Publicado: Dom Nov 05, 2006 9:32 pm
Vamos a ver...
Hay quien afirma que fue Pétain el que aconsejó y convenció a Franco para que no permitiera el libre paso de tropas alemanas por España.
Hay quien afirma que fue Franco quien, con un dominio absoluto de la situación y cierta clarividencia, y cabría añadir coraje, frenó a Hitler en esta cuestión.
Hay quien afirma que Franco sí deseaba participar de manera más activa en la contienda, pero que pedía tanto a Hitler, a costa de los intereses coloniales de Francia-Pétain, que al líder alemán no le interesaba por el desacuerdo que supondría con los franceses, además de que tampoco le interesaba tener que apoyar económicamente y con armamentos a los españoles.
Hay quien afirma que fue el misterioso y ambiguo Canaris el que convenció a Franco para que no peloteara tanto con Hitler, porque este no sabía muy bien lo que se hacía o porque era, en realidad, un doble espía.
Y más versiones habrá que ahora mismo no recuerdo. En cualquier caso, o en todos aunados, no hay que confundir los intereses propios con los de la Humanidad. Que uno hiciera algo que le interesara en su momento, y, mira tú por dónde, resultó ventajoso para cierta facción de la contienda, no significa que fuese un acto heroico ni con pretensiones altruistas.
Todas estas medias verdades, adornadas con mentiras, me asquean de verdad. Esto de la SGM va camino de convertirse en una especie de religión, donde aparecen santos por doquier, todos imprescindibles, todos héroes y/o mártires, todos únicos, o casi, salvadores de la democracia, bien sea al estilo occidental o al staliniano. Con todos podríamos rellenar el calendario al estilo católico y disfrutar del viejo truco de tener una Barbie para cada gusto y ocasión, cumpliendo con todo tipo de roles, con cualquier oportunidad de identificación por parte del aficcionado, votante y pagador de impuestos.
Menos mal que hay todavía quien se acuerda de que hubo miles y miles de seres anónimos que, de una manera o de otra, con mayor o menor gana, ofrecieron su vida en las trincheras, en los carros de combate, en los barcos y aviones, quizás sin mayor pretensión que salir con vida de semejante prueba, pero sin duda con mucha más decisión y sinceridad en sus actos que los que vigilaban sus cotas de poder y actuaban, en la mayoría de los casos, a salto de mata según soplara el viento.