pasado todo. Anda, duérmete.