Publicado: Lun Nov 06, 2006 10:34 am
EL INCIDENTE DE DACHAU
Todo sucedió un frío amanecer de primavera de hace mucho tiempo, un día antes de que Hitler se suicidase y una semana antes de que el pueblo norteamericano bailara en las calles celebrando la dulce victoria en Europa.
Pero en ese soleado domingo, mientras los Ejércitos Aliados avanzaban hacia Munich escribiendo una página de la Historia, Felix Sparks, William Walsh, y John Lee todavía combatían como soldados, intentando mantenerse vivos hasta el final de la sangrienta contienda. Era una dura misión, ya que aún había muchos alemanes desesperados, dispuestos a seguir luchando a pesar de su derrota y desgracia. Estos soldados norteamericanos formaban parte de los efectivos que fueron desviados en una intersección hacia la ciudad bávara de Dachau, ignorando que allí encontrarían uno de los campos de concentración y exterminio nazis más horribles de toda Europa.
Todavía no eran conscientes de que pronto se verían inmersos en el centro de una investigación del Ejército norteamericano acerca de la supuesta masacre de soldados alemanes a manos de G.Is [Ground Infantry, soldado de infantería. N.T], un asunto que preocupaba en extremo al General Dwight D. Ei-senhower, que pensaba un caso así podía erosionar la autoridad moral de los E.E.U.U a la hora de juzgar a los nazis en Núremberg.
Al principio, simplemente vieron un tren:
''La primera maldita cosa que vimos fueron unos 20 o 30 vagones de tren", dijo Walsh, un oriundo de Newton, con su típico acento de Boston. "Unos estaban abiertos por arriba y otros no. Y allí estaban todas aquellas malditas cosas. Parecían figuras humanas o algo así, bien, probablemente estarían durmiendo, o tal vez sólo hambrientos".
"Pero al instante te dabas cuenta de lo que pasaba en realidad: ! estaban todos muertos ¡ ¿Qué de-monios pasaba aquí? Nunca habíamos visto nada parecido".
El espantoso léxico empleado resulta ahora familiar: "Campos de concentración", "la Solución Fi-nal", "Seis millones de judíos exterminados por un megalómano en una satánica misión", "El Holocausto"... pero para los curtidos hombres de la 45ª División de Infantería de E.E.U.U que el 29 de abril de 1945 recibieron la orden de tomar Dachau, y que poco o nada sabían acerca de los campos de exterminio o concentración alemanes, resultó un auténtico mazazo. Tan sólo supieron lo que pudieron ver, u oler.
El hallazgo de 2.310 cuerpos en descomposición en aquel tren, el cortante silencio reinante, inte-rrumpido tan sólo por algunos disparos aislados, y el hedor a muerte que impregnaba el aire, encendieron ese día la ira de los soldados norteamericanos.
La consigna corrió rápidamente por Dachau: "Aquí no vamos a hacer prisioneros". Se colocó una ametralladora frente a un muro de estuco, donde se alineó a los acólitos de Hitler capturados. La ametralladora abrió fuego y los alemanes cayeron. Oficialmente 17 fueron abatidos, pero ese día, al menos otros 11 alemanes, que se habían rendido, fueron tiroteados en otros dos lugares del campo; todo según los recuerdos de los entrevistados. Según algunas notas escritas a píe de página en documentos olvidados a lo largo de los años, los investigadores del Ejército concluyeron que algunos de los soldados norteamericanos que captura-ron a los SS de Dachau no eran héroes sino asesinos; la cara más fea y débil de la Más Grande Generación de E.E.U.U.
"Ciertamente, este suceso es el ejemplo más notorio de mala conducta dentro de las Fuerzas Arma-das de E.E.U.U durante la Segunda Guerra Mundial", afirmaría Douglas Brinkley, director del Centro de Estudios Americanos Eisenhower de la Universidad de Nueva Orleans. "Es un borrón dentro del supre-mo esfuerzo por combatir el fascismo. Un claro ejemplo de lo que cualquier oficial no quiere que ocurra nunca... Creo que el sentimiento general acerca del asunto era: - ! Oh, vamos ¡ ! Mirad cómo eran los nazis de horribles ¡ Yo hubiera hecho lo mismo. -. Pero nuestra obligación era sancionar a estos soldados que se tomaron la justicia por su mano; porque desde luego, no eran mucho mejores chicos que los alemanes que acababan de fusilar".
Este sentimiento fue compartido por algunos de los soldados que presenciaron los fusilamientos. Cuando el enemigo se ha rendido, tiene las manos en alto y te dice "no dispares", tú no puedes hacerlo. Si lo haces, cruzas la línea que separa al soldado del criminal. "Ése no es el modo americano de combatir", testi-ficó el Subteniente Daniel F. Drain, a quien se le ordenó colocar la ametralladora en aquella frío día de abril. Pero algunos hombres tales como el General George S. Patton no creyeron la historia de que soldados americanos hubieran matado a sangre fría al enemigo. Patton declaró que los cargos de asesinato debían sobreseerse y toda la investigación debía ir a la basura. Los hombres debían volver a sus hogares y reinte-grarse en sus vidas.
Sin embargo una copia de la investigación sobrevivió, dentro de una carpeta gris de cartón en los Archivos Nacionales, a las afueras de Washington D.C, sin que nadie reparara en ella durante cerca de 50 años. La investigación fue desclasificada en 1987, aunque antes ya lo habían sido cerca de 3 millones de páginas gracias al Acta de Revelación de Crímenes de Guerra Nazis. Según el historiador los Archivos Nacionales, Greg Basher, parte del mejor material se desclasificó hace ya tiempo pero nadie lo examinó nunca. Tal y como él mismo afirmó: "Si algo ha estado aquí durante 50 años y nadie lo ha examinado, básicamente es algo nuevo".
El reportaje de la investigación sobre Dachau relata una historia que ha pasado desapercibida para la mayor parte de los periódicos y magazines de Norteamérica; incluso cuando en 1995 el US News y el World Report celebraron el 50ú Aniversario de la Liberación de Dachau. Dentro de esos archivos hay un doloroso testimonio de soldados - algunos de ellos verdaderos adolescentes por aquel entonces, que nunca olvidaron el momento en que tuvieron que enfrentarse a la diabólica línea que divide el Bien del Mal.
Dirigirse hacia Dachau fue una orden no muy bien recibida por los endurecidos hombres de la 45ú División de Infantería, "Thunderbird" (Pájaro de trueno), algunos de los combatientes más veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Llegado el mes de abril de 1945, la división llevaba más de 500 días en combate, sufriendo el terror a la muerte constantemente y soportando bajas monumentales; viendo además cosas que, afortunadamente, pocos hombres han visto, haciendo cosas que pocos hombres han de hacer - como ayudar a rescatar el Mundo de la tiranía.
Estos hombres habían visto a los sepultureros locales cavar tumbas para sus camaradas en el Norte de África. Habían invadido Sicilia y asegurado las estratégicas cabezas de playa de Salerno y Anzio. Habían combatido en las heladas montañas de Italia y ayudado a liberar Roma. Tras desembarcar en el sur de la Francia ocupada por los alemanes, habían cruzado la Línea Sigfrido, las fortificaciones que separaban el suelo galo de Alemania.
"Has de entender que te vuelves inhumano, que pierdes tus sentimientos" dice Edwin Gorak (ahora con 80 años de edad) de Elmwood Park, quien entró en Dachau tras ser liberado el campo y tomó fotografías de todo lo que allí vio.
Felix L. Sparks, de 27 años, estaba al mando de uno de los batallones encargados de la libera-ción. El Teniente Coronel, nativo de Texas, se dirigía hacia Munich, un codiciado objetivo militar, cuando le fue ordenado que tomara Dachau inmediatamente. Sparks y sus hombres no tenían la menor idea de lo que era Dachau. Ignoraban que la antigua fábrica de municiones, situada a unos 16 kilómetros al norte de Munich, había sido transformada en 1933 en un campo de la muerte. En el exterior de la alambrada elec-trificada se entrenaban las tropas de élite de las SS; en el interior, los nazis torturaban, tiroteaban, mataban de hambre, o hacían trabajar hasta la muerte a los prisioneros. Más de 30.000.
Pero para los hombre que avanzaron hacia el campo aquella día de primavera, como el Teniente 1ú William. P Walsh, de Massachusetts, Dachau tan sólo era un diminuto punto en un arrugado mapa de campaña.
