Publicado: Jue Sep 19, 2024 4:19 pm
La batalla comenzó, de hecho, el 24 de octubre, cuando 80 aviones japoneses atacaron a los barcos de desembarco enemigos, seguidos por 38 esa tarde y otros 29 al anochecer. Al pasar los día, la efectividad de las unidades equipadas con los Hayates decayó rápidamente. Las condiciones de mantenimiento óptimo recibido en Japón no podían ser replicadas en las Filipinas y problemas mecánicos imprevistos comenzaron a aparecer en gran cantidad. Los motores Ha.45/11 y Ha.45/12 de los Ki-84-Ia demostraron no ser muy fiables en condiciones e combate. Los accidentes se sucedieron, en parte por los problemas causadas por las corrientes generadas por las hélices, que no sentaron bien a los flaps una vez bajados, y a la debilidad del tren de aterrizaje, cuya calidad metalúrgica decayó al incrementarse la producción. Los repuestos no eran mucho mejores. De un vuelo de 80 Hayates que partieron de Japón el 4 de noviembre, sólo 14 llegaron al golfo de Lingayen. A eso se sumaban problemas con el motor, con el sistema hidráulico o el de combustible.
Los aviones de reemplazo que llegaban de Japón eran más lentos que los anteriores modelos. De los 600 km/h que alcanzaba el Hayate al comienzo, para finales de 1944 el Ki-84-Ia sólo alcanzaba los 400 km/h. La trepada también sufrió, así como el techo de servicio. Pese a estos problemas, en manos de un piloto experimentado, el Hayate era un gran enemigo. Se portaba bien en el aire y, una vez el piloto se hacía con las idiosincrasias del aparato, su esperanza de supervivencia y éxito en el combate se igualaban a los del enemigo. Frente a este aparato, los norteamericanos reconocieron la necesidad de tener cazas basados en tierra para proteger las playas de desembarco. El 27 de octubre, apenas se tomó el aeródromo de Tacloban, la 5a Fuerza Aérea de la USAAF empezó a enviar allí a su P-38 Lightning, de los que 33 volaron el primer día y 60 para finales de mes. Pronto lograron la superioridad aérea.
Los agresivos ataques de los cazabombarderos en picado Hayate apenas dañaron a las fuerzas de invasión. Perdiendo terreno día a día, el 4º Ejército del Aire pidió refuerzos, por lo que se enviaron once nuevos regimientos de caza y de bombarderos. Equipados con Hayates, los Regimientos 29º y 246º llegaron a mediados de noviembre, seguidos por el rápidamente formado 71º Regimiento a finales de mes, más los Regimientos 72º y 73º a comienzos de diciembre. Con la fuerza de la aviación estadounidense en aumento, los Hayate fueron masacrados. En pocas semanas el Regimiento 73º fue aniquilado, siendo disuelto en los archivos de Tokio en mayo. Las bajas de la fuerza aérea del ejército japonés en Filipinas dan buena cuenta del desastre, siendo del 52% en octubre y de 79% a la tercera semana de noviembre. La mayoría de estas bajas eran en tierra. En un intento de cambiar las tronas, el 4º Ejército Aéreo cambió sus destinos con el 2º Ejército Aéreo en el sur para hacer frente en mejores términos a futuros intentos de invasión. Para el 8 de diciembre el 4º Ejército Aéreo sólo contaba con 133 aviones operacionales. Y lo peor estaba por llegar. para el 7 de diciembre esta fuerza se quedó en la mitad en las batallas sobre Leyte. La invasión final del golfo de Lingayen iba a tener lugar en menos de un mes.
Los pilotos japoneses que habían sobrevivido al desastre contaban con el mayor Ikida Takano, comandante del 52º Regimiento, como el mayor Saburo Togo, comandante del 1er Regimiento, un as con 21 derribos. Otros eran el suboficial Katsuaki Kira, que terminaría la guerra con 25 victorias; el capitán Sjiro Kono del 1er Regimiento, y Eisuke Tsusake del 72º Regimiento.
Entre las bajas estaba el mayor Toshio Sakagawa, comandante del 200º Regimiento, derribado sobre Leyte con 49 victorias en su haber.
No siempre los pilotos del Hayate fueron superados. El 24 de diciembre, tras regresar de una intercepción de B-24 Liberators que atacaron Clark Field, un piloto del 1er Regimiento se encontró a baja altitud con 4 P-38 sobre su base y sin casi combustible. Veterano con cuatro años de combates en su haber, el piloto logró derribar dos P-38 en una pasada y los otros dos se retiraron, mientras el Hayate aterrizaba con los depósitos casi vacíos.
