Publicado: Lun Jun 28, 2010 7:08 pm
por Bitxo
V.

Iliá caminaba junto a aquel niño y no cesaba de observarlo. Le resultaba extraordinario su ímpetu al tratar de seguirles el paso, pese a su frágil apariencia. Inclinaba la cabeza hacia adelante, como para ayudarse con su peso, y acompañaba siempre con el brazo contrario al pie que adelantaba. Era como si una extraordinaria energía emanase de alguna obsesión que, de alguna manera, le vinculaba. Sin duda, pensaba, el pequeño tenía también un objetivo aquella noche. Quizás, quién sabe, tras la virulenta escena de la batalla, quisiese huir de la guerra como antes deseaba hacerlo Mijaíl. Si un adulto soñaba con ello, ¿por qué no aquél niño desgraciado, arrancado de una vida junto a sus padres? A Mijaíl también le habían arrancado de su padre. Lo habían hecho ellos, los bolcheviques. No, no. Él no había hecho eso. Él soñaba con un mundo mejor y había topado con una guerra y con un bosque que parecía el vientre terrible de una madre que lo había olvidado en su seno.

Y ahora tenía la oportunidad de resarcirse otra vez de su destino. La primera vez fue cuando perdonó la vida de aquél alemán. Allí, en el lindero de Gutka, se había rebelado por primera vez a sus designios al permitir que un enemigo escapara de sus fauces. Aún no entendía del todo cómo había logrado hacerlo, pero lo cierto es que se había visto recompensado. Todos allí, desde el alemán hasta sus soldados y amigos, pasando por aquella muchacha que forjaba su propio destino más allá de lo esperado, le habían mostrado su gratitud y su agrado por su buena acción. Y el rédito iba más allá. Un niño huérfano, quizás el menos apto y el que menos motivos tenía para ello, se había adentrado sólo en el bosque para advertirles del peligro que corrían. Lo había hecho por mandato de aquella chica que se pintaba y vestía para el enemigo, cubriendo como si fuese motivo de vergüenza su semblante de sencilla campesina. Todo era muy extraño y excitante a la vez. Iliá sentía que pactaba con el diablo o, incluso, que quizás lo traicionase pues el diablo era otro. En cualquier caso estaba decidido. Pondría a ese niño a salvo importándole un bledo si recababa o no información. Le pondría a salvo porque él les había salvado. Lo haría porque así le apartaría de personas como él. Asesinos, hombres despojados de toda humanidad, arrollados por el miedo a morir o, peor, a morir por nada. Él sería un asesino, pero sería un asesino que buscara siempre la redención.

- Vova, ¿estás cansado?

Y Vova le miraba desde una candidez olvidada, como si le reclamase una parte que le perteneciese. Negaba con la cabeza y proseguía tenaz. Un niño desafiando a Gutka, luchando para liberarse de él. Iliá no podía evitar sentir tanta congoja como admiración por aquella criatura abandonada. Se lo imaginaba como una abeja demasiado alejada de la colmena, buscando una flor donde encontrar la dulzura añorada y llevando a cabo los mismos movimientos mecánicos que había aprendido y en los que depositaba su confianza en poder regresar.

Ya estamos llegando, se oyó a Mijaíl, y el final de Gutka parecía tanto una liberación como un peligro inmediato. Otearon el horizonte de campos en busca de alemanes y resolvieron que dos de ellos debían adelantarse para hacer el reconocimiento.

- Esto ha sido idea mía, así que iré yo con un voluntario -dijo Iliá.
- Iliá, ¿por qué no me dejas a mí las tareas de soldado?

Iliá miró a Mijaíl. Siempre había estado dispuesto a arriesgarse por él pero, aquella vez, parecía más dispuesto que nunca. Vova había logrado perturbar de alguna manera los sentimientos de aquellos hombres. Mijaíl, sin duda, también tenía un objetivo aquella noche. Probablemente el mismo que el suyo. ¿Soñaba Mijaíl con poner a salvo de la guerra a aquel niño, cuando él no lo había logrado?

- ¿Quién acompañará a Mijaíl?
- Yo, camarada politruk. Soy el que más tiene que ver con este asunto.

Kuchma... Tan aturdido estaba con sus pensamientos que se había olvidado de Kuchma. Parecía ser que Kuchma aún se sentía culpable. O quizás se sintiese orgulloso de su hermana y quisiese estar a la altura, como si pudiera evitar un bochorno aún mayor del sufrido ahora que tenía la oportunidad.

- Está bien. Babkin y yo nos quedaremos aquí con el niño. No os alejéis más de donde alcance la vista y hacerdnos una seña para que os sigamos. Nos iremos escalonando hasta llegar a la granja de Petrenko.

Mijaíl y Kuchma se afanaron en recorrer el campo agachados, no sin detenerse a menudo para ojear a su alrededor. Iliá se volteó hacia Babkin.

- Esta noche verás otra vez a tu padre.
- Sí. Y estoy muy contento por ello.

Iliá sonrió. Babkin también tenía su objetivo para aquella noche.

- Camarada politruk... ¿Podría hacerme usted un favor?
- Tú dirás.
- Cuando veamos a mi padre... ¿Podría decirle que hoy me he portado bien en la batalla?

Iliá sintió una oleada de calor.

- ¿Acaso puedo decirle otra cosa?

Babkin sonrió dividiendo en dos su cabeza. Debía sentirse muy orgulloso. Aquellos mujiks no eran como él. Para ellos la guerra era una aventura donde podían hacer algo más que arar el campo y ser tratados como animales. Podían ganarse un respeto y una gloria que se les había negado durante siglos, y para ellos manejar un fusil o una bayoneta era mucho más digno que manejar una hazada. Para un universitario como Iliá, en cambio, suponía una catástrofe sin igual en sus aspiraciones culturales. Para postre, aquella guerra daba al traste con su ilusión de joven bolchevique de corregir los excesos revolucionarios.

- Vamos, está el camino libre.

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