"Sparks vino hacia mí y me dijo: Walsh coge la compañía y ve hacia esas vías de tren". En 1990 Walsh intervino brevemente en un documental de James Kent Strong, un realizador de California, en él diría: ''Había unas vías de tren que iban en dirección al campo, pero desde el pueblo no podías verlo... Y dijo: No dejes escapar a nadie".
''Él me dijo: Es un campo de concentración. Yo no tenía ni idea de lo que era eso. Había visto un prisionero de guerra en Nueva York...donde había internados alemanes. Los había visto jugando al fútbol y a otros juegos. Eso pensaba yo que era un campo de prisioneros".
Lo que encontraron Walsh y sus hombres los dejó paralizados: 39 vagones de tren con los maltrechos cuerpos de cientos y cientos de hombres, mujeres y niños, muchos aún vestidos con sus uniformes de presos. Ojos abiertos, la boca abierta. Esqueletos con piel.
Y durante unos terribles e impactantes instantes el Mundo se vino abajo para los atónitos soldados norteamericanos.
''El efecto de lo que vimos liberó dentro de nosotros un caudal inesperado de emociones primitivas", reveló Sparks en una reciente entrevista telefónica. "Algunos hombres gritaron, otros blasfemaron, algunos otros permanecieron en silencio. Walsh, con sus ojos húmedos de lágrimas, el corazón repleto de ira, no podía comprender tanta inhumanidad. "Seré honesto contigo. Me derrumbé por completo." manifestó en el film. "Comencé a llorar, todo se me vino encima de golpe".
Dos semanas después de la liberación de Dachau, en un testimonio previo a la investigación del Ejército, los hombres de Sparks recordaron su particular venganza tal y como sigue:
El Soldado Fred. E Randolph dijo que cuando cuatro alemanes, con las manos en alto, se rindieron a Walsh; éste no les hizo caso. "El Teniente Walsh estaba colérico y trastornado, los introdujo dentro de uno de los vagones y pidió una ametralladora", por su parte Randolph dijo a un inspector general del Ejército el 17 de mayo de 1945 que "El Teniente se volvió loco, los metió dentro de un vagón de tren y les disparó con su pistola. En ese mismo momento, tan pronto vimos los cuerpos en el tren, supimos que no se tomarían prisioneros".
El Soldado Albert C. Pruitt estaba con Walsh cuando los cuatro alemanes fueron abatidos. "El Teniente Walsh les disparó, quedaron malheridos y agonizantes. Supuse que no debía dejarles sufrir más así que terminé el trabajo", testificó Pruitt. "Estaban totalmente agujerados y se quejaban. Y a mí nunca me ha gustado ver a nadie sufrir".
Sparks, Walsh y el resto de los hombres avanzaron cautelosamente a través de las instalaciones de los SS a las afueras del campo de concentración, mientras que los famélicos prisioneros se arremolinaban en la alambrada, ahora sin electricidad, con ojos incrédulos. Finalmente sus libertadores habían llegado.
Pero lo primero que tenían que hacer era solventar el problema de los recién capturados alemanes. Los soldados alemanes regulares (de la Wehrmatch) se separaron de las tropas de asalto de élite de las SS. Los libertadores condujeron a los SS hacia una caldera de carbón, protegida por tres paredes de hor-migón. Allí colocaron una ametralladora.
El Teniente 1ú Jack Bushyhead, quien sirvió como asistente de Walsh, testificaría más tarde los siguiente:
"Creo que no se dieron órdenes concretas al respecto, pero desde luego era el sentimiento general de todos los que habíamos visto aquellos cuerpos. Alguno de nuestros camaradas, aún bajo shock, dijo que no había que hacer prisioneros".
Un asunto de interés general
Al mismo tiempo que los prisioneros SS clavaban aún desafiantes sus miradas en las armas de los norteamericanos en Dachau, el General Eisenhower, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa, estaba especialmente preocupado por el trato que se daba a los prisioneros de guerra germanos. Justo un mes antes, habían pasado por su despacho dos informes casi simultáneos de muertes evitables de P.O.W. (Prisioner Of War).
A finales de marzo de 1945, mientras los norteamericanos transportaban en tren a cientos de pri-sioneros alemanes hacia dos campos de detención franceses, perecieron 127 prisioneros - encerrados en vagones de tren casi herméticos. Dos días más tarde Eisenhower expresó rabia y desolación en un mensaje enviado al General George C. Marshall, Jefe de la Plana Mayor del Ejército:
"Aún no sé la causa de las muertes de los prisioneros alemanes, de las que he sido recientemente informado, ni tampoco quién o quienes son los responsables".
Eisenhower escribió lo siguiente en una memoria que se guarda en los Archivos Nacionales: "Es irritante que ocurran estas cosas porque detesto especialmente tener que disculparme ante los alemanes. Es como si ahora no hubiera otro tema del que hablar".
Las autoridades militares norteamericanas llegaron a la conclusión de que los guardias del tren fallaron al no tener en cuenta la inusualmente calurosa temperatura de aquél día. Los investigadores que inspeccionaron los vagones hallaron evidencias de los frenéticos esfuerzos de los alemanes por sobrevivir; el interior de los vagones estaba completamente arañado con marcas de uñas y dientes.
El Teniente Coronel Marvin C. Hillsman, el inspector general que investigó uno de los casos, mencionó en su informe que: "Los prisioneros llamaron la atención de los guardas estadounidenese con gritos del tipo ! Kamerad kaput¡, golpes en las puertas de los vagones, y súplicas pidiendo "aire" y "agua" en inglés". "Los guardias...ignoraron esas súplicas y en una ocasión hicieron varios disparos cerca de los dos vagones para calmar a los prisioneros. Durante toda la jornada no se abrió ninguna de las puer-tas de los vagones".
Los eruditos en Historia Militar coinciden en que la preocupación de Eisenhower por el tratamiento dado a los prisioneros alemanes respondía a razones de relaciones públicas y altruismo. El famoso oficial insistió en que la actuación de sus tropas podría recordar a los asesinatos en masa que los alemanes llevaron a cabo en los campos de concentración.
''Él no quería que se pudiera decir que los norteamericanos habían cometido atrocidades similares a las de las fuerzas del Tercer Reich", afirmó Brinkley, director del Centro Eisenhower en Nueva Orleáns. "Eisenhower era muy consciente de la vigencia de la Convención de Ginebra. Creía que cuando uno combate según las leyes internacionales, romperlas es muy sencillo basta con dejarse llevar por los sentimientos personales. En ese caso uno deja de ser un soldado y se convierte en un asesino. Un verdadero soldado sabe perfectamente cuál es su trabajo. Y desde luego su trabajo no es matar los alemanes por capricho".
Por lo tanto, en julio de 1945 Eisenhower ordenó un investigación completa de cuantos prisioneros enemigos habían sido asesinados o maltratados por las fuerzas norteamericanas, considerando inaceptable la típica excusa: "Yo sólo cumplía órdenes". En esa orden Eisenhower escribió: "Si perdonamos y no casti-gamos conductas criminales de nuestras tropas, y con ello las aceptamos como normales, se resentirá la altura moral del pueblo Norteamericano y se degradará nuestra reputación".
Los historiadores militares Gunter Bischof y Stephen Ambrose han estimado que el 99% de los prisioneros militares norteamericanos y alemanes regresaron sanos y salvos a sus hogares al finalizar la guerra. Pero ello no significa que ambos bandos sean inocentes de haber cometido atrocidades. Por ejemplo, en diciembre de 1944 cerca de 100 soldados estadounidenses - cogidos por sorpresa tras un rápido avance alemán - fueron capturados durante la Batalla de las Ardenas. Llevados en grupo hacia un campo de una granja de la ciudad belga de Malmedy, lugar donde fueron acribillados por el fuego de ametralladora.
El suceso de la "Masacre de Malmedy" corrió rápidamente por todo el Teatro de Operaciones euro-peo impactando a las tropas aliadas y, en opinión de los eruditos militares, no cabe duda de que los solda-dos que eliminaron a los SS en Dachau cuatro meses después no fueron una excepción. En cualquier caso, cuando la investigación ordenada por Eisenhower se archivó en el último día de 1945, el caso del asfixia-miento de los prisioneros en los vagones de tren y el de los fusilamientos en Dachau fueron claramente censurados.