Para finales de enero la campaña estaba terminada. Los norteamericanos tomaron Clark Field el 28 de enero, lo que puso fin a las operaciones aéreas niponas y dejaron a un buen número de Hayates en buenas condiciones en manos de los vencedores. La Unidad de Inteligencia Aérea Técnica de la Zona del Pacífico Sudoeste estudiaría el "Frank", descubriendo sus fortalezas y las malas para que los pilotos aliados pudieran hacerle frente. Las Filipinas demostraron que toda ayuda sería muy necesaria.
Los aviones de reemplazo que llegaban de Japón eran más lentos que los anteriores modelos. De los 600 km/h que alcanzaba el Hayate al comienzo, para finales de 1944 el Ki-84-Ia sólo alcanzaba los 400 km/h. La trepada también sufrió, así como el techo de servicio. Pese a estos problemas, en manos de un piloto experimentado, el Hayate era un gran enemigo. Se portaba bien en el aire y, una vez el piloto se hacía con las idiosincrasias del aparato, su esperanza de supervivencia y éxito en el combate se igualaban a los del enemigo. Frente a este aparato, los norteamericanos reconocieron la necesidad de tener cazas basados en tierra para proteger las playas de desembarco. El 27 de octubre, apenas se tomó el aeródromo de Tacloban, la 5a Fuerza Aérea de la USAAF empezó a enviar allí a su P-38 Lightning, de los que 33 volaron el primer día y 60 para finales de mes. Pronto lograron la superioridad aérea.
Los agresivos ataques de los cazabombarderos en picado Hayate apenas dañaron a las fuerzas de invasión. Perdiendo terreno día a día, el 4º Ejército del Aire pidió refuerzos, por lo que se enviaron once nuevos regimientos de caza y de bombarderos. Equipados con Hayates, los Regimientos 29º y 246º llegaron a mediados de noviembre, seguidos por el rápidamente formado 71º Regimiento a finales de mes, más los Regimientos 72º y 73º a comienzos de diciembre. Con la fuerza de la aviación estadounidense en aumento, los Hayate fueron masacrados. En pocas semanas el Regimiento 73º fue aniquilado, siendo disuelto en los archivos de Tokio en mayo. Las bajas de la fuerza aérea del ejército japonés en Filipinas dan buena cuenta del desastre, siendo del 52% en octubre y de 79% a la tercera semana de noviembre. La mayoría de estas bajas eran en tierra. En un intento de cambiar las tronas, el 4º Ejército Aéreo cambió sus destinos con el 2º Ejército Aéreo en el sur para hacer frente en mejores términos a futuros intentos de invasión. Para el 8 de diciembre el 4º Ejército Aéreo sólo contaba con 133 aviones operacionales. Y lo peor estaba por llegar. para el 7 de diciembre esta fuerza se quedó en la mitad en las batallas sobre Leyte. La invasión final del golfo de Lingayen iba a tener lugar en menos de un mes.
Los pilotos japoneses que habían sobrevivido al desastre contaban con el mayor Ikida Takano, comandante del 52º Regimiento, como el mayor Saburo Togo, comandante del 1er Regimiento, un as con 21 derribos. Otros eran el suboficial Katsuaki Kira, que terminaría la guerra con 25 victorias; el capitán Sjiro Kono del 1er Regimiento, y Eisuke Tsusake del 72º Regimiento.
Entre las bajas estaba el mayor Toshio Sakagawa, comandante del 200º Regimiento, derribado sobre Leyte con 49 victorias en su haber.
No siempre los pilotos del Hayate fueron superados. El 24 de diciembre, tras regresar de una intercepción de B-24 Liberators que atacaron Clark Field, un piloto del 1er Regimiento se encontró a baja altitud con 4 P-38 sobre su base y sin casi combustible. Veterano con cuatro años de combates en su haber, el piloto logró derribar dos P-38 en una pasada y los otros dos se retiraron, mientras el Hayate aterrizaba con los depósitos casi vacíos.
Para finales de enero la campaña estaba terminada. Los norteamericanos tomaron Clark Field el 28 de enero, lo que puso fin a las operaciones aéreas niponas y dejaron a un buen número de Hayates en buenas condiciones en manos de los vencedores. La Unidad de Inteligencia Aérea Técnica de la Zona del Pacífico Sudoeste estudiaría el "Frank", descubriendo sus fortalezas y las malas para que los pilotos aliados pudieran hacerle frente. Las Filipinas demostraron que toda ayuda sería muy necesaria.