Publicado: Mar Feb 15, 2011 9:02 pm
por Anibal clar
Bueno, vamos allá...

CAPITULO 10

A la mañana siguiente, después de recuperar fuerzas, Hans Wiesse se dirigió hacia el museo de ciencias naturales.
Una vez allí, preguntó por el director.

Al poco, le acompañaron hasta un despacho, y entró en el.

- Buenos días. Soy Henry Cardozo, director del museo. Creo que usted venía en el infortunado avión que tuvo la tragedia en el aeropuerto.
- Así es, señor. Soy Ulrich Böhmme (recordemos que era la identidad por la que se hacía pasar Wiesse). Voy de camino hacia Sudafrica en cumplimiento de un importante encargo de la Corona sobre minerales, y habiéndome enterado que precisamente ahora hay aquí en este museo unos cuantos bastante raros que van a ser enviados a USA para su catalogación, me preguntaba si sería posible que los viera.
- Por supuesto señor Böhmme. Yo mismo le acompañaré. Están en el sótano, en nuestro almacén privado. Algunos ya están catalogados, no todos son desconocidos, lo que ocurre es que en un laboratorio de Boston tienen un aparato que puede desglosar sus propiedades y descubrir nuevos usos para ellos.

No sólo se trataba de apoderarse del Erz Janssen Glazis para que Alemania pudiera ganar la guerra, sino que si era enviado a USA, quién sabe si los propios aliados no descubriríanel letal uso que quería darle el ejército alemán. Ahora más que nunca el robar el mineral era vital.

Bajaron juntos la escalera y accedieron a una estancia bastante iluminada. había allí multitud de cosas diferentes, pero en un rincón... ¡estaban los minerales!

Al llegar allí, el director se los fue describiendo uno a uno a Wiesse. Hasta que llegaron a aquella piedra de color verde. De un verde tan intenso como nunca hubiera visto jamás Hans Wiesse.
El director le dijo que se trataba de un mineral rarísimo del cual apenas había existencias en Sudáfrica.
Como sin darle importancia, Wiesse le agradeció al señor Cardozo la deferencia y volvieron a subir arriba.

- Ha sido usted muy amable Mister Cardozo. Le quedo muy agradecido.
- Ha sido un placer Sir.
- Pronto volveremos a vernos.
- ¿vendrá usted a despedirse antes de proseguir viaje?
- Eso es señor cardozo, volveré a despedirme.

Hans Wiesse esbozó una sonrisa y con un apretón de manos selló la visita.

De regreso al hotel, se sentó para poner las ideas en orden.
¿Cómo haría para acudir al Caldero y poder entrar en contacto con la tripulación del submarino alemán que se encontraba allí prisionera?

Decidió salir y dar un paseo por el puerto. Aquello tal vez le aclararía las ideas.
Se quedó mirando un submarino de Su Majestad abarloado a uno de los cantiles. Se acercó a uno de los trabajadores del puerto y le preguntó:

- Perdone, ¿sabe si la tripulación del submarino vive dentro del mismo o tal vez está de permiso por Monrovia? Le pregunto esto en calidad de Comodoro de la Armada. Estoy haciendo un estadillo de los barcos de Su Majestad en el puerto y del nivel de calidad en el quehacer de las tripulaciones.
- Pues ni lo uno ni lo otro, Sir.
- ¿cómo ni lo uno ni lo otro?
- Sí, verá. Este submarino ha sido reparado durante cinco meses en los astilleros y hace sólo 16 días que ya está operativo. Está en espera de que llegue la tripulación, que, según creo, llegará pasado mañana desde Inglaterra.
- Ah, muy bien. Ha sido usted muy amable.

Hans Wiesse se despidió y volvió al hotel.
Ahora las ideas se iban poco a poco aclarando en su cabeza.

Y se aclaraban bastante.

(continuará)