Publicado: Lun Jun 28, 2010 7:12 pm
por Bitxo
VII.

Al cabo de una media hora llegaron los mujiks de entre las sombras.

- ¿Y bien? -les inquirió Iliá.
- Mi padre se ha quedado con el niño y me ha prometido llevarlo a Baranavichy para que vuelva a ver a Nadia. Él tratará de informarse a través de ella.
- No creo que esté muy interesada en jugarse más el cuello por nosotros -dijo Mijaíl.
- Tú eso no lo sabes. Ya lo ha hecho una vez, ¿recuerdas?

Kuchma estaba visiblemente enfadado, y Mijaíl se mordió la lengua. No era momento para broncas. Babkin prosiguió con su informe.

- Me ha dicho que hay muchas tropas alemanas, pero parece que están de paso porque no se despliegan con sus equipos. Paran aquí y luego continúan hacia el este.
- ¿Querrán reanudar su ofensiva contra Moscú?
- No lo se, pero pasan más trenes que antes, así como columnas de infantería y de camiones.
- Lo que está claro es que van a reanudar su ofensiva ahora que el barro se ha secado.
- Sin duda Mijaíl -aprobó Iliá-. Y eso sólo puede significar que nuestro Ejército aún tardará en rescatarnos.

El ánimo decayó en todos. Iliá lo comprobó en sus vagas miradas hacia la hierba.

- Venga, salgamos cuanto antes de aquí.

Iniciaron el camino de regreso y, al no ir acompañados por el niño, pudieron avanzar más deprisa pese a las precauciones. Por fortuna en aquella zona los campos se turnaban con bosquecillos, sin duda restos de lo que Gutka llegó a ser antes de que las hachas abrieran paso a los campesinos. Los campos, además, también ofrecían un buen escondrijo pues aún no se había cosechado y el trigo era lo bastante alto como para camuflar a un hombre si se agachaba. Y para ayudarles aún más, la luna era menguante. Iliá pensaba en todo esto para darse ánimos y pensar en que podría regresar al campamento sin acabar envuelto en un tiroteo imposible contra una patrulla alemana cuando, de pronto, vio a Mijaíl tirarse al suelo y hacer señas para que sus compañeros hicieran lo mismo. Todos se precipitaron aplastando las espigas y con los nervios tan a flor de piel que parecían anudarse con estas. Estuvieron unos segundos así, quietos y mudos, esperando lo peor.

- ¿Alemanes? -susurró Iliá.
- En ese bosquecillo.
- Mierda, podría haber sido al revés. Aquí estamos vendidos.
- ¿Nos han visto? -preguntó acobardado Kuchma.
- Sí, porque vi a uno agacharse justo cuando lo hice yo.
- ¿Cuántos eran?
- Sólo he visto a uno.

Iliá sentía su corazón bombear la sangre de tal manera que amenazaba con reventar las sienes. Pero había algo que no cuadraba.

- ¿Estás seguro de que era un alemán?
- Pues claro que sí. Al menos llevaba el casco alemán.
- ¿Y por qué no nos disparan?
- Querrán emboscarnos.
- Es raro. Lo normal es que disparen y así alertan a los demás.
- Maldita sea, Iliá, ¡no se por qué no nos disparan! Pero aquí no podemos quedarnos.
- Para salir de este campo el camino más corto es ir hacia ellos. Y desde allí Gutka no queda tan lejos.
- ¿En qué estás pensando, politruk?
- En que si tiene que haber jaleo, cuanto más cerca del bosque mejor. Si quieren emboscarnos, lo mejor será aprovecharnos de ello.
- Si nos acercamos seremos un blanco fácil. Ahora aún estamos lejos para que nos acierten en la oscuridad.
- Si empiezan los tiros, esto se llenará de alemanes y poco importará eso. Yo digo que nos arrastremos hacia ellos, separándonos, y tratemos de cazarlos cuanto antes para salir pitando de aquí hacia el bosque. Al primer disparo vendrán más, muchos más, y no tendremos escapatoria. Nuestra única opción es que llevemos la iniciativa.

Iliá oyó el bufido de Mijaíl, y vio cómo asentía.

- Está bien. Pero ahora no dejemos a los chicos solos.

