Publicado: Lun Jun 28, 2010 7:17 pm
por Bitxo
X.

Reemprendieron el camino de vuelta, cada grupo por su lado. Iliá solicitó a Mijaíl que fuese en cabeza, pues se sentía demasiado turbado como para estar alerta. Demasiadas cosas habían ocurrido aquel día. ¿Entenderían aquellos niños que les había salvado? ¿O, al contrario, le temerían al considerarlo un ser sanguinario? Karl le había dado una pista acerca de lo que muchos podían pensar sobre los partisanos. A los antiguos kulaks e, incluso, a muchos mujiks y obreros no les gustaba Stalin. Y, dado el número de hombres que habían engrosado el personal del campamento, tampoco Hitler. Pero lo cierto es que la guerra debía haber pasado. Había estado allí y había arrasado el lugar, y ahora que podían volver a reconstruir sus vidas los partisanos retornaban de nuevo la guerra a sus granjas y campos. Pero él estaba haciendo lo correcto. Estaba luchando por su país y por llevar a cabo su ilusión de un mundo mejor. Él estaba sacrificándose en el bosque, reduciendo su vida a la visión de una muralla de árboles y a una rauda degeneración de su ser. Ya no era, desde luego, el universitario que se cultivaba y desfilaba orgulloso por una avenida. Todo aquello había desaparecido con su futuro. Sí, él se estaba sacrificando al impregnarse de sangre y al exponerse a una violencia perturbadora. Y con ello incorporaba a su historial actos repugnantes de los cuales, a diferencia de otros, no podía presumir. Pero estaba haciendo lo correcto o, al menos, cuanto podía hacer.

La frontera de Gutka apareció de pronto en el horizonte. ¿Tan pronto? Pensó que Mijaíl había aprendido mucho sobre las patrullas alemanas y había tomado la mejor ruta. Probablemente, mientras él se enzarzaba en su disputa con Karl, él había estado pensando en por qué aquellos dos alemanes habían ido por un lado en lugar de por otro. Iliá sabía muy bien que sin Mijaíl nada habría sido posible aquel día. Gracias a él se habían conducido correctamente durante la batalla. Gracias a él se había evitado una confrontación con el General. Y gracias a él había podido salvar a aquellas dos criaturas. Babkin y Kuchma también le daban motivos de orgullo. Aquellos sencillos campesinos se habían convertido en unos partisanos formidables. Además, Babkin había priorizado la misión al encuentro con su padre y siempre se había alegrado de que este participase cuanto pudiese en su nueva vida de combatiente. Kuchma también había impuesto su destino a los encontrados sentimientos de ira, vegüenza y gratitud que sin duda le provocaban el hecho de que su querida hermana fuese la novia del Capitán alemán. Quizás no lo estuviera haciendo tan mal, pensó mientras se hundía en la incómoda alfombra de Gutka.

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