En el informe, compilado en un viejo manual, ambos incidentes se archivaron aparte en una in-confundible tinta roja.
Enfado e incredulidad
El Soldado de 1ª Clase, John P. Lee, de 19 años de edad, estuvo en la carbonería vigilando a en-tre 50 y 125 prisioneros SS. Sus emociones eran, al mismo tiempo, de rabia e incredulidad. En una entrevista telefónica dijo: ''Todos estábamos realmente coléricos", "! Demonios ¡ fue un shock entrar en algo como aquello. Todos esos cuerpos humanos que parecían esqueletos con piel, con los ojos entreabiertos. Era como si nos dijeran: ¿Por qué tardasteis tanto? ".
"Los hombres comenzaron a ponerse furiosos. La adrenalina realmente flotaba en el ambiente. Muchos estaban diciendo frases del tipo: "Vamos a matar a esos hijos de puta" o "No los vamos a dejar con vida".
Mientras Lee vigilaba a los alemanes, el Soldado de 1ª Clase William L. Competielle, el sanita-rio de la compañía, estaba muy ocupado en las afueras de la carbonería atendiendo a una mujer y a sus dos hijos pequeños que se había desmayado en el hospital del campo de concentración. Competielle testificó: "Yo estaba allí cuando los llevaron (a los alemanes) tras el muro, pero no tuve el valor de ver lo que iba a ocurrir. Había mucha excitación y todo el mundo disparaba por lo que no podría decir quién dio la orden (de separar a los SS). Yo todo lo que sé es que ellos separaron a las tropas SS del resto de prisioneros".
Pero Competielle supo cuáles eran las "intenciones" de sus compañeros, y así lo reconoció: "Por el campo se corrió la voz de que iban a disparar a todos los SS", "Me imaginé por qué se los llevaban tras el muro. Entonces oí a alguien preguntar: ¿dónde hay una ametralladora?".
En aquel momento Sparks, el comandante del batallón, dijo que consideraba que los prisioneros germanos estaban seguros bajo custodia. "En realidad nada funcionaba en ese momento. Parecía como si todo estuviese bajo control, y entonces escuché disparos en las cercanías del campo de concentración". El fuego de armas portátiles en las cercanías, último acto de resistencia de guardas alemanes sin capturar que se habían retirado rápidamente, distrajo a Sparks, que se marchó de la carbonería para investigar qué pasaba.
Pero los hombres de Sparks se quedaron. Lee permaneció montando guardia con su fusil. El Sub-teniente Drain ordenó colocar su ametralladora. Entonces se giró y se marchó. Según el testimonio de la investigación el Cabo Martín J. Sedler estaba cerca de la ametralladora, y el Soldado William C. Curtin ajustó el punto de mira del arma para hacer blanco sobre los alemanes. El Teniente Walsh estaba al man-do.
Curtin testificó respecto al proceder de Walsh: "Dijo que iba a disparar la ametralladora, alineó a sus hombres y llamó a unos cuantos ametralladores Tommy [Tommy gunners en el original, creo que se refiere a soldados armados con subfusiles Thompson. N.T]". Curtin dijo que introdujo la cinta de munición en la ametralladora y que en ese momento los prisioneros, conscientes de las intenciones de sus captores, comenzaron a avanzar hacia ellos. Según Curtin "Walsh sacó su pistola y dijo: a por ellos", luego disparó 30 o 50 proyectiles en tres largas ráfagas. Lee dijo que disparó antes que su arma se encasquillara. Lee testificó: "Alguien gritó - ! Fuego ¡ - y tres fusiles y una ametralladora abrieron fuego. Yo disparé mi B.A.R [Browning Automatic Rifle, fusil ametrallador automático Browning con cargador de petaca de 20 proyectiles. N.T].
El Teniente Coronel Felix Sparks disparó al aire su pistola para detener el fusilamiento; por ello Bushyhead, oficial ejecutivo de Walsh, testificó que creía que Sparks también había participado en el tiroteo. Karl O. Mann, intérprete de Walsh, que presenció cómo eran fusilados los alemanes. "Probablemente todo no duró más de 10 segundos pero a mi me pareció mucho más tiempo" afirmó en una entrevista. "Ellos disparaban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. No fue durante mucho tiempo, pero sí el suficiente como para infligir un gran daño".
Sparks, alarmado por el repentino tableteo de la ametralladora, volvió rápidamente a la carbone-ría disparando su pistola, haciendo furiosamente señales a sus hombres con su mano izquierda para que dejaran de disparar. En la entrevista Sparks dijo que "En la ametralladora estaba un joven soldado, le di una patada y lo aparté. Entonces lo cogí por el cuello - era un tipo bajo - y estaba llorando. Dijo: Intentaban huir, intentaban huir todos. Y entonces todo se calmó de pronto".
Los alemanes yacían a los píes del muro. Al principio parecía que todos habían sucumbido al fuego de la ametralladora. No obstante, cuando los norteamericanos gritaron que se levantaran los supervi-vientes, muchos lo hicieron. El Soldado Frank Eggert testificó: "Cuando yo llegué allí diría que había unos 75 o más tendidos en el suelo. Parecía que estaban realmente malheridos. Entonces alguien dio la orden de que se levantaran y la mayoría de ellos lo hicieron. No entiendo cómo era posible después de que se hubieran disparado contra ellos tantas balas".
El inspector general informó que encontró 17 cadáveres en el muro. Y al igual que ocurriera con el descubrimiento de los cadáveres en los vagones, este suceso disgustó a muchos G.I. El Subteniente Donald E. Strickland testificó que Drain había dicho que: "Era una de las peores cosas que había hecho en el Ejército. Estaba preocupado porque la ametralladora que se había empleado contra los alemanes era la suya".
El Cabo Henry Mills, un joven de 22 años integrante del pelotón de inteligencia y reconocimien-to, recordó en 1990 su llegada a Dachau: "Recuerdo que decía: Joder, hemos venido para parar toda esta mierda y ahora tenemos a alguien haciendo lo mismo. Una vez que ellos se convierten en prisioneros, son prisioneros. Están desarmados, y son prisioneros. No puedes dispararles. No puedes hacer eso. Esto es una atrocidad, estoy seguro".
Mills dijo que él dio una vuelta por el campo ese día, estaba compungido por un sentimiento de lástima no siempre asociado a los duros veteranos como él. "Lo recuerdo todo bastante bien. Llevaba allí demasiado tiempo y tenía que volver a casa ya. Era divertido, pero lo que deseaba era ver a mi madre... no la había visto desde hacía tres años. Eso es lo que venía a la cabeza: quiero ver a mi madre".
Cinco días más tarde, Walsh estaba en una pequeña ciudad a las afueras de Munich frente al Te-niente Coronel Joseph M Whitaker, el inspector general asistente del Séptimo Ejército. Whitaker le espetó: "¿Tenía usted intención de ejecutar a esos SS cuando los puso en el muro?". Walsh replicó: "No, señor".
La investigación
Mientras daba la vuelta al Mundo la noticia de que las tropas estadounidenses habían liberado a 32.000 prisioneros en Dachau, los máximos comandantes del Séptimo Ejército recibían la del fusilamiento de los prisioneros de guerra. Inmediatamente ordenaron una investigación al respecto.
Cuatro días más tarde Whitaker estaba en el campo de concentración, que todavía era más una zona de guerra que una escena de un crimen. Informó que había encontrado los cuerpos de 17 alemanes junto a un muro así como numerosos casquillos de munición norteamericanos. Contó 12 agujeros en el muro, algunos todavía manchados de sangre y trozos de carne.
''Existía el rumor de que íbamos a ir a Leavenworth [prisión militar de E.E.U.U. N.T] para el resto de nuestras vidas" afirmó Lee en una reciente entrevista. Lee recordó que cuando se sentó enfrente de Whitaker se dio cuenta de que su nombre y rango estaban escritos a lápiz en el reverso de una de las fotos de tiroteo. "Alguien me había identificado. Temí por mi vida".
Lee supo al instante cuál era el objeto del interrogatorio de Whitaker: "Quería saber quién había dado la orden disparar". Walsh había contado a Whitaker que había dado la orden de disparar únicamen-te después de que los SS, para los que había ordenado una estrecha vigilancia, comenzaran a avanzar hacia sus hombres. Walsh dijo: "Algunos de los SS situados en el flanco derecho comenzaron a avanzar hacia los guardias. Les ordené que retrocedieran, pero ellos siguieron avanzando. Ordené a mis hombres que emplazasen frente a la carbonería la ametralladora que cubría la carretera para intimidar a los prisioneros y que si no retrocedían los obligaríamos por la fuerza".
Whitaker descartó rápidamente esa versión de los hechos. Concluyó que aquellos 17 SS habían si-do "sumariamente ejecutados" bajo la supervisión de Walsh, y que Bushyhead había participado perso-nalmente en la ejecución. Los servicios jurídicos del Ejército entendieron que lo que había descubierto Whitaker era más que suficiente para acusar de asesinato a Walsh, Bushyhead y Pruitt, que había acabado con cuatro alemanes atrapados dentro de un vagón de tren. También se recomendó una corte marcial aparte para Henry J Wells que alegó que aquel día había matado a varios alemanes después de haber sido captu-rado por un guarda de una torre de vigilancia.
El Teniente General Wade H. Haislip, Comandante del Séptimo Ejército, criticó el proceder de Whitaker porque no había tenido en cuenta "el impacto de ver los horrores de Dachau en unos hombres muy fatigados que llevaban combatiendo 30 días sin interrupción". Sparks dijo que por aquellas fechas él fue convocado en el Cuartel General para detallar las acciones de sus hombres en Dachau, por su parte el control de la 45ª División de Infantería había sido transferido al Tercer Ejército de Patton.
Sparks mencionó en una entrevista del Globe que: ''El General Patton había sido nombrado go-bernador militar del Estado de Bavaria y había situado su cuartel general en Augsburgo". "Entré en su oficina, le saludé y me presenté. Patton me dijo: ¿No sirvió usted conmigo en África y en Sicilia?". "-Tiene usted una memoria condenadamente fina, señor - le contesté". Sparks recordó que cuando comenzó a explicarle lo que había ocurrido en la carbonería, Patton gesticuló y le dijo: "- Todo aquello no era necesario. He investigado esos malditos cargos y son una sarta de estupideces- Le saludé y me marché, y nunca más volví a oír nada al respecto".
Algunos rechazan la versión de Sparks sobre su encuentro con Patton, pero la apoyó el Teniente General Kenneth Wickham, jefe de la plana mayor de la 45ª División de Infantería y que ahora vive en Los Altos, California. En cualquier caso, cuando la investigación de Eisenhower acerca del tratamiento dado a los P.O.W [prisioneros de guerra. N.T] alemanes se completó al final de 1945. El Coronel Charles L. Decker, del servicio jurídico del Ejército, dijo que los oficiales no tenían claras sus convicciones respecto a todo lo sucedido.
"Parecía claro que había habido una violación de las leyes internacionales ya que se había tiroteado a los guardas de las SS sin juicio previo" escribió Decker, a lo que añadió: "Pero a la luz de lo que encon-traron los primeros combatientes que entraron en Dachau, no es creíble que pudiesen actuar de modo justo o equitativo y tampoco pueden atribuirse responsabilidades individuales". O tal y como dijo en el interroga-torio el Teniente Harold T. Moyer, uno de los hombres de Sparks que presenció el fusilamiento: "Creo que todos los hombres que vieron aquellos vagones en la entrada de Dachau tenían, y estaba justificado, ganas de dar muerte a los alemanes responsables de todo aquello".
El final de la guerra y lo que vino después
La guerra terminó, los cargos se sobreseyeron y Lee, Sparks, Walsh, y los hombres que marcha-ron con ellos regresaron a sus hogares con sus familias, recibiendo el agradecimiento y cariño de toda una nación. Fueron a la Universidad, iniciaron nuevas carreras, se casaron y colaboraron en el colosal crecimiento demográfico que llegó a conocerse como Baby Boom. Pero a pesar de todo no pudieron olvidar el horror de Dachau y lo allí ocurrido.
Para Hank Mills, el hombre que se encontró a sí mismo anhelando el cariño de su madre en las horas más oscuras en Dachau, las imágenes de aquel día volverían súbitamente en 1953 tras sufrir un colapso nervioso. ''Yo cableaba tendidos eléctricos. Ese trabajo infernal que tienes cuando estás sufriendo un colapso nervioso" dijo Mills en 1990. "Ahora estoy bien, He estado siempre bien desde hace bastante tiempo".
Jack Bushyhead, un nativo americano, llegó a ser miembro del Consejo Tribal Cherokee de Okla-homa, donde se proporcionaba comida a los pobres y refugio a los más necesitados. Pero a causa del alcohol comenzó a tener visiones, cada vez más frecuentes, de las víctimas del Holocausto en lo que él llamaba "el tren de la muerte". Murió el día de Navidad de 1977. Según su hija, Jaxine Bushyhead Gasper, "Cuando estaba borracho podía ver a aquella gente, "la gente pequeña" como él los llamaba. Bebió hasta la muerte. Creo que la guerra nunca acabó definitivamente para mi padre".
Lee, oriundo de Delaware, concluyó sus estudios en la Universidad de LaSalle y trabajó como ingeniero en el negocio del metal. Ahora tiene 75 años y lucha contra el Parkinson, pero dice que cuando cierra los ojos aún puede ver cosas que desearía no hubiesen sucedido. Desde su casa de Ohio, Lee dijo: "Probablemente habéis visto las fotos. Pero nunca habéis caminado por algo parecido a aquello. Cuando ves la muerte viviente, te golpea los ojos. Te hace perder el equilibrio. Es parte de la guerra, pero nadie está preparado para ello".
Sparks trabajó como procurador de distrito en Colorado después de la guerra, luego ingresó en la Corte Suprema tras lo cual llegó a ser un lobby del Estado. Cuando se retiró hace 20 años, Sparks puso un anuncio en un magazine para veteranos (VFW) buscando a miembros de su antigua unidad. Ya era hora de reunirse, decidió Sparks, que ahora tiene 83 años y padece del corazón. El antiguo comandante del batallón encontró a 1.500 de sus antiguos camaradas, y muy pronto cientos de esos viejos soldados comenzaron a rememorar cada año antiguas historias en banquetes desde Boston a Chicago, pasando por Denver.
En una de esas reuniones, Walsh se sentó frente a las cámaras de video y expresó las emociones que le provocaban sus recuerdos del campo de la muerte. "Estoy conmocionado en este mismo instante. No sé si podré hablar sobre ello. He intentado olvidarlo todo durante años". Cuando Walsh regresó al hogar al finalizar la guerra, trabajó para la Commonwealth de Massachusetts como ingeniero y contribuyó a construir una nueva autopista denominada Ruta 128. Cuando en el año 1993 se inauguró el Museo del Holo-causto, Walsh fue invitado como un honor especial.
Un año más tarde, en el 50ú Aniversario del Día-D, fue invitado a las ceremonias del Capitolio. Sus piernas temblaron a causa de la edad por lo que dos hombres permanecieron a su vera para prestarle apoyo. Uno era el senador Bob Dole de Kansas, el veterano de la Segunda Guerra Mundial que suspiró por la presidencia en 1996. Cuando murió en julio de 1998 a la edad de 78 años, Walsh fue recordado como un hombre educado y respetuoso, amante de los niños y del golf.
En un reciente documental, Walsh, con su pelo blanco, parecía un hombre que hubiera hecho las paces consigo mismo hace ya tiempo. "Pregunté a algunos si pensaban que algunos de los SS que murieron en aquel campo no lo hicieron en un combate realmente legítimo, si quieres emplear ese término" dijo Walsh. "Algunos de esos chicos de las SS habían muerto en la defensa de aquel campo. Y cuando algún maldito día, me vaya al Infierno con el resto de los SS, les preguntaré cómo demonios pudieron hacer aquello y qué hacían allí. Si es que ellos lo saben".
"No creo que hubiera ningún SS de los que fueron tiroteados o muertos en la defensa de Dachau que no se imaginara o figurara por qué querían matarlos a toda costa los norteamericanos. Creo que todos sabían condenadamente bien por qué algunos de ellos fueron asesinados en el campo. Lo sabían condena-damente bien. Y algún día, como dije, cuando me vaya al Infierno, lo comprobaré y sabré si realmente lo entendieron. Pero me confieso feliz al estar seguro de que todos aquellos que cayeron defendiendo Dachau sabían por qué morían".
Todo sucedió un frío amanecer de primavera de hace mucho tiempo, un día antes de que Hitler se suicidase y una semana antes de que el pueblo norteamericano bailara en las calles celebrando la dulce victoria en Europa.
Pero en ese soleado domingo, mientras los Ejércitos Aliados avanzaban hacia Munich escribiendo una página de la Historia, Felix Sparks, William Walsh, y John Lee todavía combatían como soldados, intentando mantenerse vivos hasta el final de la sangrienta contienda. Era una dura misión, ya que aún había muchos alemanes desesperados, dispuestos a seguir luchando a pesar de su derrota y desgracia. Estos soldados norteamericanos formaban parte de los efectivos que fueron desviados en una intersección hacia la ciudad bávara de Dachau, ignorando que allí encontrarían uno de los campos de concentración y exterminio nazis más horribles de toda Europa.
Todavía no eran conscientes de que pronto se verían inmersos en el centro de una investigación del Ejército norteamericano acerca de la supuesta masacre de soldados alemanes a manos de G.Is [Ground Infantry, soldado de infantería. N.T], un asunto que preocupaba en extremo al General Dwight D. Ei-senhower, que pensaba un caso así podía erosionar la autoridad moral de los E.E.U.U a la hora de juzgar a los nazis en Núremberg.
Al principio, simplemente vieron un tren:
''La primera maldita cosa que vimos fueron unos 20 o 30 vagones de tren", dijo Walsh, un oriundo de Newton, con su típico acento de Boston. "Unos estaban abiertos por arriba y otros no. Y allí estaban todas aquellas malditas cosas. Parecían figuras humanas o algo así, bien, probablemente estarían durmiendo, o tal vez sólo hambrientos".
"Pero al instante te dabas cuenta de lo que pasaba en realidad: ! estaban todos muertos ¡ ¿Qué de-monios pasaba aquí? Nunca habíamos visto nada parecido".
El espantoso léxico empleado resulta ahora familiar: "Campos de concentración", "la Solución Fi-nal", "Seis millones de judíos exterminados por un megalómano en una satánica misión", "El Holocausto"... pero para los curtidos hombres de la 45ª División de Infantería de E.E.U.U que el 29 de abril de 1945 recibieron la orden de tomar Dachau, y que poco o nada sabían acerca de los campos de exterminio o concentración alemanes, resultó un auténtico mazazo. Tan sólo supieron lo que pudieron ver, u oler.
El hallazgo de 2.310 cuerpos en descomposición en aquel tren, el cortante silencio reinante, inte-rrumpido tan sólo por algunos disparos aislados, y el hedor a muerte que impregnaba el aire, encendieron ese día la ira de los soldados norteamericanos.
La consigna corrió rápidamente por Dachau: "Aquí no vamos a hacer prisioneros". Se colocó una ametralladora frente a un muro de estuco, donde se alineó a los acólitos de Hitler capturados. La ametralladora abrió fuego y los alemanes cayeron. Oficialmente 17 fueron abatidos, pero ese día, al menos otros 11 alemanes, que se habían rendido, fueron tiroteados en otros dos lugares del campo; todo según los recuerdos de los entrevistados. Según algunas notas escritas a píe de página en documentos olvidados a lo largo de los años, los investigadores del Ejército concluyeron que algunos de los soldados norteamericanos que captura-ron a los SS de Dachau no eran héroes sino asesinos; la cara más fea y débil de la Más Grande Generación de E.E.U.U.
"Ciertamente, este suceso es el ejemplo más notorio de mala conducta dentro de las Fuerzas Arma-das de E.E.U.U durante la Segunda Guerra Mundial", afirmaría Douglas Brinkley, director del Centro de Estudios Americanos Eisenhower de la Universidad de Nueva Orleans. "Es un borrón dentro del supre-mo esfuerzo por combatir el fascismo. Un claro ejemplo de lo que cualquier oficial no quiere que ocurra nunca... Creo que el sentimiento general acerca del asunto era: - ! Oh, vamos ¡ ! Mirad cómo eran los nazis de horribles ¡ Yo hubiera hecho lo mismo. -. Pero nuestra obligación era sancionar a estos soldados que se tomaron la justicia por su mano; porque desde luego, no eran mucho mejores chicos que los alemanes que acababan de fusilar".
Este sentimiento fue compartido por algunos de los soldados que presenciaron los fusilamientos. Cuando el enemigo se ha rendido, tiene las manos en alto y te dice "no dispares", tú no puedes hacerlo. Si lo haces, cruzas la línea que separa al soldado del criminal. "Ése no es el modo americano de combatir", testi-ficó el Subteniente Daniel F. Drain, a quien se le ordenó colocar la ametralladora en aquella frío día de abril. Pero algunos hombres tales como el General George S. Patton no creyeron la historia de que soldados americanos hubieran matado a sangre fría al enemigo. Patton declaró que los cargos de asesinato debían sobreseerse y toda la investigación debía ir a la basura. Los hombres debían volver a sus hogares y reinte-grarse en sus vidas.
Sin embargo una copia de la investigación sobrevivió, dentro de una carpeta gris de cartón en los Archivos Nacionales, a las afueras de Washington D.C, sin que nadie reparara en ella durante cerca de 50 años. La investigación fue desclasificada en 1987, aunque antes ya lo habían sido cerca de 3 millones de páginas gracias al Acta de Revelación de Crímenes de Guerra Nazis. Según el historiador los Archivos Nacionales, Greg Basher, parte del mejor material se desclasificó hace ya tiempo pero nadie lo examinó nunca. Tal y como él mismo afirmó: "Si algo ha estado aquí durante 50 años y nadie lo ha examinado, básicamente es algo nuevo".
El reportaje de la investigación sobre Dachau relata una historia que ha pasado desapercibida para la mayor parte de los periódicos y magazines de Norteamérica; incluso cuando en 1995 el US News y el World Report celebraron el 50ú Aniversario de la Liberación de Dachau. Dentro de esos archivos hay un doloroso testimonio de soldados - algunos de ellos verdaderos adolescentes por aquel entonces, que nunca olvidaron el momento en que tuvieron que enfrentarse a la diabólica línea que divide el Bien del Mal.
Dirigirse hacia Dachau fue una orden no muy bien recibida por los endurecidos hombres de la 45ú División de Infantería, "Thunderbird" (Pájaro de trueno), algunos de los combatientes más veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Llegado el mes de abril de 1945, la división llevaba más de 500 días en combate, sufriendo el terror a la muerte constantemente y soportando bajas monumentales; viendo además cosas que, afortunadamente, pocos hombres han visto, haciendo cosas que pocos hombres han de hacer - como ayudar a rescatar el Mundo de la tiranía.
Estos hombres habían visto a los sepultureros locales cavar tumbas para sus camaradas en el Norte de África. Habían invadido Sicilia y asegurado las estratégicas cabezas de playa de Salerno y Anzio. Habían combatido en las heladas montañas de Italia y ayudado a liberar Roma. Tras desembarcar en el sur de la Francia ocupada por los alemanes, habían cruzado la Línea Sigfrido, las fortificaciones que separaban el suelo galo de Alemania.
"Has de entender que te vuelves inhumano, que pierdes tus sentimientos" dice Edwin Gorak (ahora con 80 años de edad) de Elmwood Park, quien entró en Dachau tras ser liberado el campo y tomó fotografías de todo lo que allí vio.
Felix L. Sparks, de 27 años, estaba al mando de uno de los batallones encargados de la libera-ción. El Teniente Coronel, nativo de Texas, se dirigía hacia Munich, un codiciado objetivo militar, cuando le fue ordenado que tomara Dachau inmediatamente. Sparks y sus hombres no tenían la menor idea de lo que era Dachau. Ignoraban que la antigua fábrica de municiones, situada a unos 16 kilómetros al norte de Munich, había sido transformada en 1933 en un campo de la muerte. En el exterior de la alambrada elec-trificada se entrenaban las tropas de élite de las SS; en el interior, los nazis torturaban, tiroteaban, mataban de hambre, o hacían trabajar hasta la muerte a los prisioneros. Más de 30.000.
Pero para los hombre que avanzaron hacia el campo aquella día de primavera, como el Teniente 1ú William. P Walsh, de Massachusetts, Dachau tan sólo era un diminuto punto en un arrugado mapa de campaña.
"Sparks vino hacia mí y me dijo: Walsh coge la compañía y ve hacia esas vías de tren". En 1990 Walsh intervino brevemente en un documental de James Kent Strong, un realizador de California, en él diría: ''Había unas vías de tren que iban en dirección al campo, pero desde el pueblo no podías verlo... Y dijo: No dejes escapar a nadie".
''Él me dijo: Es un campo de concentración. Yo no tenía ni idea de lo que era eso. Había visto un prisionero de guerra en Nueva York...donde había internados alemanes. Los había visto jugando al fútbol y a otros juegos. Eso pensaba yo que era un campo de prisioneros".
Lo que encontraron Walsh y sus hombres los dejó paralizados: 39 vagones de tren con los maltrechos cuerpos de cientos y cientos de hombres, mujeres y niños, muchos aún vestidos con sus uniformes de presos. Ojos abiertos, la boca abierta. Esqueletos con piel.
Y durante unos terribles e impactantes instantes el Mundo se vino abajo para los atónitos soldados norteamericanos.
''El efecto de lo que vimos liberó dentro de nosotros un caudal inesperado de emociones primitivas", reveló Sparks en una reciente entrevista telefónica. "Algunos hombres gritaron, otros blasfemaron, algunos otros permanecieron en silencio. Walsh, con sus ojos húmedos de lágrimas, el corazón repleto de ira, no podía comprender tanta inhumanidad. "Seré honesto contigo. Me derrumbé por completo." manifestó en el film. "Comencé a llorar, todo se me vino encima de golpe".
Dos semanas después de la liberación de Dachau, en un testimonio previo a la investigación del Ejército, los hombres de Sparks recordaron su particular venganza tal y como sigue:
El Soldado Fred. E Randolph dijo que cuando cuatro alemanes, con las manos en alto, se rindieron a Walsh; éste no les hizo caso. "El Teniente Walsh estaba colérico y trastornado, los introdujo dentro de uno de los vagones y pidió una ametralladora", por su parte Randolph dijo a un inspector general del Ejército el 17 de mayo de 1945 que "El Teniente se volvió loco, los metió dentro de un vagón de tren y les disparó con su pistola. En ese mismo momento, tan pronto vimos los cuerpos en el tren, supimos que no se tomarían prisioneros".
El Soldado Albert C. Pruitt estaba con Walsh cuando los cuatro alemanes fueron abatidos. "El Teniente Walsh les disparó, quedaron malheridos y agonizantes. Supuse que no debía dejarles sufrir más así que terminé el trabajo", testificó Pruitt. "Estaban totalmente agujerados y se quejaban. Y a mí nunca me ha gustado ver a nadie sufrir".
Sparks, Walsh y el resto de los hombres avanzaron cautelosamente a través de las instalaciones de los SS a las afueras del campo de concentración, mientras que los famélicos prisioneros se arremolinaban en la alambrada, ahora sin electricidad, con ojos incrédulos. Finalmente sus libertadores habían llegado.
Pero lo primero que tenían que hacer era solventar el problema de los recién capturados alemanes. Los soldados alemanes regulares (de la Wehrmatch) se separaron de las tropas de asalto de élite de las SS. Los libertadores condujeron a los SS hacia una caldera de carbón, protegida por tres paredes de hor-migón. Allí colocaron una ametralladora.
El Teniente 1ú Jack Bushyhead, quien sirvió como asistente de Walsh, testificaría más tarde los siguiente:
"Creo que no se dieron órdenes concretas al respecto, pero desde luego era el sentimiento general de todos los que habíamos visto aquellos cuerpos. Alguno de nuestros camaradas, aún bajo shock, dijo que no había que hacer prisioneros".
Un asunto de interés general
Al mismo tiempo que los prisioneros SS clavaban aún desafiantes sus miradas en las armas de los norteamericanos en Dachau, el General Eisenhower, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa, estaba especialmente preocupado por el trato que se daba a los prisioneros de guerra germanos. Justo un mes antes, habían pasado por su despacho dos informes casi simultáneos de muertes evitables de P.O.W. (Prisioner Of War).
A finales de marzo de 1945, mientras los norteamericanos transportaban en tren a cientos de pri-sioneros alemanes hacia dos campos de detención franceses, perecieron 127 prisioneros - encerrados en vagones de tren casi herméticos. Dos días más tarde Eisenhower expresó rabia y desolación en un mensaje enviado al General George C. Marshall, Jefe de la Plana Mayor del Ejército:
"Aún no sé la causa de las muertes de los prisioneros alemanes, de las que he sido recientemente informado, ni tampoco quién o quienes son los responsables".
Eisenhower escribió lo siguiente en una memoria que se guarda en los Archivos Nacionales: "Es irritante que ocurran estas cosas porque detesto especialmente tener que disculparme ante los alemanes. Es como si ahora no hubiera otro tema del que hablar".
Las autoridades militares norteamericanas llegaron a la conclusión de que los guardias del tren fallaron al no tener en cuenta la inusualmente calurosa temperatura de aquél día. Los investigadores que inspeccionaron los vagones hallaron evidencias de los frenéticos esfuerzos de los alemanes por sobrevivir; el interior de los vagones estaba completamente arañado con marcas de uñas y dientes.
El Teniente Coronel Marvin C. Hillsman, el inspector general que investigó uno de los casos, mencionó en su informe que: "Los prisioneros llamaron la atención de los guardas estadounidenese con gritos del tipo ! Kamerad kaput¡, golpes en las puertas de los vagones, y súplicas pidiendo "aire" y "agua" en inglés". "Los guardias...ignoraron esas súplicas y en una ocasión hicieron varios disparos cerca de los dos vagones para calmar a los prisioneros. Durante toda la jornada no se abrió ninguna de las puer-tas de los vagones".
Los eruditos en Historia Militar coinciden en que la preocupación de Eisenhower por el tratamiento dado a los prisioneros alemanes respondía a razones de relaciones públicas y altruismo. El famoso oficial insistió en que la actuación de sus tropas podría recordar a los asesinatos en masa que los alemanes llevaron a cabo en los campos de concentración.
''Él no quería que se pudiera decir que los norteamericanos habían cometido atrocidades similares a las de las fuerzas del Tercer Reich", afirmó Brinkley, director del Centro Eisenhower en Nueva Orleáns. "Eisenhower era muy consciente de la vigencia de la Convención de Ginebra. Creía que cuando uno combate según las leyes internacionales, romperlas es muy sencillo basta con dejarse llevar por los sentimientos personales. En ese caso uno deja de ser un soldado y se convierte en un asesino. Un verdadero soldado sabe perfectamente cuál es su trabajo. Y desde luego su trabajo no es matar los alemanes por capricho".
Por lo tanto, en julio de 1945 Eisenhower ordenó un investigación completa de cuantos prisioneros enemigos habían sido asesinados o maltratados por las fuerzas norteamericanas, considerando inaceptable la típica excusa: "Yo sólo cumplía órdenes". En esa orden Eisenhower escribió: "Si perdonamos y no casti-gamos conductas criminales de nuestras tropas, y con ello las aceptamos como normales, se resentirá la altura moral del pueblo Norteamericano y se degradará nuestra reputación".
Los historiadores militares Gunter Bischof y Stephen Ambrose han estimado que el 99% de los prisioneros militares norteamericanos y alemanes regresaron sanos y salvos a sus hogares al finalizar la guerra. Pero ello no significa que ambos bandos sean inocentes de haber cometido atrocidades. Por ejemplo, en diciembre de 1944 cerca de 100 soldados estadounidenses - cogidos por sorpresa tras un rápido avance alemán - fueron capturados durante la Batalla de las Ardenas. Llevados en grupo hacia un campo de una granja de la ciudad belga de Malmedy, lugar donde fueron acribillados por el fuego de ametralladora.
El suceso de la "Masacre de Malmedy" corrió rápidamente por todo el Teatro de Operaciones euro-peo impactando a las tropas aliadas y, en opinión de los eruditos militares, no cabe duda de que los solda-dos que eliminaron a los SS en Dachau cuatro meses después no fueron una excepción. En cualquier caso, cuando la investigación ordenada por Eisenhower se archivó en el último día de 1945, el caso del asfixia-miento de los prisioneros en los vagones de tren y el de los fusilamientos en Dachau fueron claramente censurados.
En el informe, compilado en un viejo manual, ambos incidentes se archivaron aparte en una in-confundible tinta roja.
Enfado e incredulidad
El Soldado de 1ª Clase, John P. Lee, de 19 años de edad, estuvo en la carbonería vigilando a en-tre 50 y 125 prisioneros SS. Sus emociones eran, al mismo tiempo, de rabia e incredulidad. En una entrevista telefónica dijo: ''Todos estábamos realmente coléricos", "! Demonios ¡ fue un shock entrar en algo como aquello. Todos esos cuerpos humanos que parecían esqueletos con piel, con los ojos entreabiertos. Era como si nos dijeran: ¿Por qué tardasteis tanto? ".
"Los hombres comenzaron a ponerse furiosos. La adrenalina realmente flotaba en el ambiente. Muchos estaban diciendo frases del tipo: "Vamos a matar a esos hijos de puta" o "No los vamos a dejar con vida".
Mientras Lee vigilaba a los alemanes, el Soldado de 1ª Clase William L. Competielle, el sanita-rio de la compañía, estaba muy ocupado en las afueras de la carbonería atendiendo a una mujer y a sus dos hijos pequeños que se había desmayado en el hospital del campo de concentración. Competielle testificó: "Yo estaba allí cuando los llevaron (a los alemanes) tras el muro, pero no tuve el valor de ver lo que iba a ocurrir. Había mucha excitación y todo el mundo disparaba por lo que no podría decir quién dio la orden (de separar a los SS). Yo todo lo que sé es que ellos separaron a las tropas SS del resto de prisioneros".
Pero Competielle supo cuáles eran las "intenciones" de sus compañeros, y así lo reconoció: "Por el campo se corrió la voz de que iban a disparar a todos los SS", "Me imaginé por qué se los llevaban tras el muro. Entonces oí a alguien preguntar: ¿dónde hay una ametralladora?".
En aquel momento Sparks, el comandante del batallón, dijo que consideraba que los prisioneros germanos estaban seguros bajo custodia. "En realidad nada funcionaba en ese momento. Parecía como si todo estuviese bajo control, y entonces escuché disparos en las cercanías del campo de concentración". El fuego de armas portátiles en las cercanías, último acto de resistencia de guardas alemanes sin capturar que se habían retirado rápidamente, distrajo a Sparks, que se marchó de la carbonería para investigar qué pasaba.
Pero los hombres de Sparks se quedaron. Lee permaneció montando guardia con su fusil. El Sub-teniente Drain ordenó colocar su ametralladora. Entonces se giró y se marchó. Según el testimonio de la investigación el Cabo Martín J. Sedler estaba cerca de la ametralladora, y el Soldado William C. Curtin ajustó el punto de mira del arma para hacer blanco sobre los alemanes. El Teniente Walsh estaba al man-do.
Curtin testificó respecto al proceder de Walsh: "Dijo que iba a disparar la ametralladora, alineó a sus hombres y llamó a unos cuantos ametralladores Tommy [Tommy gunners en el original, creo que se refiere a soldados armados con subfusiles Thompson. N.T]". Curtin dijo que introdujo la cinta de munición en la ametralladora y que en ese momento los prisioneros, conscientes de las intenciones de sus captores, comenzaron a avanzar hacia ellos. Según Curtin "Walsh sacó su pistola y dijo: a por ellos", luego disparó 30 o 50 proyectiles en tres largas ráfagas. Lee dijo que disparó antes que su arma se encasquillara. Lee testificó: "Alguien gritó - ! Fuego ¡ - y tres fusiles y una ametralladora abrieron fuego. Yo disparé mi B.A.R [Browning Automatic Rifle, fusil ametrallador automático Browning con cargador de petaca de 20 proyectiles. N.T].
El Teniente Coronel Felix Sparks disparó al aire su pistola para detener el fusilamiento; por ello Bushyhead, oficial ejecutivo de Walsh, testificó que creía que Sparks también había participado en el tiroteo. Karl O. Mann, intérprete de Walsh, que presenció cómo eran fusilados los alemanes. "Probablemente todo no duró más de 10 segundos pero a mi me pareció mucho más tiempo" afirmó en una entrevista. "Ellos disparaban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. No fue durante mucho tiempo, pero sí el suficiente como para infligir un gran daño".
Sparks, alarmado por el repentino tableteo de la ametralladora, volvió rápidamente a la carbone-ría disparando su pistola, haciendo furiosamente señales a sus hombres con su mano izquierda para que dejaran de disparar. En la entrevista Sparks dijo que "En la ametralladora estaba un joven soldado, le di una patada y lo aparté. Entonces lo cogí por el cuello - era un tipo bajo - y estaba llorando. Dijo: Intentaban huir, intentaban huir todos. Y entonces todo se calmó de pronto".
Los alemanes yacían a los píes del muro. Al principio parecía que todos habían sucumbido al fuego de la ametralladora. No obstante, cuando los norteamericanos gritaron que se levantaran los supervi-vientes, muchos lo hicieron. El Soldado Frank Eggert testificó: "Cuando yo llegué allí diría que había unos 75 o más tendidos en el suelo. Parecía que estaban realmente malheridos. Entonces alguien dio la orden de que se levantaran y la mayoría de ellos lo hicieron. No entiendo cómo era posible después de que se hubieran disparado contra ellos tantas balas".
El inspector general informó que encontró 17 cadáveres en el muro. Y al igual que ocurriera con el descubrimiento de los cadáveres en los vagones, este suceso disgustó a muchos G.I. El Subteniente Donald E. Strickland testificó que Drain había dicho que: "Era una de las peores cosas que había hecho en el Ejército. Estaba preocupado porque la ametralladora que se había empleado contra los alemanes era la suya".
El Cabo Henry Mills, un joven de 22 años integrante del pelotón de inteligencia y reconocimien-to, recordó en 1990 su llegada a Dachau: "Recuerdo que decía: Joder, hemos venido para parar toda esta mierda y ahora tenemos a alguien haciendo lo mismo. Una vez que ellos se convierten en prisioneros, son prisioneros. Están desarmados, y son prisioneros. No puedes dispararles. No puedes hacer eso. Esto es una atrocidad, estoy seguro".
Mills dijo que él dio una vuelta por el campo ese día, estaba compungido por un sentimiento de lástima no siempre asociado a los duros veteranos como él. "Lo recuerdo todo bastante bien. Llevaba allí demasiado tiempo y tenía que volver a casa ya. Era divertido, pero lo que deseaba era ver a mi madre... no la había visto desde hacía tres años. Eso es lo que venía a la cabeza: quiero ver a mi madre".
Cinco días más tarde, Walsh estaba en una pequeña ciudad a las afueras de Munich frente al Te-niente Coronel Joseph M Whitaker, el inspector general asistente del Séptimo Ejército. Whitaker le espetó: "¿Tenía usted intención de ejecutar a esos SS cuando los puso en el muro?". Walsh replicó: "No, señor".
La investigación
Mientras daba la vuelta al Mundo la noticia de que las tropas estadounidenses habían liberado a 32.000 prisioneros en Dachau, los máximos comandantes del Séptimo Ejército recibían la del fusilamiento de los prisioneros de guerra. Inmediatamente ordenaron una investigación al respecto.
Cuatro días más tarde Whitaker estaba en el campo de concentración, que todavía era más una zona de guerra que una escena de un crimen. Informó que había encontrado los cuerpos de 17 alemanes junto a un muro así como numerosos casquillos de munición norteamericanos. Contó 12 agujeros en el muro, algunos todavía manchados de sangre y trozos de carne.
''Existía el rumor de que íbamos a ir a Leavenworth [prisión militar de E.E.U.U. N.T] para el resto de nuestras vidas" afirmó Lee en una reciente entrevista. Lee recordó que cuando se sentó enfrente de Whitaker se dio cuenta de que su nombre y rango estaban escritos a lápiz en el reverso de una de las fotos de tiroteo. "Alguien me había identificado. Temí por mi vida".
Lee supo al instante cuál era el objeto del interrogatorio de Whitaker: "Quería saber quién había dado la orden disparar". Walsh había contado a Whitaker que había dado la orden de disparar únicamen-te después de que los SS, para los que había ordenado una estrecha vigilancia, comenzaran a avanzar hacia sus hombres. Walsh dijo: "Algunos de los SS situados en el flanco derecho comenzaron a avanzar hacia los guardias. Les ordené que retrocedieran, pero ellos siguieron avanzando. Ordené a mis hombres que emplazasen frente a la carbonería la ametralladora que cubría la carretera para intimidar a los prisioneros y que si no retrocedían los obligaríamos por la fuerza".
Whitaker descartó rápidamente esa versión de los hechos. Concluyó que aquellos 17 SS habían si-do "sumariamente ejecutados" bajo la supervisión de Walsh, y que Bushyhead había participado perso-nalmente en la ejecución. Los servicios jurídicos del Ejército entendieron que lo que había descubierto Whitaker era más que suficiente para acusar de asesinato a Walsh, Bushyhead y Pruitt, que había acabado con cuatro alemanes atrapados dentro de un vagón de tren. También se recomendó una corte marcial aparte para Henry J Wells que alegó que aquel día había matado a varios alemanes después de haber sido captu-rado por un guarda de una torre de vigilancia.
El Teniente General Wade H. Haislip, Comandante del Séptimo Ejército, criticó el proceder de Whitaker porque no había tenido en cuenta "el impacto de ver los horrores de Dachau en unos hombres muy fatigados que llevaban combatiendo 30 días sin interrupción". Sparks dijo que por aquellas fechas él fue convocado en el Cuartel General para detallar las acciones de sus hombres en Dachau, por su parte el control de la 45ª División de Infantería había sido transferido al Tercer Ejército de Patton.
Sparks mencionó en una entrevista del Globe que: ''El General Patton había sido nombrado go-bernador militar del Estado de Bavaria y había situado su cuartel general en Augsburgo". "Entré en su oficina, le saludé y me presenté. Patton me dijo: ¿No sirvió usted conmigo en África y en Sicilia?". "-Tiene usted una memoria condenadamente fina, señor - le contesté". Sparks recordó que cuando comenzó a explicarle lo que había ocurrido en la carbonería, Patton gesticuló y le dijo: "- Todo aquello no era necesario. He investigado esos malditos cargos y son una sarta de estupideces- Le saludé y me marché, y nunca más volví a oír nada al respecto".
Algunos rechazan la versión de Sparks sobre su encuentro con Patton, pero la apoyó el Teniente General Kenneth Wickham, jefe de la plana mayor de la 45ª División de Infantería y que ahora vive en Los Altos, California. En cualquier caso, cuando la investigación de Eisenhower acerca del tratamiento dado a los P.O.W [prisioneros de guerra. N.T] alemanes se completó al final de 1945. El Coronel Charles L. Decker, del servicio jurídico del Ejército, dijo que los oficiales no tenían claras sus convicciones respecto a todo lo sucedido.
"Parecía claro que había habido una violación de las leyes internacionales ya que se había tiroteado a los guardas de las SS sin juicio previo" escribió Decker, a lo que añadió: "Pero a la luz de lo que encon-traron los primeros combatientes que entraron en Dachau, no es creíble que pudiesen actuar de modo justo o equitativo y tampoco pueden atribuirse responsabilidades individuales". O tal y como dijo en el interroga-torio el Teniente Harold T. Moyer, uno de los hombres de Sparks que presenció el fusilamiento: "Creo que todos los hombres que vieron aquellos vagones en la entrada de Dachau tenían, y estaba justificado, ganas de dar muerte a los alemanes responsables de todo aquello".
El final de la guerra y lo que vino después
La guerra terminó, los cargos se sobreseyeron y Lee, Sparks, Walsh, y los hombres que marcha-ron con ellos regresaron a sus hogares con sus familias, recibiendo el agradecimiento y cariño de toda una nación. Fueron a la Universidad, iniciaron nuevas carreras, se casaron y colaboraron en el colosal crecimiento demográfico que llegó a conocerse como Baby Boom. Pero a pesar de todo no pudieron olvidar el horror de Dachau y lo allí ocurrido.
Para Hank Mills, el hombre que se encontró a sí mismo anhelando el cariño de su madre en las horas más oscuras en Dachau, las imágenes de aquel día volverían súbitamente en 1953 tras sufrir un colapso nervioso. ''Yo cableaba tendidos eléctricos. Ese trabajo infernal que tienes cuando estás sufriendo un colapso nervioso" dijo Mills en 1990. "Ahora estoy bien, He estado siempre bien desde hace bastante tiempo".
Jack Bushyhead, un nativo americano, llegó a ser miembro del Consejo Tribal Cherokee de Okla-homa, donde se proporcionaba comida a los pobres y refugio a los más necesitados. Pero a causa del alcohol comenzó a tener visiones, cada vez más frecuentes, de las víctimas del Holocausto en lo que él llamaba "el tren de la muerte". Murió el día de Navidad de 1977. Según su hija, Jaxine Bushyhead Gasper, "Cuando estaba borracho podía ver a aquella gente, "la gente pequeña" como él los llamaba. Bebió hasta la muerte. Creo que la guerra nunca acabó definitivamente para mi padre".
Lee, oriundo de Delaware, concluyó sus estudios en la Universidad de LaSalle y trabajó como ingeniero en el negocio del metal. Ahora tiene 75 años y lucha contra el Parkinson, pero dice que cuando cierra los ojos aún puede ver cosas que desearía no hubiesen sucedido. Desde su casa de Ohio, Lee dijo: "Probablemente habéis visto las fotos. Pero nunca habéis caminado por algo parecido a aquello. Cuando ves la muerte viviente, te golpea los ojos. Te hace perder el equilibrio. Es parte de la guerra, pero nadie está preparado para ello".
Sparks trabajó como procurador de distrito en Colorado después de la guerra, luego ingresó en la Corte Suprema tras lo cual llegó a ser un lobby del Estado. Cuando se retiró hace 20 años, Sparks puso un anuncio en un magazine para veteranos (VFW) buscando a miembros de su antigua unidad. Ya era hora de reunirse, decidió Sparks, que ahora tiene 83 años y padece del corazón. El antiguo comandante del batallón encontró a 1.500 de sus antiguos camaradas, y muy pronto cientos de esos viejos soldados comenzaron a rememorar cada año antiguas historias en banquetes desde Boston a Chicago, pasando por Denver.
En una de esas reuniones, Walsh se sentó frente a las cámaras de video y expresó las emociones que le provocaban sus recuerdos del campo de la muerte. "Estoy conmocionado en este mismo instante. No sé si podré hablar sobre ello. He intentado olvidarlo todo durante años". Cuando Walsh regresó al hogar al finalizar la guerra, trabajó para la Commonwealth de Massachusetts como ingeniero y contribuyó a construir una nueva autopista denominada Ruta 128. Cuando en el año 1993 se inauguró el Museo del Holo-causto, Walsh fue invitado como un honor especial.
Un año más tarde, en el 50ú Aniversario del Día-D, fue invitado a las ceremonias del Capitolio. Sus piernas temblaron a causa de la edad por lo que dos hombres permanecieron a su vera para prestarle apoyo. Uno era el senador Bob Dole de Kansas, el veterano de la Segunda Guerra Mundial que suspiró por la presidencia en 1996. Cuando murió en julio de 1998 a la edad de 78 años, Walsh fue recordado como un hombre educado y respetuoso, amante de los niños y del golf.
En un reciente documental, Walsh, con su pelo blanco, parecía un hombre que hubiera hecho las paces consigo mismo hace ya tiempo. "Pregunté a algunos si pensaban que algunos de los SS que murieron en aquel campo no lo hicieron en un combate realmente legítimo, si quieres emplear ese término" dijo Walsh. "Algunos de esos chicos de las SS habían muerto en la defensa de aquel campo. Y cuando algún maldito día, me vaya al Infierno con el resto de los SS, les preguntaré cómo demonios pudieron hacer aquello y qué hacían allí. Si es que ellos lo saben".
"No creo que hubiera ningún SS de los que fueron tiroteados o muertos en la defensa de Dachau que no se imaginara o figurara por qué querían matarlos a toda costa los norteamericanos. Creo que todos sabían condenadamente bien por qué algunos de ellos fueron asesinados en el campo. Lo sabían condena-damente bien. Y algún día, como dije, cuando me vaya al Infierno, lo comprobaré y sabré si realmente lo entendieron. Pero me confieso feliz al estar seguro de que todos aquellos que cayeron defendiendo Dachau sabían por qué morían".