Iliá comenzó a arrastrarse con Babkin por la derecha, y los otros dos por la izquierda. A cada metroque recorrían le extrañaba más que no disparasen. Era casi imposible que no vieran los trigales moverse. Se esforzó por amplificar la capacidad de sus oídos, pero sólo lograba oír el crujir de las espigas y el rumor de sus cuerpos al rozar contra la tierra. Ahora será cuando muera, pensaba, y se lamentaba por haber metido en aquella aventura tan peligrosa a sus amigos. Sin embargo, se acercaban al bosquecillo y sonaba ningún estampido de fusil. ¿Se habría equivocado Mijaíl? ¿Y si era un campesino? ¿Y si Vasili había mandado a alguien más? Pero todo ello resultaba igual de extraño que fuesen alemanes y no les disparasen. ¿Y si no los habían visto? ¿Y si era una patrulla sin ganas de jugarse la vida? Quizás fuesen soldados supervivientes a la batalla y no tuviesen moral para un nuevo enfrentamiento.

En cualquier caso habían alcanzado el bosquecillo. Iliá suponía que Mijaíl y Kuchma también lo habrían hecho. Los alemanes, o quienes fueran, si había más de uno, estarían escondidos entre ellos o habrían huído. ¿Y si era eso? Podrían haber optado por huir para buscar a una patrulla cercana. En ese caso había que darse prisa.

- ¡Vamos, Babkin! No pequemos de cautos que el tiempo corre en nuestra contra.
Los dedos parecían contagiarse del acero de la PPD, y los pies encontraban la manera de encontrar con agilidad los huecos en el terreno libres de ramas en tal de avanzar lo más rápido y silencioso posible. Con todo era inevitable sentir un crujir desde el suelo que helaba la sangre y desorbitaba los ojos. Cada sombra parecía a punto de vomitar una amenaza letal, y cada lado opuesto del tronco el final del camino. Ambos avanzaban en paralelo y a cada paso se encorvaban y barrían con el cañón del subfusil buscando al enemigo. Iliá pensó que no debía faltar mucho para encontrarse con Mijaíl cuando vio a Babkin apoyar la culata de su PPD en el pecho. Se agachó instintivamente y escudriñó la oscuridad sin ver nada.

- He visto a un alemán -susurró Babkin, mientras indicaba que debía estar a su derecha.

Iliá no lograba ver ni oir nada. Decidió moverse un poco hacia donde podría estar el alemán. Entonces, como una exhalación, este apareció casi por su espalda sin darle tiempo a girarse. Iliá cerró los ojos tras enfocar el cañón del Mauser, pero no oyó estampido alguno. Volvió a abrirlos y, para su asombro, el alemán se llevaba el índice a los labios para indicarle que no gritase. Acto seguido apareció Babkin y encañonó al soldado, mirando perplejo a Iliá sin saber qué hacer. El politruk entendió que el muchacho no sabía si debía disparar, pues el alemán no dejaba de apuntarle, inmutable, con su fusil.

- No dispares, Babkin. Espera un poco -le susurró.

Unos segundos después arribaron Mijaíl y Kuchma y, como antes Babkin, se quedaron pasmados ante la escena y sin saber qué hacer más allá de apuntar con sus armas al soldado alemán. Durante unos instantes Mijaíl e Iliá se miraron con la esperanza de captar en el otro algún tipo de señal que indicara un plan preconcebido. Pero lo cierto es que ninguno de los dos sabía qué hacer.

- ¿Hablas nuestro idioma? -se atrevió a preguntar Mijaíl.

El alemán negó con la cabeza.

- Pero lo entiendes -insistió.

La cabeza del soldado se balanceó dando a enteder que un poco. Iliá no tenía claro qué le impresionaba más, si la robustez de aquel cuerpo tan rígido como imperturbable, terminado con un rostro ancho y cuadrado que emergía de un cuello corto y atajado abruptamente por el casco; o la boca del cañón del Mauser justo delante de su nariz. Trataba de pensar... ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué no le había matado? ¿Por qué le había indicado que guardara silencio? ¿Habrían más y esperaba que arribasen?

- Hola, Iliá.

La mención de su nombre le sorprendió de tal manera que pudo olvidarse de estar encañonado para volteare con brusquedad. Todos lo hicieron a excepción del soldado que le apuntaba obstinado como si fuera la estatua ecuestre de una plaza.

- ¿Tú? -reaccionó Mijaíl.
- Hola Mijaíl. Hola, Kuchma. Me alegra mucho saber que estás bien. Tu hermana estaba muy preocupada por tí.

:arrow: